¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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jueves, 29 de octubre de 2026

SILENCIO O RUIDO: DIOS O NADA

"Y cuando abrió el séptimo sello 
se hizo en el cielo silencio como de media hora" 
(Ap 8,1)

El primer versículo del capítulo 8 del Apocalipsis de san Juan es considerado como uno de los momentos más solemnes, dramáticos y cargados de simbolismo de toda la Biblia: el cielo en silencio.

Sin embargo, a lo largo de todo el libro, san Juan nos muestra el cielo como un lugar de constante actividad, música y alabanza, donde los ángeles y los santos cantan y glorifican a Dios sin cesar. Por eso, un silencio absoluto y repentino resulta impactante.

Dios hace detener toda la liturgia celestial para intervenir y culminar su plan de salvación terrenal. El silencio es la respuesta natural de las criaturas ante la manifestación majestuosa y temible de Dios. La "media hora" de silencio simboliza una pausa sagrada, un breve periodo de paz anticipada antes del establecimiento definitivo del Reino de Dios. 

El cielo entero enmudece, conteniendo el aliento por el asombro y el temor reverente ante Dios y lo que está a punto de acontecer en la Tierra, que sigue llena de "ruido" y alejada de Dios, pensando que, con su silencio, Dios está ausente ("no existe"). 

Según el diccionario de la RAE, el silencio es "la actitud del que se abstiene de hablar", "la falta de ruido, de agitación, el estado de un lugar en el que no se percibe ningún sonido".

Sin embargo, el silencio no es una ausencia sino la manifestación de una presencia.

Los grandes acontecimientos ocurren en el silencio: la tierra rota sobre si misma en silencio, los astros del cielo se mueven en silencio, el niño crece en silencio en el vientre de su madre, las semillas germinan en silencio, la sangre corre por nuestras venas en silencio...solo en silencio somos capaces de escuchar los latidos del corazón. Un corazón humano en el que Dios está siempre silenciosamente presente.

El silencio es indispensable para encontrar a Dios, pero en este mundo tan lleno de ruido y tumulto, de agitación y actividad, ¿cómo "hacer silencio" para escuchar la voz de Dios?

El silencio de los labios
Para escuchar a Dios debemos encontrar una atmósfera propicia para hacer silencio interior a través del sosiego, el recogimiento y la contemplación. Es necesario "retirarse" de las fuentes del ruido. Para escuchar hay que callar. 

Hacer silencio exterior, silencio de los labios, debe preceder a la vida de acción, a los hechos y los dichos. Sin capacidad de silencio, es imposible escuchar, comprender, admirar y acoger el propio entorno, al otro ni tampoco a uno mismo. Y mucho menos, a Dios que habita en el silencio.

Por ello, es preciso ejercer una resistencia activa para proteger nuestro santuario espiritual del ruido exterior que nos rodea y asedia, que intenta invadirnos. El ruido es el allanamiento del alma.

El silencio de los ojos
Otro ruido que nos impide "ver" a Dios es el de los mensajes visuales y las imágenes con las que somos bombardeados cada segundo, que nos ciegan y nos embriagan.

El silencio de los ojos no consiste en cerrarlos al mundo, sino limpiar la mirada de juicios y odios, deseos egoístas, codicia o distracciones, para contemplar a Dios en nuestro interior. 

Cuando "hacemos silencio de labios", dejamos de "pedir" o "razonar" para, simplemente, permanecer ante la presencia divina. Es entonces cuando hacemos "silencio de los ojos": dejamos de ver mensajes, renunciamos a las imágenes y nos abrimos a la luz del misterio divino.
El silencio del corazón
El silencio del corazón es el más difícil. Podemos cerrar los labios y callar; podemos cerrar los ojos y no ver, pero dominar el corazón humano en el que arde el fuego de las pasiones y los afectos, de la ira y el rencor, del odio y la violencia, es más complicado.

El silencio del corazón (silencio interior o contemplativo) consiste en poner fin a los juicios, a las pasiones y a los deseos humanos y descansar en el silencio de Dios, que nos habla en nuestro corazón, nos guía y nos transforma en "mansos y humildes de corazón" (Mt 11,28-30).

El silencio contemplativo consiste en estar junto a Dios, adherirse a Él, mostrarse y ofrecerse a Él, hacerse nada en Él, contemplarle y dejarse contemplar por Él ("Yo le miro y Él me mira", santo cura de Ars).
Cuanto más avanzamos hacia Dios, más nos quedamos sin palabras. Envueltos en su amor, enmudecemos de estupor y asombro. Ante el silencio de Dios encontramos el amor absoluto porque Dios es Amor y el amor no dice nada...no exige nada. Dios ama en silencio.

Dios nos conduce al silencio del desierto para hablarnos de corazón a corazón (Os 2,16-25). El Espíritu Santo guió al pueblo de Israel por el desierto, Juan el Bautista creció y se fortaleció en el espíritu mientras vivió en el desierto, el Espíritu Santo condujo a Cristo al desierto. 

El desierto es también el lugar de la prueba y de la tentación en la que se manifiesta el poder de Satanás. Pero en el desierto, Dios nos acompaña y nos enseña a luchar contra el mal y el pecado: en el silencio, nos presentamos ante Dios y nos disponemos a cumplir su voluntad.

El silencio es el terreno donde el hombre se enfrenta a la batalla espiritual contra sus tres enemigos: el mundo, el demonio y la carne (el "hombre viejo"). 

Allí nos enfrentamos al "ruido de nuestro yo" que nunca deja de reivindicar derechos; al "ruido de las tentaciones" que nos seduce a pecar; al "ruido de nuestra memoria" que nos arrastra al pasado y a los recuerdos.

Es en el silencio del desierto donde el hombre debe elegir: el silencio o el ruido, Dios o nada.



Fuente: "La fuerza del silencio". Cardenal Robert Sarah. Ediciones Palabra