"El que quiera ser grande entre vosotros,
que sea vuestro servidor,
y el que quiera ser primero entre vosotros,
que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido
sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos"
(Mt 20,26-28)
En un mundo donde el liderazgo se mide por la autoridad, la eficacia, el éxito y el reconocimiento, los cristianos estamos llamados a liderar de otra forma muy distinta: Cristo nos envía a servir sin apegos a seguridades humanas, sin comodidades materiales, sin “planes de negocio” ni "estudios de mercado", y muchas veces, hasta sin recursos (Mc 6,7-13).
El verdadero liderazgo cristiano tiene a Jesús como modelo, el siervo líder, quien antes de pedir algo, es el primero en hacerlo (Jn 13,3-17). El modelo cristiano de liderazgo no está basado en una estructura piramidal, sino comunitaria, en la que el líder utiliza sus dones para el bien común, en lugar de para el mérito personal. Lidera sin "resultadismos" ni "meritocracias", porque todo es obra de Dios, y toda la gloria es suya.
Un cristiano lidera con pasión y humildad, transformando el "yo" en servicio, huyendo del ego y enfocado en el bienestar de los demás; con alegría y generosidad, compartiendo talentos, tiempo y recursos para edificar a otros. Es la misma persona en público y en privado: auténtico, coherente y con un testimonio intachable.
Un cristiano lidera sin imponer su voluntad personal, sino guiado por el Espíritu Santo, para discernir la voluntad de Dios, a través de una vida activa de oración y de formación espiritual. El líder siempre actúa como un mayordomo o administrador de los talentos y recursos que Dios ha puesto bajo su cuidado.
Un cristiano lidera con visión. No hay liderazgo cristiano sin un “para qué”, sin un sentido, sin un propósito. No hay misión sin visión. Con la ayuda de la gracia, el líder busca transformar corazones a través del amor, atendiendo y sirviendo a los necesitados y marginados, a ejemplo de Cristo.
Un cristiano lidera con confianza total en Dios, porque no realiza una misión humana sino que ésta procede siempre de Dios. Por ello, el líder necesita trascender para escuchar a Dios en oración, para poder reconocer y discernir cuál es su voluntad.
Un cristiano lidera con fidelidad a un método: ser fiel a su esencia no significa repetir mecánicamente lo de siempre, sino mantener vivo su espíritu sabiendo captar necesidades y dar respuestas, para no caer en la rutina y el hastío: Vive la misión con pasión, con entusiasmo, la hace atractiva y sabe contagiarla para que el resto la interiorice y la haga propia: nadie sostiene una misión por sí solo.
Un cristiano lidera invirtiendo en “calidad, no cantidad”. Cuidar a los miembros, acogerlos y ayudarlos es su principal tarea. No busca "números" ni "fichajes", olvidándose de las personas, sino que las pone siempre en el centro de la misión, respetando su dignidad, mostrando afecto e interés, incluso hacia quienes le atacan o critican.
Un cristiano lidera sin buscar "seguidores", sino "colaboradores"; no busca fidelidad a su persona, sino a la misión; no forma "dependientes", sino nuevos líderes: el objetivo es "el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo" (Ef 4,11-12). La visión compartida construye la misión alrededor de una comunidad que crece orgánicamente, no alrededor de personalismos.
Un cristiano lidera motivando a otros y delegando responsabilidades, enseñando y acompañando siempre el proceso de maduración espiritual, para que contribuyan a la misión por voluntad propia, por "contagio", en lugar de por obligación o imposición.
Un cristiano lidera con un método personalizado: invierte tiempo de calidad en otras personas, no para enseñar doctrina, sino para compartir su vida. A ejemplo de Cristo, hace preguntas antes de dar respuestas, indaga problemas antes de dar soluciones, escucha antes de hablar.
Un cristiano lidera según el modelo de Cristo (Mt 18,1-35)
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