"Alzad la mirada y contemplad los campos,
que están ya dorados para la siega;
el segador ya está recibiendo salario
y almacenando fruto para la vida eterna:
y así, se alegran lo mismo sembrador y segador"
(Jn 4,35-36)
Ha concluido la visita del Papa León XIV a Madrid, con cuyo lema "Alzad la mirada" nos ha invitado a levantar la mirada del egoísmo cotidiano o de las preocupaciones materiales para ver el dolor y el sufrimiento, la necesidad de amor y de Dios de quienes nos rodean; nos ha mostrado la urgente necesidad espiritual de las personas: hoy es el momento de actuar, de compartir la fe, sin excusas ni postergaciones.
Por ello y sin pensármelo dos veces, he servido durante este fin de semana como uno de los 18.000 voluntarios que hemos puesto nuestro tiempo y esfuerzo a disposición de las personas, de la Iglesia y de Dios.
No os voy a mentir: físicamente he terminado exhausto. Han sido más de 30 horas de pie y sudando bajo el sol abrasador, organizando equipos, gestionando masas, controlando accesos, respondiendo las mismas preguntas una y otra vez, apaciguando ánimos, calmando nervios, y durmiendo poco (pero "muy deprisa").
Ha habido momentos de caos logístico y de tensión estratégica ante las avalanchas de peregrinos agolpados y nerviosos en los controles de acceso, y donde mantener la sonrisa y la calma ha sido un verdadero ejercicio de paciencia y perseverancia.
Pero en medio de todo ese cansancio y de esa tensión, me ha ocurrido algo maravilloso. Cada vez que le he dado una botella de agua a un peregrino, cada vez que he guiado a alguien perdido, cada vez que he contenido una valla o calmado los nervios de la gente, no he visto peregrinos: he visto sed, necesidad de Dios (Sal 42,1-3).
He experimentado una vez más lo que tantas veces leemos en la Biblia o decimos en Emaús: que hay más alegría en dar que en recibir. He sentido ese fuego del corazón ardiente, el mismo que siento cuando sirvo en nuestros retiros: no es lo que hago sino el amor que pongo en ello.
La visita del Papa ha concluido y he vuelto a mi rutina. ¡Qué fácil ser un voluntario estrella, sonriente y dispuesto, cuando el Papa está a unos metros y el ambiente es de fiesta, o cuando sirvo en un retiro de Emaús donde soy testigo de los milagros de Dios! Lo verdaderamente difícil es mantener ese mismo espíritu de servicio paciente cuando vuelvo a lo cotidiano.
El Papa ya se ha ido, pero ha dejado en nuestros corazones un claro mensaje: levantar la mirada del egoísmo cotidiano o de las preocupaciones materiales para ver el dolor, la necesidad de amor y la sed espiritual de quienes nos rodean.
También nos ha invitado a que seamos humanos de carne y hueso pero con la mirada puesta en Dios. Nada de tibiezas ni mediocridades, nada de apegos materiales o emocionales, nada de “mirar atrás” sino “alzar la mirada” para que, como los primeros cristianos, lo “normal” de nuestra fe sea “lo heroico de cada día”, hacer de lo ordinario algo extraordinario.
El servicio no es un evento especial de una semana al que nos inscribimos para sentirnos buenos cristianos; el servicio no es ponerse una camiseta naranja con una “V” de voluntario” o un polo de Emaús con una rosa o una mariposa. Nuestro servicio es el uniforme diario que nos debemos poner al despertar.
Servir no es solo controlar los accesos en un evento masivo o informar a personas perdidas; tampoco preparar la logística de un retiro; es escuchar con paciencia a quien nos cuenta sus problemas, es atender las necesidades de nuestra familia cuando estamos exhaustos, es tenderle la mano al hermano de nuestro grupo que hoy no tiene ganas de hablar, o sonreírle al conductor del coche de al lado que está teniendo un mal día. Servir es cumplir con el mandato de Cristo de amar al prójimo y de esa forma, amar a Dios.
Si solo sirvo en los "grandes momentos", soy un simple entusiasta, un simple fan. El cristiano no es un entusiasta ni un fan de eventos o experiencias espirituales; es un servidor a tiempo completo.
Mi experiencia con el Papa me ha mostrado una vez más que la logística del Reino de Dios funciona las 24 horas del día.
Pero hoy os comparto esto, no para hablar de lo que he hecho, sino para que sigamos la invitación del Papa a “alzar la mirada” de los móviles, de las redes sociales y de la tecnología que no pueden calmar esa necesidad; para que veamos a Cristo caminando a nuestro lado en las personas que nos encontramos; para que dejemos de mirar hacia abajo y hacia atrás como los dos de Emaús y mirar hacia arriba y hacia adelante, sirviéndole en lo pequeño, en lo invisible y en lo cotidiano.