¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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lunes, 13 de julio de 2026

¿POR QUÉ QUEREMOS CAMBIAR LO QUE FUNCIONA?

 
"Me maravilla que hayáis abandonado tan pronto
al que os llamó por la gracia de Cristo, 
y os hayáis pasado a otro evangelio. 
No es que haya otro evangelio; 
lo que pasa es que algunos os están turbando 
y quieren deformar el Evangelio de Cristo"
(Gal 1,6-7)

En la vida de la Iglesia y, en particular, en los métodos de nueva evangelización (Emaús, Effetá, etc.), existe una tentación muy común por cambiar lo que ya funciona y lo que da frutos espirituales reales.

Se trata de una inclinación "muy humana" basada en la fascinación por la novedad y la ciencia, la presión de las modas culturales, la impaciencia humana o el deseo de control, que genera tensiones, pone en riesgo la esencia del método y suplanta sutilmente el papel que le corresponde únicamente al Espíritu Santo.

Por qué surge esta tentación
Varios son los motivos que originan esta inclinación:
  • Deseo de ser agentes de cambio (egocentrismo): asumimos erróneamente la responsabilidad personal de transformar corazones y de convertir almas, olvidando que solo somos instrumentos de la gracia de Dios: "Nosotros solo movemos tinajas, Cristo es quien obra el milagro de transformar el agua en vino".
  • Deseo de ser innovadores (perfeccionismo): asociamos lo "viejo" o lo "de siempre" con lo obsoleto, generando el temor a parecer anticuados, confundiendo la fidelidad al método con estancamiento y olvidando que quien hace todo nuevo es Cristo (cf. Ap 21,5).
  • Deseo de dejar una huella personal (protagonismo): pretendemos "refundar" las cosas para imponer un estilo propio (el más original, el más emotivo o el más impactante)por simples deseos personales, ignorando la acción protagonista del Espíritu Santo.
  • Deseo de salir de la rutina (progresismo): generamos la "idea" de ser aburridos por hacer siempre lo mismo, asumiendo erróneamente que el grupo también lo es, cuando en realidad las personas encuentran estabilidad en esa rutina.
  • Deseo de ser impactantes (emotivismo): queremos añadir dinámicas nuevas, carteles con IA, músicas actuales o efectos visuales innovadores para buscar un "impacto emocional" más fuerte, confundiendo la emoción pasajera con la verdadera conversión del corazón.
Qué riesgos genera esta tentación
Con estos deseos de cambios "cosméticos" queremos transformar a las personas de un día para otro, de forma inmediata y dejamos fuera de la ecuación el poder transformador de Dios, modificando lo externo y, a veces, "retocando" lo esencial según nuestros propios criterios humanos.

Sin embargo, san Pablo dice: "No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto" (Ro 12,2).

Cambiar "humanamente" lo que funciona "divinamente" es un error que genera varios riesgos:
  • Confusión y dispersión: Cambiar procedimientos rompe los hábitos y la constancia de los más vulnerables o de los recién convertidos y puede alejarlos de la fe.
  • Desperdicio de carismas y recursos: Desechar años de experiencia, materiales formativos y líderes capacitados que transmitieron el método para empezar desde cero con herramientas no probadas es un desperdicio de gracias.
  • Tensiones y divisiones: Introducir novedades sin consenso genera tensiones entre los  servidores "veteranos" (que defienden la esencia) y los "nuevos" (que buscan innovar), rompiendo el ambiente de amor fraterno y servicio mutuo.
  • Activismo estéril: Se gasta demasiada energía en la logística de la "reestructuración" (reuniones, nuevos planes, nuevos diseños), descuidando la fidelidad y obediencia a lo recibido.
  • Evaporación de la Gracia: Cuando un cristiano cree que la conversión de otros depende puramente de sus esfuerzos o de tácticas humanas, la fe corre el riesgo de enfriarse. Deja de ser una relación viva con Jesús para convertirse en una simple ideología estructural.
  • Resistencia a los planes divinos: Al enfocarse en cambiar las cosas bajo criterios propios, el cristiano puede oponerse inconscientemente a los procesos que Dios mismo permite con un propósito pedagógico o de santificación. 

Cómo evitar esta tentación
Un buen líder no es el que inventa algo nuevo, sino el que custodia con amor lo que ha recibido. Para no caer en la tentación del cambio por el cambio y para que "dejemos a Dios ser Dios", es necesario discernir los métodos bajo criterios de continuidad y renovación, no de ruptura:
  • Evaluar los frutos: Si un método produce conversiones auténticas, vida de oración, vocaciones y caridad fraterna, el método funciona. No hay razón para cambiar nada.
  • Distinguir entre la esencia y el accesorio: Hay métodos que contienen una pedagogía atemporal. Cambiar lo accesorio es una opción; cambiar lo esencial, un error.
  • Evitar la "idolatría de los números": La eficacia de un método no se mide por criterios de eficacia de marketing empresarial, sino por la acción de la gracia divina.
  • Interceder en lugar de controlar: La labor principal de un método es presentar a las personas ante Dios, confiando en que solo Él tiene el poder de transformarlas. 
  • Liderar con el ejemplo: Los creyentes estamos llamados a mirar a Jesús y reflejar su rostro, haciendo que otros se acerquen por atracción y no por innovación. 
  • Enfocarse en la preparación espiritual, no en la logística: El éxito de un método no depende de una nueva iniciativa o de un nuevo cartel publicitario, sino de las horas de rodillas, obediencia y humildad de los servidores.
  • Respetar con fidelidad el manual: Un método funciona porque es obra de Dios y porque su eficacia está probada. La obediencia al esquema original es una garantía de humildad, docilidad y obediencia a Dios.

lunes, 12 de octubre de 2020

DEJARSE MOLDEAR POR DIOS

"Señor, tú eres nuestro padre, 
nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: 
todos somos obra de tu mano" 
(Is 64,7)

Dios nos llama continuamente a ser humildes para pertenecer al Reino de los Cielos; a ser confiados para abandonarnos a su guía y ayuda; nos invita a ser dóciles para escuchar con atención las sugerencias que nos hace en su Palabra; nos anima a ser sencillos como niños para madurar y crecer en la fe; nos llama a ser santos, como Él es santo.

El Creador nos exhorta a dejarnos moldear por su Palabra, a dejarnos hacer por su Gracia, a dejarnos configurar por su Hijo...y sin embargo, ¡qué difícil es dejarse hacer! ¡qué complicado es ser dócil! ¡qué duro es nuestro corazón! 

El hombre, por autosuficienciase cree especialista y entendido en todo, piensa que la docilidad le convierte en una persona débil o pusilánime, y que no tiene necesidad de los consejos de Otro para solucionar, decidir y ejecutar las cosas, y lo hace siempre, según su propio criterio. Por el contrario, la docilidad ofrece obediencia y buena disposición para dejarse modelar.

El hombre, por orgullose considera libre e independiente de todo, cree que la humildad le transforma en una persona dependiente o influenciable, y no permite que Nadie, aunque domine y conozca mejor todas las cosas, tutele sus actos, y mucho menos, que se los corrija. Por el contrario, la humildad asume la debilidad y la fragilidad para dejarse hacer.

El hombre, por vanidad se considera capaz y apto para todo, considera que la sencillez le convierte en una persona sin carácter o inútil, y evita pedir ayuda, consultar o dejarse guiar por Quien conoce mejor el camino para hacerle llegar a su destino. Por el contrario, la sencillez aporta pureza y inocencia para dejarse configurar.

El hombre, por rebeldía, se cree capaz de modelarse, de crearse, de darse forma a sí mismo, y por eso, reclama libertad e independencia. El "barro" quiere negar la capacidad o incluso, la existencia del "Alfarero" para darle forma y propósito. Quiere ser su propio alfarero, quiere hacerse según su propia voluntad.
El proceso

Dios, nuestro Alfarero Creador, utiliza distintas técnicas durante el proceso de nuestra vida para que seamos santos

1-Preparación. Forma una masa con polvo (carne) y agua (espíritu): la arcilla (hombre). Manchando sus manos (Encarnación de Cristo), prepara y amasa la masa (apóstoles) para que sea homogénea (Iglesia), extrayendo las asperezas, impurezas y burbujas de su interior (oración). 

2-Modelado. Mezcla el barro con agua (Gracia) girando continuamente el torno (vida) para mantener la plasticidad (obediencia) y para evitar que aparezcan fisuras (unidad). 

3-Secado. Lo expone al aire (Evangelio) para que alcance dureza y consistencia (fe). 

4-Pulido. Le pasa una lija fina (sacrificios) y una esponja (bendiciones) para limar y pulir la forma (corazón). 

5-Horneado. Finalmente, la somete al fuego (purificación) en el horno a alta temperatura (pruebas)  donde adquiere su forma y valor definitivos

Sin embargo, a veces no dejamos que el Señor trabaje en nuestras vidas y le pedimos libertad e independencia. Él nos las otorga incluso, sabiendo que somos incapaces de gestionar lo que le exigimos... porque el artesano sabe que la arcilla no puede amasarse a sí misma, que en el torno puede deformarse y que en el horno puede romperse. 

Al apartarnos de Dios, nuestra fe se seca, nuestra voluntad se deforma y nuestro corazón se endurece. Para volver a moldearnos es necesario que el Alfarero rompa y quebrante la arcilla de nuevo...y eso es un proceso doloroso. 
Nuestra vida está en las manos de Dios, que quiere hacer de nosotros lo mejor… una vasija única, diferente, extraordinaria...y la quiere para llenarla con un tesoro, esto es, "el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo" (2 Cor 4,7).

Seamos un buen barro, seamos maleables y dóciles a la Gracia, confiados y obedientes a la Palabra, dejémonos amasar, modelar y purificar por Dios y tengamos en mente la visión del resultado final: una vasija única que glorifique al Señor.