¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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sábado, 10 de octubre de 2026

¡CUÁNTAS VECES NOS OCURRE EN MISA!

"¡Hosanna al Hijo de David! 
¡Bendito el que viene en nombre del Señor! 
¡Hosanna en las alturas!" 
(Mt 21, 9)

Hoy meditamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, narrada en el capítulo 21 del evangelio según san Mateo, por su continuidad teológica y su vinculación litúrgica en la Eucaristía.

El domingo de Ramos, Jesús baja de Betania a Jerusalén, donde es recibido con todos los honores de un rey. La multitud lo recibe con gran pompa y boato (v. 9). Los habitantes de la Ciudad Santa, sobresaltados, se preguntan ¿quién es este? (v.10). Fiel a su costumbre, Jesús entra en el templo y lo purifica, expulsando a los mercaderes (vs. 12-13). Se le acercan ciegos y cojos, a quienes cura (v. 14), lo que irrita e indigna a los escribas y fariseos (vs. 15-16). Acabada la celebración, "atardece y el día va de caída" (cf. Lc 24,29), pero nadie le ofrece hospitalidad, nadie le invita a quedarse en su casa. Y Jesús se vuelve a Betania.

El canto del "Santo": La liturgia que une ambos misterios
Durante la liturgia eucarística, justo antes de la consagración, la Iglesia entera canta el Sanctus:"¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!" .

Estas aclamaciones, vítores y alabanzas con los que la multitud recibió a Jesús al entrar a la Ciudad Santa montado en un pollino hace dos mil años, son exactamente las mismas con los que los cristianos reconocemos que entra ahora de forma humilde en el altar.

Un Rey humilde: del pollino al pan y al vino
La naturaleza del reinado de Jesús se manifiesta con una coherencia absoluta en ambos sucesos que desafían por completo las expectativas humanas de grandeza, recordándonos que el poder de Dios se perfecciona en la sencillez y la entrega voluntaria:

En Jerusalén, Jesús cumple la profecía de Zacarías "¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; romperá el arco guerrero y proclamará la paz a los pueblos" (Zac 9,9-10), al rechazar los caballos de guerra (animales símbolos de poder militar y opresión política) eligiendo en su lugar, un joven burro (símbolo de animal de carga y de paz).

En la Eucaristía, esta lógica de despojamiento alcanza su punto cumbre. El Rey del universo no se manifiesta con truenos ni lujos, sino oculto bajo las especies más sencillas, ordinarias y cotidianas de la alimentación humana: el pan y el vino.

De la entrada física a la comunión espiritual
En Jerusalén, la entrada de Jesús fue un acontecimiento físico, local y acotado en el tiempo. Jesús atravesó las puertas de la ciudad de piedra para purificar el templo y encaminarse hacia su sacrificio redentor.

En la Eucaristía, es una "entrada triunfal" que trasciende las barreras del tiempo y del espacio. Cada vez que se celebra la misa, Jesús entra en la "Jerusalén interior" de cada creyente a través de la comunión. 

El templo que Cristo purifica y habita ya no está hecho de piedras, sino que es el corazón de cada cristiano, en cumplimiento de la profecía de Ezequiel: "Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne" (Ez 36,25-26)
Alabanza perfecta vs. Alabanza efímera
El contraste en la actitud de los participantes nos ofrece una profunda enseñanza espiritual:
En Jerusalén, la multitud ofrece una alabanza exterior y pasajera. Los mismos mantos y ramos de olivo que alfombraron su entrada se convirtieron, pocos días después, en indiferencia o en el grito condenatorio de "¡Crucifícalo!". Su adoración estaba sujeta a que Jesús cumpliera sus expectativas políticas inmediatas.

En la Eucaristía, la asamblea debe manifestar una fe madura y una conversión del corazón. La participación en la misa no busca el entusiasmo superficial de las masas, sino una entrega sincera y un compromiso de vida. No se queda en la aclamación de un domingo; se alimenta del cuerpo entregado y la sangre derramada para sostener al cristiano en la prueba.
 
Jesús hace una entrada triunfal en la Ciudad Santa, la purifica y la abandona en medio de la indiferencia, para volver a Betania con sus discípulos. ¡Cuantas veces ocurre esto en misa! 

¡Cuántas veces, en las celebraciones litúrgicas de la "Nueva Jerusalén", esperamos un rey según nuestras expectativas! Recibimos y aclamamos a Cristo solo en momentos de gran emoción (retiros, conciertos, crisis) o cumpliendo por costumbre el domingo, pero el lunes volvemos a la rutina olvidando su presencia!

¡Cuántas veces arrojamos nuestros "mantos" al suelo al ver pasar a Jesús, dando limosnas que no nos cuestan, elevando nuestros "ramos de olivo", cumpliendo ritos externos o manteniendo fachadas de "buenos cristianos", pero nos resistimos a cambiar nuestros materialismos e hipocresías!

¡Cuántas veces esperamos a un Jesús "solucionador de problemas", en lugar de dejar que purifique nuestro corazón duro y de piedra, y transformar nuestra mente individualista y egoísta. Le rezamos para pedir salud, dinero o éxito, pero nos alejamos si las cosas no salen como queremos!

¡Cuántas veces nos indignados cuando sana y restituye a otros, cuando acoge a pecadores y conversos, creyéndonos nosotros más santos y justos. Le negamos alojamiento en nuestra casa, no le permitimos morar en nuestro corazón y le damos la espalda con indiferencia!

¡Cuántas veces nos desilusionamos y perdemos la fe cuando llega la enfermedad, el dolor o el esfuerzo. Queremos la gloria de la resurrección, pero sin pasar por el Viernes Santo!

¡Cuántas veces defendemos a Dios en ambientes seguros (en un retiro o en la iglesia), pero callamos o nos avergonzamos de nuestra fe en ambientes hostiles (en el trabajo o en las redes sociales) por miedo a ser juzgados!

Chesterton dijo que "la mediocridad es estar junto a la grandeza y no reconocerla". 

¡Cuántas veces nos ocurre esto en misa! Como los dos de Emaús, tenemos a Cristo vivo y presente en el altar y, sin embargo, estamos a "nuestros negocios" y no somos capaces de reconocerle.

La gran advertencia que nos deja esta comparación es la fragilidad de nuestros anhelos humanos. Los habitantes de Jerusalén no eran muy distintos a nosotros; eran personas comunes que se dejaron cegar por sus propias expectativas, por sus intereses y por sus miedos.

Nosotros repetimos esa misma historia cada vez que comulgamos con devoción un domingo y, durante la semana, "crucificamos" a Jesús en el prójimo mediante el chisme o el egoísmo, la indiferencia hacia el necesitado o la falta de constancia y compromiso con nuestra fe. 
La liturgia nos invita a mirarnos en el espejo de la multitud de Jerusalén para preguntarnos:

¿A qué Cristo espero encontrarme en misa? 
¿Estoy dispuesto a recibir a Jesús como el Rey humilde que transforma mi vida desde dentro?
O ¿Seguiré con mis entusiasmos pasajeros y comerciando con mis intereses egoístas? 
¿Dónde estaré yo el Domingo de Ramos y el Viernes Santo? 

sábado, 12 de noviembre de 2022

ENTRAR EN ESPACIO SAGRADO

"Porque esto dice el Alto y Excelso, 
que vive para siempre y cuyo nombre es 'Santo':
Habito en un lugar alto y sagrado, 
pero estoy con los de ánimo humilde y quebrantado, 
para reanimar a los humildes, 
para reanimar el corazón quebrantado" 
(Is 57,15)

Nuestra vida se desarrolla en una dimensión espacio-temporal en la que suceden acontecimientos de muy diversa índole, que la conforman cualitativamente según sea el lugar que pisemos y el momento que vivamos en espacio sagrado o profano. 

Aunque esta sociedad descristianizada intenta trivializar o desvirtuar todo tipo de sacralidad o religiosidad y de eliminar toda manifestación de la presencia de Dios en el mundo, los cristianos sabemos muy bien diferenciar los espacios sagrados de los profanos.

Espacio sagrado es el lugar donde Dios habita, se manifiesta y se comunica con nosotros; donde realizamos nuestros cultos y ritos, sacrificios u ofrendas a Dios; donde erigimos imágenes que representan "lo santo"; donde contemplamos y escuchamos a Dios vivo y resucitado; y donde entramos en comunión con nuestro Padre y con nuestros hermanos. Y por lo general, lo componen nuestras catedrales, iglesias, santuarios, ermitas...

Sin embargo y por desgracia, muchos de estos espacios sagrados han perdido su identidad y han visto limitado su significado porque los propios sujetos religiosos los hemos "desacralizado", los hemos "despojado de gracia"...quizás sin darnos cuenta, poco a poco, de forma paulatina, o quizás por costumbres adquiridas...

Nuestras catedrales y nuestras iglesias se han transformado en espacios culturales para visitar sus obras, en zonas recreativas para fiestas o reuniones de amigos o músicos, en lugares públicos para realizar bautizos, bodas, comuniones o funerales más como eventos sociales que celebraciones religiosas, de tal manera que se ha perdido la capacidad de experimentar la sobrecogedora presencia y excelsa manifestación de Dios en una adoración al Santísimo, en una Eucaristía, en una confesión..… y entre todos, hemos convertido lo sagrado en profano.
El modo de comportarnos, lo que hacemos, lo que vivimos, hacen de un lugar un espacio sagrado o profano. Sin embargo, ocurre que sucumbimos, con cierta frecuencia y facilidad, a la tentación de trastocar el orden y el sentido de los espacios, de forma que pretendemos situar lo sagrado en lo profano, de hacer real lo virtual o incluso de profanar lo sagrado...

Porque no es lo mismo tener una imagen de la Virgen María en mi móvil que venerarla en un santuario mariano; no es lo mismo rezar el Rosario o el Ángelus en una iglesia que "virtualizarlo" en un grupo de WhatsApp; no es lo mismo "ver" misa a través de YouTube que celebrarla en mi parroquia. 

Todo eso no es en sí mismo malo. Todo eso me conecta pero no me relaciona ni me hace entrar en comunión con lo sagrado. Conexión no es lo mismo que Comunión.

Tampoco es lo mismo mi comportamiento, mi forma de ser y estar, o mi forma de vestir o de actuar en una oficina, en un gimnasio o en un bar que en una catedral, en una parroquia o en un santuario.

Por ejemplo, cuando acudimos a celebrar misa, desde luego, no se nos ocurre fumar dentro de la iglesia. Y no lo hacemos, no ya por motivos de seguridad (riesgo de incendio) o de salud (riesgo de enfermedad) o de protocolo (riesgo de ridículo), sino por una actitud de respeto y recogimiento con la que marcamos una diferencia, un frontera que distingue un lugar, un tiempo, un objeto diferente, relevante y sagrado de otros comunes, irrelevantes o profanos.

Tomamos conciencia de un "Algo" superior, distinto, sagrado o numinoso, que se manifiesta, que nos sobrecoge y nos sobrepasa, que nos produce respeto, veneración y fascinación.
El espacio sagrado es para nosotros un lugar, un momento y una manera diferente de "estar en el mundo". Para un cristiano, la experiencia de lo sagrado no sólo trata de "creer y practicar" sino de estar en permanente discernimiento, en continua tensión para vivir una vida distinta a la común.

Se trata de vivir una "vida cristiana", una vida sacramentalizada, una vida eucarística inclinada y dirigida a nuestra plenificación, a nuestra santificación. 

Dios nos llama no sólo a ser imagen y semejanza suya, sino a estar en amistad con Él, en comunión con Él, a entrar en Su "espacio sagrado", en Su vida, en Su reino.

lunes, 15 de junio de 2020

EL CRISTIANO APOCALÍPTICO

"Estos son los que no se contaminaron con mujeres, 
porque son vírgenes. 
Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya. 
Estos fueron rescatados como primicias de los hombres 
para Dios y el Cordero.
En su boca no se halló mentira: son intachables."
(Ap 14,4-5)

Cuando escuchamos la palabra "Apocalipsis", pensamos en calamidades y desastres. Pensamos en un fin catastrófico. Creemos que es un período de tiempo que nos toca vivir a nosotros, los hombres del siglo XXI .

Sin embargo, las Revelaciones o Apocalipsis de San Juan nos muestran algo muy distinto. Se trata de una gran exhortación a la conversión, a la perseverancia, a la firmeza en la fe. 

Jesucristo, por medio de San Juan, nos habla a cada uno de sus seguidores y nos revela la identidad del cristiano apocalíptico, es decir, el cristiano desde la Resurrección de Cristo hasta su segunda venida.

El cristiano apocalíptico es aquel que ha aceptado a Cristo y lleva el sello del Cordero en la frente. Tiene oídos y escucha lo que Jesucristo dice a su Iglesia.

El cristiano apocalíptico es un hombre de oración y de intensa vida interior. Se deja traspasar por la espada afilada de la Palabra de Dios y la mantiene viva. Ve y sabe distinguir los signos de los tiempos. Mira los acontecimientos de la tierra "desde arriba".
                  La Fe y el Arrepentimiento | Iglesia Cristiana Sion | Pittsburgh                    
El cristiano apocalíptico es aquel que mira con los ojos de Dios, habla con las palabras de Cristo, camina con los dones del Espíritu. Vive en el misterio de la Trinidad y es divinizado. Es hijo de la luz, vive íntegramente su esclavitud de amor a María Santísima y está consagrado a su Inmaculado Corazón.

El cristiano apocalíptico lleva una vida eucarística, se nutre de la liturgia como su pan de cada día. Ha sido purificado y busca con denuedo la santidad. Alaba a Dios continuamente con todo su ser, con palabras y con obras. 

El cristiano apocalíptico está dispuesto a seguir al Cordero allí donde vaya, hasta la cruz, hasta el martirio y a ofrecer su vida por los demás y si ha de morir, lo hace por amor. Es valiente y no teme nada porque Dios está con él.

El cristiano apocalíptico muestra alegría y gozo por haber sido rescatado de las fauces del Dragón. Ha reconocido su error y su pecado, y se siente salvado por Dios. Se mantiene firme en la doctrina y persevera hasta el final. 
El Apocalipsis segun varias religiones | Mundo Fleko
El cristiano apocalíptico ama y se mantiene fiel al amor primero. Distingue el bien y el mal. Desenmascara al Enemigo y su engaño, anunciando la verdad y obrando el bien. Se arma de la paciencia de los santos y guarda los mandamientos de Dios y la fe de Jesús.

El cristiano apocalíptico es consciente que su vida es una continua batalla espiritual contra el Mal, ya sea interior o exterior. Está pertrechado con firmeza y coraje para poder afrontar la última batalla. 

No lucha contra el Enemigo porque Cristo ya le ha vencido. Tan sólo se mantiene fiel y persevera sabiendo que no debe luchar con las armas del mundo, del Dragón y de la Bestia, que son el engaño y la mentira. 

Las armas del cristiano apocalíptico son espirituales: 

- la plegaria. Su oración es el eco de los ángeles, es la comunión con la liturgia celeste.
- la pureza. Sus ropas han sido lavadas con los méritos del Cordero y ya no está contaminado.
- la fidelidad. Su perseverancia le hace ser firme y fuerte para hacer frente a la Bestia. 
- la verdad. Su refugio está bajo las alas del Espíritu Santo y ama la verdad, que le hace libre.
El cristiano apocalíptico es Simón Pedro y Pablo de Tarso, es Agustín de Hipona e Ignacio de Loyola, es Juan de la Cruz y Francisco Javier, es Luis María Grignion y Maximiliano Kolbe, es Domingo de Guzmán y Juan Bosco, es Francisco de Asis y Teresa de Jesús, es Juana de Arco y Teresa de Calcuta, es Isidro y María de la Cabeza, es Martín de Porres y Pio de Pietrelcina, es Alfonso María de Ligorio y Benito Abad, es Juan Pablo II y José María Escrivá, es Lucía y Jacinto...y los santos de la puerta de al lado...eres tú... soy yo...

lunes, 21 de agosto de 2017

SAINTS WANTED (SE BUSCAN SANTOS)


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"Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo." 
(Levítico 19, 2)


El dia 1 de abril de 2005 y tras su nombramiento como obispo de Roma, el Papa emérito Benedicto XVI nos habla de la necesidad de santos, de hombres que sean testigos de Dios y luz para el mundo
:

"Lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan creíble a Dios en este mundo. 

Imagen relacionadaTenemos necesidad de hombres que mantengan la mirada en Dios, aprendiendo desde allí la verdadera humanidad. 

Tenemos necesidad de hombres cuya inteligencia esté iluminada por la luz de Dios y a los cuales Dios abra el corazón, de manera que su inteligencia pueda hablar a la inteligencia de los demás, y su corazón pueda abrir el corazón de los demás.  

Sólo a través de hombres que han sido tocados por Dios, Dios puede regresar entre los hombres. "

Al Papa Francisco, durante la JMJ de río de Janeiro, se le atribuyen estas palabras sobre la necesidad que tiene el mundo de santos:

"Necesitamos santos sin velo, sin sotana. Necesitamos santos de jeans y zapatillas. Necesitamos santos que vayan al cine, escuchen música y paseen con sus amigos. 

Necesitamos santos que coloquen a Dios en primer lugar y que sobresalgan en la Universidad. Necesitamos santos que busquen tiempo cada día para rezar y que sepan enamorar en la pureza y castidad, o que consagren su castidad. 

Necesitamos santos modernos, santos del siglo XXI con una espiritualidad insertada en nuestro tiempo. 

Resultado de imagen de franciscoNecesitamos santos comprometidos con los pobres y los necesarios cambios sociales. Necesitamos santos que vivan en el mundo, se santifiquen en el mundo y que no tengan miedo de vivir en el mundo. 

Necesitamos santos que beban Coca Cola y coman hot-dogs, que sean internautas, que escuchen iPod. Necesitamos santos que amen la Eucaristia y que no tengan vergüenza de tomar una cerveza o comer pizza el fin de semana con los amigos. 

Necesitamos santos a los que les guste el cine, el teatro, la musica, la danza, el deporte. Necesitamos santos sociables, abiertos, normales, amigos, alegres, compañeros. Necesitamos santos que estén en el mundo y que sepan saborear las cosas puras y buenas del mundo, pero sin ser mundanos".

Ser santo...

La santidad es el camino que nos lleva hacia el Señor. Por ello, todos estamos llamados a la santidad. Por eso, los Santos Padres, Benedicto y Francisco, y con ellos, toda la Iglesia de Cristo, "buscan ser santos".
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La santidad no es un estado inalcanzable ni utópico, como muchos creen. Dios nos pone a nuestra disposición muchos medios para serlo. Nos lo pone fácil pero hay que desearlo.

La santidad tampoco es competencia exclusiva de Papas, obispos, curas, frailes y monjas.  Es tarea de todos. Tampoco significa ser un "supercristiano".

La santidad es más abandono que apego, más don que conquista, más gracia que mérito, más misericordia que empeño, más ser que hacer.

Ser santo es vivir abrazado y "acurrucado" por Dios, en cada momento, en cada gesto, en cada suspiro. Ser santo es llevar a Dios en el corazón y abrirlo al mundo. 

Ser santo es cumplir la voluntad de Dios. Ser santo es ser "digno de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo". Ser santo es buscar apasionadamente a Dios y dejarse transformar por Su gracia.

Ser santo es ser "como un niño" confiando ciegamente en su padre. Amar sin esperar nada. Más aún... dejarse amar profundamente por el infinito amor de Dios.

Se buscan santos...

Se buscan santos, hombres y mujeres, que brillen y alumbren esta negra oscuridad que envuelve este mundo; que sean testigos de la Verdad en medio de tanta mentira.

Se buscan santos que anuncien el Camino en medio de tanta confusión;que sean luz del mundo, con el testimonio de su palabra y de su vida diaria; que proclamen la Verdad que nos hace libres. 

Se buscan hombres y mujeres que amen; que hagan presente a Cristo en nuestro mundo, que sean cauces de la misericordia y de la ternura de Dios; que sean contemplativos en la acción.

Se buscan santos enamorados y fieles; que tengan el "sí" grabado en sus corazones; que vivan despreocupados y desapegados de las cosas del mundo y de sus planes, sin ataduras terrenales ni agobios materiales.

Para ser santo...

La historia de los Santos está repleta de hombres y mujeres que nos indican el camino hacia la santidad.

Santo Tomás de Aquino decía que "para ser santo, tan sólo es necesario desearlo".

¡Quiero ser santo!San Ignacio de Loyola con su principio y fundamento resumía la santidad así: "El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma".

Santo Tomás de Cori fue un franciscano que en 1684 pidió ingresar en un convento contemplativo con esta carta de presentación: “Soy fray Tomás de Cori y vengo para hacerme santo”.

Santa Teresita de Lisieux le decía en una carta a su Madre priora: "Bien sabe usted Madre que yo siempre he deseado ser santa (...) y me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables".

Santa Teresa de Ávila dijo: “Digo que importa mucho, y en todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella [la santidad], venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajase, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo".

Quiero ser santo... 

En la medida en que cada uno de nosotros deseemos caminar hacia la santidad, llegaremos a alcanzarla. Y mientras eso llega, el mundo será mejor porque Cristo está vivo y se hace presente en nosotros. Vive pero casi nadie lo proclama, casi nadie lo ve, casi nadie lo cree.

Por eso...


Quiero ser santo con la mirada en lo alto, 
con la mano en el corazón y una sonrisa en mi cara. 

Quiero ser santo para revolucionar el mundo mostrando a Jesucristo, 
para reflejar el rostro de Cristo, para configurarme a Él y llegar a ser como Él.

Quiero ser santo para poner alegría donde hay tristeza, 
paz donde hay guerra, amor donde hay odio.


La verdadera renovación se consigue gracias a los santos. Con su alegría, con su pasión por la vida, por Dios y por el hombre, lo cambian todo. Son alegres, son libres, son felices...

Pidamos el don de la santidad cada día porque Dios quiere que seamos santos; porque queremos ser santos; porque hacen falta muchos santos.