"Jesús se echó a llorar"
(Jn 11,35)
Hoy meditamos el capítulo 11 del evangelio de Juan que narra la resurrección de Lázaro en Betania, el séptimo y último gran milagro (o "signo") de su Evangelio, preludio y anticipo de la Pasión de Cristo.
En este capítulo se encuentra el versículo más corto de la Biblia que relata la conmoción de Jesús por la muerte de Lázaro, previa a su resurrección. A pesar de su brevedad, encierra una gran verdad (dogma) teológica:
- Jesús manifiesta su humanidad: experimenta emociones humanas (tristeza profunda, dolor por la pérdida y empatía hacia sus amigos). Llora como hombre a pesar de saber que iba a resucitarlo después como Dios.
- Jesús manifiesta su divinidad: a Dios le importa el padecimiento humano; no es indiferente ante nuestra aflicción; siempre está presente en el sufrimiento. Por ello, obra el milagro con el que revela su divinidad.
Contexto histórico
Lázaro lleva cuatro días muerto cuando Jesús llega a su aldea. Sabía de la enfermedad de Lázaro, pero no acude de inmediato.
A su llegada, Marta y María le expresan su dolor pero también su fe condicional: "Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".
Jesús, viéndolas llorar a ellas y a los judíos "se conmovió en su espíritu y se estremeció" (v. 33) y "se echó a llorar" (v. 35). Y cuando llega a la tumba, "se conmocionó de nuevo en su interior" (v.38).
El término utilizado para "echarse a llorar" es edákrysen (del verbo dakryō) que significa "derramar lágrimas" o "sollozar en silencio". Un verbo muy distinto al usado para describir el lloro de María y de los judíos (klaiō): un llanto fuerte, ruidoso, con lamentos y gemidos.
Jesús no se une al lamento ruidoso de la multitud. Su dolor se manifiesta de forma íntima, profunda y silenciosa a través de las lágrimas que brotaron de sus ojos.
Contexto teológico
El retraso de cuatro días por parte de Jesús para acudir a la tumba de Lázaro no fue un descuido logístico, sino un acto deliberado para romper con las limitaciones de la lógica humana y las tradiciones de la época.
Según la tradición judía (Midrash), el alma vagaba alrededor del cuerpo durante tres días después de la muerte, intentando reingresar en él. Al cuarto día, el alma abandonaba definitiva y permanentemente el cuerpo descompuesto hacia el reino de los muertos (el Sheol).
Si Jesús hubiera resucitado a Lázaro al segundo o tercer día, los escépticos y líderes religiosos habrían argumentado que Lázaro solo estaba en un coma profundo, desmayado o que su alma simplemente había regresado de forma natural. Al esperar al cuarto día, rompe con toda superstición y con toda explicación natural, demostrando un milagro indiscutible.
El retraso sirve para realizar el milagro y revelar su propósito: glorificar al Padre. Al no quedar ninguna esperanza humana de recuperación, la resurrección subsecuente obliga a los testigos a reconocer que Jesús no es un simple curandero o profeta, sino el Dios soberano que gobierna la vida y la muerte.
Ante la orden de Jesús de "Quitad la losa", Marta advierte explícitamente: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días" (v. 39). Y Jesús le replica: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?"(v. 40), que ya le había mencionado anteriormente (v. 4).
Cuando Jesús le asegura a Marta que su hermano resucitará (v. 23), Marta responde con la doctrina judía ortodoxa: "Yo sé que resucitará en la resurrección en el último día" (v. 24). Ella creía en la resurrección como un evento futuro y escatológico.
Jesús rompe ese esquema temporal con una de las declaraciones del "Yo Soy" más poderosas de la Biblia con la que expresa su divinidad ("Yo Soy" es el nombre sagrado e impronunciable de Dios en hebreo, el Tetragrámaton, YHWH, pronunciado por primera vez en Ex 3,14): "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (v. 25-26).
Jesús le muestra a Marta que la resurrección no es solo un evento futuro, sino una Persona presente, Él mismo: el poder sobre la muerte estaba allí de pie frente a ella. Ante esto, Marta da la respuesta definitiva de fe: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo"(v.27).
Jesús se encomienda al Padre (v. 41-42) y, con voz potente, ordena a Lázaro: "sal afuera" (v. 43), quien sale "con los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario". Es la voz de Dios, el Logos, la Palabra creadora (Gn 1): Jesús crea vida donde no la hay.
Con el milagro, Jesús no solo demuestra su poder sobre la muerte clínica (como hizo con la hija de Jairo o el hijo de la viuda de Naín), sino que revela su autoridad sobre la descomposición biológica y la corrupción de la carne. Con ambos revela su divinidad y se convierten en el detonante definitivo para que el Sanedrín decida matarlo (v. 53).
El hecho de que Lázaro salga del sepulcro:
- a pesar de estar completamente inmovilizado con vendas (según el rito judío) es en sí mismo otro milagro físico. Espiritualmente, representa al pecador que ha recibido la vida en Cristo pero que aún arrastra las ataduras, hábitos y heridas de su vida pasada.
- con la cara envuelta en el sudario contrasta directamente con la futura resurrección de Jesús (Jn 20,7) y marca una gran diferencia teológica: Lázaro es reanimado a su cuerpo mortal antiguo y volverá a morir años después. Jesús, en cambio, resucitará a un cuerpo glorificado e inmortal que vence a la muerte para siempre.
La orden de "desatadlo"(v.44) indica que los testigos (la comunidad, los amigos, la iglesia) deben ayudarlo a quitarse las vendas del pasado. Teológicamente, representa que el proceso de liberación y sanación tras recibir el rescate de Dios se vive en comunidad.
La orden de "dejadlo andar" indica que los testigos (la comunidad, los amigos, la iglesia) deben dejarlo vivir tranquilo. Teológicamente significa que Dios nos devuelve la vida (nos "desinmoviliza") para que caminemos en la libertad que Él nos otorga ("nos moviliza").
Con este signo, Jesús muestra de forma pública y fehaciente que tiene las "llaves" del Sheol antes de enfrentar se a su propia muerte.
Tras su muerte en la cruz, bajará y abrirá la morada de las almas que habían dejado este mundo desde Adán hasta Cristo y que estaba dividida en una zona de consuelo para los justos (conocida como el "seno de Abraham") y otra de tormento para los impíos.
Por todo ello, al "resucitar" a un hombre al cuarto día (corrupción del cuerpo), da cumplimiento a las profecías del Antiguo Testamento (Jon 1,17; Os 6,2; cf. Gn 22,4) y a las del Nuevo sobre que Él mismo resucitaría de entre los muertos al tercer día (Mt 16,21; Mc 9,31; Lc 18,33) y de que no conocería la corrupción (Sal 16,10).