
"¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!"
(Mt 21, 9)
Hoy meditamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, narrada en el capítulo 21 del evangelio según san Mateo, por su continuidad teológica y su vinculación litúrgica en la Eucaristía.
El domingo de Ramos, Jesús baja de Betania a Jerusalén, donde es recibido con todos los honores de un rey. La multitud lo recibe con gran pompa y boato (v. 9). Los habitantes de la Ciudad Santa, sobresaltados, se preguntan ¿quién es este? (v.10). Fiel a su costumbre, Jesús entra en el templo y lo purifica, expulsando a los mercaderes (vs. 12-13). Se le acercan ciegos y cojos, a quienes cura (v. 14), lo que irrita e indigna a los escribas y fariseos (vs. 15-16). Acabada la celebración, "atardece y el día va de caída" (cf. Lc 24,29), pero nadie le ofrece hospitalidad, nadie le invita a quedarse en su casa. Y Jesús se vuelve a Betania.
El canto del "Santo": La liturgia que une ambos misterios
Durante la liturgia eucarística, justo antes de la consagración, la Iglesia entera canta el Sanctus:"¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!" .
Estas aclamaciones, vítores y alabanzas con los que la multitud recibió a Jesús al entrar a la Ciudad Santa montado en un pollino hace dos mil años, son exactamente las mismas con los que los cristianos reconocemos que entra ahora de forma humilde en el altar.
Un Rey humilde: del pollino al pan y al vino
La naturaleza del reinado de Jesús se manifiesta con una coherencia absoluta en ambos sucesos que desafían por completo las expectativas humanas de grandeza, recordándonos que el poder de Dios se perfecciona en la sencillez y la entrega voluntaria:
En Jerusalén, Jesús cumple la profecía de Zacarías "¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; romperá el arco guerrero y proclamará la paz a los pueblos" (Zac 9,9-10), al rechazar los caballos de guerra (animales símbolos de poder militar y opresión política) eligiendo en su lugar, un joven burro (símbolo de animal de carga y de paz).
En la Eucaristía, esta lógica de despojamiento alcanza su punto cumbre. El Rey del universo no se manifiesta con truenos ni lujos, sino oculto bajo las especies más sencillas, ordinarias y cotidianas de la alimentación humana: el pan y el vino.
De la entrada física a la comunión espiritual
En Jerusalén, la entrada de Jesús fue un acontecimiento físico, local y acotado en el tiempo. Jesús atravesó las puertas de la ciudad de piedra para purificar el templo y encaminarse hacia su sacrificio redentor.
En la Eucaristía, es una "entrada triunfal" que trasciende las barreras del tiempo y del espacio. Cada vez que se celebra la misa, Jesús entra en la "Jerusalén interior" de cada creyente a través de la comunión.
El templo que Cristo purifica y habita ya no está hecho de piedras, sino que es el corazón de cada cristiano, en cumplimiento de la profecía de Ezequiel: "Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne" (Ez 36,25-26)
Alabanza perfecta vs. Alabanza efímera
El contraste en la actitud de los participantes nos ofrece una profunda enseñanza espiritual:
En Jerusalén, la multitud ofrece una alabanza exterior y pasajera. Los mismos mantos y ramos de olivo que alfombraron su entrada se convirtieron, pocos días después, en indiferencia o en el grito condenatorio de "¡Crucifícalo!". Su adoración estaba sujeta a que Jesús cumpliera sus expectativas políticas inmediatas.
En la Eucaristía, la asamblea debe manifestar una fe madura y una conversión del corazón. La participación en la misa no busca el entusiasmo superficial de las masas, sino una entrega sincera y un compromiso de vida. No se queda en la aclamación de un domingo; se alimenta del cuerpo entregado y la sangre derramada para sostener al cristiano en la prueba.

Jesús hace una entrada triunfal en la Ciudad Santa, la purifica y la abandona en medio de la indiferencia, para volver a Betania con sus discípulos. ¡Cuantas veces ocurre esto en misa!
¡Cuántas veces, en las celebraciones litúrgicas de la "Nueva Jerusalén", esperamos un rey según nuestras expectativas! Recibimos y aclamamos a Cristo solo en momentos de gran emoción (retiros, conciertos, crisis) o cumpliendo por costumbre el domingo, pero el lunes volvemos a la rutina olvidando su presencia!
¡Cuántas veces arrojamos nuestros "mantos" al suelo al ver pasar a Jesús, dando limosnas que no nos cuestan, elevando nuestros "ramos de olivo", cumpliendo ritos externos o manteniendo fachadas de "buenos cristianos", pero nos resistimos a cambiar nuestros materialismos e hipocresías!
¡Cuántas veces esperamos a un Jesús "solucionador de problemas", en lugar de dejar que purifique nuestro corazón duro y de piedra, y transformar nuestra mente individualista y egoísta. Le rezamos para pedir salud, dinero o éxito, pero nos alejamos si las cosas no salen como queremos!
¡Cuántas veces nos indignados cuando sana y restituye a otros, cuando acoge a pecadores y conversos, creyéndonos nosotros más santos y justos. Le negamos alojamiento en nuestra casa, no le permitimos morar en nuestro corazón y le damos la espalda con indiferencia!
¡Cuántas veces nos desilusionamos y perdemos la fe cuando llega la enfermedad, el dolor o el esfuerzo. Queremos la gloria de la resurrección, pero sin pasar por el Viernes Santo!
¡Cuántas veces defendemos a Dios en ambientes seguros (en un retiro o en la iglesia), pero callamos o nos avergonzamos de nuestra fe en ambientes hostiles (en el trabajo o en las redes sociales) por miedo a ser juzgados!
Chesterton dijo que "la mediocridad es estar junto a la grandeza y no reconocerla".
¡Cuántas veces nos ocurre esto en misa! Como los dos de Emaús, tenemos a Cristo vivo y presente en el altar y, sin embargo, estamos a "nuestros negocios" y no somos capaces de reconocerle.
La gran advertencia que nos deja esta comparación es la fragilidad de nuestros anhelos humanos. Los habitantes de Jerusalén no eran muy distintos a nosotros; eran personas comunes que se dejaron cegar por sus propias expectativas, por sus intereses y por sus miedos.
Nosotros repetimos esa misma historia cada vez que comulgamos con devoción un domingo y, durante la semana, "crucificamos" a Jesús en el prójimo mediante el chisme o el egoísmo, la indiferencia hacia el necesitado o la falta de constancia y compromiso con nuestra fe.

La liturgia nos invita a mirarnos en el espejo de la multitud de Jerusalén para preguntarnos:
¿A qué Cristo espero encontrarme en misa?
¿Estoy dispuesto a recibir a Jesús como el Rey humilde que transforma mi vida desde dentro?
O ¿Seguiré con mis entusiasmos pasajeros y comerciando con mis intereses egoístas?
¿Dónde estaré yo el Domingo de Ramos y el Viernes Santo?