¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.

miércoles, 8 de julio de 2026

UNIDAD EN LA DIVERSIDAD

 
"Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, 
que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. 
Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir"
(1 Co 1,10)

Una amiga me ha pedido reflexionar sobre el decreto vaticano de excomunión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX o "lefebvrianos") tras la consagración ilícita de cuatro nuevos obispos en una ceremonia celebrada el 1 de julio de 2026 en Écône (Suiza) sin el permiso del Papa León XIV y desoyendo una carta de súplica enviada in extremis por él mismo el día anterior

Poco que decir, aparte de señalar el proceso y de afirmar mi total adhesión al Magisterio de la Iglesia Católica. Cabe recordar que todo católico y seguidor de Cristo tiene la obligación de obedecer lo que la Sagrada Escritura dice por siete veces en el libro de Apocalipsis: "El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias" (Ap 2,7. 11.17.29; 3,6.13.22).

Es el gran mal del ser humano: todos tenemos algo que decir pero nunca nada que escuchar.

Fundamentos vaticanos 

La excomunión ipso facto (latae sententiae) del grupo tradicionalista por el Vaticano se fundamenta en la violación directa del Derecho Canónico (canon 1382) y la consumación de un acto cismático, y recae formalmente sobre seis obispos (canon 1364 § 1): los cuatro nuevos prelados (Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michael Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier) y los dos obispos consagrantes (el español Alfonso de Galarreta y el suizo Bernard Fellay).
Además, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe dictamina que los sacerdotes necesitan "facultades u ordenación de jurisdicción" otorgada por la Iglesia oficial para absolver pecados y presenciar matrimonios de forma válida. Al estar en cisma, los matrimonios asistidos y las confesiones administradas por la FSSPX son jurídicamente inválidos y nulos. Se revocaron los permisos especiales otorgados provisionalmente por el papa Francisco.

Las misas y los bautismos celebrados siguen siendo considerados teológicamente válidos (porque los sacerdotes tienen un orden sagrado real), pero son completamente prohibidos e ilícitos ante la ley de la Iglesia.

Asimismo, el Dicasterio advierte que aquellos seguidores que se adhieran formalmente y participen de manera habitual compartiendo sus posiciones doctrinales también serán considerados también cismáticos y excomulgados.
Esta drástica resolución del Vaticano supone la crisis institucional más profunda para la Iglesia desde el siglo XIX.

Razones lefebvrianas 
Por su parte, las razones teológicas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) por las que rechaza las reformas del Concilio Vaticano II se centran en lo que consideran una ruptura con la Tradición de la Iglesia y sostienen que el Concilio introdujo ideas liberales y modernistas que contradicen el magisterio previo.

La FSSPX afirma que la libertad religiosa del Concilio (Dignitatis Humanaeequipara la verdad católica y el error de otras religiones. Defiende el "Reinado Social de Jesucristo", es decir, la obligación moral del Estado de reconocer a la Iglesia Católica como la única religión verdadera y limitar el culto público de las falsas religiones, considerando que el Concilio adoptó el principio liberal del laicismo estatal, despojando a Cristo de su soberanía sobre las naciones.

Rechaza la idea de que el Espíritu Santo actúe a través de comunidades cristianas no católicas o religiones no cristianas para salvar almas, basándose en el dogma histórico Extra Ecclesiam nulla salus ("Fuera de la Iglesia no hay salvación").

Sostiene que el ecumenismo/diálogo interreligioso actual (Unitatis Redintegratio) fomenta el indiferentismo religioso y que la única vía de unidad es el retorno de los "disidentes" a la Iglesia de Roma, no el diálogo en igualdad de condiciones.

Niegan que el colegio episcopal, unido al Papa, posea la máxima autoridad sobre la Iglesia universal (Lumen Gentium) porque la colegialidad debilita la autoridad del Papa, introduciendo un modelo democrático ajeno a la estructura divina de la Iglesia y fragmentando el poder en las conferencias episcopales nacionales.

Aunque la reforma litúrgica de 1969 (Novus Ordo Missae) es posterior al Concilio, la FSSPX la considera destructiva. Afirma que la Misa Tridentina (en latín) enfatiza el sacrificio propiciatorio de Cristo en la cruz y la presencia real en la Eucaristía, mientras que la nueva misa disminuye el carácter sacrificial para enfatizar una "cena comunitaria", diseñada para agradar a los protestantes, debilitando la fe de los fieles en el valor real de los sacramentos.
Mi reflexión
Desde mi humilde opinión, el problema no es que la FSSPX considere intocable el rito preconciliar (que se permite celebrar en plena comunión con Pedro), mientras ignora un elemento esencial en toda ordenación episcopal católica: el mandato del Papa.

El verdadero quid de la cuestión es que se arroga el derecho de definir por sí misma qué es la Tradición y quien debe custodiarla al rechazar un concilio presidido por dos Papas con la participación de tres mil obispos de todo el mundo, que promulgó documentos aprobados prácticamente por unanimidad y al exigir que toda la Iglesia acepte sus ideas.

Creo que los católicos debemos tener muy en cuenta la máxima eclesiástica de san Agustín: "En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad". Una "unidad en la diversidad" que defendieron los últimos tres papas: Francisco dijo que el Espíritu Santo es la unidad que reúne a la diversidad; Benedicto XVI dijo que la unidad de la Iglesia no significa uniformidad; Juan Pablo II habló sobre cómo la variedad enriquece a la única Iglesia. 

Por mi parte, siempre digo que "en la red de la Iglesia entra todo tipo de peces: merluzas, besugos, pulpos, sardinas y, a veces, por desgracia, incluso tiburones". En el pueblo de Dios hay cabida para la diversidad (1 Co 12,4-10): para los fieles apegados a la liturgia antigua; para los diferentes carismas, movimientos y realidades eclesiales; para debatir, para leer y releer los documentos conciliares e interpretarlos... 

Pero no hay cabida para juzgar ni desobedecer al Sucesor de Pedro cometiendo actos que desgarran la unidad y el mismo espíritu del Cuerpo Místico de Cristo (1 Co 12,11); tampoco para crear una jerarquía paralela en contra de la prohibición explícita de aquel a quien Jesús dijo: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt 16,18).

Las divisiones y los cismas en la iglesia primitiva surgían principalmente por diferencias culturales, disputas de liderazgo y desacuerdos doctrinales prácticos. En el siglo I el problema era decir "yo soy de Pablo o de Apolos". En el siglo XXI, el desafío es la polarización por influencers religiosos, posturas políticas o corrientes teológicas extremas.

San Pablo en su primera carta a los Corintios exhorta a toda la Iglesia a mirar a Cristo como la única cabeza e invita a priorizar la unidad del Evangelio por encima de las agendas ideológicas o la lealtad ciega a un fundador.

martes, 7 de julio de 2026

MEMENTO MORI: ¿CÓMO VIVO CADA DÍA?

"Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá;
y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará"
(Mt 16,25)

"Memento mori" es una expresión de una antigua tradición romana que significa "recuerda que morirás" o "recuerda que eres mortal". Utilizada para recordar la fugacidad de la vida, no para deprimirnos, sino como un catalizador para priorizar lo que de verdad importa. para evitar la soberbia, para ordenar las prioridades y para vivir el presente de forma plena y consciente.

Para los griegos existían dos maneras de comprender el tiempo: el chronos era el tiempo lineal, el que se mide y avanza sin detenerse; y el kairos que representaba el momento oportuno, el instante significativo que da sentido a la experiencia. 

Demócrito, filósofo griego del s.V a.C., dijo que "muchos hombres viven como si nunca fueran a morir, y mueren como si nunca hubieran vivido", afirmando que actuar bajo la ilusión de la inmortalidad nos desconecta del presente, haciéndonos olvidar que la finitud es, precisamente, lo que otorga valor real a nuestra existencia. 

Sin embargo y por desgracia, hoy los hombres viven como si no fueran a morir, postergando decisiones cruciales, asumiendo que "habrá un mañana" garantizado, como si su tiempo en este mundo fuera infinito; acumulando bienes materiales y riquezas que no podrán llevarse al morir; confiando su felicidad a metas futuras ("cuando consiga ese empleo, cuando tenga este dinero...") en lugar de disfrutar el proceso actual.  pero morirán.

Pero Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, nos ha dado la libertad para interpretar el propósito de nuestra existencia y de nuestro destino final: "vivir para morir" o "morir para vivir". Es la decisión que tuvo que tomar Adán en el Edén y la que cada uno de nosotros debemos tomar.

Vivir para morir
Esta postura es la base del realismo biológico y del existencialismo filosófico de Heidegger, Kierkegaard o Sartre que se desprende de los sistemas racionales para centrarse en la vivencia directa del individuo y que encontró en Eclesiastés o Qohélet (considerado por muchos el primer tratado existencialista de la historia) la perfecta descripción de la desesperación humana. 

Su propósito es disfrutar el presente consciente del final biológico, afirmando que la muerte es el fin absoluto y la única certeza desde el nacimiento y que el ser humano solo vive de forma auténtica cuando acepta su destino final e inevitable. 
El hombre, consciente de su finitud, se ve impulsado a dar urgencia y valor real a cada segundo de su vida. Es la filosofía del "Carpe diem": Si todo termina con la muerte, el propósito es exprimir el presente, acumular experiencias y aceptar nuestra fragilidad. 

Kierkegaard afirma que la razón pura y la sabiduría humana son insuficientes para comprender los misterios de la vida y llevan al absurdo y a la melancolía. La única salida para el ser humano no es intelectual, sino un "salto de fe" ciego hacia Dios, coincidiendo con el final del libro de Eclesiastés: "Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser hombre" (Ecl 12,13).

Morir para vivir
Esta postura es la base de nuestra fe cristiana y tiene como propósito desprendernos de lo terrenal o del propio "yo" (ego para) trascender (Mt 16,24). 

Por la resurrección de Jesús, que venció a la muerte y abrió las puertas de la vida eterna, la muerte no es el final, sino el umbral de la transformación, el preludio de la eternidad, el inicio de la vida verdadera, plena y eterna junto a Dios (trascendencia). 

Por el bautismo, los cristianos "morimos" al pecado para resucitar como nuevas criaturas en Cristo: "Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,19-20)
Por la fe en Cristo, los cristianos "morimos" a nuestros apegos, malos hábitos y miedos; nos despojamos del orgullo, del egoísmo y de los deseos materiales para empezar a vivir con auténtica libertad y paz: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12,24)
Desde el punto de vista antropológico, el libro de Eclesiastés ofrece un crudo pero honesto retrato de la condición humana, despojado de triunfalismos espirituales y centrado en la vulnerabilidad radical del hombre:
  • La ilusión de permanencia. La famosa frase "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (Ecl 1,2) utiliza el término hebreo hevel, que no se refiere a la soberbia, sino a la "niebla", el "vapor" o el "soplo" para constatar que el ser humano intenta construir una ilusión de legados permanentes (riqueza, poder, fama, sabiduría...), pero su vida es transitoria e inasible como el humo. El hombre es incapaz de retener el tiempo. 
  • La democratización de la muerte. El fin de la vida rompe con las jerarquías sociales (Ecl 9,2-3): Sabios, necios, reyes, esclavos, justos e injustos comparten el mismo destino final: la fosa. El estatus moral o social no otorga privilegios frente a la biología. Ante la finitud, la igualdad humana es absoluta. 
  • La limitación del conocimiento humano. El ser humano es la única criatura consciente de su propia finitud y de un deseo de eternidad que Dios ha puesto en su corazón (cf. Ecl 3,11 ), lo que le genera una tensión psicológica y existencial. Aunque el hombre anhela lo infinito y quiere comprender el principio y el fin de las cosas, su mente finita está atrapada en el tiempo. 
  • El "Carpe Diem" bíblico. Lejos de caer en el nihilismo destructivo que invita a la desesperación, aceptar nuestros límites (no podemos controlarlo todo ni vivir para siempre), nos libera de la ansiedad del control. El mayor bien del hombre es comer, beber y disfrutar del fruto de su trabajo (Ecl 3,12-13) pero su finitud no anula el valor de la vida; al contrario, convierte las pequeñas alegrías presentes en el "don de Dios" (en hebreo, mattan Elohim), que no es la riqueza, el poder o la fama sino la capacidad de disfrutar del presente cotidiano, que depende directamente de la gratuidad de Dios (Ecl 6,1-2). 
  • El tiempo cíclico (Nada nuevo bajo el sol). Describe un universo atrapado en un bucle eterno donde las acciones humanas carecen de un impacto cósmico definitivo. El hombre no es el centro de la historia ni el creador del futuro; es solo un pasajero en una rueda cósmica que ya giraba antes de su llegada. Las generaciones pasan, los ríos corren al mar, el sol se levanta y se oculta, pero el mundo permanece imperturbable (Ecl 1,1-10).
Al entender que el futuro no está bajo nuestro control y que la muerte es inevitable, nos liberamos de la carga de "salvarnos a nosotros mismos" o de encontrar un sentido cósmico a nuestros actos, pasando de ser "conquistadores de sentido" (agotándonos en la búsqueda de la permanencia humana) a ser "receptores agradecidos" (descansando en la inmanencia divina). 

La sabiduría ya no consiste en acumular un conocimiento infinito, sino en reconocer los límites propios y aceptar con alegría la porción de vida que Dios asigna a cada uno bajo el sol y preguntarnos cómo vivimos cada día

El error humano consiste en actuar como si el reloj no existiera. O peor aún, como si Dios no existiera.

sábado, 4 de julio de 2026

DIOS ME AMA COMO SOY, PERO ME HA SOÑADO MEJOR

 
"Con amor eterno te amé,
por eso prolongué mi misericordia para contigo"
(Jr 31,3)

El papa León XIV, durante su visita a Barcelona, le dijo a una reclusa de la cárcel de Brians: "Dios te quiere tal como eres pero te ha soñado mejor". Este "pero.." es una premisa complementaria con la que el pontífice la ofrecía consuelo y esperanza a la vez que la invitaba a buscar un equilibrio entre la autoaceptación y la transformación personal.

Sin embargo, habitualmente, nos quedamos en el "Dios me quiere tal como soy" y obviamos el resto. Es la excusa de muchos que se encuentran en situaciones irregulares o que mantienen conductas desordenadas. 

No podemos autoconvencernos de que a Dios no le importa que pequemos...con la excusa de que, como Padre nuestro que es, nos quiere, hagamos lo que hagamos. Porque eso no es cierto.

¿Qué padre permite que su hijo se haga daño o caiga en desgracia y no le socorra? ¿Qué padre dice amar a su hijo si acepta que sea un asesino, un violador o un ladrón, un corrupto o un mentiroso? ¿Qué clase de padre sería Dios si aceptara todo eso? ¿No sería un padre permisivo e indiferente que, en realidad, no ama a sus hijos?

Dios ama incondicionalmente la dignidad ontológica de la persona por el simple hecho de haberla creado, incluso aun cuando su dignidad moral esté gravemente herida por el pecado. 

Y precisamente porque la ama, no la abandona a una vida moralmente destruida, sino que aceptándola como es, la llama a recuperar el esplendor de una libertad perdida por el mal mediante una transformación personal según su proyecto de plenitud.

Dios no espera a que yo tenga una hoja de servicios impecable, a que sea perfecto o santo. Me recibe y me acoge en el estado en que me encuentro: en mis heridas y debilidades, en mis errores y fracasos, en mis pecados y caídas. Y me rescata.
  
La Dignitas infinita (2024, Dicasterio para la Doctrina de la Fe) recuerda que "el amor de Dios por todos los hombres no es una mera cuestión de conformismo o complacencia; no es una bendición sentimental de un desorden que es quizá provisional. Dios ama al pecador, pero no canoniza su prisión interior. Lo ama precisamente porque ve en él algo más grande que su caída. Lo ama no para dejarlo instalado en el lodo, sino para despertar la memoria de su dignidad”.

Dios no ama al hombre ideal, sino al hombre real. No ama una versión futura, limpia y presentable de mí, sino a mí, como persona concreta, con mis cicatrices, mis sombras y mis contradicciones siempre abiertas a pedir perdón y mejorar. Y al amarme así, me llama a salir de mí mismo.

La misericordia divina no consiste en decir que todo vale o que todo da igual: no es una anestesia moral, ni un relativismo ético ni una absolución psicológica sin conversión, petición de perdón y reconciliación. Si Dios “me ha soñado mejor”, entonces existe una verdad objetiva sobre mi vida, una forma más elevada de ser hombre, de amar, de desear, de elegir, de vivir.
 
La Veritatis Splendor (1993, Juan Pablo II) recuerda que hay actos que no pueden justificarse nunca por la intención, por las circunstancias o por las consecuencias. Existen absolutos morales porque existen bienes humanos que deben ser custodiados siempre. La vida, la dignidad, la fidelidad, la justicia, la verdad del cuerpo y del amor no son materiales disponibles para la manipulación subjetiva.

Pero estos absolutos no son piedras lanzadas contra el pecador. Son más bien las barandillas que impiden que el hombre se precipite hacia su propia destrucción. La ley moral no está contra la libertad; está contra aquello que esclaviza la libertad. No está contra el amor; está contra las falsificaciones del amor. La ley moral no hunde, rescata.

Por eso la Iglesia, ante la falta de propósito de enmienda, no puede decir simplemente “Dios te ama como eres” o "tus pecados te son perdonados" y callar lo demás. Sería una traición dulce, una misericordia incompleta, casi una forma de abandono. 

El amor verdadero no deja al amado encerrado en lo que lo destruye. Lo acompaña, lo espera, lo sostiene, pero también lo llama a la reconciliación más plena.
 
La Familiaris Consortio (1981, Juan Pablo II) señala que el hombre no suele llegar a la plenitud moral de golpe. Camina y puede tropezar, y ahí aprende y sabe que retroceder es una vía siempre rescatable. Entonces vuelve a empezar. La gracia no destruye la historia personal, sino que la sana desde dentro.

Entre el rigorismo que aplasta y el relativismo que disuelve se encuentra una de las claves de la pastoral cristiana que distingue siempre entre:
  • la ley de la gradualidad o pedagogía de Dios: paciencia, acompañamiento, proceso, conversión progresiva. Dios acoge el punto de partida de cada persona: sus heridas y dependencias, sus miedos y desconocimientos, sus condicionamientos y hábitos desordenados. Acoge al hombre donde está, pero no lo deja donde está. Lo lleva al punto de llegada.
  • la gradualidad de la ley o pedagogía del hombre: permisividad, relativismo, laxitud, condescendencia. Esto no es misericordia; es una forma de rebajar la dignidad de la persona, falsificando el amor divino. 
La moral cristiana no nace de la permisividad ni de la laxitud, sino de saberse amado. Dios no me ama porque ya sea bueno; me ama para hacerme mejor. No me acoge porque haya vencido todas mis dudas; me acoge para que pueda iluminarlas. No rebaja la verdad para consolarme, ni tampoco la usa para condenarme.

Dios me ama como soy, pero me ha soñado mejor” significa que puedo acercarme a Dios y ser acogido como soy hoy, pero que:
  • soy mucho más que mi pecado, más que mi herida, más que mi expediente
  • soy una criatura redimida, creada a imagen y semejanza de Dios
  • soy un hijo tan preciado que valgo la sangre de Cristo 
  • soy algo más grande todavía no cumplido, una belleza todavía escondida, una libertad todavía por nacer
La misericordia y el perdón, instaurada por Cristo en la cruz, no consiste en negar el barro, sino en afirmar que el barro no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el sueño que tiene Dios de mí: el "nuevo Adán".
"Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, 
ni ángeles, ni principados, 
ni presente, ni futuro, 
ni potencias, ni altura, 
ni profundidad, ni ninguna otra criatura 
podrá separarnos del amor de Dios 
manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor" 
(Rm 8,38-39)

martes, 23 de junio de 2026

LA PRUEBA DEL JUSTO: SUFRIMIENTO SALVÍFICO

 
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 
A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza. 
Dios mío, de día te grito, y no respondes; 
de noche, y no me haces caso" 
(Sal 22,2-3)

Todos los creyentes (incluso los santos) pasamos momentos de oscuridad, de desolación, de desgracias y de sufrimientos inmerecidos que no logramos entender. Yo estoy ahora en uno de esos momentos de prueba ..y me pregunto ¿por qué?...
Preguntarme el "¿por qué?" de mis sufrimientos y angustias (familiares, laborales, sanitarias, económicas...) es una oración legítima y muy humana que el mismo Jesucristo pronunció en el Calvario: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46). 
La fe cristiana no exige que comprenda las desgracias o los sufrimientos que padezco, ni que reprima mi dolor o mi angustia. Lo que Cristo me pide es que siga su ejemplo, no evadiendo la prueba, sino asumiéndola en mi propia carne.
Pero no es nada fácil. Me cuesta. Me repito continuamente que cuando no entiendo el por qué, necesito mirar a Jesús en la Cruz para encontrar el para qué. Él, siendo el único verdaderamente inocente, sufrió la mayor de las injusticias. En los momentos de mayor confusión, mi sufrimiento se une de manera íntima y misteriosa al dolor inmerecido de Cristo. 

Sé que Dios no me ha dejado solo; sé que Él está conmigo sufriendo en mi misma cruz, sosteniéndome cuando mis fuerzas no dan para más. Pero solo "escucho" su silencio...en mi desolación.

Antiguo Testamento 
Los textos veterotestamentarios muestran numerosos pasajes en los que presentan la "prueba del justo" (Sal 11,2-7; Sab 2,12-20: Job 1-42), que alude proféticamente a la Pasión de Cristo, y por extensión, a las tribulaciones y adversidades que sufren los justos y las personas de fe. Su propósito es purificar su fe, fortalecer su carácter y afianzar su perseverancia.

La fe verdadera no es un negocio comercial con Dios; creo en Él por quién es, no por los beneficios materiales que me otorga. El sufrimiento humano y la justicia divina conviven dentro de un plan cósmico y misterioso que trasciende mi entendimiento y razonamiento.

Dios no causa el mal, pero lo utiliza como una herramienta pedagógica de crecimiento y de maduración espiritual. Así como el oro se acrisola en el fuego, el carácter y la fe se purifican y consolidan en la adversidad. 

El sufrimiento elimina la fe superficial, fortalece la integridad y la perseverancia, desarrolla la paciencia, la resiliencia y la dependencia absoluta de Dios, y capacita al creyente para consolar a otros que pasan por la misma situación, desarrollando un amor más profundo por el prójimo.
Nuevo Testamento 
Los textos neotestamentarios cambian por completo el significado retributivo del sufrimiento. Ya no se ve como una tragedia, una maldición o el abandono de Dios. La respuesta al "por qué Dios no actúa" se encuentra en la persona de Jesucristo. 

Él es el único ser completamente inocente y justo que ha pisado la Tierra, y que ha experimentado el peor de los sufrimientos en la cruz. Dios no observa el dolor desde una distancia segura o indiferente. En la cruz, Dios mismo se introduce en el sufrimiento humano. No actúa evitando el dolor, sino sufriendo con el ser humano para vencer al mal desde dentro a través de la resurrección.

El principio central del cristianismo es que el discípulo no es más que su maestro. Si Cristo, siendo el Justo perfecto, sufrió, padeció y fue ejecutado, sus seguidores debemos esperar el mismo destino y hacernos partícipes de los mismos padecimientos de Cristo.

El apóstol Pablo afirma en  que el sufrimiento permite al cristiano "conocer el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos" (Flp 3,10). En Col 1,24, expresa que sus propios sufrimientos completan en su carne "lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia". El sufrimiento del cristiano continúa el testimonio de Jesús en la tierra.

El apóstol Pedro explica que la fe, siendo mucho más preciosa que el oro, debe ser "probada con fuego" para ser hallada en alabanza, gloria y honra (1 P 1,6-7). El sufrimiento de los mártires purifica a la Iglesia de falsos creyentes y fortalece a los verdaderos seguidores de Cristo: "Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas" (1 P 2,21). El sufrimiento injusto no es un accidente; es parte de la vocación cristiana cuyo valor radica en hacer el bien y, a pesar de ello, padecer con paciencia (1 P 4,15-16).

El apóstol Juan muestra a los mártires clamando: "¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin vengar nuestra sangre de los habitantes de la tierra?" (Ap 6,9-11). Dios les responde dándoles túnicas blancas y pidiéndoles que "tuvieran paciencia todavía un poco, hasta que se completase el número de sus compañeros y hermanos que iban a ser martirizados igual que ellos", asegurando que su muerte no ha sido en vano y que la justicia divina llegará. 

Los mártires derrotan al enemigo espiritual (el dragón) precisamente a través de su sacrificio: "Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte" (Ap 12,11). El sufrimiento y la muerte física del mártir es su victoria espiritual absoluta.
Los Padres Apostólicos 
Los sucesores de los Apóstoles vivieron en sus propias carnes las persecuciones y ejecuciones sistemáticas del Imperio. Sus escritos reflejan una mística del martirio donde la muerte física es el verdadero nacimiento a la vida eterna.
Ignacio de Antioquíadiscípulo del apóstol Juan, fue destinado a ser devorado por las fieras en el Coliseo de Roma (107 d.C.) y escribió siete cartas a diferentes iglesias. Su Carta a los Romanos contiene la expresión más radical de la mística del martirio: rogó a los cristianos de Roma que no intercedieran por él ni intentaran salvarlo mediante una metáfora eucarística: "Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para ser presentado como pan limpio de Cristo". Para Ignacio, el martirio es la forma perfecta de imitar la pasión de su Señor y unirse a Él.
Policarpo de Esmirna (155 d.C.), discípulo del apóstol Juan, fue quemado vivo a los 86 años. Cuando el procónsul romano le exigió jurar por el César y maldecir a Cristo para salvar su vida, Policarpo mantuvo su fidelidad inquebrantable: "Durante ochenta y seis años le he servido, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo puedo maldecir a mi Rey, que me salvó?". Su oración de sacrificio eucarístico da gracias a Dios por considerarlo digno de recibir el cáliz de Cristo.
La Carta a Diogneto es un tratado apologético anónimo del siglo II que describe la paradoja del cristiano en un mundo hostil: "Se les condena, y ellos en la condena encuentran la vida... Son castigados de muerte cada día, y con ello se les da la vida". El autor argumenta que la resistencia pacífica y el crecimiento de la Iglesia en medio de la persecución demuestran que los cristianos no actuamos por fuerzas humanas, sino por el poder de Dios.
Sé que mis desgracias y sufrimientos no son un castigo divino, sino un misterio de purificación y santificación que el Papa San Juan Pablo II llamó el sufrimiento salvífico. Aunque hoy no vea ningún sentido, sé que el dolor entregado a Dios nunca se desperdicia.
Sé que soy "trigo de Dios" y por ello, ofrezco mis sufrimientos y los uno al sacrificio de Cristo por mis propias intenciones, por las de mi familia y por las de todos los que sufren en el mundo. 
Siento mi angustia como la soledad de la cruz y en la oscuridad del sepulcro, un espacio de silencio donde parece que Dios no actúa. Pero mi fe se fundamenta en que después del Viernes Santo y el Sábado Santo, la última palabra siempre la tiene la Resurrección.

No trato de entender los planes de la Providencia Divina. Abrazo mi vulnerabilidad, expreso mi angustia ante el Santísimo y le digo al Señor que no entiendo nada de lo que pasa, pero que confío en Su misericordia.
"¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? 
¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? 
¿Hasta cuándo he de estar preocupado, c
on el corazón apenado todo el día?
¿Hasta cuándo va a triunfar mi enemigo?
Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío; 
a luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte, 
para que no diga mi enemigo: «Le he podido»,
 ni se alegre mi adversario de mi fracaso. 
Porque yo confío en tu misericordia: 
mi alma gozará con tu salvación, 
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho" 
(Sal 13,2-6)

viernes, 19 de junio de 2026

MONOPOLIOS PARROQUIALES DE LAICOS CLERICALIZADOS

"En tantos años como te sirvo, 
sin desobedecer nunca una orden tuya, 
a mí nunca me has dado un cabrito 
para tener un banquete con mis amigos; 
en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo 
que se ha comido tus bienes con malas mujeres, 
le matas el ternero cebado"
(Lc 15,29-30)

La parroquia es esa gran comunidad donde todos caben y a todos se acoge: al que empieza y al que lleva toda la vida, al niño y al anciano, al nacional y al que vino de lejos, al rico y al pobre. 

La parroquia es de todos. No importa de dónde eres sino adónde vas. Todos tienen cabida: el más tradicional y el que busca renovación, el que está en un grupo pastoral y el que no tiene ni idea de qué es eso.

Sin embargo y por desgracia, existe un mal endémico en muchas de nuestras comunidades parroquiales, una forma de "clericalismo laical" y de "monopolio parroquial": feligreses "de toda la vida" que se apropian o se adueñan de las parroquias y tratan de monopolizar las decisiones, actividades y los espacios parroquiales, impidiendo que la comunidad sea un lugar abierto y acogedor. 

Quiénes son y cómo lo hacen
Son feligreses que llevan décadas en la parroquia y que, con el tiempo, desarrollan un sentido de propiedad exclusivo sobre todas las actividades pastorales como la liturgia, la catequesis, el coro, la administración económica, etc.
  • Sabotean o rechazan las nuevas iniciativas, ahuyentan a la gente joven o a los grupos pastorales y exigen trato de preferencia. 
  • Asumen roles de liderazgo no para servir al prójimo, sino para ejercer un poder autoritario que busca estatus, privilegios y control. 
  • Confunden el servicio a Dios y al prójimo con el derecho de propiedad, bloqueando el relevo generacional y la entrada de nuevas pastorales.
  • Convierten la parroquia en un club social cerrado que repite siempre las mismas actividades y pierde su sentido misionero.
  • Generan conflictos internos, bandos, divisiones y chismes que destruyen la convivencia fraterna.
  • Se olvidan del mandamiento nuevo de Jesús (Jn 13,34-35): la caridad con el hermano.
 
Qué dice la Iglesia Católica al respecto
La Iglesia Católica condena con firmeza la actitud de los laicos que actúan como "dueños" de las parroquias. Tanto el Magisterio de los últimos Papas como el Derecho Canónico dejan claro que los carismas y ministerios son para servir, no para acumular poder ni adueñarse de las estructuras.
El Papa Francisco criticó duramente esta actitud en repetidas ocasiones, advirtiendo que las parroquias no deben convertirse en "aduanas pastorales" ni en el jardín privado de unos pocos.  Cuando un laico se adueña de un espacio, se "clericaliza". En su exhortación Evangelii Gaudium, señala que:
  • la parroquia debe ser un centro de constante envío y no una "estructura caduca" que se aísla de la gente (EG 28).
  • La parroquia debe ser una "casa paterna donde hay lugar para cada uno" (Lc 15,11-32) y no un club selecto con derecho de admisión (EG 47)
  • buscar el poder, la vanagloria o el control dentro de la Iglesia es una forma de mundanidad que destruye la misión evangelizadora (EG 95)
El Código de Derecho Canónico establece que el gobierno de una parroquia corresponde únicamente al párroco, bajo la autoridad del obispo: 
  • El canon 536 establece que los laicos aconsejan, no mandan; participan a través de los consejos pastorales y económicos, pero estos órganos son consultivos, no deliberativos. Ningún grupo de laicos tiene la facultad jurídica de imponer normas, horarios o prohibiciones por encima del párroco o del derecho eclesial.
  • El canon 213 establece que los fieles tienen derecho a recibir de los pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia. Un grupo que bloquea o dificulta el acceso a la formación, a la liturgia o a los sacramentos está violando los derechos fundamentales de los demás bautizados.
La Congregación para el Clero del Vaticano publicó una instrucción específica titulada "La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia" que aborda directamente el problema:
  • El número 44 advierte contra el peligro de que las parroquias se vuelvan "autorreferenciales" o se congelen en estructuras rígidas controladas por unos pocos.
  • El número 38 exige que los laicos que asumen responsabilidades lo hagan con espíritu de comunión y de integración, evitando crear "feudos" o grupos cerrados que impidan la participación de nuevos fieles.
El Concilio Vaticano II recordó que, por el Bautismo, todos los fieles tienen la misma dignidad y el mismo derecho a participar activamente en la Iglesia. Ningún fiel tiene "más derechos" que otro dentro del templo por el simple hecho de llevar más años, haber donado más dinero o tener más cercanía con el sacerdote. Los carismas caducan y deben renovarse para dar paso al Espíritu Santo.
Qué hacer
Para abordar esta situación sin dividir más a la comunidad, se deben activar mecanismos internos de diálogo, estructura y normas diocesanas:
  • Acudir siempre al párroco: El sacerdote es la máxima autoridad jurídica y pastoral de la parroquia. Él debe conocer el malestar general para poner límites y evitar que estos laicos actúen como filtros de la comunidad.
  • Acudir al Consejo Parroquial:  Proponer la rotación de cargos en las actividades pastorales (de catequesis, liturgia, Cáritas, etc.) y que tengan un límite de tiempo fijo. 
  • Acudir a la Diócesis: Si el párroco tolera o teme a este grupo de laicos y no actúa, la comunidad tiene el derecho de redactar una carta formal y respetuosa al Vicario Episcopal de la zona o al Obispo, firmada por varios feligreses, detallando cómo este grupo daña la evangelización.
  • Evitar la confrontación: Los grupos cerrados se fortalecen cuando se sienten atacados. Es mejor desarmar sus argumentos con propuestas constructivas basadas en los documentos del Papa Francisco sobre una Iglesia abierta y "en salida".
  • No abandonar la parroquia: El alejamiento de los feligreses descontentos es exactamente lo que estos grupos buscan para mantener su control absoluto. La persistencia pacífica termina por desgastar los monopolios.

miércoles, 17 de junio de 2026

¿SON INCOMPATIBLES HOMOSEXUALIDAD Y CRISTIANISMO?

 

Hoy queremos reabrir un debate muy actual pero quizás un poco enquistado, seguramente, por falta de conocimiento de la Palabra de Dios y de doctrina de la Iglesia: ¿es incompatible la homosexualidad con el cristianismo?

Algunas personas afirman que las relaciones homosexuales activas son una forma legítima de amor, que deben normalizarse, reconocerse y apoyarse dentro de la Iglesia. Pero eso es mentir: es ir en contra del Evangelio, del Magisterio y de la doctrina católica, que no han cambiado ni van a cambiar por mucho que algunos se empeñen.

Cuando un cristiano (sacerdote o laico) le dice a una persona homosexual que Dios quiere que sea feliz siguiendo sus inclinaciones y teniendo relaciones con personas de su mismo sexo, no le está abriendo una puerta: le está cerrando la única que lleva a la vida. 

Le está diciendo con una "cruel amabilidad" que el Evangelio no es para él, que Cristo no tiene nada que ofrecerle, que no "encaja" en el Reino de Dios y que se rinda a su voluntad. Le está invitando a pecar, es decir, a alejarse de Dios.

El argumento esgrimido de que "Dios es amor y por lo tanto, aprueba o permite la homosexualidad" es una errónea y subjetiva interpretación ontológica de Dios, porque el término utilizado en 1 Jn 4,8 para definir a Dios como "amor" es "Ágape", que no puede confundirse con el amor (Erosque algunas personas de los colectivos LGTBI interpretan. 
El amor de Dios busca el bienestar eterno y la santidad del ser humano, no la gratificación de sus deseos o impulsos. El afecto o el sentimiento intenso entre dos personas no valida éticamente una acción ante la ley divina. El amor de Dios se manifiesta en el ofrecimiento de perdón y transformación para abandonar el pecado, no en la cohonestación o justificación de la conducta.

La Biblia enseña que el amor de Dios no es una aprobación ciega de cualquier conducta humanaDios es amor, pero también es santo y justo; su amor no anula sus mandamientos morales y, por tanto, permitir el pecado no es un acto de amor auténtico sino una falta de corrección: "En esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos" (1 Jn 5,3).

El diseño divino original de la creación y del matrimonio entre un hombre y una mujer tiene un propósito específico de complementariedad biológica y espiritual. Los relatos del Génesis y las enseñanzas de Jesús, afirman categóricamente que cualquier relación fuera de este diseño original se considera una desviación del plan divino, independientemente del afecto entre las personas.

¿Qué dice Dios?
Jesús es muy claro: "Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga" (Mt 16,24; Mc 8,34; Lc 9,23). No dice que nos rindamos pero tampoco que nos da beneplácito para hacer nuestra voluntad. Nos da la libertad de obrar, pero si queremos ser sus seguidores, es preciso humillarse, cargar con nuestras pruebas y seguirlo, es decir, cumplir sus mandamientos.

Jesús no discrimina ni condena a nadie pero tampoco induce al error ni aprueba un estilo de vida desordenado"Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más" (Jn 8,11).  El énfasis está en el "no peques más".
Dios nos corrige por amor"Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo" (Ap 3,19); "El Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos?" (Hb 12,6-7). 

Dios no nos pide que dejemos de ser quien somos, pero sí que caminemos con Él para convertirnos en aquel que podemos llegar a ser. Ser cristiano no es una cuestión de orientación sexual sino de voluntad humana hacia la divina.

¿Qué dice la Iglesia?
La teología moral de la Iglesia Católica distingue de forma clara entre orientación y comportamiento sexual y establece que las personas con tendencias homosexuales deben ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza, condenando cualquier tipo de discriminación injusta pero no como una terapia de reversión a la heterosexualidad.

Es exactamente lo mismo que la Iglesia hace con cualquier cristiano que quiere vivir su fe con coherencia: ofrecerle comunidad, oración, amistad, sacramentos, dirección espiritual. 

Sin embargo, sostiene que los actos homosexuales son contrarios a la ley natural y son un pecado grave, por lo que llama a los fieles pertenecientes a este colectivo a vivir en castidad y abstinencia.

La Iglesia no tiene como misión cambiar a las personas sino acompañarlas hacia la santidad y eso es perfectamente compatible con la verdad de que los actos homosexuales son objetivamente desordenados
No hay contradicción si se distingue entre la persona y sus actos, entre la tendencia que no se eligió y el camino que sí se puede elegir. Para la Iglesia, la orientación sexual forma parte de la realidad de la persona y no determina su grado de santidad ni su valor ante Dios pero sí distingue entre inclinación y acto.
El Catecismo de la Iglesia Católica señala que la condición o inclinación homosexual no es en sí misma un pecado (como tampoco lo es la heterosexual), sino que el foco ético se desplaza completamente hacia la llamada universal a la castidad fuera de la vocación matrimonial, que incluye a solteros y consagrados. 

La doctrina enseña que la sexualidad tiene dos fines inseparables: el procreativo (la apertura a la vida) y el unitivo (la unión de los esposos). Al considerar que los actos homosexuales no pueden cumplir con el fin procreativo, no cumplen uno de sus fines y, por tanto, se catalogan como intrínsecamente desordenados.

Por otro lado, enseña que el pecado requiere pleno conocimiento y libre consentimiento. Al no ser la orientación un acto voluntario, el juicio moral se aplica únicamente a las acciones que la persona decide realizar. Por tanto, el factor determinante es la voluntad que requiere ambas prerrogativas.

La Iglesia no plantea la castidad como una exigencia exclusiva para las personas homosexuales, sino como una virtud obligatoria para todos los fieles, adaptada a su estado de vida:
  • Castidad en la soltería: Cualquier persona católica que no esté unida en matrimonio está llamada a la abstinencia sexual.
  • Castidad en el matrimonio: Los esposos también están llamados a la castidad conyugal, lo que implica vivir su sexualidad con fidelidad y respeto, sin recurrir a métodos anticonceptivos artificiales ni a la pornografía.
  • Castidad como vía de santificación: La castidad no se define como una simple represión de los impulsos, sino como la "integración exitosa de la sexualidad en la persona". Se considera un don del Espíritu Santo que permite orientar el amor hacia el servicio y la entrega a los demás.
Este enfoque teológico guía la manera en que la Iglesia define la acogida de los fieles LGTBIQ+:
  • Identidad en Cristo: La Iglesia enseña que la identidad primaria (valor y dignidad) de un creyente es ser "hijo amado de Dios", no su orientación o impulso sexual. Y así, eleva la dignidad humana por encima de cualquier categoría social, psicológica o biológica. Las etiquetas basadas en la atracción o el deseo son consideradas dimensiones de la experiencia humana, pero no su esencia última.
  • Acompañamiento sin juzgar: Los sacerdotes están llamados a acompañar pastoralmente a las personas con tendencias homosexuales mediante los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, siempre que exista el propósito de vivir bajo la disciplina de la castidad (libertad dentro de la norma).
Contexto actual

Mientras la Iglesia defiende que este marco doctrinal es claro y justo, colectivos de cristianos LGTBIQ+ señalan que exigir el celibato obligatorio de por vida a quienes no tienen el don de la vocación religiosa representa una carga pastoral desproporcionada que a menudo genera exclusión.

A nivel institucional y doctrinal, la situación se divide en los siguientes pilares:
  • Doctrina invariable: El Catecismo de la Iglesia Católica define las inclinaciones de forma diferenciada a los actos, pero mantiene la imposibilidad de equiparar las uniones del mismo sexo con el sacramento del matrimonio heterosexual. 
  • Acercamiento pastoral: El Papa Francisco permitió bendiciones de carácter estrictamente pastoral e informal a personas (no a las uniones como rito oficial). Y el Papa León XIV ha manifestado la disconformidad de la Santa Sede con la formalización o liturgia de bendiciones para parejas del mismo sexo a fin de salvaguardar la unidad eclesial y evitar mayores divisiones doctrinales. 
  • Comunidades diversas: Colectivos internos de fieles y teólogos como Crismhom en España continúan trabajando por una visibilidad e inclusión plenas, conviviendo activamente con la exigencia de la moral sexual católica tradicional.