¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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jueves, 3 de septiembre de 2026

VIVIR EN LA VERDAD O EN LA OPINIÓN

"Confía en el Señor con toda el alma, 
no te fíes de tu propia inteligencia; 
cuenta con él cuando actúes, 
y él te facilitará las cosas; 
no te las des de sabio, 
teme al Señor y evita el mal: 
será salud para tu cuerpo, 
medicina para tus huesos" 
(Pro 3,5-8)

La frontera entre la verdad y la opinión es una de los motivos más comunes de debate, confusión y tensión en nuestra sociedad y también, dentro de la Iglesia. 

La realidad (lo objetivo: "lo que percibo", "lo que siento", "lo que creo"...) nos afecta profundamente, dando lugar a la opinión o juicio de valor ( lo subjetivo: el "yo pienso", "yo creo", "a mi me parece"...) que son las impresiones o impactos que nos causa un hecho determinado, que dependen de los sentidos corporales y psicológicos y que están muy condicionadas por nuestra historia, educación, entorno... 

Pero una opinión (por muy respetable que sea) no es una "verdad".  Y es aquí donde está la raíz del problema de nuestra sociedad actual: no queremos vivir en la verdad sino en "nuestra verdad", es decir, según nuestra opinión o impresión, según nuestra sensación o nuestra emoción, según nuestra conducta o voluntad. 

La verdad (objetiva) es incómoda porque nos obliga a confrontar realidades que preferiríamos ignorar, rompiendo nuestra zona de confort. Aceptar la verdad exige cambiar de perspectiva o asumir una responsabilidad que a menudo resulta pesada o inconveniente.

La opinión (subjetiva) es cómoda porque nos conforta, pero ese "bienestar" no es sino una ilusión que nos esclaviza y que nos impone muchas necesidades, que lejos de llevarnos a la verdadera felicidad, nos conducen a una espiral de decepciones y ansiedades.

Por ello, no debemos confundir verdad con opinión, aunque ésta esté refrendada por la mayoría: que muchas personas crean algo de forma unánime no convierte una opinión en una verdad. 

Desde una perspectiva espiritual, la "Verdad" es una experiencia de unidad, esencia y trascendencia, mientras que la "opinión" se asocia al ego, la ilusión y la separación.

La Verdad es inmutable. Es lo que no cambia, lo eterno, la esencia de la existencia, la Conciencia o lo Divino. No es algo que se pueda debatir o encerrar en palabras; se experimenta a través del silencio y la presencia. Crea unidad al ir más allá de los juicios conceptuales y descubrimos que en el fondo todos compartimos la misma chispa de vida o consciencia.

La opinión es voluble. Es lo que cambia constantemente según el condicionamiento histórico, cultural, social y personal de cada persona. Es un producto de la mente humana y del ego que pertenece al mundo de las formas, las etiquetas y la dualidad (bueno/malo, me gusta/no me gusta). Crea división entre "mi verdad" contra "tu verdad", generando conflicto, juicios y separación. 
Para entender cómo conviven ambos conceptos "puertas adentro", existen criterios teológicos claros que determinan qué debe aceptar un católico como verdad absoluta y en qué temas tiene libertad de opinión.

Los tres niveles de la Verdad (Lo que no es opinable)
  • Dogmas de Fe (Verdades Reveladas): Son verdades centrales contenidas en la Biblia o la Tradición que la Iglesia ha definido de forma infalible (por ejemplo, la Resurrección de Cristo, la Presencia Real en la Eucaristía o la Inmaculada Concepción). Negar un dogma sitúa a la persona fuera de la comunión con la Iglesia. Aquí no cabe la opinión personal.
  • Doctrina definitiva: Verdades que, aunque no hayan sido declaradas explícitamente como dogmas, están íntimamente ligadas a la Revelación y a la Iglesia, que las enseña de forma firme e irreversible.
  • Magisterio ordinario: Enseñanzas del Papa o de los obispos sobre fe y moral (expresadas en Encíclicas o en el Catecismo de la Iglesia Católica). Requieren lo que el Concilio Vaticano II llamó un "asentimiento religioso de la voluntad y del entendimiento", es decir, una actitud de obediencia, respeto y confianza, no de debate constante.
El amplio terreno de la opinión (Lo legítimamente discutible)
Muchos católicos cometen el error de "dogmatizar" sus opiniones personales o, al contrario, de "opinar" sobre los dogmas. La Iglesia defiende el pluralismo y la libertad en múltiples áreas:
  • Opinión política y económica: La Iglesia propone una Doctrina Social (principios como la dignidad humana, la solidaridad y el bien común), pero no existe un partido político católico único ni un solo sistema económico obligatorio. 
  • Teología y espiritualidad: En la Iglesia hay diferentes escuelas de pensamiento: la teología tomista de Santo Tomás de Aquino, la espiritualidad franciscana centrada en la pobreza, o la sensibilidad del Camino Neocatecumenal o el Opus Dei. Ninguna de estas corrientes es "la única verdad"; son caminos opinables y complementarios.
  • Cuestiones prudenciales: Las decisiones del Papa o de los obispos sobre el gobierno de la Iglesia (como nombramientos, estrategias pastorales o normativas disciplinarias como el celibato sacerdotal o el matrimonio, que son leyes eclesiásticas y no dogmas) pueden ser legítimamente discutidas y opinadas por los fieles, siempre que se haga con respeto a la autoridad.
El gran reto: confundir la opinión con la fe
En la práctica parroquial y pastoral diaria, suelen surgir dos extremos conflictivos en base a opiniones diferentes:
  • El Fundamentalismo tradicionalista: Ocurre cuando un grupo de católicos eleva sus opiniones litúrgicas (por ejemplo, preferir exclusivamente la misa en latín) o políticas al rango de "dogma", juzgando a otros católicos como "malos católicos" o herejes por no compartir su misma sensibilidad.
  • El Progresismo relativista: Ocurre cuando se reduce un dogma de fe o una enseñanza moral firme (como la doctrina sobre el matrimonio, sobre la dignidad de la vida o sobre las conductas desordenadas) al nivel de "una simple opinión de la jerarquía que puede y debe cambiar con los tiempos".
La respuesta de Dios y de la Iglesia: Cristo
Cuando el mismo Jesús dice: "la verdad os hará libres" (Jn 8,32) nos invita a desapegarnos de las opiniones, de la subjetividad, de lo que el mundo nos dice. Nos exhorta a entender que "yo no soy mis pensamientos" y nos enseña a observar la realidad sin juzgarla constantemente.

Para los cristianos, la Verdad no es una opinión, es una persona: Jesucristo ("Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida", Jn 14,6). No es algo que el ser humano inventa o decide, sino una realidad objetiva que se descubre y se recibe mediante la fe y la razón.

Sin embargo, en este mundo relativista la opinión personal se eleva al rango de verdad absoluta, también entre los cristianos. Por eso, la Iglesia advierte que cuando se afirma que "no existe la verdad objetiva" y que "todas las opiniones valen lo mismo" (incluso en temas morales, espirituales o pastorales), se cae en una inestabilidad moral donde el más fuerte o el más mediático impone su criterio.

El cardenal Sarah, en su libro "Al servicio de la verdad", afirma con contundencia que la Iglesia está sufriendo porque muchos católicos (incluidos los sacerdotes) temen a la opinión pública, a los medios de comunicación y a las corrientes ideológicas modernas, prefiriendo discursos complacientes antes que predicar la verdad del Evangelio. 

El purpurado insiste en que el cristiano no debe buscar el éxito ni la popularidad, sino transmitir fielmente la verdad inmutable que recibió. Citando el pasaje del joven rico, afirma que Cristo jamás suavizó su mensaje para ganar seguidores, y que la Iglesia tampoco debe subestimar a los fieles (especialmente a los jóvenes) dándoles una "verdad a medias".

La verdad no es algo negociable ni maleable por la cultura del momento; es una persona (Cristo) a quien el sacerdote y la Iglesia deben servir de manera absoluta, incluso si eso atrae la incomprensión o el sufrimiento del mundo

Por eso, como cristiano, me pregunto ¿Vivo en la Verdad o en la opinión? ¿Doy ejemplo de la Verdad o impongo mi opinión? ¿Estoy al servicio de la Verdad o de la opinión mayoritaria del mundo? 

jueves, 20 de agosto de 2026

RIGUROSOS VS. LAXOS

"Sed perfectos, 
como vuestro Padre celestial es perfecto" 
(Mt 5,48)

Desde el principio del cristianismo (y antes, en el judaísmo) ha existido polarización entre los que defienden a ultranza la fidelidad a la tradición recibida (doctrina, liturgia, métodos de evangelización, pastorales) por un lado, y los que defienden la misericordia por encima de todo, por otro. 

Sin embargo, ambas virtudes no sólo no se excluyen ni se oponen, sino que se necesitan mutuamente para no corromperse; son dos caras de la misma moneda que definen la esencia misma de Dios y que, sin embargo, el ser humano se empeña en confrontarlas.

El término griego utilizado en la Sagrada Escritura para misericordia, amor entrañable o compasión es Hesed, que significa explícitamente "amor fiel/verdadero". Dios es veraz y fiel a sus promesas precisamente porque es misericordioso con el pecador, ofreciendo restauración en lugar de condena. Es la disposición de Dios a mantener su amor a pesar de la infidelidad del ser humano.

El término griego utilizado en la Sagrada Escritura para fidelidad, verdad o firmeza (de donde viene la palabra Amén) es Emet, que significa "solidez, confianza y perdurabilidad en el tiempo". Dios es la roca sólida, su constancia e integridad no cambian ni se retracta de su palabra: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mt 24,35). 

Dios se define a sí mismo ante Moisés: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia (hesed) y fidelidad/lealtad (emet) que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación (Ex 34, 6). 

Dios es fiel a su alianza porque es misericordioso, y es misericordioso porque mantiene la fidelidad a la promesa hecha a su pueblo. 

Jesús, en el evangelio de Mateo nos exhorta claramente a ser como Dios: misericordiosos y fieles a la verdad (Mt 5,48). Cuando los cristianos rompemos este equilibrio entre Hesed (misericordia/amor entrañable) y Emet (fidelidad/verdad), nos dividimos en dos bandos irreconciliables: los rigurosos y los relativistas:

Rigurosos (fidelidad sin misericordia)
Su máxima es la defensa acérrima de la doctrina, la pureza moral y la verdad inmutable. Para ellos, la fidelidad consiste en aplicar la norma sin excepciones ni atenuantes. Absolutizan la verdad.

Priorizan la imagen de Dios como un Juez justo y santo. La santidad divina exige una línea clara entre el bien y el mal.

Caen en el legalismo, el pelagianismo y la rigidez. Ven la misericordia como una debilidad o una concesión que rebaja el nivel del evangelio. 

Producen exclusión, rigorismo ciego, intransigencia, legalismo deshumanizado, rigidez, exclusión y perfeccionismo obsesivo.
Relativistas (misericordia sin verdad)
Su máxima es la acogida incondicional, la comprensión de las debilidades humanas y la adaptación al contexto cultural. Para ellos, la prioridad es que nadie se sienta juzgado. Absolutizan la compasión.

Priorizan la imagen de Dios como un Padre indulgente y permisivo cuyo amor anula cualquier exigencia moral previa.

Caen en el relativismo moral, el laxismo, la complicidad con el error y la devaluación del compromiso

Transforman la misericordia en una simple "autocomplacencia psicológica". Al no proponer una conversión ni una verdad a la que ser fieles, vacían de sentido y de contenido la fe de Cristo, convirtiéndola en una especie de "gracia barata o de saldo". 

Producen debilidad moral, desorden y falta de compromiso.
Está claro que el primer grupo ya fue censurado y reprobado por Jesús en sus disputas con los fariseos. Sin embargo, veinte siglos después, el segundo grupo está ocupando posiciones dentro de la Iglesia como la máxima autoridad moral. Y también es censurable y reprobable.

Ocurre que en la evangelización siempre aparece algún "iluminado" de última hora que decide que algo que ha recibido es demasiado duro o demasiado antiguo y lo sustituye por lo que considera más adecuado, en aras de la creatividad y la innovación, que el Espíritu Santo le ha suscitado a él y sólo a él. 

También en la doctrina, aparece algún "inspirado" que decide que una enseñanza o una norma de la Iglesia resulta demasiado exigente, incómoda o difícil de explicar y empieza a erosionarla mediante excepciones, silencios y reinterpretaciones.

En ambos casos enarbolan la misma coartada moral: no se trata de desobedecer, sino de ser misericordioso; no se trata de colocar el criterio propio por encima de lo recibido, sino de atender a "lo que de verdad importa"; no se trata de cambiar conceptos o criterios sino de "actualizarlos". 

Quizás haya que preguntar a estos "ilustrados" (no por cultos o instruidos sino por su pertenencia a esa "fe ilustrada", poco evangélica y quizás herética): ¿Quién eres tú, pobre don nadie, para inventar cómo se debe actuar en una pastoral o en un método ni para corregir lo que de la Iglesia has recibido?

Un sacerdote no sube al altar para expresar sus opiniones; ni un teólogo recibe la doctrina para actualizarla a su gusto; ni tampoco un evangelizador tiene la potestad de cambiar un método que ha recibido y que es eficaz. Porque la liturgia no le pertenece al celebrante, la doctrina no pertenece al intérprete ni el método al recién llegado. 

Son realidades recibidas, anteriores a nosotros y destinadas a sobrevivirnos. Unas palabras que no hemos escrito, un método que no hemos rezado, una fe que no hemos fundado, unos sacramentos que no hemos inventado y una tradición que nos supera infinitamente.

Ahí están precisamente la humildad y la obediencia debidas en un cristiano: saber ocupar el propio lugar; aceptar que no todo depende de uno; comprender que la propia sensibilidad no es la medida de la Iglesia, que nuestras intuiciones personales, pastorales o evangelizadoras no constituyen una nueva fuente de revelación y que nuestras ocurrencias no mejoran necesariamente aquello que hemos recibido. 

Al final siempre aparece el pecado original: la pretensión de ego, el deseo de querer ser como Dios. La cuestión de fondo no es ni la creatividad en lo realizado ni la fidelidad a lo recibido, sino quién manda, quién tiene la potestad y la autoridad de cambiar la revelación, la tradición, la doctrina y las pastorales recibidas según el momento cultural.
Un ego humilde sabe obedecer también cuando no comprende del todo, cuando la norma no coincide con sus gustos/acciones o cuando la doctrina resulta impopular/molesta. 

Un ego prudente sabe respetar y continuar lo recibido sin que sea sospechoso de rígido o caduco.

Un ego orgulloso es el que altera a su gusto lo recibido y lo presenta como espiritualmente innovador. 

Un ego soberbio vacía de contenido lo que ha recibido y rebaja la exigencia requerida en aras de una presunta creatividad.

Los que se creen innovadores y creativos se atribuyen la potestad de decidir quién es humilde, quién es misericordioso, qué doctrina sigue siendo pastoralmente aceptable y qué método puede cambiarse. Y después llaman soberbio y riguroso al que pregunta con qué autoridad lo hacen.

Hay bastante más soberbia y arrogancia en creerse autorizado para rehacer las cuestiones espirituales según el propio criterio y en corregir la doctrina de la Iglesia que en aceptar que uno no es su dueño y que no está por encima de ellas.

Se puede ser rigurosamente fiel y profundamente misericordioso. 

Se puede amar la liturgia y desvivirse por los pobres o enfermos. 

Se puede sostener íntegramente la doctrina y tratar con infinita delicadeza a quien no consigue vivir conforme a ella. 

Se puede defender la tradición y entregar la vida por los demás. 

Los cristianos, llamados a ser como nuestro Padre celestial, tenemos que ser misericordiosos y compasivos, pero también fieles y veraces. No podemos ser lo uno y negar lo otro.

"Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno, 
lo que el Señor quiere de ti: 
tan solo practicar el derecho, 
amar la bondad, 
y caminar humildemente con tu Dios"
(Miq 6,8)

sábado, 4 de julio de 2026

DIOS ME AMA COMO SOY, PERO ME HA SOÑADO MEJOR

 
"Con amor eterno te amé,
por eso prolongué mi misericordia para contigo"
(Jr 31,3)

El papa León XIV, durante su visita a Barcelona, le dijo a una reclusa de la cárcel de Brians: "Dios te quiere tal como eres pero te ha soñado mejor". Este "pero.." es una premisa complementaria con la que el pontífice la ofrecía consuelo y esperanza a la vez que la invitaba a buscar un equilibrio entre la autoaceptación y la transformación personal.

Sin embargo, habitualmente, nos quedamos en el "Dios me quiere tal como soy" y obviamos el resto. Es la excusa de muchos que se encuentran en situaciones irregulares o que mantienen conductas desordenadas. 

No podemos autoconvencernos de que a Dios no le importa que pequemos...con la excusa de que, como Padre nuestro que es, nos quiere, hagamos lo que hagamos. Porque eso no es cierto.

¿Qué padre permite que su hijo se haga daño o caiga en desgracia y no le socorra? ¿Qué padre dice amar a su hijo si acepta que sea un asesino, un violador o un ladrón, un corrupto o un mentiroso? ¿Qué clase de padre sería Dios si aceptara todo eso? ¿No sería un padre permisivo e indiferente que, en realidad, no ama a sus hijos?

Dios ama incondicionalmente la dignidad ontológica de la persona por el simple hecho de haberla creado, incluso aun cuando su dignidad moral esté gravemente herida por el pecado. 

Y precisamente porque la ama, no la abandona a una vida moralmente destruida, sino que aceptándola como es, la llama a recuperar el esplendor de una libertad perdida por el mal mediante una transformación personal según su proyecto de plenitud.

Dios no espera a que yo tenga una hoja de servicios impecable, a que sea perfecto o santo. Me recibe y me acoge en el estado en que me encuentro: en mis heridas y debilidades, en mis errores y fracasos, en mis pecados y caídas. Y me rescata.
  
La Dignitas infinita (2024, Dicasterio para la Doctrina de la Fe) recuerda que "el amor de Dios por todos los hombres no es una mera cuestión de conformismo o complacencia; no es una bendición sentimental de un desorden que es quizá provisional. Dios ama al pecador, pero no canoniza su prisión interior. Lo ama precisamente porque ve en él algo más grande que su caída. Lo ama no para dejarlo instalado en el lodo, sino para despertar la memoria de su dignidad”.

Dios no ama al hombre ideal, sino al hombre real. No ama una versión futura, limpia y presentable de mí, sino a mí, como persona concreta, con mis cicatrices, mis sombras y mis contradicciones siempre abiertas a pedir perdón y mejorar. Y al amarme así, me llama a salir de mí mismo.

La misericordia divina no consiste en decir que todo vale o que todo da igual: no es una anestesia moral, ni un relativismo ético ni una absolución psicológica sin conversión, petición de perdón y reconciliación. Si Dios “me ha soñado mejor”, entonces existe una verdad objetiva sobre mi vida, una forma más elevada de ser hombre, de amar, de desear, de elegir, de vivir.
 
La Veritatis Splendor (1993, Juan Pablo II) recuerda que hay actos que no pueden justificarse nunca por la intención, por las circunstancias o por las consecuencias. Existen absolutos morales porque existen bienes humanos que deben ser custodiados siempre. La vida, la dignidad, la fidelidad, la justicia, la verdad del cuerpo y del amor no son materiales disponibles para la manipulación subjetiva.

Pero estos absolutos no son piedras lanzadas contra el pecador. Son más bien las barandillas que impiden que el hombre se precipite hacia su propia destrucción. La ley moral no está contra la libertad; está contra aquello que esclaviza la libertad. No está contra el amor; está contra las falsificaciones del amor. La ley moral no hunde, rescata.

Por eso la Iglesia, ante la falta de propósito de enmienda, no puede decir simplemente “Dios te ama como eres” o "tus pecados te son perdonados" y callar lo demás. Sería una traición dulce, una misericordia incompleta, casi una forma de abandono. 

El amor verdadero no deja al amado encerrado en lo que lo destruye. Lo acompaña, lo espera, lo sostiene, pero también lo llama a la reconciliación más plena.
 
La Familiaris Consortio (1981, Juan Pablo II) señala que el hombre no suele llegar a la plenitud moral de golpe. Camina y puede tropezar, y ahí aprende y sabe que retroceder es una vía siempre rescatable. Entonces vuelve a empezar. La gracia no destruye la historia personal, sino que la sana desde dentro.

Entre el rigorismo que aplasta y el relativismo que disuelve se encuentra una de las claves de la pastoral cristiana que distingue siempre entre:
  • la ley de la gradualidad o pedagogía de Dios: paciencia, acompañamiento, proceso, conversión progresiva. Dios acoge el punto de partida de cada persona: sus heridas y dependencias, sus miedos y desconocimientos, sus condicionamientos y hábitos desordenados. Acoge al hombre donde está, pero no lo deja donde está. Lo lleva al punto de llegada.
  • la gradualidad de la ley o pedagogía del hombre: permisividad, relativismo, laxitud, condescendencia. Esto no es misericordia; es una forma de rebajar la dignidad de la persona, falsificando el amor divino. 
La moral cristiana no nace de la permisividad ni de la laxitud, sino de saberse amado. Dios no me ama porque ya sea bueno; me ama para hacerme mejor. No me acoge porque haya vencido todas mis dudas; me acoge para que pueda iluminarlas. No rebaja la verdad para consolarme, ni tampoco la usa para condenarme.

Dios me ama como soy, pero me ha soñado mejor” significa que puedo acercarme a Dios y ser acogido como soy hoy, pero que:
  • soy mucho más que mi pecado, más que mi herida, más que mi expediente
  • soy una criatura redimida, creada a imagen y semejanza de Dios
  • soy un hijo tan preciado que valgo la sangre de Cristo 
  • soy algo más grande todavía no cumplido, una belleza todavía escondida, una libertad todavía por nacer
La misericordia y el perdón, instaurada por Cristo en la cruz, no consiste en negar el barro, sino en afirmar que el barro no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el sueño que tiene Dios de mí: el "nuevo Adán".
"Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, 
ni ángeles, ni principados, 
ni presente, ni futuro, 
ni potencias, ni altura, 
ni profundidad, ni ninguna otra criatura 
podrá separarnos del amor de Dios 
manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor" 
(Rm 8,38-39)

sábado, 27 de julio de 2024

EL ESPÍRITU DEL MUNDO ES UNA CIFRA HUMANA

"Y hace que a todos, pequeños y grandes, 
ricos y pobres, libres y esclavos, 
se les ponga una marca en la mano derecha o en la frente, 
de modo que nadie pueda comprar ni vender 
si no tiene la marca o el nombre de la bestia. 
Aquí se requiere sabiduría. 
El que tenga inteligencia, cuente la cifra de la bestia, 
pues es cifra humana. 
Y su cifra es seiscientos sesenta y seis"
(Ap 13,16-18)

El "espíritu del mundo", profetizado por san Juan en su Apocalipsis, adopta una apariencia de verdad y progreso, seguridad y bienestar, de paz y libertad pero lo cierto es que esclaviza a quien lo sigue y mata a quien lo rechaza. 

Mientras los "adoradores del Cordero" se postran libre y gozosamente ante su Señor y llevan la marca de la Cruz como un signo de libre pertenencia, los "adoradores de la Bestia" lo hacen obligados y amenazados, y son marcados en la mano derecha o en la frente por su amo, como signo de esclavitud:
  • en la mano derecha: porque todo lo que hacen lleva la impronta de la Bestia (actos, movimientos y leyes) 
  • en la frente: porque todo lo que piensan está subordinado a la Bestia (identidad, aspecto y pensamiento).
El pensamiento único es de obligado cumplimiento: nadie pueda comprar ni vender si no tiene la marca o el nombre de la bestia , es decir, quien no lo sigue, queda excluido, proscrito o señalado.

La intención de este adoctrinamiento coercitivo es generar sustitutos humanos de la fe/religión, es imponer sucedáneos mundanos a los valores divinos, y con los que prometen engañosamente al hombre  una sociedad de libertad y felicidad. 
Es la misma rebelión del Diablo, Satanás, contra el designio divino: "Y hubo un combate en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón, y el dragón combatió, él y sus ángeles. Y no prevaleció y no quedó lugar para ellos en el cielo. Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron precipitados con él" (Ap 12,7-9)

Es el mismo engaño de la serpiente antigua a nuestros primeros padres en el Edén: "No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él se os abrirán los ojos, y seréis como Dios" (Gn 3,4-5).

Es el "apocalíptico" número "humano" de la bestia señalado por san Juan en Ap 13,18: el 666 , es decir, hombre-hombre-hombre (el número seis, en la Biblia, representa al hombre, puesto que fue creado el 6º día).

El "espíritu del mundo" invade todo, ocupa absolutamente cualquier ámbito de la sociedad y gobierna por completo nuestro mundo. Se trata de la imposición de un pensamiento único que es filosóficamente relativista, espiritualmente gnóstico, socialmente marxista, económicamente capitalista y psicológicamente freudiano". Estos son los sustitutos humanos de la fe que conforman el "ateísmo" de nuestro siglo XXI:
Relativismo filosófico ("mi propia verdad") 
Parte de una actitud antimetafísica que niega la existencia de verdades absolutas: el bien y el mal son conceptos relativos y subjetivos porque están influenciados por la historia, la cultura, las circunstancias concretas y las ideas preconcebidas.

La verdad depende del sujeto que la experimenta y no tiene por qué ser compartida por el resto de los seres humanos. Hablamos de subjetivismo y de escepticismo que lleva al hombre a buscar su "propia verdad", a recelar de la del otro (polarización), a descartar la verdad divina y a prometer un paraíso del "estado de bienestar”, basado en la ciencia y el progreso tecnológico.

Dos ejemplos son: el relativismo lingüístico y relativismo cultural que niegan la existencia de valores, juicios morales y comportamientos con valor absoluto y de carácter universal, lo que conduce tanto a la deconstrucción del idioma como de la cultura, y por tanto, a la transformación forzosa de la sociedad.

Espiritualidad gnóstica ("mi propio dios") 
No se trata de un concepto nuevo ni de un invento actual sino que procede del sincretismo y de la heterodoxia de sectas judeocristianas que surgieron a partir del s. I. d. C., que afirma la presencia en el hombre de un "espíritu divino interior", el "yo" humano, frente a un Dios maléfico responsable del universo material, creado defectuoso y hostil. 

Asumido por espiritualidades orientales (budismo, hinduismo, panteísmo...) y prácticas esotéricas (espiritismo, tarot, mindfulness...), afirma que el mal y la perdición están ligados a la materia, mientras que lo divino y la salvación pertenece al ámbito espiritual e individual de la persona. 

La salvación se alcanza por el conocimiento (gnosis) directo e introspectivo de ese "yo divino" ("seréis como Dios") que se obtiene a través de de la "iluminación" individual, sólo al alcance de unos pocos "elegidos o iluminados", y por tanto, niega la intervención de Dios en el mundo material (encarnación, muerte y resurrección de Cristo) para la salvación universal.

Socialismo marxista ("mi propia ideología") 
Es una teoría sociopolítica (también económica) e intervencionista que aspira a la igualdad social a través de la eliminación de toda característica diferencial entre las personas. Es una ideología con "apariencia" de libertad pero que dicta todo tipo de prohibiciones y conculca todo tipo de derechos a través de la "educación programada” y del “control de la información”

Niega todo tipo de religión para concebir un “universo ateo”, una "anti-creación surgida por casualidad y al azar, en el que todo es laicismo, la "religión civil" ("mi propia religión"), y afirma el comunismo social y político ("mi propia ideología"), defiende la “vida natural” y reniega de la sobrenatural

Sus variantes son: el materialismo histórico ("mi propia historia") y el materialismo dialéctico ("mi propia razón"). 

Capitalismo económico ("mi propia libertad") 
Es un sistema fundamentalmente económico y mercantilista (aunque también social, político y jurídico) basado en el llamado laissez faire ("dejar hacer, dejar pasar"), un concepto sin normas ni principios ("todo vale").

Basado en el "vales lo que tienes" o "eres lo que posees", actúa en su propio beneficio a través de la imposición de un “mercado global”, despersonalizado y competitivo que destruye el sentido de comunidad y construye un concepto utilitarista y despersonalizado, que considera a las personas "mercancías" o "productos de consumo". Su único objetivo es la mayor ganancia posible: "Lo que hace libre al hombre es el dinero".

Su principal variante es el capitalismo corporativo ("mi propio mundo") caracterizado por una sociedad individualista” que excluye y destruye al resto, y por el dominio de grandes corporaciones jerárquicas, burocráticas y supranacionales (imperialismo globalizador) que crea una “cultura del consumismo” de personas prescindibles y mercancías en serie (o viceversa).

Freudianismo psicológico ("mi propia sexualidad") 
Basado en el estudio de la mente humana, afirma la influencia del subconsciente en el comportamiento, los pensamientos y las emociones, sobre todo, sexuales, y en los procesos de represión/liberación de las emociones y deseos.

Una variante es el hipersexualismo ("mi yo satisfecho"): la exaltación del cuerpo frente a la continua degradación del almael culto al placer y al ocio que rechaza al sufrimiento y el esfuerzo, la autodeterminación de la libertad sexual, el deseo de satisfacción sexual de cualquier forma y medio, la sustitución del amor por el placer, que en la mayoría de las ocasiones, conducen desgraciadamente a sucesos de violencia sexual.

Esta es la radiografía de la cifra humana del Anticristo que san Juan profetizó hace dos mil años. Se requiere inteligencia y sabiduría para calcularla, nos dice el discípulo amado de Jesús. Es preciso discernir los signos de los tiempos bajo la guía del Espíritu Santo porque el humo de Satanás lo envuelve todo en tinieblas para confundir, desviar a todos y conducir al hombre a su propia destrucción..



jueves, 8 de septiembre de 2022

EL NUEVO LENGUAJE, ENTRE ORWELL Y TOLKIEN

la crisis del lenguaje es una crisis ética. Cuando el lenguaje expresa y comunica, no estamos ni en la incomunicación ni en lo que llamaremos hipercomunicación, propia del solaz del fingimiento que posibilita la existencia en red, de la que Facebook, por caso, es un ejemplo paradigmático y sintomático a la vez.la crisis del lenguaje es una crisis ética. Cuando el lenguaje expresa y comunica, no estamos ni en la incomunicación ni en lo que llamaremos hipercomunicación, propia del solaz del fingimiento que posibilita la existencia en red, de la que Facebook, por caso, es un ejemplo paradigmático y sintomático a la vez.
la crisis del lenguaje es una crisis ética. Cuando el lenguaje expresa y comunica, no estamos ni en la incomunicación ni en lo que llamaremos hipercomunicación, propia del solaz del fingimiento que posibilita la existencia en red, de la que Facebook, por caso, es un ejemplo paradigmático y sintomático a la vez.
la crisis del lenguaje es una crisis ética. Cuando el lenguaje expresa y comunica, no estamos ni en la incomunicación ni en lo que llamaremos hipercomunicación, propia del solaz del fingimiento que posibilita la existencia en red, de la que Facebook, por caso, es un ejemplo paradigmático y sintomáti
"Pues está escrito: 
¡Por mi vida!, dice el Señor,
ante mí se doblará toda rodilla,
y toda lengua alabará a Dios"
(Rom 14,11)

La crisis moral, de valores y creencias que vive esta sociedad orwelliana, que manipula la información, que vigila nuestros actos en los medios y que reprime nuestras libertades a base de prohibiciones y decretos, se ha trasladado también al lenguaje. 

Las palabras y las frases han perdido su dimensión semántica, sintáctica y morfológica, vaciando su significación para convertirse en "poses fingidas", estereotipos, eufemismos, clichés y tópicos que se pronuncian sin pudor, sin expresión y sin sentido, transformando el lenguaje en "puro ruido"

Decía san Agustín que "las palabras son signos que se caracterizan por referirse a cosas con una cierta intención" (De Magistro 7,20), y que, además, están reguladas por unas normas lingüísticas. Sin embargo, hoy esas normas se ignoran a propósito con una cierta intención: manipular ideológicamente.

Los Ministerios del Estado "globalista" llamado ONU, que Orwell en su distópica novela 1984llamaba Oceanía, se han puesto en marcha: 
  • el Ministerio del Amor, se encarga de adoctrinarnos y reeducarnos para que sigamos el "pensamiento único"
  • el Ministerio de la Paz, se encarga de que estemos en continuo conflicto unos con otros, de forma que "divide y vencerás"
  • el Ministerio de la Abundancia, se encarga de planificar nuestra economía diciéndonos qué, cómo, cuánto y a quien debemos consumir, empobreciéndonos cada día más
  • el Ministerio de la Verdad,  se encarga de controlar los medios y las redes sociales, con el objetivo de establecer una "versión oficial" de cómo son las cosas.
El Enemigo de Dios y del hombre se ha dado cuenta que es preferible "deconstruir" la sociedad que "destruirla". La diferencia estriba en que, mientras "destruir" implica demoler completamente, "deconstruir", supone un proceso de sutil desmantelamiento de las estructuras, mediante técnicas vanguardistas ("progres") para reutilizar sus elementos de forma selectiva e interesada. 

Y así ha ocurrido en los usos y costumbres, en los medios de comunicación, en las leyes, en la política, en la arquitectura, en la gastronomía y, también, en el lenguaje, a través de lo que Orwell llama "neolengua o nueva lengua".

El "Estado" ha ideologizado el lenguaje hasta el punto de convertirlo en una propaganda atea y anti divina que pretende abstraer las verdades absolutas, transformándolas en eufemismos y elementos artificiales, para dominar el pensamiento de sus ciudadanos.

Un "nuevo lenguaje" que es la mismísima esencia del "anillo único" de Tolkien: "Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas". 

Un "anillo" que habla, que fascina, tienta y atrae a quien lo utiliza. Un anillo creado para "gobernarnos a todos".
"One Ring to rule them all, 
One Ring to find them, 
One Ring to bring them all, 
and in the darkness bind them"

Este neolenguaje o deconstrucción del lenguaje pone el énfasis en la apariencia, o sugiere, al menos, que su esencia se encuentra en lo superficial, en lo banal y que los conceptos, valores e ideales son relativos y dependen del estado de ánimo personal. 

Su consecuencia más obvia es el llamado "lenguaje inclusivo", una invención del "Estado" globalista  que, con la excusa de la lucha contra la discriminación, por la igualdad y la inclusión, pretende modificar el habla y el lenguaje, con el propósito de cambiar nuestra mentalidad y convertirnos a todos en ciudadanos unitarios, normalizados y sumisos que hablan de la misma manera y con el mismo propósito.
Sin embargo, el “lenguaje inclusivo” no genera en sí mismo una sociedad más igualitaria ni más justa ni más verdadera. Tan sólo un modo de hablar que a muchos nos parece, como mínimo, ridículo. Pero para quienes lo utilizan, se trata de un reconocimiento mutuo de integración y pertenencia a ese pensamiento único. Es decir, utilizándolo, saben quiénes son de los "suyos" y quiénes no, y por lo tanto, "dividen" y "señalan".

La deconstrucción del lenguaje (Jacques Derrida) no es sino  el empeño subjetivo, radical y relativista de visibilizar el anhelo nietzscheano de la emancipación plena del ser humano, que no es otro que el objetivo diabólico y nihilista de tergiversar la verdad, de confundir bien y mal, y, en definitiva, separar al hombre de Dios.
Es el intento de deslegitimar el valor del logos, la palabra hablada, elemento de suma importancia en nuestra civilización judeo-cristiana, y desvincular el concepto de "verdad", separando "significado" y "significante", transformando y descontextualizando el sentido de las palabras (y de las cosas).

Es la pretensión de la afirmación personal de los propios valores éticos y la refutación del origen metafísico de las cosas: la negación del ser, de sus principios, de sus propiedades y de sus causas primeras. En definitiva, es la negación de Dios y la afirmación del "superhombre" nietzscheano

Es el anhelo de un "alter realismo" ausente de normas, de estructura y de método que deriva en un individualismo social que se opone radicalmente a la conciencia personal y social, que no se conforma con la realidad tal cual es, sino que recela de ella y pretende cambiarla para emanciparse a una realidad todavía por venir. 

Es la refutación nihilista, relativista y dictatorial de toda creencia, de todo principio moral, religioso, político o social. La negación de la Verdad absoluta y la afirmación de valores irreales reconstruidos. 

Es la esperanza desesperada, la certeza incierta, la identidad indeterminada, consecuencia de una actitud de rebeldía que hunde al ser humano a la oscuridad más absoluta y le aleja de la luz divina y trascendente. 

Es la manifestación del impío, el misterio de la iniquidad, que san Pablo anunció a la Iglesia de Tesalónica, que ocurriría antes de la venida del Señor :

"Porque el misterio de la iniquidad está ya en acción;
apenas se quite de en medio el que por el momento lo retiene,
entonces se manifestará el impío...
La venida del impío tendrá lugar, por obra de Satanás,
con ostentación de poder, con señales y prodigios falsos,
y con todo tipo de maldad para los que se pierden,
contra aquellos que no han aceptado 
el amor de la verdad que los habría salvado.
Por eso, Dios les manda un poder seductor, 
que los incita a creer la mentira;
así, todos los que no creyeron en la verdad 
y aprobaron la injusticia,
recibirán sentencia condenatoria"
(2 Tes 2,7-12)

martes, 29 de junio de 2021

FRENTE AL DESCARTE, ENCUENTRO Y ACOGIDA


"Amarás al Señor, tu Dios, 
con todo tu corazón y con toda tu alma 
con toda tu fuerza y con toda tu mente. 
Y a tu prójimo como a ti mismo"
(Lc 10,27)

La parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,30-37) interpela a un mundo que ha dejado de ser solidario y justo. Jericó representa a una sociedad hostil que ha dejado de ser "civilizada", el sacerdote y el levita personifican a una comunidad que se ha deshumanizado y desnaturalizado, toda vez que ha dejado de contemplar los valores innatos a la dignidad humana para hacerlo en términos utilitaristas, económicos o productivos.  

La cultura del "tener", del materialismo o del consumismo es, en realidad, la cultura del hedonismo y del placer, que oculta bajo una falsa apariencia de "bienestar", un amor narcisista, endiosado y ególatra. El mismo orgullo de Satanás, quien se vanagloria de atacar los dos principales mandamientos de Dios, amar a Dios y amar al prójimo, para amarse a sí mismo y destruir al hombre.
Dice el papa Francisco que "la globalización nos ha hecho más cercanos pero no más hermanos" porque ha dado paso a "la cultura del descarte", que consiste en categorizar a los seres humanos por su poder adquisitivo, por su fragilidad y vulnerabilidad, por su color de piel, por su condición social, religiosa o económica o, simplemente, por sus creencias o ideas, de tal modo que quienes no cumplen los requisitos estandarizados del Nuevo Orden Mundial son, sistemáticamente, descartados y situados en el ámbito de la marginalidad.
La cultura de la indiferencia, del desprecio y de la muerte arremete fundamentalmente contra los más frágiles y vulnerables, que son descartados porque no aportan, porque no producen, porque no consumen.

Y así, los no nacidos (seres humanos inocentes) son descartados con leyes del aborto, los ancianos (testigos de la memoria colectiva y de la tradición), desechados con leyes de la eutanasia, las familias (pilares de la sociedad) destruidas con leyes del divorcio, y los pobres (los predilectos de Jesús) marginados con injustas leyes exclusivas. 

Frente a la cultura del descarte, el papa Francisco nos exhorta a practicar "la cultura del encuentro y la acogida". Nos llama a ser una Iglesia samaritana que acoja y abrace sin esperar reconocimientos ni gratitudes; que sea cercana y que no se desentienda de nadieque sea prójima y que no pase de largo; que se acogedora y dedique tiempo y espacio e incluso, dinero con los "descartados".
¿Quién es mi prójimo?
Los judíos seguían el mandamiento levítico de amar al prójimo entendido como "próximo", es decir, como pariente o persona cercana en su comunidad. 

Amar a nuestros seres queridos, a nuestros familiares y a nuestros amigos es fácil, pero Jesús va más allá cuando nos dice: "Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos" (Mt 5,44-45). Para ser hijos de Dios debemos amar y rezar por nuestros enemigos. Y eso, sí que cuesta...

Además nos dice: "No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13), refiriéndose con  el termino "amigos" a todos los hombres. Es el amor el que nos da ojos para ver, corazón para sentir, y manos para servir.

Los cristianos debemos dar la vida por todos..."Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,46-48). Para ser perfectos en el amor como Dios debemos amar a todos. Y eso sí que merece la pena...

Así pues, "prójimo" no es aquel que me es más cercano por razones de parentesco, nacionalidad, cultura o religión, sino aquel a quien me acerco en su necesidad, a quien me aproximo en su sufrimiento, a quien me uno en su dificultad.
Amar al prójimo requiere "pararme", no por curiosidad sino por disponibilidad. Supone superar mis prejuicios, acoger y ayudar a quienes me necesitan. Implica sentir su misma hambre y su mismo dolor, asumir su situación compasivamente, es decir, "padecer-con" ellos. 

Supone comprometerme y preocuparme por quien sufre, por quien tiene necesidades, por quien está indefenso o herido. Porque no puedo ser espectador silencioso o desentendido ni inhibirme por temor a mancharme las manos, por recelo a entretenerme y ofrecer mi tiempo, por suspicacia a pararme y ofrecer mi ayuda. 

Pero además, no puedo despreocuparme de mi prójimo porque eso significará que me estoy desentendiendo del propio Jesús: "Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,35-36).

Frente a la cultura del descarte, como cristiano debo vivir una cultura de la compasión, del compromiso y de la comunión: sentir con y por los que sufren, servir por amor a los necesitados y edificar una comunidad amorosa con mis prójimos y con Dios.

Y ahora...
..."Anda y haz tú lo mismo"
(Mt 10,37)