¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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martes, 23 de junio de 2026

LA PRUEBA DEL JUSTO: SUFRIMIENTO SALVÍFICO

 
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 
A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza. 
Dios mío, de día te grito, y no respondes; 
de noche, y no me haces caso" 
(Sal 22,2-3)

Todos los creyentes (incluso los santos) pasamos momentos de oscuridad, de desolación, de desgracias y de sufrimientos inmerecidos que no logramos entender. Yo estoy ahora en uno de esos momentos de prueba ..y me pregunto ¿por qué?...
Preguntarme el "¿por qué?" de mis sufrimientos y angustias (familiares, laborales, sanitarias, económicas...) es una oración legítima y muy humana que el mismo Jesucristo pronunció en el Calvario: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46). 
La fe cristiana no exige que comprenda las desgracias o los sufrimientos que padezco, ni que reprima mi dolor o mi angustia. Lo que Cristo me pide es que siga su ejemplo, no evadiendo la prueba, sino asumiéndola en mi propia carne.
Pero no es nada fácil. Me cuesta. Me repito continuamente que cuando no entiendo el por qué, necesito mirar a Jesús en la Cruz para encontrar el para qué. Él, siendo el único verdaderamente inocente, sufrió la mayor de las injusticias. En los momentos de mayor confusión, mi sufrimiento se une de manera íntima y misteriosa al dolor inmerecido de Cristo. 

Sé que Dios no me ha dejado solo; sé que Él está conmigo sufriendo en mi misma cruz, sosteniéndome cuando mis fuerzas no dan para más. Pero solo "escucho" su silencio...en mi desolación.

Antiguo Testamento 
Los textos veterotestamentarios muestran numerosos pasajes en los que presentan la "prueba del justo" (Sal 11,2-7; Sab 2,12-20: Job 1-42), que alude proféticamente a la Pasión de Cristo, y por extensión, a las tribulaciones y adversidades que sufren los justos y las personas de fe. Su propósito es purificar su fe, fortalecer su carácter y afianzar su perseverancia.

La fe verdadera no es un negocio comercial con Dios; creo en Él por quién es, no por los beneficios materiales que me otorga. El sufrimiento humano y la justicia divina conviven dentro de un plan cósmico y misterioso que trasciende mi entendimiento y razonamiento.

Dios no causa el mal, pero lo utiliza como una herramienta pedagógica de crecimiento y de maduración espiritual. Así como el oro se acrisola en el fuego, el carácter y la fe se purifican y consolidan en la adversidad. 

El sufrimiento elimina la fe superficial, fortalece la integridad y la perseverancia, desarrolla la paciencia, la resiliencia y la dependencia absoluta de Dios, y capacita al creyente para consolar a otros que pasan por la misma situación, desarrollando un amor más profundo por el prójimo.
Nuevo Testamento 
Los textos neotestamentarios cambian por completo el significado retributivo del sufrimiento. Ya no se ve como una tragedia, una maldición o el abandono de Dios. La respuesta al "por qué Dios no actúa" se encuentra en la persona de Jesucristo. 

Él es el único ser completamente inocente y justo que ha pisado la Tierra, y que ha experimentado el peor de los sufrimientos en la cruz. Dios no observa el dolor desde una distancia segura o indiferente. En la cruz, Dios mismo se introduce en el sufrimiento humano. No actúa evitando el dolor, sino sufriendo con el ser humano para vencer al mal desde dentro a través de la resurrección.

El principio central del cristianismo es que el discípulo no es más que su maestro. Si Cristo, siendo el Justo perfecto, sufrió, padeció y fue ejecutado, sus seguidores debemos esperar el mismo destino y hacernos partícipes de los mismos padecimientos de Cristo.

El apóstol Pablo afirma en  que el sufrimiento permite al cristiano "conocer el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos" (Flp 3,10). En Col 1,24, expresa que sus propios sufrimientos completan en su carne "lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia". El sufrimiento del cristiano continúa el testimonio de Jesús en la tierra.

El apóstol Pedro explica que la fe, siendo mucho más preciosa que el oro, debe ser "probada con fuego" para ser hallada en alabanza, gloria y honra (1 P 1,6-7). El sufrimiento de los mártires purifica a la Iglesia de falsos creyentes y fortalece a los verdaderos seguidores de Cristo: "Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas" (1 P 2,21). El sufrimiento injusto no es un accidente; es parte de la vocación cristiana cuyo valor radica en hacer el bien y, a pesar de ello, padecer con paciencia (1 P 4,15-16).

El apóstol Juan muestra a los mártires clamando: "¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin vengar nuestra sangre de los habitantes de la tierra?" (Ap 6,9-11). Dios les responde dándoles túnicas blancas y pidiéndoles que "tuvieran paciencia todavía un poco, hasta que se completase el número de sus compañeros y hermanos que iban a ser martirizados igual que ellos", asegurando que su muerte no ha sido en vano y que la justicia divina llegará. 

Los mártires derrotan al enemigo espiritual (el dragón) precisamente a través de su sacrificio: "Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte" (Ap 12,11). El sufrimiento y la muerte física del mártir es su victoria espiritual absoluta.
Los Padres Apostólicos 
Los sucesores de los Apóstoles vivieron en sus propias carnes las persecuciones y ejecuciones sistemáticas del Imperio. Sus escritos reflejan una mística del martirio donde la muerte física es el verdadero nacimiento a la vida eterna.
Ignacio de Antioquíadiscípulo del apóstol Juan, fue destinado a ser devorado por las fieras en el Coliseo de Roma (107 d.C.) y escribió siete cartas a diferentes iglesias. Su Carta a los Romanos contiene la expresión más radical de la mística del martirio: rogó a los cristianos de Roma que no intercedieran por él ni intentaran salvarlo mediante una metáfora eucarística: "Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para ser presentado como pan limpio de Cristo". Para Ignacio, el martirio es la forma perfecta de imitar la pasión de su Señor y unirse a Él.
Policarpo de Esmirna (155 d.C.), discípulo del apóstol Juan, fue quemado vivo a los 86 años. Cuando el procónsul romano le exigió jurar por el César y maldecir a Cristo para salvar su vida, Policarpo mantuvo su fidelidad inquebrantable: "Durante ochenta y seis años le he servido, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo puedo maldecir a mi Rey, que me salvó?". Su oración de sacrificio eucarístico da gracias a Dios por considerarlo digno de recibir el cáliz de Cristo.
La Carta a Diogneto es un tratado apologético anónimo del siglo II que describe la paradoja del cristiano en un mundo hostil: "Se les condena, y ellos en la condena encuentran la vida... Son castigados de muerte cada día, y con ello se les da la vida". El autor argumenta que la resistencia pacífica y el crecimiento de la Iglesia en medio de la persecución demuestran que los cristianos no actuamos por fuerzas humanas, sino por el poder de Dios.
Sé que mis desgracias y sufrimientos no son un castigo divino, sino un misterio de purificación y santificación que el Papa San Juan Pablo II llamó el sufrimiento salvífico. Aunque hoy no vea ningún sentido, sé que el dolor entregado a Dios nunca se desperdicia.
Sé que soy "trigo de Dios" y por ello, ofrezco mis sufrimientos y los uno al sacrificio de Cristo por mis propias intenciones, por las de mi familia y por las de todos los que sufren en el mundo. 
Siento mi angustia como la soledad de la cruz y en la oscuridad del sepulcro, un espacio de silencio donde parece que Dios no actúa. Pero mi fe se fundamenta en que después del Viernes Santo y el Sábado Santo, la última palabra siempre la tiene la Resurrección.

No trato de entender los planes de la Providencia Divina. Abrazo mi vulnerabilidad, expreso mi angustia ante el Santísimo y le digo al Señor que no entiendo nada de lo que pasa, pero que confío en Su misericordia.
"¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? 
¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? 
¿Hasta cuándo he de estar preocupado, c
on el corazón apenado todo el día?
¿Hasta cuándo va a triunfar mi enemigo?
Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío; 
a luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte, 
para que no diga mi enemigo: «Le he podido»,
 ni se alegre mi adversario de mi fracaso. 
Porque yo confío en tu misericordia: 
mi alma gozará con tu salvación, 
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho" 
(Sal 13,2-6)

miércoles, 9 de diciembre de 2020

LOS "AY" DE LA BIBLIA

"¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra 
por los toques de trompeta que faltan, 
por los tres ángeles que están a punto de tocar!"
(Apocalipsis 8,13)

La Palabra de Dios utiliza con frecuencia el término "ay" para manifestar lamento, como "¡Ay de mí …!" (Salmo 120,5), para significar advertencia, como ¡Ay del malvado!" (Isaías 3,11), para anunciar  angustiacomo "¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra! (Apocalipsis 8-12), o para expresar un sentimiento de compasión, como "¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días!" (Mateo 24,19).

Encontramos este término tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento:

Los "ay" del Antiguo Testamento

Los dos primeros "ay" de la Biblia son pronunciados por el rey Salomón en Proverbios 23, 29 y en Eclesiastés 10, 16, sobre los malos y necios gobernantes
Los profetas son un oráculo de lamento constante por las consecuencias del pecado. Es el mismo Dios quien se lamenta de la infidelidad del hombre y de su alejamiento del Amor, y, sin embargo, se compadece de él.

Isaías 
"Ay" de los corruptos (1,4), de los rebeldes (3,9-11), de los codiciosos (5,8), de los lincenciosos y de los viciosos (5,11-12), de los blafemos, de los mentiroros y de los orgullosos (5,18-21), de los adictos y de los sabios (5,22-23), de los opresores y los tiranos (10,1-5), a los que también hacen referencia los capítulos 13 al 23, las naciones en contra de Dios y que son tipos de imperios antidivinos: Babilonia, Asiría, Filistea, Moab, Damasco, Egipto, Tiro, Tarsis, etc.

"Ay" de los que se apartan de Dios, de los que se vuelven idólatras y traidores, de los que confían en la política y en economía del mundo más que en Dios, de los que critican y pleitean (28,1; 29,1; 29,15; 30,1; 31,1; 33,1; 45,9-10).

Jeremías
"Ay" de los maliciosos y de los necios (4,13 y 19), de los soberbios, malvados y obstinados en la mentira (13,27), de los injustos y los interesados (22,13 y 18), de los pastores que dispersan a las ovejas del rebaño (23,1).

Ezequiel
Ezequiel, como Isaías, hace referencia al juicio sobre las naciones opositoras a Dios (babilonia, Egipto, Tiro, etc). "Ay" de los idólatras y los ignominiosos (16,23), de los sanguinarios (24,6-9), de (30,2), de los pastores que no cuidan del rebaño de Dios, es decir, de los sacerdotes malvados (34,2).

Profetas menores 
"Ay" de los que se apartan de la Iglesia y de Dios (Oseas 7,13; 9,12), de los que serán juzgados (Joel 1,15), de los "falsos cristianos" (Amós 5,16-18; 6,1-6), de los criminales y de los ladrones (Miqueas 2,1), de los mentirosos, perversos y avaros (Nahún 3,1), de los codiciosos, ladrones  y asesinos (Habacuc 2,6-15), de los rebeldes y los que se oponen a Dios (Sofonías 2,5; 3,1), de los malos sacerdotes ( Zacarías 11,17).

Los "ay" del Nuevo Testamento

Mateo
En el Evangelio de Mateo, Jesús es quien proclama siete "ay", que son "tipo" de las siete copas de  la ira de Dios del Apocalipsis y que dirige específicamente a los escribas y fariseos
Sus palabras no contienen odio o ira, sino más bien, expresan compasión, tristeza y angustia por ellos. Porque le rehúsan, porque son injustos con el Pueblo, porque son hipócritas, falsos y codiciosos (Mateo 23,14-36). Se lamenta de los ricos y de los falsos profetas, de los que escandalizan y se compadece de las embarazadas en los dias de tribulación (Mateo 18,7).

Lucas
"Ay" de los ricos, de los frívolos y de los que buscan fama (6,24-26), de los que no escuchan el Evangelio (10,13), de los fariseos e hipócritas y de los que buscan reconocimiento social, de los que no tienen amor (11,42-52), de los que escandalizan y no perdonan (17,1), de las que estén encintas el día del juicio 21,23). 

Judas 
"Ay" de los blasfemos e injuriadores (1,11).

1 Corintios
"Ay" de los que no anuncian ni viven el Evangelio (9,16)

Apocalipsis
San Juan, en el Apocalipsis, nos muestra tres "ay" o lamentaciones sobre las tragedias (interiores) que vendrán al mundo, la gran tribulación sobre la Iglesia y las copas de la ira de Dios, y que están relacionados con las tres últimas trompetas (8,13; 9,12; 11, 14; 12,12). 
Podríamos decir que, teológicalmente, los "ay" son la "otra cara" de las Bienaventuranzas, pero Dios no pretende pronunciar una maldición, juicio, condena o castigo, sino son más bien expresiones de la infinita misericordia de Dios, la cual busca desesperadamente la conversión de los hombres:

Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mateo 5,3)
¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! (Lucas 6,24)

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados (Mateo 5,5)
¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! (Lucas 6,25)

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados (Mateo 5,6)
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! (Lucas 6,25)

Bienaventurados vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien por mi causa (Mateo 5,11)
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! (Lucas 6, 26)

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros (Mateo 5, 12)
Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas (Lucas 6,26)

Los "ay" son los pálpitos de un corazón que ama, que espera y que perdona. 

Son las lágrimas de un corazón que llora en Betania y que acompaña a los dos de Emaús. 

Son los latidos de un corazón que sufre en Getsemaní y que salva en el Calvario.

jueves, 3 de septiembre de 2015

¿POR QUÉ PERMITE DIOS EL SUFRIMIENTO?

 
¿Qué es este dolor que oprime mi pecho, 
mi profunda angustia que desea salir al mundo 
o el infinito amor de mi Padre 
que quiere entrar en mi corazón?


El sufrimiento es un estado de angustia o dolor que nos afecta tanto física, emocional y psicológicamente. 

Es indiscriminado, es decir, que afecta tanto al justo como al injusto, al cristiano y como al no creyente, al rico como al pobre, al pequeño como al grande. 

Se trata de un hecho que dificulta la capacidad de reconciliarlo con la idea de un Dios todopoderoso, amoroso, sabio y justo.

Y nos afecta a tres escalas:
  • Mundial: terremotos, tsunamis, inundaciones, hambrunas, guerras mundiales y terrorismo.
  • Local: catástrofes, accidentes aéreos o ferroviarios, naufragios.
  • Personal: muerte de seres queridos, enfermedades, accidentes, rupturas de relaciones y matrimonios, la depresión, la soledad, la pobreza, la persecución, el rechazo, el desempleo, la injusticia, la tentación o la frustración.
Entonces, ¿por qué Dios permite el sufrimiento y las enfermedades del Hombre?

Esta es el mayor desafío y una de las preguntas más difíciles de responder para un cristiano, y por contra, es la excusa más fácil para caer en el ateísmo o en el agnosticismo.

Muchos ateos, sin ninguna evidencia objetiva en la cual basar su creencia de que "no hay Dios", suelen recurrir a objeciones filosóficas y piensan, ¿como puede un Dios de amor permitir en su mundo el sufrimiento y el dolor, la enfermedad y la muerte, especialmente en inocentes? Aseguran que no es un Dios de amor porque es indiferente al sufrimiento humano, o que no es un Dios de poder, porque es incapaz de hacer algo para remediarlo. 

Tampoco creen en el Diablo, pues, para ellos, no es más que una metáfora de la inhumanidad del hombre para con su prójimo, o bien un símbolo de la maldad en general, con lo que a él, de forma inconsciente, si le liberan del sufrimiento de este mundo (no así, a Dios, a quien culpan). 

Pero el ateísmo realmente no es la respuesta, ni tampoco el agnosticismo. Estamos de acuerdo en que hay mucho mal en el mundo, pero también hay mucho bien. Sólo hay que mirar con los "ojos de Dios".

La respuesta cristiana debe ser guiada por la senda de la voluntad y el propósito de Dios. Y aunque muchas veces no los entendamos, podemos esgrimir algunas razones por las que existe el sufrimiento y el dolor que la Biblia aborda desde el Génesis al Apocalipsis. 

La libertad humana
El origen del sufrimiento, la enfermedad y la muerte está en el pecado.

Desde que el hombre se rebeló en el jardín de Edén, se convirtió en imperfecto y pecador (pecado original). 
Y, como resultado de su pecado, perdieron los dones que Dios les había regalado: la inmortalidad (no morir), la impasibilidad (no sufrir enfermedades corporales), la ciencia infusa (conocimiento natural de las cosas) y la integridad (equilibrio y armonía interior).
    Y su alma quedó con cuatro heridas permanentes, según Santo Tomás: la ignorancia (dificultad para conocer la verdad), la malicia (debilitamiento de la voluntad), la concupiscencia (deseo desordenado de satisfacer los sentidos) la fragilidad (cobardía ante las dificultades para obrar el bien).

    Además de todo ello, cuando Satanás consiguió que Adán y Eva desobedecieran a Dios,  no puso en duda el poder del Creador, pues sabía que no tiene límites. Lo que hizo fue poner en entredicho Su derecho a gobernar. 

    Lo más fácil hubiera sido que Dios los hubiera destruido, pero de esa forma no se hubiera resuelto el dilema del Derecho Divino y por eso, permitió demostrar al Diablo cómo gobernar y, por añadidura, dejar que el Hombre se gobernase así mismo, bajo la malvada dirección de Satanás.

    Al afirmar que Dios era un mentiroso y que impedía que sus hijos disfrutasen de las cosas buenas, el Diablo le estaba acusando de ser un mal gobernante y un mal padre (Génesis 3:2-5) y daba a entender que al Hombre le iría mejor si no les gobernaba Dios. Puso en jaque a Dios mismo, no sólo a ojos de Adán y Eva, sino también delante de todos los ángeles del cielo. 

    El sufrimiento también se debe a nuestro propio pecado. Con nuestras elecciones egoístas y equivocadas, acabamos perjudicándonos a nosotros mismos y a otros. Es la consecuencia de violar la Ley de Dios, tanto las leyes físicas (drogas, alcohol, etc,) como las morales (egoísmo, lujuria, arrogancia, etc.).

    Pero gran parte del sufrimiento se debe al pecado de otras personas: guerras, hambre, asesinatos, robos, adulterios, abusos sexuales, crueldad, egoísmo, etc.

    Por ello, podemos afirmar que el origen del sufrimiento es la libertad humana que nos ofreció Dios y con la que, a tenor de la historia, no es la solución para gobernarnos y por eso, debemos confiar sólo en que Dios hace lo correcto y sabe lo mejor para nosotros.

    Dios actúa en el sufrimiento
    Dios, como nos ama, se sirve del sufrimiento para obrar el bien. 

    "Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores" (C.S. Lewis).

    A través de el sufrimiento, nos lleva a la madurez cristiana, para forjar nuestro carácter, para que nuestras vidas sean más fructíferas y para llevar a cabo sus buenos propósitos. No olvidemos que el "corazón del hombre es duro como una piedra".

    Todos nosotros, cuando sufrimos, nos preguntamos por el sentido de todo eso y dónde está Dios en medio de todo ese dolor. Y, como siempre, tenemos el libre albedrío de buscarle e instalarle en nuestro corazón o negarle como hicieron Satanás, Adán y Eva, el pueblo de Dios en la época de Moisés, Noé, en Sodoma y Gomorra, en tiempos de Cristo o incluso hoy día.
    A menudo, la personas con mayores episodios de intenso dolor y sufrimiento, experimentan unas de las épocas más transformadoras de sus vidas. Aunque parezca paradójico, las personas que más han soportado el sufrimiento son las que han experimentado el amor de Dios, aunque no siempre es fácil ver lo que Dios está haciendo o entender lo que pretende.

    ¿Cuántos afligidos por una muerte cercana, por una enfermedad angustiosa, por un accidente, por una separación conyugal, por una ruina económica, etc. han encontrado al Señor y se han transformado?

    Dios compensa con creces nuestro sufrimiento
    Dios no creó el mundo para que hubiera sufrimiento, enfermedad y muerte. 

    Para muchos, las bendiciones que recibimos de Dios en nuestro dolor y a través de él compensan o superan con creces el mismo sufrimiento aunque no siempre las experimentamos en esta vida. Pero a todos los cristianos se nos promete algo magnifico y superior: la esperanza del cielo. 

    Dios tiene toda la eternidad para compensarnos y por ello, un día pondrá todas las cosas en orden nuevamente: toda la creación será restaurada, Jesús regresará a la tierra para establecer "un cielo nuevo  y una tierra nueva"(Ap 21,1) .

     Ese día "Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor" (Ap 21,4).

    Nos reencontraremos con todos nuestros seres queridos y los que han muerto "en Cristo" y viviremos juntos en presencia de Dios, eternamente.

    Dios, a través de su misericordia y de su amor, al entregar a su Hijo, Jesucristo, por todos nosotros, nos libera de nuestro pecado y repara el daño causado por la "rebelión" (1 Jan 3,8) y nos promete una vida eterna sin sufrimiento ni enfermedad.

    Realmente no existe ningún “inocente” sufriendo ya que "…todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios"(Rom 3,23), no hay nadie que tenga el derecho de librarse de la ira de Dios basándose en su inocencia.

    El mundo está hoy bajo la maldición de Dios (Gn 3,17) a causa de la rebelión del Hombre en contra de la Palabra de Dios y como ya hemos dicho, bajo la dirección del Diablo.

    Esta "esclavitud de la corrupción" con "toda la creación gimiendo a una, y a una con dolores de parto hasta ahora" (Rom 8,21-22), es universal, esto es, afecta a todos los hombres, mujeres y niños en todo lugar. Nadie está exento del sufrimiento.

    No es más que una cuestión de amor y fe en el Señor, como señala el teólogo McGrath: " Si la esperanza cristiana fuera una ilusión basada en mentiras, tendría que desecharse por falsa. Pero si es cierta, debe abrazarse de tal modo que transfigure nuestra manera de ver el sufrimiento en la vida".

    Dios participa de nuestro sufrimiento

    Dios es un Dios que sufre a nuestro lado

    No es inmune, no está observando como espectador impasible. 

    Lo vemos en la Biblia y sobre todo, en la cruz: "Él es el Dios crucificado". Dios "estaba en Cristo" reconciliando al mundo entero consigo mismo (2 Cor 5,19). Se hizo uno de nosotros, sufrió de todas las formas que nosotros sufrimos, incluso más. 
    Cristo tuvo que soportar que se dudara de la legitimidad de su nacimiento, que se le asignara una labor difícil de cumplir, traicionado por sus mejores amigos, enfrentarse a falsos cargos, ser juzgado por un tribunal con prejuicios y ser sentenciado por un juez sin carácter, ser torturado, conocer de primera mano lo que significa estar terriblemente solo y después de todo eso, morir. 

    Y morir sin lugar a dudas, públicamente y con una gran multitud de testigos.

    No sólo sabe lo que es el sufrimiento y el dolor, sino que lo ha experimentado. Sabe lo que sentimos cuando sufrimos.

    El Diablo tiene poder sobre el mundo entero

    La acción de Satanás genera sufrimiento y dolor.

    El apóstol San Juan dice claramente que “el mundo entero yace en el poder del maligno”, el Diablo" (1 Jn 5,19) y que "el diablo engaña al mundo entero" (Ap 12,9).

    El apóstol  Pedro advierte a los cristianos que "el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar"  (1 P 5,8).

    Por tanto, el verdadero artífice de los males y del sufrimiento de este mundo es Satanás, que actúa con engaño, odio y crueldad. Por eso el mundo, que se encuentra bajo su control, está lleno de maldad. 

    Ha cegado al hombre, desde el principio, para que no entienda el propósito de su existencia y para que crea que sus caminos (los del egoísmo y del pecado) son mejores los de Dios (los del amor y de la misericordia). 

    La humanidad se "ha tragado" las mentiras de Satanás para no ser consciente de que el propio pecado trae sufrimiento y culpar a Dios.

    Dios no causa el sufrimiento. Él no es el culpable de las guerras, los crímenes, la opresión, las catástrofes naturales ni de las enfermedades y muertes que tanto dolor nos producen. Pero aún tenemos que contestar la pregunta de por qué permite todo ese sufrimiento. Si Dios es todopoderoso, está claro que tiene el poder para ponerle fin. 

    Entonces, ¿por qué no lo hace? Sólo podemos comprenderlo hasta donde Dios nos permite y, además, sería absolutamente presuntuoso por nuestra parte, cuestionarlo.

    "El juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?" (Gn 18,25) "¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?" (Rom 9,20). 

    Nosotros mismos no somos quienes establecemos lo que es correcto o incorrecto. Sólo el Creador de todo puede hacerlo. Debemos creer en nuestra mente y corazón, tanto si lo entendemos o no, que cualquier cosa que Dios haga es, por definición, correcta. 

    Si Dios hubiera creado a Adán y Eva sin el regalo del libre albedrío, les habría condenado a la sumisión incondicional y a la obediencia obligatoria. Entonces ¿seríamos felices? 

    Dios no desea que le sirvamos por obligación (2 Cor 9,7). ¿Qué padre quiere que su hijo le ame por obligación? ¿Y qué hijo dice "te quiero" por obligación a un padre?

    Dios, sin embargo, ha establecido límites al poder e influencia que el diablo ejerce sobre el mundo (Job 1,12; 2,6) y no permitirá que Satanás impida el cumplimiento de Su Plan Maestro de Salvación para la humanidad.

    ¿Cómo responder al sufrimiento?

    Cuando experimentamos el sufrimiento y el dolor, no siempre entendemos por qué. Dios nunca les dijo a José o a Job por qué estaban sufriendo, aún incluso pareciendo algo completamente injusto, les pidió que confiaran en Dios. 

    Tanto el relato de José, como todo el libro de Job no tratan tanto sobre por qué Dios permite el sufrimiento, sino sobre cómo debemos responder ante el dolor.

    Por ello, las preguntas que debemos plantearnos son las siguientes:
    • ¿Es este sufrimiento consecuencia de mi pecado? Si lo es, podemos pedirle a Dios que nos revele de qué pecado en concreto se trata.
    • ¿Qué me quieres decir a través de esto?  Es posible que Dios quiera enseñarnos algo en particular.
    • ¿Qué quieres que haga? A veces, estamos tan instalados en nuestra rutina mundana que olvidamos las cosas de Dios.
    • ¿Quién, a parte de Dios, puede ayudarme? Otros miembros de la iglesia, buenos amigos cristianos, pueden ayudarnos a discernir entre culpa verdadera y culpabilidad falsa, ayudarnos a escuchar a Dios y enseñarnos como orarle y también pueden ser apoyo y aliento para que no nos rindamos.
    Debemos agarrarnos fuertemente a nuestra esperanza en esta vida, a caballo entre lucha y bendición.

    Cuando veamos a otros sufriendo, estamos llamados a mostrar compasión y amor, a rezar por ellos . Y puesto que todos somos pecadores, no juzgar a los demás. Debemos abrazarles, besarles y "llorar con los que lloran" (Romanos 12:15).

    Resumen

    Volvamos nuestra mirada hacia la Cruz de Cristo:
    1. El hombre abusó de la libertad que Dios le otorgó para clavar a Jesús en la cruz y sin embargo, Dios sirviéndose de ese abuso, permitió que Cristo pagara el precio de ese pecado y de todos los pecados del hombre.
    2. Dios actúa en el sufrimiento. La intención de los que mataron a Jesús era malvada, pero Él lo dispuso para el bien. La Cruz es una victoria porque contiene la llave de la salvación.
    3. Dios compensa con creces nuestro sufrimiento. Jesús "quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz" (Hb 12,2), vio anticipadamente su resurrección y, por consiguiente, nuestra propia resurrección y nuestra participación en la eternidad con Él.
    4. Dios no está ausente en el sufrimiento. Participó del dolor de la cruz y ahora sufre por nosotros y para nosotros. Así como en la vida de Jesucristo el sufrimiento no supuso el fin, tampoco lo es en nuestra vida. A resucitar Jesús a la vida eterna, Dios nos reveló su promesa: que ni el diablo, ni el sufrimiento, ni el dolor ni la muerte puede separarnos Su amor y de la vida eterna con Él.
    Este artículo está dedicado al gran Nacho y a su extraordinaria familia: Andrés, Mª Paz, Marta, Guille, Álvaro y Javi, quienes tienen siempre una sonrisa a pesar de todo.

    Os dejo su película en Facebook por si queréis conocerle.

    https://www.facebook.com/video.php?v=239703239534494&set=vb.100004844586121&type=2&theater