¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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jueves, 20 de agosto de 2026

RIGUROSOS VS. LAXOS

"Sed perfectos, 
como vuestro Padre celestial es perfecto" 
(Mt 5,48)

Desde el principio del cristianismo (y antes, en el judaísmo) ha existido polarización entre los que defienden a ultranza la fidelidad a la tradición recibida (doctrina, liturgia, métodos de evangelización, pastorales) por un lado, y los que defienden la misericordia por encima de todo, por otro. 

Sin embargo, ambas virtudes no sólo no se excluyen ni se oponen, sino que se necesitan mutuamente para no corromperse; son dos caras de la misma moneda que definen la esencia misma de Dios y que, sin embargo, el ser humano se empeña en confrontarlas.

El término griego utilizado en la Sagrada Escritura para misericordia, amor entrañable o compasión es Hesed, que significa explícitamente "amor fiel/verdadero". Dios es veraz y fiel a sus promesas precisamente porque es misericordioso con el pecador, ofreciendo restauración en lugar de condena. Es la disposición de Dios a mantener su amor a pesar de la infidelidad del ser humano.

El término griego utilizado en la Sagrada Escritura para fidelidad, verdad o firmeza (de donde viene la palabra Amén) es Emet, que significa "solidez, confianza y perdurabilidad en el tiempo". Dios es la roca sólida, su constancia e integridad no cambian ni se retracta de su palabra: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mt 24,35). 

Dios se define a sí mismo ante Moisés: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia (hesed) y fidelidad/lealtad (emet) que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación (Ex 34, 6). 

Dios es fiel a su alianza porque es misericordioso, y es misericordioso porque mantiene la fidelidad a la promesa hecha a su pueblo. 

Jesús, en el evangelio de Mateo nos exhorta claramente a ser como Dios: misericordiosos y fieles a la verdad (Mt 5,48). Cuando los cristianos rompemos este equilibrio entre Hesed (misericordia/amor entrañable) y Emet (fidelidad/verdad), nos dividimos en dos bandos irreconciliables: los rigurosos y los relativistas:

Rigurosos (fidelidad sin misericordia)
Su máxima es la defensa acérrima de la doctrina, la pureza moral y la verdad inmutable. Para ellos, la fidelidad consiste en aplicar la norma sin excepciones ni atenuantes. Absolutizan la verdad.

Priorizan la imagen de Dios como un Juez justo y santo. La santidad divina exige una línea clara entre el bien y el mal.

Caen en el legalismo, el pelagianismo y la rigidez. Ven la misericordia como una debilidad o una concesión que rebaja el nivel del evangelio. 

Producen exclusión, rigorismo ciego, intransigencia, legalismo deshumanizado, rigidez, exclusión y perfeccionismo obsesivo.
Relativistas (misericordia sin verdad)
Su máxima es la acogida incondicional, la comprensión de las debilidades humanas y la adaptación al contexto cultural. Para ellos, la prioridad es que nadie se sienta juzgado. Absolutizan la compasión.

Priorizan la imagen de Dios como un Padre indulgente y permisivo cuyo amor anula cualquier exigencia moral previa.

Caen en el relativismo moral, el laxismo, la complicidad con el error y la devaluación del compromiso

Transforman la misericordia en una simple "autocomplacencia psicológica". Al no proponer una conversión ni una verdad a la que ser fieles, vacían de sentido y de contenido la fe de Cristo, convirtiéndola en una especie de "gracia barata o de saldo". 

Producen debilidad moral, desorden y falta de compromiso.
Está claro que el primer grupo ya fue censurado y reprobado por Jesús en sus disputas con los fariseos. Sin embargo, veinte siglos después, el segundo grupo está ocupando posiciones dentro de la Iglesia como la máxima autoridad moral. Y también es censurable y reprobable.

Ocurre que en la evangelización siempre aparece algún "iluminado" de última hora que decide que algo que ha recibido es demasiado duro o demasiado antiguo y lo sustituye por lo que considera más adecuado, en aras de la creatividad y la innovación, que el Espíritu Santo le ha suscitado a él y sólo a él. 

También en la doctrina, aparece algún "inspirado" que decide que una enseñanza o una norma de la Iglesia resulta demasiado exigente, incómoda o difícil de explicar y empieza a erosionarla mediante excepciones, silencios y reinterpretaciones.

En ambos casos enarbolan la misma coartada moral: no se trata de desobedecer, sino de ser misericordioso; no se trata de colocar el criterio propio por encima de lo recibido, sino de atender a "lo que de verdad importa"; no se trata de cambiar conceptos o criterios sino de "actualizarlos". 

Quizás haya que preguntar a estos "ilustrados" (no por cultos o instruidos sino por su pertenencia a esa "fe ilustrada", poco evangélica y quizás herética): ¿Quién eres tú, pobre don nadie, para inventar cómo se debe actuar en una pastoral o en un método ni para corregir lo que de la Iglesia has recibido?

Un sacerdote no sube al altar para expresar sus opiniones; ni un teólogo recibe la doctrina para actualizarla a su gusto; ni tampoco un evangelizador tiene la potestad de cambiar un método que ha recibido y que es eficaz. Porque la liturgia no le pertenece al celebrante, la doctrina no pertenece al intérprete ni el método al recién llegado. 

Son realidades recibidas, anteriores a nosotros y destinadas a sobrevivirnos. Unas palabras que no hemos escrito, un método que no hemos rezado, una fe que no hemos fundado, unos sacramentos que no hemos inventado y una tradición que nos supera infinitamente.

Ahí están precisamente la humildad y la obediencia debidas en un cristiano: saber ocupar el propio lugar; aceptar que no todo depende de uno; comprender que la propia sensibilidad no es la medida de la Iglesia, que nuestras intuiciones personales, pastorales o evangelizadoras no constituyen una nueva fuente de revelación y que nuestras ocurrencias no mejoran necesariamente aquello que hemos recibido. 

Al final siempre aparece el pecado original: la pretensión de ego, el deseo de querer ser como Dios. La cuestión de fondo no es ni la creatividad en lo realizado ni la fidelidad a lo recibido, sino quién manda, quién tiene la potestad y la autoridad de cambiar la revelación, la tradición, la doctrina y las pastorales recibidas según el momento cultural.
Un ego humilde sabe obedecer también cuando no comprende del todo, cuando la norma no coincide con sus gustos/acciones o cuando la doctrina resulta impopular/molesta. 

Un ego prudente sabe respetar y continuar lo recibido sin que sea sospechoso de rígido o caduco.

Un ego orgulloso es el que altera a su gusto lo recibido y lo presenta como espiritualmente innovador. 

Un ego soberbio vacía de contenido lo que ha recibido y rebaja la exigencia requerida en aras de una presunta creatividad.

Los que se creen innovadores y creativos se atribuyen la potestad de decidir quién es humilde, quién es misericordioso, qué doctrina sigue siendo pastoralmente aceptable y qué método puede cambiarse. Y después llaman soberbio y riguroso al que pregunta con qué autoridad lo hacen.

Hay bastante más soberbia y arrogancia en creerse autorizado para rehacer las cuestiones espirituales según el propio criterio y en corregir la doctrina de la Iglesia que en aceptar que uno no es su dueño y que no está por encima de ellas.

Se puede ser rigurosamente fiel y profundamente misericordioso. 

Se puede amar la liturgia y desvivirse por los pobres o enfermos. 

Se puede sostener íntegramente la doctrina y tratar con infinita delicadeza a quien no consigue vivir conforme a ella. 

Se puede defender la tradición y entregar la vida por los demás. 

Los cristianos, llamados a ser como nuestro Padre celestial, tenemos que ser misericordiosos y compasivos, pero también fieles y veraces. No podemos ser lo uno y negar lo otro.

"Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno, 
lo que el Señor quiere de ti: 
tan solo practicar el derecho, 
amar la bondad, 
y caminar humildemente con tu Dios"
(Miq 6,8)

sábado, 4 de julio de 2026

DIOS ME AMA COMO SOY, PERO ME HA SOÑADO MEJOR

 
"Con amor eterno te amé,
por eso prolongué mi misericordia para contigo"
(Jr 31,3)

El papa León XIV, durante su visita a Barcelona, le dijo a una reclusa de la cárcel de Brians: "Dios te quiere tal como eres pero te ha soñado mejor". Este "pero.." es una premisa complementaria con la que el pontífice la ofrecía consuelo y esperanza a la vez que la invitaba a buscar un equilibrio entre la autoaceptación y la transformación personal.

Sin embargo, habitualmente, nos quedamos en el "Dios me quiere tal como soy" y obviamos el resto. Es la excusa de muchos que se encuentran en situaciones irregulares o que mantienen conductas desordenadas. 

No podemos autoconvencernos de que a Dios no le importa que pequemos...con la excusa de que, como Padre nuestro que es, nos quiere, hagamos lo que hagamos. Porque eso no es cierto.

¿Qué padre permite que su hijo se haga daño o caiga en desgracia y no le socorra? ¿Qué padre dice amar a su hijo si acepta que sea un asesino, un violador o un ladrón, un corrupto o un mentiroso? ¿Qué clase de padre sería Dios si aceptara todo eso? ¿No sería un padre permisivo e indiferente que, en realidad, no ama a sus hijos?

Dios ama incondicionalmente la dignidad ontológica de la persona por el simple hecho de haberla creado, incluso aun cuando su dignidad moral esté gravemente herida por el pecado. 

Y precisamente porque la ama, no la abandona a una vida moralmente destruida, sino que aceptándola como es, la llama a recuperar el esplendor de una libertad perdida por el mal mediante una transformación personal según su proyecto de plenitud.

Dios no espera a que yo tenga una hoja de servicios impecable, a que sea perfecto o santo. Me recibe y me acoge en el estado en que me encuentro: en mis heridas y debilidades, en mis errores y fracasos, en mis pecados y caídas. Y me rescata.
  
La Dignitas infinita (2024, Dicasterio para la Doctrina de la Fe) recuerda que "el amor de Dios por todos los hombres no es una mera cuestión de conformismo o complacencia; no es una bendición sentimental de un desorden que es quizá provisional. Dios ama al pecador, pero no canoniza su prisión interior. Lo ama precisamente porque ve en él algo más grande que su caída. Lo ama no para dejarlo instalado en el lodo, sino para despertar la memoria de su dignidad”.

Dios no ama al hombre ideal, sino al hombre real. No ama una versión futura, limpia y presentable de mí, sino a mí, como persona concreta, con mis cicatrices, mis sombras y mis contradicciones siempre abiertas a pedir perdón y mejorar. Y al amarme así, me llama a salir de mí mismo.

La misericordia divina no consiste en decir que todo vale o que todo da igual: no es una anestesia moral, ni un relativismo ético ni una absolución psicológica sin conversión, petición de perdón y reconciliación. Si Dios “me ha soñado mejor”, entonces existe una verdad objetiva sobre mi vida, una forma más elevada de ser hombre, de amar, de desear, de elegir, de vivir.
 
La Veritatis Splendor (1993, Juan Pablo II) recuerda que hay actos que no pueden justificarse nunca por la intención, por las circunstancias o por las consecuencias. Existen absolutos morales porque existen bienes humanos que deben ser custodiados siempre. La vida, la dignidad, la fidelidad, la justicia, la verdad del cuerpo y del amor no son materiales disponibles para la manipulación subjetiva.

Pero estos absolutos no son piedras lanzadas contra el pecador. Son más bien las barandillas que impiden que el hombre se precipite hacia su propia destrucción. La ley moral no está contra la libertad; está contra aquello que esclaviza la libertad. No está contra el amor; está contra las falsificaciones del amor. La ley moral no hunde, rescata.

Por eso la Iglesia, ante la falta de propósito de enmienda, no puede decir simplemente “Dios te ama como eres” o "tus pecados te son perdonados" y callar lo demás. Sería una traición dulce, una misericordia incompleta, casi una forma de abandono. 

El amor verdadero no deja al amado encerrado en lo que lo destruye. Lo acompaña, lo espera, lo sostiene, pero también lo llama a la reconciliación más plena.
 
La Familiaris Consortio (1981, Juan Pablo II) señala que el hombre no suele llegar a la plenitud moral de golpe. Camina y puede tropezar, y ahí aprende y sabe que retroceder es una vía siempre rescatable. Entonces vuelve a empezar. La gracia no destruye la historia personal, sino que la sana desde dentro.

Entre el rigorismo que aplasta y el relativismo que disuelve se encuentra una de las claves de la pastoral cristiana que distingue siempre entre:
  • la ley de la gradualidad o pedagogía de Dios: paciencia, acompañamiento, proceso, conversión progresiva. Dios acoge el punto de partida de cada persona: sus heridas y dependencias, sus miedos y desconocimientos, sus condicionamientos y hábitos desordenados. Acoge al hombre donde está, pero no lo deja donde está. Lo lleva al punto de llegada.
  • la gradualidad de la ley o pedagogía del hombre: permisividad, relativismo, laxitud, condescendencia. Esto no es misericordia; es una forma de rebajar la dignidad de la persona, falsificando el amor divino. 
La moral cristiana no nace de la permisividad ni de la laxitud, sino de saberse amado. Dios no me ama porque ya sea bueno; me ama para hacerme mejor. No me acoge porque haya vencido todas mis dudas; me acoge para que pueda iluminarlas. No rebaja la verdad para consolarme, ni tampoco la usa para condenarme.

Dios me ama como soy, pero me ha soñado mejor” significa que puedo acercarme a Dios y ser acogido como soy hoy, pero que:
  • soy mucho más que mi pecado, más que mi herida, más que mi expediente
  • soy una criatura redimida, creada a imagen y semejanza de Dios
  • soy un hijo tan preciado que valgo la sangre de Cristo 
  • soy algo más grande todavía no cumplido, una belleza todavía escondida, una libertad todavía por nacer
La misericordia y el perdón, instaurada por Cristo en la cruz, no consiste en negar el barro, sino en afirmar que el barro no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el sueño que tiene Dios de mí: el "nuevo Adán".
"Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, 
ni ángeles, ni principados, 
ni presente, ni futuro, 
ni potencias, ni altura, 
ni profundidad, ni ninguna otra criatura 
podrá separarnos del amor de Dios 
manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor" 
(Rm 8,38-39)