viernes, 28 de agosto de 2015

ANTES SENCILLO QUE MUERTO

 
“Mira, lo que hallé fue sólo esto: 
Dios hizo sencillo al hombre, 
pero él se complicó con muchas razones.” 
(Ecls 7, 29)

A los seres humanos nos gusta complicar las cosas. En un mundo de consumo e inmediatez, vivir con sencillez es complicado. Y es que nos hemos vuelto muy sofisticados, lo queremos todo y lo queremos ya.

Nos complicamos la vida con un sinfín de artificios, afanes, compromisos, apariencias, modas y comportamientos y estamos más pendientes de la complicación y del bienestar, que de la entrega y el sacrificio. 

Compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a personas que no queremos.

Ser cristiano implica sencillez, naturalidad y humildad. Jesucristo vivió una vida sencilla, desde su nacimiento hasta su muerte, huyó de la pomposidad, del boato y de la apariencia. “porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”(Lc 14, 11). 

Habló de forma natural y sencilla, mediante parábolas y palabras fáciles de entender. Se rodeó de los apóstoles, personas humildes y normales.

“Dios ha elegido lo que es común y despreciado en este mundo, lo que es nada, para reducir a la nada lo que es. Y así ningún mortal podrá alabarse a sí mismo ante Dios.” (1 Cor 1, 28-29)
La verdadera razón de todas estas complicaciones que inventamos y que nos esclavizan, no es otra que la búsqueda del propio reconocimiento. 

Nuestra tendencia y nuestro gran error es darnos importancia a nosotros, pensar que todo depende de nuestra capacidad y esfuerzo, de nuestros conocimientos y aptitudes, del “yo”.

Pero la sencillez es abrir el corazón y dejar entrar a Dios, desterrando el odio, el orgullo y el egoísmo. Es abnegación, humildad y misericordia.

La sencillez es abrir la mente y dejarse interpelar por Dios, desterrando el prejuicio, la rebeldía y la duda. Es entrega, mansedumbre y confianza.

La sencillez nos lleva a reconocer que lo que tenemos es un regalo de Dios, que su cuidado es asunto suyo, y que está al servicio de los demás.

“… pues he aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé andar escaso y sobrado. Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre; a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta. 
(Flp 4, 11-13)

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