¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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martes, 10 de febrero de 2026

DIRECCIÓN ESPIRITUAL: UNA NECESIDAD CRISTIANA

"Dichoso el que, con vida intachable, camina en la ley del Señor; 
dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón; 
el que, sin cometer iniquidad, anda por sus senderos. 
Tú promulgas tus mandatos para que se observen exactamente. 
Ojalá esté firme mi camino, para cumplir tus decretos; 
entonces no sentiré vergüenza al mirar todos tus mandatos. 
Te alabaré con sincero corazón cuando aprenda tus justos mandamientos. 
Quiero guardar tus decretos exactamente, tú no me abandones"
(Sal 119,1-8)

Como catequista de adultos, siempre aconsejo a todos la necesidad de la dirección espiritual para discernir y vivir la fe con coherencia. Sin embargo, esta guía pastoral no significa renunciar a la libertad personal ni tampoco es un síntoma de debilidad, sino una ayuda para crecer en virtudes y ordenar el combate espiritual interior a la luz de la verdad. 

La Biblia muestra algunos ejemplos de dirección espiritual: Moisés y Jetro, sobre el liderazgo (Ex 18,1-19); Elí y Samuel, sobre la escucha (1 Sam 3,1-21); Elías y Eliseo, sobre acompañamiento (2R 2,1-25); Noemí y Rut, sobre la madurez espiritual (Rut 2-3); Felipe y el etíope, sobre la formación bíblica (Hch 8,26-40); Ananías y Pablo, sobre la guía y los sacramentos (Hch 9,10-19); Pablo y Timoteo, sobre la dirección pastoral (1-2 Tim).

La dirección espiritual es la medicina contra la autosuficiencia y el orgullo, los cuales se alejan del seguimiento auténtico de Cristo (Mt 16,24). Todos tenemos necesidad de mediación, de intercesión y de acompañamiento: no podemos caminar solos en la fe. 

Un director espiritual es un "tutor", un "entrenador personal", un "asesor" en cuestiones de fe. No siempre elimina o aclara todas mis dudas ni soluciona todos mis problemas de manera rápida y efectiva, sino que las pone a la luz de la verdad para que no se conviertan en una coartada espiritual. 

Un director espiritual no es un "anestesista" que me ayuda a paliar los efectos de mi dolor por mis malas decisiones. No es un "abogado espiritual" que defiende y justifica todos mis actos, que me dice siempre lo que quiero escuchar ni que me anima a seguir expectativas erróneas.

Un director espiritual no me lleva a la "complacencia" sino a la verdad. No me conduce al "buenismo" sino a la realidad. No me dirige a la "justificación" sino al arrepentimiento. Tampoco sustituye mi conciencia ni decide por mí, sino que me aconseja, me orienta y me ayuda a discernir la voluntad de Dios.

Un director espiritual no es el "paño de lágrimas" en quien busco afecto o emotividad en el desconsuelo (entendido como su función primordial), ni tampoco en quien busco apoyo o refugio en el error (entendido como su función colateral). Su criterio debe ser siempre el evangelio y su propósito, la santidad.
Un director espiritual es un "acompañante" que imita a Cristo en el pasaje de Emaús, caminando a mi lado y escuchando antes de enseñar, acogiendo sin juzgar y creando un espacio de confianza absoluta; y también, imita a Juan el Bautista, buscando que la persona dependa de Dios, no de él (Jn 3,28-30).

El verdadero director espiritual es el Espíritu Santo. Él es el que nos mueve en un sentido u otro, dándonos las luces y suscitando las mociones que necesitamos para guiarnos hacia la santidad. 

Un director espiritual es sólo un instrumento de la gracia y precisamente en razón de esta instrumentalidad, debe también dejarse "dirigir" por el Espíritu Santo, sin considerar ninguna superioridad sobre la persona ni pretender imposición alguna de sus opiniones arbitrarias o ideas preconcebidas.

Para reflexionar: ¿Cuánta verdad estoy dispuesto a escuchar? ¿Estoy dispuesto a aceptar todo lo que el Espíritu Santo quiera decirme? o ¿Pongo límites a esa apertura y acogida para así escuchar y aceptar solo lo que yo quiero?

jueves, 16 de julio de 2015

CREER SIN PERTENECER

“En verdad os digo: …El que come mi carne y bebe mi sangre, 
tiene vida eterna, 
y yo le resucitaré el último día. 
Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. 
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.”
(Jn 6, 53-56)

Reconozco que yo, antes, me aburría miserablemente en misa porque mi espiritualidad dependía de mi estado anímico, de mis sentimientos y mis preocupaciones. Hasta el día que comprendí que es necesario conocer a Cristo y amarle. Desde entonces escucho con atención, disfruto y entiendo la Eucaristía. 

No es merito mío ni por ello soy digno de elogio. Es a través de Jesús donde todas las lecturas, la celebración y la oración adquieren significado, sentido, valor y belleza en mí. 

En la actualidad, las convicciones religiosas del hombre postmoderno están basadas en intereses personales y consideraciones privadas. Cada cual sigue su propia guía moral. 

La fe religiosa es como la energía, no es que desaparezca, es que se transforma: este cambio supone una menor consideración hacia los preceptos y normas religiosas en la toma de decisiones de la vida privada y cotidiana. 

Sucede sencillamente que si no se cree en el Dios propuesto por la Iglesia, tampoco son percibidas como vinculantes las normas de comportamiento que emanan de la instancia religiosa. 
Por eso, muchos católicos caen en la tentación de construir su propia manera de ser cristiano, de crearse una fe a la medida, una “religión a la carta”.

Van a misa (si van) por quedar bien, por cumplir… como a cualquier otro acto social; creen en Dios pero creen sin pertenecerle, sin participar de Él, sin amarle, sin comprometerse con Él… y eso es una forma degradada de creer, una vivencia desarraigada de la fe que les conduce a una idea distorsionada, reduccionista, de lo que es la pertenencia. 

¿Alguien puede casarse sin comprometerse con su pareja? ¿sin amarla o sin participar de ella? 

Pertenecer significa sentir la satisfacción de haber sido creado por alguien, de haber sido elegido por alguien. Pertenezco a Dios porque El me ha creado, porque me elige y me ama. Lo mismo ocurre con mi comunidad cristiana que me quiere y me requiere. 
Pero también soy demandado, requerido (me gusta esta palabra: re-querido, querido dos veces), por el Señor y por mi comunidad, que esperan una respuesta de mi parte. La respuesta supone el deseo de contestar con una responsabilidad, con un compromiso. 

¿Caigo en la tentación de estar “harto de pertenecer”? ¿Pongo el énfasis en el compromiso y me agoto? ¿Mi anhelo es evitar involucrarme? 

Siempre puedo elegir, Dios me lo permite: puedo disfrutar el privilegio de ser elegido para pertenecer o salirme de ese vínculo para que mi vida no sea transformada; puedo quedarme eligiendo el contenido de mis creencias y desvinculado de la religión como una forma de crítica de la institución o puedo ir descubriendo que lo mejor que me puede pasar es implicarme con Dios en su Iglesia, dejarme orientar por mi creador en cada Eucaristía. 

Dios no nos llama a vivir la fe aparte, de un modo individual. Nos quiere congregados, en comunidad. Es ahí donde Dios está: “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). 

La fe sin comunidad se apaga; sin obras, está muerta; sin Cristo no tiene ningún sentido.