¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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miércoles, 17 de diciembre de 2025

EL BUENISMO ESPIRITUAL NO ES UNA VIRTUD CRISTIANA

“¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, 
que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, 
que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” 
(Is 5,10)

Es una triste evidencia comprobar que en la Iglesia existan personas complacientes que viven la fe de perfil. Son los llamados "buenistas" o "bienquedas". Cristianos condescendientes que no dicen nada fuerte o duro para no molestar a nadie, que dulcifican todo para que se pueda digerir mejor, que no alzan la voz ante el mal ni corrigen el pecado para que les tilden de "tolerantes", que hablan "en abstracto" para no incomodar, que dicen sólo lo que los demás quieren oír.

La virtud de la bondad que propone el Evangelio se desvirtúa y se diluye en un "puritanismo benevolente" que se transforma en el vicio de "ser buenos". La bondad, que está siempre asociada a la verdad y a la caridad, siempre piensa en el otro, mientras que la tolerancia voluntarista, que está asociada a la hipocresía, sólo piensa en uno mismo.

El "bienqueda" cree salir siempre bien parado, mantiene su conciencia tranquila pero no no resuelve nada ni cambia la realidad, tan sólo utiliza palabrería sin contenido para evitar "ser crucificado", pero no transforma el mundo.

El "buenista" se ampara en una espiritualidad cómoda y cobarde por temor a decir la verdad, por miedo a molestar a quien está en el error o en la mentira. Se mantiene en una fe confortable e infantil que no discierne ni progresa. Cree caminar pero no va a ningún sitio. 

El "bienqueda" confunde religiosidad con bienestar ("wellness"), cristianismo con moralismo políticamente correcto, reduciendo la fe a un simple "edulcorante" de la vida: "ser mejor persona" o “estar a bien” con todos.

El "buenista" vive una fe insustancial o "sosa", alejada de la indicación de Jesús a ser sal de la tierra, que no azúcar (Mt 5,13), refugiándose en una dulce complacencia, en una grata tolerancia, en una superficial bondad por agradar o por evitar conflictos, a expensas de la verdad o la justicia. 

El "bienqueda" intenta simplificar su modo de vivir el cristianismo bajo la premisa de que el conflicto es siempre malo, de que cualquier confrontación con la mentira o la defensa de la verdad son formas de intolerancia.
Pero la fe cristiana no se basa en una "bondad blanda". El cristianismo no es "llevarse bien" o "evitar conflictos", sino buscar el amor, la verdad y la justicia, entrando en acción (y si es necesario, en conflicto) para mostrar al mundo el camino hacia el Padre (cf. Jn 14,6). 

Jesús mismo entró en conflicto con los fariseos en muchas ocasiones y les confrontó con su hipocresía y con su buenismo en el cumplimiento externo de la Ley. Pero lo hizo con auténtica caridad y con verdad transformadora, no con complaciente indiferencia. Jesús no predicó el "buenismo" sino la santidad a la que nos llama Dios.

Los cristianos estamos llamados a seguir el ejemplo de Cristo:

  • a entrar en conflicto con el error y la mentira, desde la caridad, no desde la indiferencia.
  • a buscar la santidad, tratando de agradar a Dios y no a los hombres.
  • a confrontar el pecado con misericordia y perdón, no con tolerancia o benevolencia
  • a combatir el mal con la Palabra, no con nuestros silencios

miércoles, 10 de diciembre de 2025

FE DE COMPROMISO O FE POR COMPROMISO

"¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, 
le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? 
¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, 
y después comerás y beberás tú”? 
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? 
Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, 
decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”
(Lc 17,7-10)

La vida del hombre es un camino de compromisos continuos, de exigencias naturales y necesarias (levantarse, trabajar, comer, descansar, etc.) pero hay otros, muchos, que no provienen de la necesidad, sino de la opción libre de cada uno (casarse, crear un familia, servir a Dios y al prójimo, etc.).

Por desgracia, la actitud predominante en nuestra sociedad es la de rechazar cualquier compromiso que suponga cierta dificultad, inconveniencia o que conlleve la merma de la propia libertad. Prueba de ello es el individualismo, el hedonismo y el relativismo que impera en este mundo.

Esta indiferencia también existe en la vida espiritual: no quiero problemas y evito complicaciones, soy creyente pero elijo vivir mi fe "libremente", prefiero ver "los toros desde la barrera" o, mejor dicho, cierro los ojos y los oídos ante lo que me compromete...

Una falta de compromiso que se manifiesta en una forma de ser "religiosamente correcto", en la tentación del "buenismo espiritual": decir lo que los demás quieren oír o en callar por temor a ofender o para no crear problemas...pasar de puntillas por las responsabilidades u obligaciones espirituales para "vivir tranquilo" una fe de mínimos. 

Algunos lo denominan "prudencia", pero en realidad se trata de tibieza, de desgana o desinterés, con el único propósito de no asumir la exigencia del Evangelio. Algunos quieren vivir todo en libertad (también la fe) y, sin darse cuenta, optan por el mal (aunque no sea por acción sino por omisión) porque la auténtica libertad implica no sólo evitar el mal, sino tomar partido por el bien, es decir, comprometerse.

Una fe sin compromiso es una fe enferma, débil, vacía, sin sentido...es una charca de agua estancada en lugar de un río de agua viva, es un edificio abandonado y a punto de colapsar en lugar de un faro en plena oscuridad...

Cada responsabilidad que adquiero con Dios es un ladrillo en la construcción de Su Reino, una luz que ilumina Su camino, pero si no construyo o no "ilumino", no cumplo la voluntad de Dios ni sigo el ejemplo de Cristo. 

Y entonces, más que un "obrero de la viña", soy como esos "jubilados", como esos "mirones profesionales" que contemplan las obras de construcción pero no mueven un dedo ni intervienen....sólo "miran".

El compromiso con Dios implica mucho más que asistir a misa o a actividades espirituales de forma esporádica. Se trata de crear una relación estrecha con Dios a través de la oración, el servicio a los demás, la participación en la comunidad cristiana y la búsqueda del bien de otros.
Hay una gran diferencia entre una fe de compromiso y una fe por compromiso, entre una fe exigente y una fe cómoda:
  • Sin compromiso, debilito mi capacidad para cumplir la misión de evangelizar, servir y transformar el mundo, de defender los valores cristianos y de crecer en la fe, la esperanza y la caridad.
  • Por compromiso, establezco una "fe sociológica", superficial, apática, no participativa sino "de expectativas" que me conduce a experiencias esporádicas y emotivas, como la semilla que cae al borde del camino de la parábola del sembrador (Mt 13,4; Mc 4,4; Lc 8,4-8).
  • Sin exigencia, mi fe se convierte en un "hobby" cómodo de fines de semana o de días concretos, en lugar de ser un testimonio de Cristo, que implica renuncia a mí mismo, transformación interior, aceptación y carga de cruces (Mt 16,24).
  • Por comodidad, establezco mis prioridades materiales frente a las espirituales, de forma que Dios no ocupa el primer lugar de mi vida sino que "rellena huecos" de mi existencia. Solo soy cristiano según disponibilidad y conveniencia, según mi "estado" o mi circunstancia.
Para revertir esta triste situación, se me ocurren algunas ideas como:
  • fomentar la formación espiritual, es decir, el discipulado, para que todos comprendamos la fe en profundidad y su exigencia
  • cultivar la vida comunitaria para que generar en mí un sentido de pertenencia, de servicio y de responsabilidad hacia la Iglesia y el hombre
  • desarrollar una visión clara de mi misión como cristiano y una pasión por servir a Dios y a la comunidad
  • impulsar hábitos espirituales que testimonien la relevancia evangélica al mundo y ofrezcan respuestas a las necesidades y desafíos del hombre.
En conclusión, ser cristiano significa: 
  • vivir y morir para Dios y para el prójimo, constantemente, a tiempo completo y no según mi prioridad, conveniencia o disponibilidad (Mt 14,26;)
  • vivir en la verdad, la coherencia y la autenticidad y no en la hipocresía del mundo (Mt 5,37 Stg 5,12)
  • estar crucificado con Cristo para responder libre e incondicionalmente a mi vocación de compromiso y servicio, y no fabricarme una según mis intereses o deseos (Gal 2,19-20);
  • transformarme en instrumento de la gracia y el amor de Dios para dar fruto, en lugar de semilla que cae junto al camino (Hch 9,15; Jn 15,16)
  • optar y comprometerme bajo juramento con Dios, y no un "prometo pero no cumplo" (Nm 30,3; Ecl 5,3-4; Sal 50,14; 76,12).