
"Cuando los hombres dejan de creer en Dios,
no es que no crean en nada,
es que creen en cualquier cosa"
(Humberto Eco)
La creciente secularización de la sociedad occidental hace absolutamente necesaria la puesta en marcha de cauces de intercomunicación y acercamiento de la Iglesia a la sociedad postmoderna.
Se trata de un problema de confrontación dimensional, que siempre ha estado latente a lo largo de la historia de la Iglesia, lo que hace estar en permanente estado de lucha, de constantes adaptaciones y cambios, aunque manteniéndose fiel a sus esencias.
La fe ha de ser vivida por el cristiano en y desdela temporalidad, debe saber armonizar lo inmutable con lo mutable, la paradoja de vivir, en tiempos cambiantes, una esperanza de vida intemporal.
La Nueva Evangelización, permaneciendo fiel al mensaje de Cristo, ha de ser nueva porque:
- así lo exigen los cambios culturales
- es necesario rejuvenecer el rostro de la Iglesia
- hay que utilizar métodos más eficaces
- todos los cristianos, laicos y sacerdotes, debemos aprender a predicar con el ejemplo
Nuestro mundo ya no es el que era. Su gran enfermedad no es la crisis moral, ni la crisis de fe, es la falta de esperanza
El hombre postmoderno vive angustiado y expectante por abrirse a la esperanza pero está desengañado y de vuelta de todo, es descreído, relativista, materialista, consumista, hedonista y desconfiado y se muestra refractario a todo lo que suene a verdades absolutas e intemporales.
El mundo posmoderno no tiene oídos, ni tiempo para poder escuchar teorías o "meta-relatos", sean del signo que sean.
Pero también es muy agudo y perspicaz, y distingue a distancia lo que es genuino de lo que no lo es; lo que pide y exige no son tanto razones sino testimonios, actitudes, vivencias.
Por ello, nuestro testimonio cristiano hoy para que sea fidedigno ha de ser auténtico e ir acompañado del servicio y entrega generosa a los demás: “obras son amores y no buenas razones”, algo que en nuestro mundo cala hondo.
No se trata ya tanto de hablar y hablar… cuanto de hacer presente a Dios en el corazón de los hombres de hoy.
No se trata de "tener que ser", sino "ser": ser valientes, auténticos, genuinos, tolerantes, dispuestos a servir y a escuchar como prueba evidente de que Cristo está presente en nuestros corazones.