"Me maravilla que hayáis abandonado tan pronto
al que os llamó por la gracia de Cristo,
y os hayáis pasado a otro evangelio.
No es que haya otro evangelio;
lo que pasa es que algunos os están turbando
y quieren deformar el Evangelio de Cristo"
(Gal 1,6-7)
En la vida de la Iglesia y, en particular, en los métodos de nueva evangelización (Emaús, Effetá, etc.), existe una tentación muy común por cambiar lo que ya funciona y lo que da frutos espirituales reales.
Se trata de una inclinación "muy humana" basada en la fascinación por la novedad, la presión de las modas culturales, la impaciencia humana o el deseo de control, que genera tensiones, pone en riesgo la esencia del método y suplanta sutilmente el papel que le corresponde únicamente al Espíritu Santo.
Por qué surge esta tentación
Varios son los motivos que originan esta inclinación:
- Deseo de ser "agente de cambio": asumimos erróneamente la responsabilidad personal de transformar el método y los procesos, olvidando que somos instrumentos de Dios.
- Deseo de innovación constante: asociamos lo "viejo" o lo "de siempre" con lo obsoleto, generando el temor a parecer anticuados y confundiendo la fidelidad al método probado con estancamiento.
- Deseo de dejar una huella personal (protagonismo): pretendemos "refundar" las cosas para imponer un estilo propio (el más original, el más emotivo o el más impactante), ignorando la acción protagonista del Espíritu Santo por simples deseos personales.
- Deseo de salir de la rutina: generamos la "idea" de aburrimiento por hacer siempre lo mismo, asumiendo erróneamente que el grupo también está cansado, cuando en realidad las personas encuentran estabilidad en esa rutina.
- Deseo de hiper-emocionalidad: queremos añadir dinámicas nuevas, carteles nuevos, músicas diferentes o efectos visuales para buscar un "impacto emocional" más fuerte, confundiendo la emoción pasajera con la verdadera conversión del corazón.
Qué riesgos genera esta tentación
Con estos deseos de cambios "cosméticos" queremos transformar a las personas de un día para otro, de forma inmediata y dejamos fuera de la ecuación el poder transformador de Dios, modificando lo externo y, a veces, "retocando" lo esencial según nuestros propios criterios humanos.
Sin embargo, san Pablo dice: "No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto" (Ro 12,2).
Cambiar "humanamente" lo que funciona "divinamente" genera varios riesgos:
- Confusión y dispersión: Los más vulnerables o los recién convertidos, necesitan constancia. Cambiar procedimientos rompe sus hábitos espirituales y puede alejarlos de la Iglesia.
- Desperdicio de carismas y recursos: Se desechan años de experiencia, materiales formativos y líderes capacitados que transmitieron el método para empezar desde cero con herramientas no probadas.
- Tensiones y divisiones: Introducir novedades sin consenso genera tensiones entre los servidores "veteranos" (que defienden la esencia) y los "nuevos" (que buscan innovar), rompiendo el ambiente de amor fraterno y servicio mutuo.
- Activismo estéril: Se gasta demasiada energía en la logística de la "reestructuración" (reuniones, nuevos planes, nuevos diseños), descuidando la fidelidad y obediencia a lo recibido.
- Evaporación de la Gracia: Cuando un cristiano cree que el cambio depende puramente de sus esfuerzos o de tácticas humanas, la fe corre el riesgo de enfriarse. Deja de ser una relación viva con Jesús para convertirse en una simple ideología estructural.
- Resistencia a los planes divinos: Al enfocarse en cambiar las cosas bajo criterios propios, el cristiano puede oponerse inconscientemente a los procesos que Dios mismo permite con un propósito pedagógico o de santificación.
Cómo evitar esta tentación
Un buen líder no es el que inventa algo nuevo, sino el que custodia con amor lo que ha recibido.
Para no caer en la tentación del cambio por el cambio y para que "dejemos a Dios ser Dios", es necesario discernir los métodos bajo criterios de continuidad y renovación, no de ruptura:
- Evaluar los frutos: Si un método produce conversiones auténticas, vida de oración, vocaciones y caridad fraterna, el método funciona. No hay razón para cambiar nada.
- Distinguir entre la esencia y el accesorio: Hay métodos que contienen una pedagogía atemporal. Cambiar lo accesorio es una opción; cambiar lo esencial, un error.
- Evitar la "idolatría de los números": La eficacia de un método no se mide por criterios de eficacia de marketing empresarial, sino por la acción de la gracia divina.
- Interceder en lugar de controlar: La labor principal de un método es presentar a las personas ante Dios, confiando en que solo Él tiene el poder de transformarlas.
- Liderar con el ejemplo: Los creyentes estamos llamados a mirar a Jesús y reflejar su rostro, haciendo que otros se acerquen por atracción y no por innovación.
- Enfocarse en la preparación espiritual, no en la logística: El éxito de un método no depende de una nueva iniciativa o de un nuevo cartel publicitario, sino de las horas de rodillas, obediencia y humildad de los servidores.
- Respetar con fidelidad el manual: Un método funciona porque es obra de Dios y porque su eficacia está probada. La obediencia al esquema original es una garantía de humildad, docilidad y obediencia a Dios.
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