¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.

viernes, 27 de marzo de 2026

LA PASIÓN Y DOLOR DE MARÍA

Hoy, día de Nuestra Señora de los Dolores, contemplamos los dolores de la Virgen María, en su extensión y duración, en su gravedad e intensidad, no sólo durante la Pasión o aquellas tres horas en las que, al pie de la Cruz, presenció la agonía y muerte de su Hijo. 

Sus dolores fueron continuos durante treinta años. Desde el momento en que fue Madre, destinada a padecer con su Hijo su Pasión y su Muerte. Dotada por la gracia, de espíritu profético y de conocimiento sobre la Palabra de Dios, conoció la amargura con la profecía de Simeón en el Templo: "una espada traspasará tu alma" (Lc 2,35).

María sintió desde ese día la herida que se clavó profundamente en su corazón mientras pensaba en las humillaciones y en las heridas de aquel rostro divino que soportaría el beso de Judas, la bofetada del criado, los salivazos de los judíos, y que no tendría fin hasta la Resurrección de su amado Hijo.

Cuando su mano delicada acariciaba la cabeza, las manos o los pies del Niño, la visión de la corona de espinas y de los clavos le producía una gran angustia. Aquella carne inmaculada que María vestía con tanto cariño y respeto, sería desgarrada por los azotes y cubierta con la púrpura de la sangre.

La Sabiduría Divina de Jesús, que en la intimidad de Nazaret descubría a la Madre los secretos celestiales, habría de ser un día objeto de publica burla. 

Ella sintió especialmente los siete dolores que la Iglesia recuerda el 15 de Septiembre y el próximo 27 de marzo de 2026:

1. La predicción de Simeón, en la presentación de Jesús en el Templo (Lc 2, 22-35)
2. La huida a Egipto, después de la persecución de Herodes (Mt 2, 13-15)
3. La pérdida de Jesús en el Templo de Jerusalén (Lc 2, 41-50)
4. El encuentro de María y Jesús, camino del Calvario (Vía Crucis, 4ª estación)
5. La crucifixión, agonía y muerte de Jesús (Jn 19, 16-30)
6. El descendimiento de la Cruz de su Hijo (Mc 15, 42-47) 
7. La sepultura de Jesús (Jn 19, 38-42) 

Nos detendremos solamente a contemplar el 5º dolor de María al pie de la Cruz, viviendo la agonía y muerte de su Divino Hijo:

Dolores del pecado
Ninguna criatura puede tener tal conocimiento y dolor del pecado que alcance a igualar su gravedad; para concebir el dolor del pecado, sería preciso conocer completamente el Bien infinito; el pecado nos priva de comprender la esencia de Dios, los atributos divinos, el daño infinito que es perderlo eternamente. 

Sólo Dios, que se iguala y comprende a sí mismo, conoce todo esto. Sólo Jesucristo, porque es Dios, conoce a su Padre celestial, su esencia, sus perfecciones, su amor infinito y eterno y el mal que ocasiona separarse de Él; sólo Jesús en Getsemaní cargó el infinito dolor de la culpa mortal, como sólo Él pudo expiarla adecuadamente.

Después de Jesús, es María la que experimenta el más intenso dolor por el pecado, porque Ella, mucho más que cualquier mente humana y angélica, está dotada del más elevado y sublime conocimiento de Dios, de su Infinito amor y de la gravedad del pecado que separa de Dios. En el Calvario, asiste como espectadora, testigo y participante de la muerte del Redentor
Dolores de la naturaleza
María, modelo perfecto de mujer y de madre, experimentó los más fuertes y agudos dolores de la naturaleza.

No es sólo una mujer sino la Mujer por excelencia, perfecta, preservada del pecado. En Ella todo es sublime: el amor maternal que el Espíritu Santo la infunde en la Encarnación del Verbo supera todo amor maternal natural.

No es sólo Madre porque no teniendo Jesús un padre terrenal, en el corazón de María se unieron y fundieron los dolores de la Madre y del Padre.

María no puede aliviar el cuerpo lacerado, las manos y los pies atravesados por los clavos y la cabeza en la que se hunden las espinas; reparar con una palabra de respeto, de consuelo, de amor las blasfemias del ladrón y los insultos de los que le crucifican, los gritos de los enemigos; aliviar a su Hijo con un sorbo de agua cuando le escucha decir "tengo sed" y ve como le dan a beber hiel y vinagre; recoger el último aliento que su el Hijo exhala antes de morir, tras la amarga agonía; auxiliar a Jesús, abandonado por su Padre, debiendo también dejarlo solo.

La Pasión de Jesús fue privada de todo consuelo. La Pasión de María, también.
Dolores de la gracia
El dolor deriva del amor: un amor de naturaleza, un amor humano produce un dolor natural y humano; un amor de gracia, un amor divino causa un dolor sobrenatural y divino; cuanto más fuerte es el amor, tanto más fuerte es el dolor.

La naturaleza nos hace hombres, la gracia nos hace santos. La Virgen María, modelo de perfección sobrenatural y de santidad, debió experimentar los más agudos y fuertes dolores de la gracia y los sufrimientos divinos.

Para penetrar esta verdad pensemos: ¿cuál es el efecto de la gracia sobre nosotros? Una elevación del alma sobre la naturaleza; una unión, una amistad con Dios, una cierta comunicación que Dios nos otorga, por la cual somos hechos partícipes de la naturaleza divina. Esta es precisamente la esencia de la santidad.

Esta relación sobrenatural fue perfectísima entre Jesucristo y María, no solo por vía natural, sino más aún por razón de gracia. Ella fue más feliz por haber llevado a Dios en su corazón que en su seno, como respondió Jesús a la mujer que ensalzaba la maternidad natural de la Virgen: "más bien son bienaventurados aquellos que oyen la palabra de Dios y la guardan".

Cristo es Rey de los mártires y María es Reina de los mártires porque experimentó todas las penas de su amado hijo.

Dolores divinos
Es dogma de nuestra fe que el Padre Eterno es el Padre de Jesús; que Jesús, Dios y Hombre, es el Hijo de Dios Padre: que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y que es el Amor Increado … el amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre.

Es dogma de fe que la Virgen María es verdadera Madre de Dios, porque es Madre de Aquel en el que la naturaleza Divina y la naturaleza humana se hallan unidas hipostáticamente, esto es en unidad de Persona.

Es dogma de fe es que en la cruz este Dios-Hombre, este Hijo del Padre Eterno y de María Virgen, murió para redimirnos. 

En la muerte de un hijo, siente extremo dolor, no solo la madre, sino también el padre, pues esto es ley inexorable de nuestra naturaleza humana. Pero Dios Padre no puede sufrir, porque la naturaleza divina es inmutable y Dios no puede ni por un momento perder su felicidad. Por ello, la Madre de Cristo debió experimentar todo la divina aflicción, íntegra e indivisa que habría experimentado el Padre, si fuese posible. 

Tan inmenso dolor soportó la Madre que la omnipotencia de Dios hubo de sostenerla para que no muriera con Jesús en el Calvario.


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