¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.

sábado, 4 de julio de 2026

DIOS ME AMA COMO SOY, PERO ME HA SOÑADO MEJOR

 
"Con amor eterno te amé,
por eso prolongué mi misericordia para contigo"
(Jr 31,3)

El papa León XIV, durante su visita a Barcelona, le dijo a una reclusa de la cárcel de Brians: "Dios te quiere tal como eres pero te ha soñado mejor". Este "pero.." es una premisa complementaria con la que el pontífice la ofrecía consuelo y esperanza a la vez que la invitaba a buscar un equilibrio entre la autoaceptación y la transformación personal.

Sin embargo, habitualmente, nos quedamos en el "Dios me quiere tal como soy" y obviamos el resto. Es la excusa de muchos que se encuentran en situaciones irregulares o que mantienen conductas desordenadas. 

No podemos autoconvencernos de que a Dios no le importa que pequemos...con la excusa de que, como Padre nuestro que es, nos quiere, hagamos lo que hagamos. Porque eso no es cierto.

¿Qué padre permite que su hijo se haga daño o caiga en desgracia y no le socorra? ¿Qué padre dice amar a su hijo si acepta que sea un asesino, un violador o un ladrón, un corrupto o un mentiroso? ¿Qué clase de padre sería Dios si aceptara todo eso? ¿No sería un padre permisivo e indiferente que, en realidad, no ama a sus hijos?

Dios ama incondicionalmente la dignidad ontológica de la persona por el simple hecho de haberla creado, incluso aun cuando su dignidad moral esté gravemente herida por el pecado. 

Y precisamente porque la ama, no la abandona a una vida moralmente destruida, sino que aceptándola como es, la llama a recuperar el esplendor de una libertad perdida por el mal mediante una transformación personal según su proyecto de plenitud.

Dios no espera a que yo tenga una hoja de servicios impecable, a que sea perfecto o santo. Me recibe y me acoge en el estado en que me encuentro: en mis heridas y debilidades, en mis errores y fracasos, en mis pecados y caídas. Y me rescata.
  
La Dignitas infinita (2024, Dicasterio para la Doctrina de la Fe) recuerda que "el amor de Dios por todos los hombres no es una mera cuestión de conformismo o complacencia; no es una bendición sentimental de un desorden que es quizá provisional. Dios ama al pecador, pero no canoniza su prisión interior. Lo ama precisamente porque ve en él algo más grande que su caída. Lo ama no para dejarlo instalado en el lodo, sino para despertar la memoria de su dignidad”.

Dios no ama al hombre ideal, sino al hombre real. No ama una versión futura, limpia y presentable de mí, sino a mí, como persona concreta, con mis cicatrices, mis sombras y mis contradicciones siempre abiertas a pedir perdón y mejorar. Y al amarme así, me llama a salir de mí mismo.

La misericordia divina no consiste en decir que todo vale o que todo da igual: no es una anestesia moral, ni un relativismo ético ni una absolución psicológica sin conversión, petición de perdón y reconciliación. Si Dios “me ha soñado mejor”, entonces existe una verdad objetiva sobre mi vida, una forma más elevada de ser hombre, de amar, de desear, de elegir, de vivir.
 
La Veritatis Splendor (1993, Juan Pablo II) recuerda que hay actos que no pueden justificarse nunca por la intención, por las circunstancias o por las consecuencias. Existen absolutos morales porque existen bienes humanos que deben ser custodiados siempre. La vida, la dignidad, la fidelidad, la justicia, la verdad del cuerpo y del amor no son materiales disponibles para la manipulación subjetiva.

Pero estos absolutos no son piedras lanzadas contra el pecador. Son más bien las barandillas que impiden que el hombre se precipite hacia su propia destrucción. La ley moral no está contra la libertad; está contra aquello que esclaviza la libertad. No está contra el amor; está contra las falsificaciones del amor. La ley moral no hunde, rescata.

Por eso la Iglesia, ante la falta de propósito de enmienda, no puede decir simplemente “Dios te ama como eres” o "tus pecados te son perdonados" y callar lo demás. Sería una traición dulce, una misericordia incompleta, casi una forma de abandono. 

El amor verdadero no deja al amado encerrado en lo que lo destruye. Lo acompaña, lo espera, lo sostiene, pero también lo llama a la reconciliación más plena.
 
La Familiaris Consortio (1981, Juan Pablo II) señala que el hombre no suele llegar a la plenitud moral de golpe. Camina y puede tropezar, y ahí aprende y sabe que retroceder es una vía siempre rescatable. Entonces vuelve a empezar. La gracia no destruye la historia personal, sino que la sana desde dentro.

Entre el rigorismo que aplasta y el relativismo que disuelve se encuentra una de las claves de la pastoral cristiana que distingue siempre entre:
  • la ley de la gradualidad o pedagogía de Dios: paciencia, acompañamiento, proceso, conversión progresiva. Dios acoge el punto de partida de cada persona: sus heridas y dependencias, sus miedos y desconocimientos, sus condicionamientos y hábitos desordenados. Acoge al hombre donde está, pero no lo deja donde está. Lo lleva al punto de llegada.
  • la gradualidad de la ley o pedagogía del hombre: permisividad, relativismo, laxitud, condescendencia. Esto no es misericordia; es una forma de rebajar la dignidad de la persona, falsificando el amor divino. 
La moral cristiana no nace de la permisividad ni de la laxitud, sino de saberse amado. Dios no me ama porque ya sea bueno; me ama para hacerme mejor. No me acoge porque haya vencido todas mis dudas; me acoge para que pueda iluminarlas. No rebaja la verdad para consolarme, ni tampoco la usa para condenarme.

Dios me ama como soy, pero me ha soñado mejor” significa que puedo acercarme a Dios y ser acogido como soy hoy, pero que:
  • soy mucho más que mi pecado, más que mi herida, más que mi expediente
  • soy una criatura redimida, creada a imagen y semejanza de Dios
  • soy un hijo tan preciado que valgo la sangre de Cristo 
  • soy algo más grande todavía no cumplido, una belleza todavía escondida, una libertad todavía por nacer
La misericordia y el perdón, instaurada por Cristo en la cruz, no consiste en negar el barro, sino en afirmar que el barro no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el sueño que tiene Dios de mí: el "nuevo Adán".
"Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, 
ni ángeles, ni principados, 
ni presente, ni futuro, 
ni potencias, ni altura, 
ni profundidad, ni ninguna otra criatura 
podrá separarnos del amor de Dios 
manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor" 
(Rm 8,38-39)