¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.

domingo, 27 de septiembre de 2026

¿QUIÉN ES JESÚS PARA MI?

"Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?"
(Mt 16,15; Mc 8,29; Lc 9,20)

Jesús nos lanza una pregunta directa, ¿Quién soy yo para vosotros?. Un interrogante que no se responde recurriendo a los datos sobre su historicidad, sino examinando la relación personal y cotidiana que decidimos construir con Él. 

Cristo no nos plantea un exámen de teología sino una invitación a profundizar en nuestra alma y a definir nuestras prioridades. No quiere una respuesta "correcta" sino honesta. No quiere saber una opinión ajena sino la convicción y el compromiso que tenemos sus discípulos. 

En una sociedad actual saturada de información, de opiniones ajenas y de verdades subjetivas, la pregunta nos invita a definir nuestro conocimiento de Cristo va más allá del "que dirán", de las creencias heredadas o de las costumbres culturales, nos obliga a cuestionarnos si nuestra fe en Cristo se basa en una idea recibida o en una experiencia personal.

Hoy, nadie niega la historicidad de Jesús pero muchos le ven simplemente como un gran maestro de moral, un filósofo, un curandero o un revolucionario pacífico. La pregunta rompe esa distancia cómoda: nos fuerza a decidir si solo le admiramos desde la distancia de una creencia cómoda o si asumimos el compromiso radical de seguirlo.

¿Quién es Jesús para mí?

En mis momentos de silencio y de paz, eres  mi amigo y confidente, el que me conoce por completo (mejor que yo mismo), el que sabe mis secretos.

Tú no pretendes que yo sea tu esclavo. No quieres mi obediencia ciega nacida del miedo; sino mi confianza nacida del amor. Buscas una relación de amistad profunda, íntima y sincera conmigo. Tú ya conoces todo de mi y, aun así, eliges llamarme tu amigo: 

"Ya no os llamo siervos, 
porque el siervo no sabe lo que hace su señor: 
a vosotros os llamo amigos, 
porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" 
(Jn 15,15)
En mis problemas y dificultades, eres mi alivio y mi descanso, a quien entrego las cargas que no puedo llevar solo y las preocupaciones que me agobian. Tú eres mi paz en la tempestad, mi sosiego en la tormenta.

No me pides que lo haga todo bien ni que finja que puedo con todo. Me pides que te entregue mis problemas para aliviarme: 

"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, 
y yo os aliviaré" 
(Mt 11,28)
En mis heridas y errores, eres mi defensor, el que se interpone entre mis actos y mis enemigos; el que no me señala ni condena, el que me levanta cuando tropiezo y el que me da la fuerza para empezar de nuevo.

No me acusas ni me condenas como hace el mundo o mi propia conciencia. Me ofreces tu misericordia, me levantas y me das una nueva oportunidad. Tampoco me dices "no pasa nada" relativizando mi error, sino que Tu gracia me da la fuerza para cambiar: 

"Tampoco yo te condeno. 
Anda, y en adelante no peques más" 
(Jn 8,11)
En mi día a día, eres mi guía y mi Señor, el motor de mis actos y mis decisiones, el que me marca el camino a seguir y dirige mis pasos. Eres el espejo en el que quiero mirarme para aprender a amar, a perdonar y a servir al prójimo.

Quieres vivir en mi para que no me definan mis errores ni mis debilidades, sino por el valor que Tú me has dado al morir por mi: 

"Vivo, pero no soy yo el que vive, 
es Cristo quien vive en mí. 
Y mi vida de ahora en la carne, 
la vivo en la fe del Hijo de Dios, 
que me amó y se entregó por mí" 
(Gal 2,20)

Tú, Señor, lo eres todo para mí. 
Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo

sábado, 26 de septiembre de 2026

CRISTIANOS EUCARÍSTICOS

"Sentado a la mesa con ellos,
tomó el pan,
lo bendijo,
lo partió y
se lo dio"
(Lc 24,30)

El pasaje de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) es una de las principales catequesis sobre la Eucaristía que reproduce de forma exacta la estructura de la Santa Misa: la Liturgia de la Palabra (el corazón que arde), la Liturgia Eucarística (la fracción del pan) y el Envío (el regreso a Jerusalén).

Su culmen es cuando Jesús y los dos discípulos se sientan a la mesa y a través de cuatro verbos eucarísticos, Cristo, "el pan del cielo" (Jn 6,51; Sal 78,24-25), transforma el gesto litúrgico y sacramental en un verdadero itinerario de la identidad y la vocación cristiana:

"Tomó el pan"
Los cristianos somos tomados, elegidos, llamados. Antes de ser cualquier otra cosa, somos buscados y separados por Dios. No por méritos propios, sino por puro amor. 

Ser "tomado" significa descubrirse como un ser único y valioso; significa saberse amado y sostenido en las manos del Creador.

"Lo bendijo"
Los cristianos somos bendecidos, capacitados, cualificados.

La palabra "bendecir" proviene del latín bene-dicere, que significa "hablar bien". Al bendecirnos, Dios afirma nuestra bondad original, derrama su gracia sobre nuestra fragilidad y nos cristifica. 

No nos llama porque estemos preparados sino que nos capacita y nos cualifica a través de su bendición para que podamos llevar a cabo lo que nos pide.

"Lo partió"
Los cristianos somos quebrantados, debilitados, humillados.

Esta es, quizás, la dimensión más misteriosa y difícil de asimilar. El pan entero no puede alimentar a una multitud; necesita ser partido. De igual manera, el cristiano experimenta la herida, el sufrimiento, la limitación o la humillación. 

Dios no parte para destruir, sino para romper nuestro egoísmo y nuestra autosuficiencia, volviéndonos más empáticos, compasivos y capaces de comulgar con el dolor ajeno.

"Lo dio"
Los cristianos somos dados, entregados, enviados.
El culmen de la vida cristiana no es la santidad aislada, sino el servicio por la salvación de los demás. 
Una vez tomados, bendecidos y partidos, nuestra vida se convierte en alimento para otros, se transubstancia en eucaristía y somos enviados al mundo para gastarnos y desgastarnos por el prójimo. 
La vida encuentra su verdadero sentido no en lo que retiene, sino en lo que dona.
Al igual que a los discípulos de Emaús, este proceso nos recuerda que estamos llamados a encarnarnos en una "vida eucarística" que se ofrece por la salvación del mundo.

Cómo vivir el "Ser tomado"
Los cristianos debemos reconocer a las personas con las que nos cruzamos que ellos también han sido "tomados" y amados por Dios, y por tanto, tratarlas como hijos de Dios.

Cómo vivir el "Ser bendecido"
Los cristianos debemos salir de la queja y la crítica para elogiar, agradecer y resaltar lo bueno que hay en nosotros y en las personas que nos rodean.
Cómo vivir el "Ser partido"
Los cristianos debemos abrazar nuestra vulnerabilidad para volvernos más compasivos con el sufrimiento de los demás, pedir perdón y dejarnos corregir con humildad.

Cómo vivir el "Ser dado"
Los cristianos debemos vivir para servir, para dar nuestro tiempo, nuestros talentos o nuestros bienes materiales a quien lo necesita, siendo presencia que alivie la carga de los demás.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

LAS REDES SOCIALES: EL NUEVO ÁGORA

"Atenienses, veo que sois en todo extremadamente religiosos. 
Porque, paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, 
encontré incluso un altar con esta inscripción: 
“Al Dios desconocido”. 
Pues eso que veneráis sin conocerlo os lo anuncio yo"
(Hch 17,22-23)

En las antiguas ciudades-estado griegas (polis), el ágora era la plaza pública central que representaba la tierra de todos o espacio común. No solo era solo un espacio físico, sino el corazón de la vida económica, comercial y cultural. 

El ágora era donde los ciudadanos se reunían en asamblea para debatir leyes, proponer ideas y escuchar discursos políticos o filosóficos; donde se ubicaba el mercado principal con sus puestos de venta ambulante y comercios; y donde se concentraban los monumentos y edificios públicos más importantes (templos, oficinas administrativas, bibliotecas y las estoas o pórticos columnados). Lo que hoy serían los medios de comunicación y las redes sociales.

El libro de los Hechos de los Apóstoles narra la llegada de san Pablo al ágora de Atenas (alrededor del año 50 d.C.), un encuentro histórico que representó el choque frontal entre la fe judeocristiana y la filosofía clásica griega (Hch 17,16-34). 

Mientras esperaba la llegada de Silas y Timoteo, Pablo bajaba todos los días al ágora a discutir tanto con epicúreos, que buscaban la felicidad a través del placer y la ausencia de dolor, dudando de la intervención divina, como con estoicos, que defendían el dominio de las pasiones y la razón universal.

Pablo salió del bullicio del ágora (del debate popular y comercial) hacia la exclusividad del areópago, una colina rocosa sagrada situada justo al lado, que representaba la cúspide del poder (jurídico, político y social) y que funcionaba como el alto tribunal y consejo político de la ciudad, donde el apóstol desplegó una brillante estrategia de oratoria clásica adaptada a su público pero con poco éxito. Lo que hoy sería nuestro parlamento.
Un "espacio" donde "todo vale"
Internet se concibió como un ágora virtual, una inmensa biblioteca universal. Sin embargo, hoy las redes sociales se parecen mucho más a un espacio callejero indómito y hostil donde el ego ha encontrado su escenario más caótico, desafiando directamente nuestra paz interior y nuestro desarrollo humano y espiritual.

Yo, que utilizo, este medio digital para testimoniar mi fe desde la verdad, el respeto y la tolerancia, me he dado cuenta de que ya no estoy en un espacio de encuentro, sino una plaza pública en la plena oscuridad de la noche, sino en un ágora virtual donde "todo vale".

Las normas más elementales de convivencia social se han diluido; la libertad de expresión, que protege la pluralidad y la discrepancia, ha dado paso al libertinaje digital, que aboga el derecho a insultar o humillar a otros de forma gratuita. 
Mientras que en el antiguo ágora, hablar cara a cara suponía respeto y tolerancia, o mirarse a los ojos recordaba que el otro es un espejo de uno mismo, en el digital, el anonimato y los perfiles falsos actúan como máscaras que deshumanizan las interacciones, eliminan la empatía y promueven la intolerancia y la difamación fácil, como lanzamiento de piedras ideológicas con toda impunidad, olvidando que cada ofensa daña el Cuerpo Místico de Cristo y que de ellas se rendirán cuentas (Mt 12, 36).
Las plataformas digitales no son meros espacios públicos neutrales. Sus algoritmos están diseñados para favorecer las bajas pasiones (ira, envidia, soberbia, vanidad), el conflicto, la división y la confrontación (tácticas del Enemigo): la indignación genera clics, los clics generan permanencia y la permanencia se traduce en dinero. 
Al igual que en una trifulca callejera donde la multitud se arremolina alrededor del escándalo, las redes impulsan el discurso radical y polarizado, el enfrentamiento y la provocación, silenciando la moderación y el debate reflexivo.
En este "territorio sin ley", los límites de lo ético se desdibujan: se fragmenta la presencia, nos aleja del "aquí y ahora", nos arrastra a un estado constante de alerta y reactividad, y nos confina en una zona franca de linchamiento moral.

En este "entorno hostil", la difamación, la mentira y el chisme son pecados contra el octavo mandamiento que se propagan impunemente bajo el pretexto de defender la verdad: el odio se disfraza de opinión, el postureo se reviste de autenticidad y la creación de contenido mercantiliza el bulo interesado como un producto de consumo más.

En este "todo vale", las fronteras de lo aceptable se desplazan: la cultura de la cancelación opera como juicios sumarísimos en plena calle negando la capacidad humana de redención, conversión y perdón; la desinformación deliberada se difunde con la misma impunidad que un chismorreo o rumor malintencionado en un mercado; y el acoso sistemático se disfraza de "libertad de expresión".

En este "falso altar", los límites de lo sagrado se disipan: las hogueras digitales queman el derecho a la dignidad humana, el relativismo moral sacrifica la verdad objetiva en el altar de los likes y la validación social instantánea.

En este "espacio impune", se opera como en el antiguo Sanedrín, incitando a la multitud a gritar y condenar. También el creyente cae a menudo en la tentación de la soberbia espiritual, juzgando con severidad detrás de un teclado y olvidando las palabras de Jesús: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" (Jn 8, 7).

El ágora desde la fe
Lo más doloroso no es que el mundo actúe según "sus lógicas". Lo verdaderamente preocupante es ver cómo nosotros, los que nos llamamos cristianos, nos hemos mimetizado con el paisaje. Hemos cambiado el Evangelio por el algoritmo. Hemos convertido al prójimo en un concepto, en un rival o en un simple avatar.

Reducir las redes sociales a un lodazal no solo daña la salud mental colectiva, sino que fractura el tejido moral y la dignidad humana. Regular estos ágoras públicos sin caer en la censura es el gran desafío de nuestra era. 

Si queremos que las redes sean un lugar de encuentro y no una plaza tumultuosa, además de exigir una mayor responsabilidad a las plataformas, como ciudadanos digitales debemos dejar de alimentar el espectáculo del odio. La plaza pública es de todos...el respeto y el honor también.
Como cristianos (digitales o analógicos), estamos llamados a iluminar este "ágora" con la fe y con el amor de Dios; a cultivar el discernimiento espiritual aprendiendo a utilizar el entorno digital sin engancharnos, a bendecir en lugar de maldecir, a perdonar en lugar de condenar, a apagar la pantalla cuando el entorno amenace nuestra paz. 

Como bautizados, no estamos llamados a huir del mundo, sino a santificarlo. Si las redes sociales son hoy una plaza peligrosa, nuestra respuesta cristiana debe ser la de llevar la luz del Evangelio a ese empedrado virtual. 

Esto exige un profundo examen de conciencia antes de publicar, compartiendo contenidos con mansedumbre, respeto y rectitud de intención (1 Pe 3, 15). Supone la urgencia de rescatar el silencio interior y recordar que la verdadera comunión no se mide en seguidores, sino en el amor fraterno. 

Solo habitando la ágora digital desde la caridad lograremos que esa plaza deje de ser un espacio sin ley y se convierta, verdaderamente, en un lugar de encuentro.

En las calles de nuestras ciudades, mirar a alguien a los ojos nos frena. El rostro del otro nos recuerda su dignidad. Pero detrás de una pantalla, el anonimato o la distancia física actúan como una anestesia para la caridad. 

Es escalofriante la facilidad con la que lanzamos juicios sumarísimos en las secciones de comentarios, olvidando que detrás de cada cuenta hay una historia, heridas y un alma amada por Dios. San Juan de la Cruz decía que "al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor". A veces me pregunto qué pensará el Señor al revisar nuestro historial de publicaciones y respuestas.

A menudo culpamos a los algoritmos, pero el problema es que caemos en la trampa del Enemigo con una docilidad pasmosa. Somos cómplices, aún sin ser conscientes de que nos subimos al púlpito de la soberbia espiritual. 

Bajo el noble pretexto de "defender la verdad", justificamos el chisme, la burla, la ironía mordaz y la difamación, y no somos conscientes de que pecamos contra la Ley de Dios. Nos hemos convencido de que ser fieles a la verdad nos da derecho a pisotear la caridad, cuando la realidad es que una verdad sin amor no es evangélica; es solo ideología y ruido.
Como católicos, no podemos validar esa dinámica implacable del linchamiento y de la falta de caridad. Nuestro Dios es el Dios de las segundas oportunidades, el que le dijo a la mujer adúltera: "Tampoco yo te condeno; vete y en adelante no peques más" (Jn 8,11). Si nuestras redes se parecen más a los fariseos con las piedras en la mano que a Cristo ofreciendo el perdón, algo estamos haciendo profundamente mal.
En su encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco nos advirtió: "La ilusión de la comunicación en el entorno digital, que favorece el desarrollo de formas insólitas de agresividad y se convierte en una periferia existencial hostil, un espacio callejero donde se diluye la caridad. Lo que nació como una promesa de encuentro se asemeja cada vez más a una plaza donde se prefiere la lapidación verbal antes que la misericordia".

El Evangelio nos llama constantemente a reconocer a Cristo en el rostro del otro. Sin embargo, en la ágora digital, las pantallas y los perfiles falsos deshumanizan al prójimo, reduciéndolo a un simple avatar o a una idea contraria, anulando toda empatía y toda fraternidad. 
No se trata de huir de Internet y escondernos en una burbuja de seguridad. Se trata de habitar la red de otra manera. Jesús nos llama a lanzar la red y a ser pescadores de hombres (Mt 4,18-20), no a utilizarla como instrumento de escarnio o maltrato.

Por eso, como bloguero y como creyente, me propongo (y te propongo) tres reglas sencillas antes de publicar:
  • La regla del rostro: Si no se lo dirías a esa persona mirándola a los ojos en una cafetería, no lo escribas en Twitter o Instagram.
  • La regla de la intención: ¿Busco edificar, iluminar y consolar, o solo quiero tener la razón, ganar likes y alimentar mi ego?
  • La regla del silencio: El silencio también es una respuesta cristiana. No todas las polémicas necesitan nuestra opinión.
Si las redes sociales se han convertido en una plaza oscura y tempestuosa, nuestro deber no es lanzar más piedras, sino encender una luz. Dejemos de alimentar el espectáculo del odio. El empedrado digital es duro, pero la gracia de Dios es capaz de agrietar cualquier superficie.

jueves, 3 de septiembre de 2026

VIVIR EN LA VERDAD O EN LA OPINIÓN

"Confía en el Señor con toda el alma, 
no te fíes de tu propia inteligencia; 
cuenta con él cuando actúes, 
y él te facilitará las cosas; 
no te las des de sabio, 
teme al Señor y evita el mal: 
será salud para tu cuerpo, 
medicina para tus huesos" 
(Pro 3,5-8)

La frontera entre la verdad y la opinión es una de los motivos más comunes de debate, confusión y tensión en nuestra sociedad y también, dentro de la Iglesia. 

La realidad (lo objetivo: "lo que percibo", "lo que siento", "lo que creo"...) nos afecta profundamente, dando lugar a la opinión o juicio de valor ( lo subjetivo: el "yo pienso", "yo creo", "a mi me parece"...) que son las impresiones o impactos que nos causa un hecho determinado, que dependen de los sentidos corporales y psicológicos y que están muy condicionadas por nuestra historia, educación, entorno... 

Pero una opinión (por muy respetable que sea) no es una "verdad".  Y es aquí donde está la raíz del problema de nuestra sociedad actual: no queremos vivir en la verdad sino en "nuestra verdad", es decir, según nuestra opinión o impresión, según nuestra sensación o nuestra emoción, según nuestra conducta o voluntad. 

La verdad (objetiva) es incómoda porque nos obliga a confrontar realidades que preferiríamos ignorar, rompiendo nuestra zona de confort. Aceptar la verdad exige cambiar de perspectiva o asumir una responsabilidad que a menudo resulta pesada o inconveniente.

La opinión (subjetiva) es cómoda porque nos conforta, pero ese "bienestar" no es sino una ilusión que nos esclaviza y que nos impone muchas necesidades, que lejos de llevarnos a la verdadera felicidad, nos conducen a una espiral de decepciones y ansiedades.

Por ello, no debemos confundir verdad con opinión, aunque ésta esté refrendada por la mayoría: que muchas personas crean algo de forma unánime no convierte una opinión en una verdad. 

Desde una perspectiva espiritual, la "Verdad" es una experiencia de unidad, esencia y trascendencia, mientras que la "opinión" se asocia al ego, la ilusión y la separación.

La Verdad es inmutable. Es lo que no cambia, lo eterno, la esencia de la existencia, la Conciencia o lo Divino. No es algo que se pueda debatir o encerrar en palabras; se experimenta a través del silencio y la presencia. Crea unidad al ir más allá de los juicios conceptuales y descubrimos que en el fondo todos compartimos la misma chispa de vida o consciencia.

La opinión es voluble. Es lo que cambia constantemente según el condicionamiento histórico, cultural, social y personal de cada persona. Es un producto de la mente humana y del ego que pertenece al mundo de las formas, las etiquetas y la dualidad (bueno/malo, me gusta/no me gusta). Crea división entre "mi verdad" contra "tu verdad", generando conflicto, juicios y separación. 
Para entender cómo conviven ambos conceptos "puertas adentro", existen criterios teológicos claros que determinan qué debe aceptar un católico como verdad absoluta y en qué temas tiene libertad de opinión.

Los tres niveles de la Verdad (Lo que no es opinable)
  • Dogmas de Fe (Verdades Reveladas): Son verdades centrales contenidas en la Biblia o la Tradición que la Iglesia ha definido de forma infalible (por ejemplo, la Resurrección de Cristo, la Presencia Real en la Eucaristía o la Inmaculada Concepción). Negar un dogma sitúa a la persona fuera de la comunión con la Iglesia. Aquí no cabe la opinión personal.
  • Doctrina definitiva: Verdades que, aunque no hayan sido declaradas explícitamente como dogmas, están íntimamente ligadas a la Revelación y a la Iglesia, que las enseña de forma firme e irreversible.
  • Magisterio ordinario: Enseñanzas del Papa o de los obispos sobre fe y moral (expresadas en Encíclicas o en el Catecismo de la Iglesia Católica). Requieren lo que el Concilio Vaticano II llamó un "asentimiento religioso de la voluntad y del entendimiento", es decir, una actitud de obediencia, respeto y confianza, no de debate constante.
El amplio terreno de la opinión (Lo legítimamente discutible)
Muchos católicos cometen el error de "dogmatizar" sus opiniones personales o, al contrario, de "opinar" sobre los dogmas. La Iglesia defiende el pluralismo y la libertad en múltiples áreas:
  • Opinión política y económica: La Iglesia propone una Doctrina Social (principios como la dignidad humana, la solidaridad y el bien común), pero no existe un partido político católico único ni un solo sistema económico obligatorio. 
  • Teología y espiritualidad: En la Iglesia hay diferentes escuelas de pensamiento: la teología tomista de Santo Tomás de Aquino, la espiritualidad franciscana centrada en la pobreza, o la sensibilidad del Camino Neocatecumenal o el Opus Dei. Ninguna de estas corrientes es "la única verdad"; son caminos opinables y complementarios.
  • Cuestiones prudenciales: Las decisiones del Papa o de los obispos sobre el gobierno de la Iglesia (como nombramientos, estrategias pastorales o normativas disciplinarias como el celibato sacerdotal o el matrimonio, que son leyes eclesiásticas y no dogmas) pueden ser legítimamente discutidas y opinadas por los fieles, siempre que se haga con respeto a la autoridad.
El gran reto: confundir la opinión con la fe
En la práctica parroquial y pastoral diaria, suelen surgir dos extremos conflictivos en base a opiniones diferentes:
  • El Fundamentalismo tradicionalista: Ocurre cuando un grupo de católicos eleva sus opiniones litúrgicas (por ejemplo, preferir exclusivamente la misa en latín) o políticas al rango de "dogma", juzgando a otros católicos como "malos católicos" o herejes por no compartir su misma sensibilidad.
  • El Progresismo relativista: Ocurre cuando se reduce un dogma de fe o una enseñanza moral firme (como la doctrina sobre el matrimonio, sobre la dignidad de la vida o sobre las conductas desordenadas) al nivel de "una simple opinión de la jerarquía que puede y debe cambiar con los tiempos".
La respuesta de Dios y de la Iglesia: Cristo
Cuando el mismo Jesús dice: "la verdad os hará libres" (Jn 8,32) nos invita a desapegarnos de las opiniones, de la subjetividad, de lo que el mundo nos dice. Nos exhorta a entender que "yo no soy mis pensamientos" y nos enseña a observar la realidad sin juzgarla constantemente.

Para los cristianos, la Verdad no es una opinión, es una persona: Jesucristo ("Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida", Jn 14,6). No es algo que el ser humano inventa o decide, sino una realidad objetiva que se descubre y se recibe mediante la fe y la razón.

Sin embargo, en este mundo relativista la opinión personal se eleva al rango de verdad absoluta, también entre los cristianos. Por eso, la Iglesia advierte que cuando se afirma que "no existe la verdad objetiva" y que "todas las opiniones valen lo mismo" (incluso en temas morales, espirituales o pastorales), se cae en una inestabilidad moral donde el más fuerte o el más mediático impone su criterio.

El cardenal Sarah, en su libro "Al servicio de la verdad", afirma con contundencia que la Iglesia está sufriendo porque muchos católicos (incluidos los sacerdotes) temen a la opinión pública, a los medios de comunicación y a las corrientes ideológicas modernas, prefiriendo discursos complacientes antes que predicar la verdad del Evangelio. 

El purpurado insiste en que el cristiano no debe buscar el éxito ni la popularidad, sino transmitir fielmente la verdad inmutable que recibió. Citando el pasaje del joven rico, afirma que Cristo jamás suavizó su mensaje para ganar seguidores, y que la Iglesia tampoco debe subestimar a los fieles (especialmente a los jóvenes) dándoles una "verdad a medias".

La verdad no es algo negociable ni maleable por la cultura del momento; es una persona (Cristo) a quien el sacerdote y la Iglesia deben servir de manera absoluta, incluso si eso atrae la incomprensión o el sufrimiento del mundo

Por eso, como cristiano, me pregunto ¿Vivo en la Verdad o en la opinión? ¿Doy ejemplo de la Verdad o impongo mi opinión? ¿Estoy al servicio de la Verdad o de la opinión mayoritaria del mundo?