¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
Mostrando entradas con la etiqueta padecimientos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta padecimientos. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de junio de 2026

LA PRUEBA DEL JUSTO: SUFRIMIENTO SALVÍFICO

 
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 
A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza. 
Dios mío, de día te grito, y no respondes; 
de noche, y no me haces caso" 
(Sal 22,2-3)

Todos los creyentes (incluso los santos) pasamos momentos de oscuridad, de desolación, de desgracias y de sufrimientos inmerecidos que no logramos entender. Yo estoy ahora en uno de esos momentos de prueba ..y me pregunto ¿por qué?...
Preguntarme el "¿por qué?" de mis sufrimientos y angustias (familiares, laborales, económicas...) es una oración legítima y muy humana que el mismo Jesucristo pronunció en el Calvario: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46). 
La fe cristiana no exige que comprenda las desgracias o los sufrimientos que sufro, ni que reprima mi dolor o mi angustia. Lo que Cristo me pide es que siga su ejemplo, no evadiendo la prueba, sino asumiéndola en mi propia carne.
Pero no es nada fácil,. Me cuesta. Me repito continuamente que cuando no entiendo el por qué, necesito mirar a Jesús en la Cruz para encontrar el para qué. Él, siendo el único verdaderamente inocente, sufrió la mayor de las injusticias y desgracias. En los momentos de mayor confusión, mi sufrimiento se une de manera íntima y misteriosa al dolor inmerecido de Cristo. 

Sé que Dios no me ha dejado solo; sé que Él está conmigo sufriendo en mi misma cruz, sosteniéndome cuando mis fuerzas no dan para más. Pero solo "escucho" su silencio...en mi desolación.

Antiguo Testamento 
Los textos veterotestamentarios muestran numerosos pasajes en los que presentan la "prueba del justo" (Sal 11,2-7; Sab 2,12-20: Job 1-42), que alude proféticamente a la Pasión de Cristo, y por extensión, a las tribulaciones y adversidades que sufren los justos y las personas de fe. Su propósito es purificar su fe, fortalecer su carácter y afianzar su perseverancia.

La fe verdadera no es un negocio comercial con Dios; creo en Él por quién es, no por los beneficios materiales que me otorga. El sufrimiento humano y la justicia divina conviven dentro de un plan cósmico y misterioso que trasciende mi entendimiento y razonamiento.

Dios no causa el mal, pero lo utiliza como una herramienta pedagógica de crecimiento y de maduración espiritual. Así como el oro se acrisola en el fuego, el carácter y la fe se purifican y consolidan en la adversidad. 

El sufrimiento elimina la fe superficial, fortalece la integridad y la perseverancia, desarrolla la paciencia, la resiliencia y la dependencia absoluta de Dios, y capacita al creyente para consolar a otros que pasan por la misma situación, desarrollando un amor más profundo por el prójimo.
Nuevo Testamento 
Los textos neotestamentarios cambian por completo el significado retributivo del sufrimiento. Ya no se ve como una tragedia, una maldición o el abandono de Dios. La respuesta al "por qué Dios no actúa" se encuentra en la persona de Jesucristo. 

Él es el único ser completamente inocente y justo que ha pisado la Tierra, y que ha experimentado el peor de los sufrimientos en la cruz. Dios no observa el dolor desde una distancia segura o indiferente. En la cruz, Dios mismo se introduce en el sufrimiento humano. No actúa evitando el dolor, sino sufriendo con el ser humano para vencer al mal desde dentro a través de la resurrección.

El principio central del cristianismo es que el discípulo no es más que su maestro. Si Cristo, siendo el Justo perfecto, sufrió, padeció y fue ejecutado, sus seguidores debemos esperar el mismo destino y hacernos partícipes de los mismos padecimientos de Cristo.

El apóstol Pablo afirma en  que el sufrimiento permite al cristiano "conocer el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos" (Flp 3,10). En Col 1,24, expresa que sus propios sufrimientos completan en su carne "lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia". El sufrimiento del cristiano continúa el testimonio de Jesús en la tierra.

El apóstol Pedro explica que la fe, siendo mucho más preciosa que el oro, debe ser "probada con fuego" para ser hallada en alabanza, gloria y honra (1 P 1,6-7). El sufrimiento de los mártires purifica a la Iglesia de falsos creyentes y fortalece a los verdaderos seguidores de Cristo: "Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas" (1 P 2,21). El sufrimiento injusto no es un accidente; es parte de la vocación cristiana cuyo valor radica en hacer el bien y, a pesar de ello, padecer con paciencia (1 P 4,15-16).

El apóstol Juan muestra a los mártires clamando: "¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin vengar nuestra sangre de los habitantes de la tierra?" (Ap 6,9-11). Dios les responde dándoles túnicas blancas y pidiéndoles que "tuvieran paciencia todavía un poco, hasta que se completase el número de sus compañeros y hermanos que iban a ser martirizados igual que ellos", asegurando que su muerte no ha sido en vano y que la justicia divina llegará. 

Los mártires derrotan al enemigo espiritual (el dragón) precisamente a través de su sacrificio: "Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte" (Ap 12,11). El sufrimiento y la muerte física del mártir es su victoria espiritual absoluta.
Los Padres Apostólicos 
Los sucesores de los Apóstoles vivieron en sus propias carnes las persecuciones y ejecuciones sistemáticas del Imperio. Sus escritos reflejan una mística del martirio donde la muerte física es el verdadero nacimiento a la vida eterna.
Ignacio de Antioquíadiscípulo del apóstol Juan, fue destinado a ser devorado por las fieras en el Coliseo de Roma (107 d.C.) y escribió siete cartas a diferentes iglesias. Su Carta a los Romanos contiene la expresión más radical de la mística del martirio: rogó a los cristianos de Roma que no intercedieran por él ni intentaran salvarlo mediante una metáfora eucarística: "Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para ser presentado como pan limpio de Cristo". Para Ignacio, el martirio es la forma perfecta de imitar la pasión de su Señor y unirse a Él.
Policarpo de Esmirna (155 d.C.), discípulo del apóstol Juan, fue quemado vivo a los 86 años. Cuando el procónsul romano le exigió jurar por el César y maldecir a Cristo para salvar su vida, Policarpo mantuvo su fidelidad inquebrantable: "Durante ochenta y seis años le he servido, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo puedo maldecir a mi Rey, que me salvó?". Su oración de sacrificio eucarístico da gracias a Dios por considerarlo digno de recibir el cáliz de Cristo.
La Carta a Diogneto es un tratado apologético anónimo del siglo II que describe la paradoja del cristiano en un mundo hostil: "Se les condena, y ellos en la condena encuentran la vida... Son castigados de muerte cada día, y con ello se les da la vida". El autor argumenta que la resistencia pacífica y el crecimiento de la Iglesia en medio de la persecución demuestran que los cristianos no actuamos por fuerzas humanas, sino por el poder de Dios.
Sé que mis desgracias y sufrimientos no son un castigo divino, sino un misterio de purificación y santificación que el Papa San Juan Pablo II llamó el sufrimiento salvífico. Aunque hoy no vea ningún sentido, sé que el dolor entregado a Dios nunca se desperdicia.
Sé que soy "trigo de Dios" y por ello, ofrezco mis sufrimientos y los uno al sacrificio de Cristo por mis propias intenciones, por las de mi familia y por las de todos los que sufren en el mundo. 
Siento mi angustia como la soledad de la cruz y en la oscuridad del sepulcro, un espacio de silencio donde parece que Dios no actúa. Pero mi fe se fundamenta en que después del Viernes Santo y el Sábado Santo, la última palabra siempre la tiene la Resurrección.

No trato de entender los planes de la Providencia Divina. Abrazo mi vulnerabilidad, expreso mi angustia ante el Santísimo y le digo al Señor que no entiendo nada de lo que pasa, pero que confío en Su misericordia.
"¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? 
¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? 
¿Hasta cuándo he de estar preocupado, c
on el corazón apenado todo el día?
¿Hasta cuándo va a triunfar mi enemigo?
Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío; 
a luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte, 
para que no diga mi enemigo: «Le he podido»,
 ni se alegre mi adversario de mi fracaso. 
Porque yo confío en tu misericordia: 
mi alma gozará con tu salvación, 
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho" 
(Sal 13,2-6)