¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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martes, 23 de junio de 2026

LA PRUEBA DEL JUSTO: SUFRIMIENTO SALVÍFICO

 
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 
A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza. 
Dios mío, de día te grito, y no respondes; 
de noche, y no me haces caso" 
(Sal 22,2-3)

Todos los creyentes (incluso los santos) pasamos momentos de oscuridad, de desolación, de desgracias y de sufrimientos inmerecidos que no logramos entender. Yo estoy ahora en uno de esos momentos de prueba ..y me pregunto ¿por qué?...
Preguntarme el "¿por qué?" de mis sufrimientos y angustias (familiares, laborales, sanitarias, económicas...) es una oración legítima y muy humana que el mismo Jesucristo pronunció en el Calvario: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46). 
La fe cristiana no exige que comprenda las desgracias o los sufrimientos que padezco, ni que reprima mi dolor o mi angustia. Lo que Cristo me pide es que siga su ejemplo, no evadiendo la prueba, sino asumiéndola en mi propia carne.
Pero no es nada fácil. Me cuesta. Me repito continuamente que cuando no entiendo el por qué, necesito mirar a Jesús en la Cruz para encontrar el para qué. Él, siendo el único verdaderamente inocente, sufrió la mayor de las injusticias. En los momentos de mayor confusión, mi sufrimiento se une de manera íntima y misteriosa al dolor inmerecido de Cristo. 

Sé que Dios no me ha dejado solo; sé que Él está conmigo sufriendo en mi misma cruz, sosteniéndome cuando mis fuerzas no dan para más. Pero solo "escucho" su silencio...en mi desolación.

Antiguo Testamento 
Los textos veterotestamentarios muestran numerosos pasajes en los que presentan la "prueba del justo" (Sal 11,2-7; Sab 2,12-20: Job 1-42), que alude proféticamente a la Pasión de Cristo, y por extensión, a las tribulaciones y adversidades que sufren los justos y las personas de fe. Su propósito es purificar su fe, fortalecer su carácter y afianzar su perseverancia.

La fe verdadera no es un negocio comercial con Dios; creo en Él por quién es, no por los beneficios materiales que me otorga. El sufrimiento humano y la justicia divina conviven dentro de un plan cósmico y misterioso que trasciende mi entendimiento y razonamiento.

Dios no causa el mal, pero lo utiliza como una herramienta pedagógica de crecimiento y de maduración espiritual. Así como el oro se acrisola en el fuego, el carácter y la fe se purifican y consolidan en la adversidad. 

El sufrimiento elimina la fe superficial, fortalece la integridad y la perseverancia, desarrolla la paciencia, la resiliencia y la dependencia absoluta de Dios, y capacita al creyente para consolar a otros que pasan por la misma situación, desarrollando un amor más profundo por el prójimo.
Nuevo Testamento 
Los textos neotestamentarios cambian por completo el significado retributivo del sufrimiento. Ya no se ve como una tragedia, una maldición o el abandono de Dios. La respuesta al "por qué Dios no actúa" se encuentra en la persona de Jesucristo. 

Él es el único ser completamente inocente y justo que ha pisado la Tierra, y que ha experimentado el peor de los sufrimientos en la cruz. Dios no observa el dolor desde una distancia segura o indiferente. En la cruz, Dios mismo se introduce en el sufrimiento humano. No actúa evitando el dolor, sino sufriendo con el ser humano para vencer al mal desde dentro a través de la resurrección.

El principio central del cristianismo es que el discípulo no es más que su maestro. Si Cristo, siendo el Justo perfecto, sufrió, padeció y fue ejecutado, sus seguidores debemos esperar el mismo destino y hacernos partícipes de los mismos padecimientos de Cristo.

El apóstol Pablo afirma en  que el sufrimiento permite al cristiano "conocer el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos" (Flp 3,10). En Col 1,24, expresa que sus propios sufrimientos completan en su carne "lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia". El sufrimiento del cristiano continúa el testimonio de Jesús en la tierra.

El apóstol Pedro explica que la fe, siendo mucho más preciosa que el oro, debe ser "probada con fuego" para ser hallada en alabanza, gloria y honra (1 P 1,6-7). El sufrimiento de los mártires purifica a la Iglesia de falsos creyentes y fortalece a los verdaderos seguidores de Cristo: "Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas" (1 P 2,21). El sufrimiento injusto no es un accidente; es parte de la vocación cristiana cuyo valor radica en hacer el bien y, a pesar de ello, padecer con paciencia (1 P 4,15-16).

El apóstol Juan muestra a los mártires clamando: "¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin vengar nuestra sangre de los habitantes de la tierra?" (Ap 6,9-11). Dios les responde dándoles túnicas blancas y pidiéndoles que "tuvieran paciencia todavía un poco, hasta que se completase el número de sus compañeros y hermanos que iban a ser martirizados igual que ellos", asegurando que su muerte no ha sido en vano y que la justicia divina llegará. 

Los mártires derrotan al enemigo espiritual (el dragón) precisamente a través de su sacrificio: "Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte" (Ap 12,11). El sufrimiento y la muerte física del mártir es su victoria espiritual absoluta.
Los Padres Apostólicos 
Los sucesores de los Apóstoles vivieron en sus propias carnes las persecuciones y ejecuciones sistemáticas del Imperio. Sus escritos reflejan una mística del martirio donde la muerte física es el verdadero nacimiento a la vida eterna.
Ignacio de Antioquíadiscípulo del apóstol Juan, fue destinado a ser devorado por las fieras en el Coliseo de Roma (107 d.C.) y escribió siete cartas a diferentes iglesias. Su Carta a los Romanos contiene la expresión más radical de la mística del martirio: rogó a los cristianos de Roma que no intercedieran por él ni intentaran salvarlo mediante una metáfora eucarística: "Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para ser presentado como pan limpio de Cristo". Para Ignacio, el martirio es la forma perfecta de imitar la pasión de su Señor y unirse a Él.
Policarpo de Esmirna (155 d.C.), discípulo del apóstol Juan, fue quemado vivo a los 86 años. Cuando el procónsul romano le exigió jurar por el César y maldecir a Cristo para salvar su vida, Policarpo mantuvo su fidelidad inquebrantable: "Durante ochenta y seis años le he servido, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo puedo maldecir a mi Rey, que me salvó?". Su oración de sacrificio eucarístico da gracias a Dios por considerarlo digno de recibir el cáliz de Cristo.
La Carta a Diogneto es un tratado apologético anónimo del siglo II que describe la paradoja del cristiano en un mundo hostil: "Se les condena, y ellos en la condena encuentran la vida... Son castigados de muerte cada día, y con ello se les da la vida". El autor argumenta que la resistencia pacífica y el crecimiento de la Iglesia en medio de la persecución demuestran que los cristianos no actuamos por fuerzas humanas, sino por el poder de Dios.
Sé que mis desgracias y sufrimientos no son un castigo divino, sino un misterio de purificación y santificación que el Papa San Juan Pablo II llamó el sufrimiento salvífico. Aunque hoy no vea ningún sentido, sé que el dolor entregado a Dios nunca se desperdicia.
Sé que soy "trigo de Dios" y por ello, ofrezco mis sufrimientos y los uno al sacrificio de Cristo por mis propias intenciones, por las de mi familia y por las de todos los que sufren en el mundo. 
Siento mi angustia como la soledad de la cruz y en la oscuridad del sepulcro, un espacio de silencio donde parece que Dios no actúa. Pero mi fe se fundamenta en que después del Viernes Santo y el Sábado Santo, la última palabra siempre la tiene la Resurrección.

No trato de entender los planes de la Providencia Divina. Abrazo mi vulnerabilidad, expreso mi angustia ante el Santísimo y le digo al Señor que no entiendo nada de lo que pasa, pero que confío en Su misericordia.
"¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? 
¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? 
¿Hasta cuándo he de estar preocupado, c
on el corazón apenado todo el día?
¿Hasta cuándo va a triunfar mi enemigo?
Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío; 
a luz a mis ojos para que no me duerma en la muerte, 
para que no diga mi enemigo: «Le he podido»,
 ni se alegre mi adversario de mi fracaso. 
Porque yo confío en tu misericordia: 
mi alma gozará con tu salvación, 
y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho" 
(Sal 13,2-6)

martes, 16 de diciembre de 2025

EL PECADO DE MALEDICENCIA

 
Según la RAE, la maledicencia es la acción o el hábito de maldecir, ofender, denigrar, desprestigiar, injuriar o difamar al prójimo. Es desear el mal a alguien o hablar mal de alguien.

Es una manifestación de falta de caridad cristiana, pero también de lógica, de razón y de sentido común, consecuencia del rencor o de la celotipia, es decir, de celos patológicos que se manifiestan en una crítica desmesurada e irascible contra otras personas.

La maledicencia produce un juicio implacable, precipitado e injusto, sin presunción de inocencia, sin piedad y sin respeto. Habitualmente, la persona maledicente se siente capacitada y autorizada para constituirse en juez de los demás

Cuando una persona es maledicente, su vida se convierte en distanciamiento, en desapego, en alejamiento, lo que hace imposible la convivencia con otros, debido a la propensión a fijarse en los aspectos negativos de otros. 

Pero además, ensalzándose a fuerza de comentar los defectos, errores o caídas del otro, ofusca y oscurece su almapierde la paz y se aleja de la gracia de Dios.

¿Qué gana el maledicente con su actitud? En realidad, nada; pero, en la insana intención de superioridad, marca obligatoriamente a los demás lo que deben hacer y cómo deben hacerlo, y se convierte en un juez irascible, implacable e inmisericorde de los demás que, aunque tuerto, se arroga el derecho de mostrar el camino a los ciegos.

La Escritura nos advierte sobre este gran mal espiritual: 
  • "¿Quién eres tú para juzgar a un criado ajeno?" (Rom 14,4)
  • "No juzguéis según apariencia, sino juzgad según un juicio justo" (Jn 7,24)
  • "No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros" (Mt 7,1-2)
  • "Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad" (Ef 4,31).
  • "En verdad os digo que el hombre dará cuenta en el día del juicio de cualquier palabra inconsiderada que haya dicho. Porque por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado" (Mt 12,36-37)
  • "El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca" (Mt 6,45)
  • "Deshaceos también vosotros de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡fuera de vuestra boca!" (Col 3,7)
  • "De la misma boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser así, hermanos míos" (Stg 3,10)
Toda vida humana es sagrada y reflejo de Dios; y por tanto, merece respeto y cuidado. Todos tenemos derecho al honor, a la dignidad y a la fama; destruirlos constituye un pecado contra la justicia y la caridad

Dañar la reputación de otros, dar ocasión a juicios falsos respecto a ellos no es una actitud cristiana pues atenta contra el 5º mandamiento, "No matarás", porque cuando un cristiano difama, injuria o desprestigia a otro se convierte en un asesino, porque está "matando" moral o espiritualmente a su hermano.

domingo, 9 de noviembre de 2025

HABACUC: ¿POR QUÉ PERMITE DIOS EL MAL Y EL SUFRIMIENTO?

 
El libro de Habacuc es el octavo libro de los 12 profetas menores de la Biblia, de carácter litúrgico. 

Escrito por Habacuc (en hebreo, "abrazo") un profeta "misterioso" del que se desconoce casi todo aunque, posiblemente, fuera levita y cantor en el templo de Jerusalén. 

A la luz de la mención de los caldeos (babilonios) en Ha 1,6, su actividad profética puede situarse entre el año 605 a.C., victoria de babilonia sobre Egipto en Cárquemis y el destierro a Babilonia 587 a.Cdurante el reinado de Joacim (609-597 a. C.).

Igual que su contemporáneo Jeremías, Habacuc toma la iniciativa y pregunta a Dios, convirtiendo la profecía en un diálogo entre el profeta y Dios.

Aunque breve, el libro es de gran profundidad teológica: 
  • Al igual que Nahún, se cuestiona la injusticia y el sufrimiento que padecen los justos por causa de los malvados
  • Al igual que Job, afronta el problema del mal, pero desde una perspectiva colectiva, no individual
Estructura
Igual que el libro de Nahún, Habacuc consta de tres capítulos en los que expone una proclamación recibida durante una visión en la que Dios se manifiesta:

-c.1: Diálogo entre Yahvé y Habacuc: el profeta cuestiona la justicia divina "¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me oigas?" (1,2) y Dios responde.

-c. 2: Oráculo de la aflicción: acertijo enigmático de carácter sapiencial y satírico con 5 "Ayes" contra el opresor (usureros, corruptos, asesinos, mentirosos e idólatras) y 1 exclamación litúrgica (orden de silencio en la presencia de Dios).

-c. 3: Lamentación sálmica de Habacuc: describe una teofanía de Dios a quien presenta como un "guerrero cósmico" (3,3-7). El profeta se lamenta por la desolación de la tierra y a la vez, proclama la acción salvífica de Dios y eleva una oración llena de fe y alegría en medio de las pruebas (17,19).

Clave de lectura
El mensaje central es mantener la fe a pesar del mal y del sufrimiento, confiar en Dios aún sin entender las pruebas. 

Ante la cuestión general del profeta de por qué vencen los malos (los babilonios), Dios responde a nivel personal: los hombres serán juzgados individualmente, no por la nación a la que pertenecen. Pero esta respuesta deja insatisfecho al profeta.
Sin embargo, al igual que Job, supera el problema con una postura de fe. Ahora Habacuc ya no se lamenta ni pregunta, sino que se alegra en Dios, su salvador, aunque no entienda la respuesta de Dios a este misterio, que sólo hallará respuesta con la revelación definitiva en Jesucristo.

Sólo el diálogo con Dios (la oración), la fe en sus promesas y la esperanza de salvación en la prueba constituyen el camino para interpretar los signos de los tiempos y los problemas que plantean, en la seguridad de la intervención divina.

Unidad de la Escritura
Antiguo Testamento: Habacuc aparece en el relato de Bel y el foso de los leones (Dn 14,33-39) como hijo de Josué, de la tribu de Leví y transportado por un ángel desde Judea a Babilonia para que le llevara comida a Daniel.

Nuevo Testamento
-la referencia a que "el justo vivirá por su fe" (Ha 2,4), aparece en Rom 1,17-18; Gal 3,11 y Hb 10,38.

-la referencia a que la obra de Dios no es utilizar a los malvados para la salvación sino a Jesucristo (Ha 1,5), aparece en el discurso de Pablo en Antioquía (Hch 13,41).
-la referencia a los "ídolos mudos" (Ha 2,18-19), aparece en 1 Cor 12,2

viernes, 7 de noviembre de 2025

MIQUEAS: ANUNCIO DEL NACIMIENTO DEL MESÍAS EN BELÉN

 
El libro de Miqueas (Mikayahu, que significa "¿Quién cómo el Señor?") es el sexto de los 12 profetas menores del Antiguo Testamento, que describe la situación de finales del s. VIII a. C. durante los reinados de Jotán (740-734 a.C.), Acaz (734-727) y Ezequías (716-687 a.C)..

Miqueas, campesino de profesión y oriundo de Moreset, una aldea a 35 kms al suroeste de Jerusalén, en la provincia costera de Sefelá, fue, por tanto, contemporáneo de Isaías y de Oseas, con quienes compartió el contexto histórico marcado por la amenaza del imperio asirio sobre Israel, Judá y las regiones del Levante. 

Sus oráculos están dirigidos tanto al Reino del Norte (Samaria) como al Reino del Sur (Jerusalén), mostrando gran preocupación por las injusticias sociales (terratenientes y ricos), la corrupción política y religiosa (reyes, jueces y sacerdotes) y la idolatría (falsos profetas).

Contexto histórico
Miqueas vivió un tiempo de guerras: la guerra siro-efraimita en 735 a.C. entre el Reino del Norte, llamado Israel o Efraín, Damasco (Siria) y el Reino del Sur, llamado Judá (Is 7-12), con 120.000 muertos en el Reino del Sur (2 Cr 28,6) además de las víctimas del Reino del Norte.

La guerra con Asiria, una gran potencia militar de su época, que destruyó el Reino del Norte, asolando su capital, Samaria en el año 722 a.C., enviando a la población al destierro en Nínive (2 Re 17,1-41) y borrando a Israel de la historia. 

Solo una intervención angélica evitó que el imperio asirio, con Senaquerib a la cabeza, entrara en Jerusalén en el año 701 a.C. (2 Cr 32,1-33).

Miqueas interpretó estos acontecimientos como el castigo de Dios sobre el Reino del Norte por sus pecados de idolatría, adoración de Baal, sacrificios rituales de niños, magia y adivinación (cf. 2 Re 17,15-17). 

Pecados que también se fueron infiltrando en el sur, en Judá. Manasés sucede al rey Ezequías e instaura una política de terror y el culto pagano, de tal manera que Miqueas profetizó que el juicio condenatorio que cayó sobre el Reino del Norte caerá ahora sobre Judá por causa de su infidelidad y desobediencia a Dios.

Sin embargo, no todo en el libro de Miqueas es juicio y castigo. Miqueas ve una luz en las tinieblas, percibió un majestuoso Dios que gobierna sobre todo suceso, que castigó a su pueblo solo para purificarlo y restaurarlo. 

También formuló algunas de las más francas predicciones de destrucción que hay en la Biblia, e hizo algunas de las más claras predicciones sobre el futuro Mesías, el Libertador que vendría a salvar a Israel.
Autoría y Composición
Miqueas no es obra de uno solo profeta, sino de, al menos, dos profetas principales, uno de Judá y otro de Israel, ambos con el mismo nombre:
  • c. 1-3: en su mayoría, original de un Miqueas judío, con algunos añadidos posteriores: el libro se organizó y recopiló en el período postexílico posterior a la reconstrucción del Templo en el 515 a. C., por lo que parece que el libro se completó a principios del siglo V a. C. Describen la invasión asiria de Judá como un castigo de Yahvé a los gobernantes corruptos del reino, incluyendo una profecía sobre la destrucción del Templo que no se cumplirá hasta cien años más tarde, cuando Judá se enfrentaba a una crisis similar con el Imperio babilónico.
  • c. 4-5: también algunos textos son auténticos del Miqueas judío (Ej: el anuncio del nacimiento del Mesías en Belén), junto con interpolaciones sapienciales y actualizaciones de época posterior, exílica y postexílica, paralelas a pasajes de Isaías. 
  • c. 6-7: se atribuyen esencialmente a un Miqueas israelí, aunque recopilados posteriormente, probablemente tras la caída de Jerusalén, momento en el que el libro fue revisado y ampliado aún más para reflejar las circunstancias de la comunidad del final del exilio y posterior al exilio.
Estructura
El libro contiene 7 capítulos dividido en 3 secciones que comienzan siempre con la palabra "Escucha", con la que alterna anuncios de condenación o de salvación. 
  • Juicio contra Israel y Judá y sus líderes (1-3). Oráculos de condena con los que reprende a los dirigentes político-religiosos injustos (jefes, magistrados, sacerdotes y falsos profetas) y defiende los derechos de los pobres frente a los ricos y poderosos corruptos
  • Esperanza y restauración de Sión (4-5). Promesa de futuro esperanzador que anuncia un mundo en paz, con Sión como centro y bajo el liderazgo de un nuevo monarca davídico, el Mesías (Mi 5,1-4) que exterminará a los enemigos, que no son las naciones vecinas sino los propios ídolos: sus falsas seguridades, sus ejércitos, sus murallas, sus hechicerías y brujerías...
  • Demanda de Dios contra Israel y Esperanza de Sión (6-7). Reprueba la ingratitud del pueblo ante todos los beneficios que les ha dado Dios, el culto puramente externo, carente de justicia y misericordia, la religiosidad vacía, sin obras que reflejen la rectitud y la corrupción moral del pueblo. Los últimos versículos (8-20) anuncian el castigo de Israel como consecuencia de su infidelidad, pero al mismo tiempo anuncia su futura restauración. 
Dentro de esta estructura tripartita, Miqueas expone una serie de oráculos alternos de juicio de castigo/condenación (1.2–2.11; 3.1–12; 6.1–7.6) y promesas de liberación/restauración (2.12–13; 4.1–5.15; 7.7–20).

Clave de lectura
Miqueas expresa una honda preocupación por los pecados de Israel y Judá, causa del abandono y castigo temporal de Dios. Si Samaría cayó por su pecado, Judá está destinada al mismo destino si no se arrepiente, y Jerusalén será juzgada por sus múltiples culpas.

Con la fórmula "ira de Dios", el profeta expresa el modo en que la infidelidad del pueblo de la alianza afecta a Dios. Y esto se hace evidente en su enfrentamiento con los falsos profetas sobre el cuándo, el cómo y el de dónde vendrá la salvación de Dios:
  • no será inmediata, como anuncian los falsos profetas, sino que tardará en llegar después del castigo (destierro a Babilonia) "en los últimos días"
  • no procederá de Jerusalén, corrupta y orgullosa, sino de Belén, pequeña y humilde
  • no será sólo para Israel sino universal y pacífica
Su mensaje alterna denuncias de injusticia, llamadas a la conversión y promesas de salvación, reflejando la tensión entre juicio y esperanza. 
Denuncias
-la falsa confianza de Israel, convencidos de que Dios los protegerá pese a su corrupción
-el culto vacío sin justicia, sin humildad y sin misericordia 
-la opresión de los débiles por parte de príncipes y comerciantes
-la corrupción política por la que jueces y príncipes se venden al mejor postor
-la manipulación de los falsos profetas que engañan al pueblo
-la corrupción social con la hipocresía general y falta de caridad del pueblo. 

Promesas
-la glorificación del monte del Señor
-la peregrinación de las naciones a Sión
-el nacimiento del rey mesiánico en Belén
-la liberación del dominio asirio y la salvación del resto fiel de Jacob
-el mensaje de bienaventuranza y restauración

Miqueas guarda afinidad con Amós en la denuncia social de la injusticia, con Oseas en la exhortación a la misericordia y con Isaías en la visión del Mesías davídico.

Unidad de la Escritura
  • En el Antiguo Testamento: sus temas están presentes en Isaías, Jeremías, Ezequiel, Amós y Oseas
  • En el Nuevo Testamento:

viernes, 15 de septiembre de 2017

LA SANTA INDIGNACIÓN

"Guarda silencio ante el Señor, 
espera con paciencia a que Él te ayude"
(Salmo 37,7)

Muchas veces pensamos que el camino de un alejado de la fe es más fácil y exitoso mientras que el de un cristiano es más difícil y lleno de obstáculos. 

Entonces, nos desanimamos y nos indignamos porque vemos injusticia y porque no vemos frutos. Es la "santa indignación", que expresamos cuando somos confrontados con el pecado. 

Jesús expresó su santa indignación por los pecados y las injusticias (Marcos 3, 1-5; Mateo 21, 12-13; Lucas 19, 41-44). Se enfocó en las conductas, nunca en las personas.

El Salmo 37 es un poema "didáctico" y una respuesta a esta "santa indignación" de los justos (vs. 1, 7-8), que nos ayuda a entender la paradoja de por qué prosperan los impíos, mientras nosotros somos despreciados o perseguidos y vivimos afligidos. 

Dios nos pide que pongamos nuestra confianza en Su sabiduría divina, pues concede a los impíos una prosperidad efímera, pero que al final, pone las cosas en su sitio: la justicia de los buenos brillará como la luz (v. 6), y los impíos recibirán su castigo (v. 9). 
Imagen relacionada
El Salmo nos dice que la actitud correcta del cristiano debe ser confiar en Dios, encomendándole nuestras aflicciones y situaciones para que las solucione y también, para que transforme nuestras vidas.

Nuestra tarea es guardar silencio, tener paciencia, perseverar y esperar la respuesta justa de nuestro Padre.

Espera, confianza, silencio, perseverancia, paciencia.... son virtudes que los cristianos debemos buscar y poner en práctica.


Esperar

Según la Real Academia Española, esperar es tener esperanza de conseguir lo que se desea

El verbo esperar tiene connotaciones positivas: quien sabe esperar tiene sabiduría para no actuar precipitadamente, para no apresurarse a hacer algo, para guardar silencio paciente y confiante.

Es la habilidad de decidir no hablar ni actuar hasta que sea el momento correcto para no empeorar la situación. Es la habilidad de confiar y esperar para que Dios sea Dios y actúe.

El que no espera se deja arrastrar por la desesperación, la ansiedad y actúa precipitadamente.

Confiar

Según la Real Academia Española, confiar es dejar una cosa al cuidado de alguien. 

La confianza es una virtud espiritual ligada a la fe. La Biblia señala que la fe es la certeza de lo que se espera. (Hebreos 11,1). La fe confía esperando. El afán, la ansiedad y la preocupación te llevan a actuar apresuradamente sin tener certeza o seguridad. Y cuando actuamos precipitadamente no confiamos en Dios. 

A diferencia de nosotros, que no podemos solucionar muchas circunstancias, Dios tiene el control de todo. Confiar significa dejar todo en manos de Dios, significa entregarle nuestros problemas y preocupaciones para que Él decida.

El que no espera ni confía se debilita, se cansa y se desespera: "pero los que esperan al Señor renuevan sus fuerzas, remontan el vuelo como águilas, corren sin fatigarse y caminan sin cansarse." (Isaías 40, 31).

Perseverar

Según la Real Academia Española, perseverar es mantenerse firme y constante en una manera de ser o de obrar.

Quien no persevera, quien no se mantiene firme y constante, se enfría espiritualmente y se aleja de Dios y de su Iglesia. Perseverar es ser fiel a Dios porque Él siempre es fiel. Él nunca nos abandona, aunque muchas veces no seamos capaces de entenderlo.

En la carta a los Filipenses 4, 6-7, el apóstol Pablo nos dice: "No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias." 

Cuando le entregamos al Señor ese problema imposible, ya deja de ser nuestro; ahora ese problema es de Dios.