viernes, 6 de febrero de 2026

LOS ENVIÓ DE DOS EN DOS

 
"Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos,
dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.
Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más,
pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja;
9que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y decía: ‘Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si un lugar no os recibe ni os escucha,
al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos’.
Ellos salieron a predicar la conversión,
echaban muchos demonios,
ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban
(Mc 6,7-13)

El Evangelio que hoy meditamos narra el envío de los discípulos a evangelizar también presente en Mt 10,1-14 y Lc 10,1-11. Es la continuación de Mc 6,1-6, que relata el rechazo a Jesús en Nazaret. Cristo nos muestra el auténtico manual del discípulo cristiano, del servidor de Dios, del misionero.

Jesús es quien elige, quien llama y quien envía. La iniciativa siempre parte de Dios. La misión siempre procede de Dios. Nosotros no vamos por nuestra cuenta ni somos protagonistas ni quienes elegimos servir a Cristo. Es Él quien nos mira y nos cautiva.

Sin embargo, Jesús no monopoliza ni acapara la misión (aunque podría). Quiere compartirla con nosotros para hacernos partícipes de la historia de la salvación y por eso, nos llama y nos envía a la misión. 

Pero antes de enviarnos, nos instruye sobre cómo llevar a cabo la misión de una manera sobria y sencilla, testimonial y veraz, coherente y auténtica. 

v.7: Objeto de la misión

Llamada: “a los doce”. Cristo llama a los Doce, a sus “elegidos” (Mt 22,14). “Doce”, en la Biblia, simboliza plenitud, totalidad, estructura completa constituida por Dios. Doce son las tribus de Israel y doce son los apóstoles del Señor: ambos representan la totalidad del pueblo de Dios. Cuando Jesús “llama a los doce” significa que nos llama a todos, a todos los bautizados. 

Envío: “los fue enviando” a colaborar con Él, a dar testimonio del amor de Dios. El Señor nos envía, sin garantía de éxito con dos disposiciones: 
  • una, interior, “ad intra”, que tengamos confianza, obediencia y apertura, de forma que el Señor realice su obra también en nosotros
  • y otra, exterior, “ad extra”: que demos testimonio de Cristo, proclamemos su mensaje de salvación y que Él realice su obra en otros. 
Jesús nos envía a todas las personas que encontremos en el camino de nuestra vida: a los cercanos (familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos…) y a los lejanos (pobres, enfermos, solitarios, desesperanzados…), para dar testimonio del amor de Dios a todos los hombres.

v. 8-11 Actitudes de la misión

Comunión: “de dos en dos”, que simboliza apoyo, fraternidad, comunidad, validez del testimonio. Significa un “nosotros”, porque “donde estéis reunidos dos o tres en mi nombre, allí estaré yo en medio de vosotros” (Mt 18,19-20). 
Nos envía de forma comunitaria y solidaria, mutua y recíproca para que nos proporcionemos compañía y aliento en el camino; para que nos ofrezcamos fortaleza y ayuda en las dificultades; para que otorguemos credibilidad y veracidad al testimonio; y para que aportemos responsabilidad y apoyo en la misión. La fe (la misión) se vive sólo en comunidad.

Autoridad: “sobre los espíritus inmundos”, es decir, nos da su poder, nos otorga el Espíritu Santo, no sólo para que prediquemos y demos testimonio de Él, sino para que, como Él, atendamos y curemos enfermos, resucitemos muertos, limpiemos leprosos y expulsemos demonios (Mt 10,8).

Confianza: “para el camino…sólo un bastón”. Jesús quiere que sus discípulos caminemos confiados y apoyados en Él. El bastón es Cristo, el único apoyo que necesitamos. "Sin Él, no podemos hacer nada" (Jn 15,4-5). Necesitamos tener confianza plena en Jesucristo, a quien encontramos en la oración como amparo, en la Palabra como fundamento y en la Eucaristía como sustento. 

Desapego: “no llevéis pan, ni alforja, ni dinero ni túnica de repuesto”, que representan las seguridades, comodidades y expectativas (materiales o intelectuales). La misión que Cristo nos encomienda es espiritual y, por tanto, no la podemos llevar a cabo desde nuestras seguridades humanas ni desde nuestros recursos, expectativas o capacidades. Debemos ir “ligeros de equipaje”, “sin apegos, ni ataduras ni esclavitudes”, es decir, con desprendimiento y desapego a nuestras ideas, a nuestras “formas de ver las cosas”. 

Coherencia: “sólo una túnica”, es decir, un solo corazón: austeridad y humildad en las “formas”, sencillez y coherencia en los “hechos”, autenticidad y veracidad en las “palabras”. 

Servicio: “sandalias”, que significan disponibilidad, compromiso y obediencia para anunciar la Buena Nueva (Ef 6,13-18; Rom 10,13-17).

Paz: “quedaos en la casa donde entréis”, que simboliza huir del activismo, de la dispersión, de la agitaciónJesús quiere que seamos acogidos por aquellos a quienes somos enviados y estrechar lazos de unidad

Perseverancia: “si no os reciben”, que significa que la misión no será 100 % exitosa, recordando la parábola del sembrador de Mc 4,3-9: sólo la ¼ parte de la semilla cae en terreno fértil. Él tampoco tuvo éxito en Nazaret, su tierra natal, pero siguió predicando en otras ciudades.

Alegría y Respeto: “sacudiros el polvo de los pies”, es decir, sacudirse la amargura, el rencor o el resultadismo. Nos envía a no quebrantar nunca la libertad humana: el evangelio se ofrece, no se impone; a huir de lo mundano y efímero; a buscar lo divino, lo eterno.

12-13 Efectos de la misión

Transformación: “salieron a predicar la conversión”, es decir, a hablar de la purificación del corazón.

Liberación: “echaban muchos demonios”, es decir, liberar del pecado propio y ajeno. Los demonios son el odio, el orgullo, el egoísmo, la envidia, la ira

Consagración: “y ungían con aceite”, es decir, hacer discípulos misioneros. El seguidor de Cristo se hace discípulo, "discipulando". No tiene que esperar a estar preparado o formado sino obedecer la llamada y el envío del Señor. No hay tiempo que perder.

Sanación: “y los curaban”, que simboliza sanar heridas, tanto físicas como espirituales. "Curar" significa atender, escuchar, animar a quienes están enfermos o sufren.
El Señor me llama para liberarme de todo el mal que me esclaviza y me deshumaniza; me envía al mundo que tanto le necesita y que no le conoce; me capacita con lo que tengo que llevar (actitudes, disposiciones o talentos) y me enseña lo que no tengo que llevar (orgullos, rencores o egoísmos).

Me envía a ser caminante con “bastón y sandalias”, confiado y obediente a la voluntad de Dios para participar en la historia de la salvación, para anunciar el Amor a todos con quienes me encuentro, para acompañarlos en el sufrimiento, para fomentar la fraternidad, para acoger a los que están perdidos y necesitados, para abrazar a los que están solos y para sanar corazones que están heridos.

Me envía a ser peregrino sin “pan, ni alforja, ni dinero”, para que no me "instale" ni me "acomode" en las seguridades humanas. Para no buscar bienestar ni donde recostar la cabeza. Para que no pretenda ser ni eficaz ni resultadista.

Me envía a ser apóstol, “enviado” de Cristo sin “túnica de repuesto” sino vestido sólo con la sencillez de los pobres, con la humildad de los mansos y la pureza de intención de los santos. Siempre en camino. Nunca atado a nada ni a nadie. Sólo con lo imprescindible: Jesucristo.

Me llama a ser la “voz” que grita en el desierto, la “sal” de la tierra y la “luz” en medio de la oscuridad.

Hago oración confiada, un grito que surge de lo profundo de mi corazón abrasado por la Palabra, un rezo de alabanza, bendición, auxilio, acción de gracias, petición o intercesión.

Dios me abraza y dejo actuar su gracia en mí para comprender su voluntad.

“Señor, llámame y ven en mi ayuda,
lléname de ti y envíame
para vivir como Tú quieres y esperas de mí.
Ven Señor y hazme dócil a tu voz
para darte a conocer, anunciar tu Palabra
y ayudar a otros a seguirte.
Ayúdame a encontrar en ti la vida
que sólo Tú, me puedes dar”

jueves, 5 de febrero de 2026

CONFIANZA EN DIOS: LA FE EN MOVIMIENTO

 

La fe y la confianza son dos caras de la misma moneda en la relación entre Dios y el ser humano, entre lo divino y lo humano, pero operan de formas ligeramente distintas.

La fe es una gracia, un don recibido de Dios en el bautismo y, a la vez, un acto libre que mueve al hombre a confiar en Dios y a reconocerlo como Creador y Padre; a creer en la verdad revelada por Dios, es decir, quien dice ser y que Sus promesas son verdaderas. 

Es la "certeza de lo que no se ve" (Hb 11,1): que el ser humano viene de Dios y camina hacia Él.

La confianza es dar un "sí" o un "amén" a la invitación de amistad y amor de Dios: un acto libre, voluntario, personal y consciente que implica someter mi inteligencia (mente) y mi voluntad (corazón) a Dios, abandonarme "activamente" y depender "plenamente" de Él, como hace un hijo con su padre. 

La confianza es la "fe en movimiento" que transforma la vida del hombre y obra milagros. Es un "voto de confianza" con el que me adhiero plenamente a Dios, incluso cuando no entiendo el camino (espacio) ni su duración (tiempo).

      
Confiar implica "soltar el control" para rendir mi propia voluntad a la de Dios, reconociendo que Su sabiduría supera mis capacidades y circunstancias (Prv 3,5-6). 

Confiar supone "dejar mi vida en manos de Su providencia", lo que genera en mí una paz que sobrepasa mi entendimiento (Flp 4,6-7), eliminando mis temores y mis inquietudes (Sal 56,3) y transformando los problemas en oportunidades para presenciar su fidelidad y amor.

Confiar no significa esperar que todo salga como yo quiero, sino saber que los planes de Dios son mejores y más sabios que los míos. Supone "caminar aunque no vea todo el camino", teniendo la certeza de que para Dios todo es posible (Mc 9,23).

La fe es el "qué" creo, la confianza es el "cómo" vivo esa creencia. La fe es "convicción y certeza", la confianza es "acción y dependencia".

Y para que mi fe crezca y mi confianza se fortalezca, necesito alimentarme de:
  • la Sagrada Escritura (Rom 10,17; Lc 11,28)
  • la oración (1 Tes 5,16-18; 1 Jn 5,14; Sal 145,18)
  • la Eucaristía (Jn 6,35; 48-51: 1 Cor 11,26)
  • la formación y dirección espiritual (2 P 3,18; Sal 25,5)
  • el servicio a Dios (Jn 12,26; 1 Cor 15,58) 
  • el servicio al prójimo (Jn 13,34; Mt 23,11; 25,35-40)