¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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martes, 29 de septiembre de 2026

¿FIELES O CLIENTES? IR A MISA SIN PISAR LA PARROQUIA

 
En las últimas décadas, muchas parroquias han experimentado una transformación silenciosa en el perfil de sus asistentes: cada domingo, algunos fieles acuden (casi siempre tarde) a la celebración de la Eucaristía, se sientan en el mismo banco (casi siempre en el último), reciben "la paz" (casi siempre sin compartirla con quienes no conocen), "la comunión" (casi siempre de manera impropia) y se marchan (casi siempre antes de que termine).

Todo esto revela un fenómeno preocupante en nuestras comunidades parroquiales: un "catolicismo de consumo" o una "fe de espectador. Creyentes que van a la iglesia para consumir o "recibir", pero sin la menor intención de "dar" o de implicarse en la vida comunitaria. 

Causas
Este absentismo espiritual ha convertido muchas iglesias en supermercados espirituales a los que el fiel acude (casi siempre con prisas), consume el "producto" (la misa, el sacramento, la paz de conciencia, el cumplimiento del precepto...) y se marcha (casi siempre sin relacionarse con nadie). 

Este consumismo espiritual no siempre nace de la mala voluntad; a menudo es el reflejo de una sociedad profundamente individualista y costumbrista que despoja a la Eucaristía de su sentido más íntimo: la dimensión comunitaria.

Este mercantilismo espiritual nace de una mentalidad de "cliente", acostumbrado a la lógica de mercado: van a misa buscando la paz para su conciencia, el consuelo espiritual o el cumplimiento del precepto; evalúan al sacerdote (si "cae bien"), la homilía (si es amena) o la parroquia (si es bonita) como quien califica un bien de consumo; instrumentalizan a Dios como si fuera una maquina expendedora de soluciones o como alguien que "pasa lista".
Esta fe de mantenimiento asume una falta de corresponsabilidad por la errónea creencia de que la Iglesia es cosa exclusiva de los sacerdotes, de un pequeño grupo de jubilados con mucho tiempo libre o de "laicos profesionalizados".

Esta fe a la medida presupone una actitud de celeridad e indiferentismo motivada por el ritmo de vida frenético que lleva a muchos a llegar con la misa empezada, a marcharse con la misa inacabada o a justificar su falta de compromiso bajo el eterno argumento de la "falta de tiempo", relegando la fe a un espacio de cincuenta minutos a la semana.

Consecuencias
Cuando limitamos nuestra vida de fe a esos momentos de la misa dominical, convertimos el templo en un mero dispensario de sacramentos, reducimos la Iglesia a un edificio y limitamos al sacerdote a un funcionario de lo sagrado. 

Esta actitud pasiva y desapegada provoca un gran desgaste en las estructuras parroquiales que terminan siendo sostenidas por un grupo reducido de personas comprometidas ("los de siempre") que asumen todo el peso de la catequesis, la liturgia, la evangelización, Cáritas, el economato,  el acompañamiento de enfermos y personas mayores, la limpieza, la administración... 
Quizás deberíamos detenernos por un instante y preguntarnos: ¿Por qué dejamos que unos pocos carguen con la tarea que nos pertenece a todos los bautizados? 

Una parroquia sin corresponsabilidad eclesial, sin implicación comunitaria y sin compromiso pastoral, se convierte en un frío despacho de sacramentos.

Un bautizado que no experimenta la alegría transformadora del servicio a Dios y al prójimo, es un creyente con una fe autorreferencial, estancada y estéril.
 
El Evangelio no invita a sentarse a contemplar como espectador, sino a participar como actor en la construcción del Reino de Dios.
De consumidores espirituales a discípulos misioneros
Por eso, el gran reto de la Iglesia actual es transformar a los consumidores espirituales en discípulos misioneros, a creyentes indiferentes en cristianos comprometidos. 

Es lo que el Papa Francisco denominó "una Iglesia en salida" que empieza por salir del propio egoísmo en el banco de la Iglesia y participar en la vida parroquial (ya sea visitando enfermos, limpiando el templo, formando a jóvenes o gestionando los recursos).

La misa no termina con el podéis ir en paz; en realidad, es ahí donde empieza la misión que no es un "extra" para católicos "muy devotos" sino la consecuencia natural del bautismo. No podemos comulgar con el Cuerpo de Cristo en el altar y, al mismo tiempo, ignorar al Cuerpo de Cristo que sufre o que necesita de nuestras manos en la pastoral.

Para pasar de ser espectadores anónimos a ser actores protagonistas basta con llegar un poco antes a misa y ofrecernos a lo que se necesite, basta con quedarnos unos minutos a hablar con nuestros hermanos tras la celebración, basta con preguntar en el despacho parroquial qué necesidades reales existen o con ofrecer una hora de nuestro tiempo a la semana para visitar a Cristo en la capilla de Adoración Perpetua.

Es hora de dejar de ser "clientes de la gracia" que simplemente ocupan un banco y empezar a ser "constructores de la Iglesia", que ocupan la vida de los demás.