"El que quiera servirme, que me siga,
y donde esté yo, allí también estará mi servidor;
a quien me sirva, el Padre lo honrará"
(Jn 12,26)
Hoy leía en REL, un artículo muy acertado de la periodista Matilde Latorre que llevaba por título "Jesús no se quedó donde funcionaba", en el que nos recuerda y explica el modelo de evangelización a imitar, basándose en el pasaje de Mc 1,29-39.
"No acomodarme" es una idea que tengo siempre presente cuando sirvo a Dios en mi parroquia, en Emaús o en cualquier otro sitio. Sin embargo:
¡Qué tentación es "perpetuarme" en lugares donde soy testigo ocular de sus milagros!
¡Qué tentación es "acomodarme" donde "siento y recibo"!
¡Qué tentación es pensar que servir a Dios "trata de mí" y de lo que hago!
¡Qué tentación es "permanecer" en un oasis en medio del inhóspito desierto del mundo!
Como dice la periodista en su artículo, el servicio a Dios no se valida por el confort que produce sino por la fidelidad que exige. Estoy completamente de acuerdo. Y yo añadiría, "también por el compromiso y la perseverancia que exige".
Por desgracia, he sido testigo y confieso también haber sido parte de esta forma "cómoda" y "plácida" de evangelizar, donde el éxito está asegurado, donde la exigencia es llevadera y el compromiso fácilmente asumible, donde uno se siente acogido y "calentito" dentro de su "grupo estufa", donde el cumplimiento de "mínimos" puede llegar a ser una idea equivocada de servir a Dios.
Jesús no tuvo una misión cómoda ni tranquila, ni mucho menos. Ni tampoco nos la prometió así a nosotros. Llevó a cabo, humilde y obedientemente, lo que el Padre le envió a hacer en la tierra, rezando siempre para no "acomodarse", sabiendo siempre Quién marca el ritmo y el rumbo: oración y obediencia y humildad, los tres pilares del servicio.
Por contra, nosotros rezamos con la esperanza de escuchar a Dios decirnos lo que queremos oír, y si el Señor nos increpa, sacamos nuestro orgullo, nos excusamos con cualquier pretexto y desobedecemos porque, para nosotros, de lo que se trata es de sentir, de estar cómodos, de hacer lo que creemos que debemos hacer. Pero el cielo no funciona así...
"Cuando todos le buscamos" (cf. Mc 1,37), Jesús rompe nuestras expectativas humanas y se marcha a otro lugar para no caer en la tentación de la comodidad. Porque "no ha venido para quedarse, ni para ser servido, sino para servir y obedecer la voluntad del Padre" (cf. Mc 10,45), Y si yo me considero cristiano, debo negarme a mí mismo y seguir su ejemplo.
Salir de la comodidad es una elección personal, una respuesta libre a Dios; se hace de corazón, con obediencia, amor y gratitud, o no se hace... El servicio a Dios no es una actividad estática ni cómoda, sino una respuesta dinámica al amor recibido, que exige una transformación personal constante y una entrega activa.
Además, siguiendo el ejemplo de Jesús, nuestro servicio a Dios no lo realizamos sólo en los ambientes "favorables", "propicios" o "benévolos" de un retiro, de una gran parroquia o de un encuentro cristiano, sino también en los lugares "hostiles", "difíciles" o "incomodos", donde hay necesidad y/o donde Dios me llama.
El servidor de Dios debe ser:
- "obediente"; si no, no es servicio; es "activismo".
- "humilde"; si no no es servicio; es "vanagloria".
- "desinteresado"; si no, no es servicio; es "ensimismamiento".
- "comprometido"; si no, no es servicio; es "aburguesamiento".
- "sacrificado"; si no, no es servicio; es simple "expectación".
- "dinámico"; si no, no es servicio; es "acomodo".
El servicio a Dios no puede limitarse a realizar actividades religiosas por las que obtenga gratificaciones o que no me resulten incómodas, sino:
- poner a disposición de los demás todos los dones que Dios me ha dado (1 P 4,10)
- realizarlo de corazón y sin buscar reconocimiento humano (Col 3,23-24)
- hacerlo mi "forma de vida" y mi "testimonio del amor y la gracia de Dios" (Hch 20,24)
- poner a Dios en el 1º lugar, para darle gloria en cada acción (Mt 6,33; 1 Cor 10,31)
- poner al prójimo en 2º lugar, para darme hasta el extremo en cada necesidad (Is 58,10)
- ponerme yo en el último lugar, para dejar de lado mi egoísmo y mi comodidad (Mt 23,11)
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