¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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miércoles, 10 de diciembre de 2025

FE DE COMPROMISO O FE POR COMPROMISO

"¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, 
le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? 
¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, 
y después comerás y beberás tú”? 
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? 
Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, 
decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”
(Lc 17,7-10)

La vida del hombre es un camino de compromisos continuos, de exigencias naturales y necesarias (levantarse, trabajar, comer, descansar, etc.) pero hay otros, muchos, que no provienen de la necesidad, sino de la opción libre de cada uno (casarse, crear un familia, servir a Dios y al prójimo, etc.).

Por desgracia, la actitud predominante en nuestra sociedad es la de rechazar cualquier compromiso que suponga cierta dificultad, inconveniencia o que conlleve la merma de la propia libertad. Prueba de ello es el individualismo, el hedonismo y el relativismo que impera en este mundo.

Esta indiferencia también existe en la vida espiritual: no quiero problemas y evito complicaciones, soy creyente pero elijo vivir mi fe "libremente", prefiero ver "los toros desde la barrera" o, mejor dicho, cierro los ojos y los oídos ante lo que me compromete...

Una falta de compromiso que se manifiesta en una forma de ser "religiosamente correcto", en la tentación del "buenismo espiritual": decir lo que los demás quieren oír o en callar por temor a ofender o para no crear problemas...pasar de puntillas por las responsabilidades u obligaciones espirituales para "vivir tranquilo" una fe de mínimos. 

Algunos lo denominan "prudencia", pero en realidad se trata de tibieza, de desgana o desinterés, con el único propósito de no asumir la exigencia del Evangelio. Algunos quieren vivir todo en libertad (también la fe) y, sin darse cuenta, optan por el mal (aunque no sea por acción sino por omisión) porque la auténtica libertad implica no sólo evitar el mal, sino tomar partido por el bien, es decir, comprometerse.

Una fe sin compromiso es una fe enferma, débil, vacía, sin sentido...es una charca de agua estancada en lugar de un río de agua viva, es un edificio abandonado y a punto de colapsar en lugar de un faro en plena oscuridad...

Cada responsabilidad que adquiero con Dios es un ladrillo en la construcción de Su Reino, una luz que ilumina Su camino, pero si no construyo o no "ilumino", no cumplo la voluntad de Dios ni sigo el ejemplo de Cristo. 

Y entonces, más que un "obrero de la viña", soy como esos "jubilados", como esos "mirones profesionales" que contemplan las obras de construcción pero no mueven un dedo ni intervienen....sólo "miran".

El compromiso con Dios implica mucho más que asistir a misa o a actividades espirituales de forma esporádica. Se trata de crear una relación estrecha con Dios a través de la oración, el servicio a los demás, la participación en la comunidad cristiana y la búsqueda del bien de otros.
Hay una gran diferencia entre una fe de compromiso y una fe por compromiso, entre una fe exigente y una fe cómoda:
  • Sin compromiso, debilito mi capacidad para cumplir la misión de evangelizar, servir y transformar el mundo, de defender los valores cristianos y de crecer en la fe, la esperanza y la caridad.
  • Por compromiso, establezco una "fe sociológica", superficial, apática, no participativa sino "de expectativas" que me conduce a experiencias esporádicas y emotivas, como la semilla que cae al borde del camino de la parábola del sembrador (Mt 13,4; Mc 4,4; Lc 8,4-8).
  • Sin exigencia, mi fe se convierte en un "hobby" cómodo de fines de semana o de días concretos, en lugar de ser un testimonio de Cristo, que implica renuncia a mí mismo, transformación interior, aceptación y carga de cruces (Mt 16,24).
  • Por comodidad, establezco mis prioridades materiales frente a las espirituales, de forma que Dios no ocupa el primer lugar de mi vida sino que "rellena huecos" de mi existencia. Solo soy cristiano según disponibilidad y conveniencia, según mi "estado" o mi circunstancia.
Para revertir esta triste situación, se me ocurren algunas ideas como:
  • fomentar la formación espiritual, es decir, el discipulado, para que todos comprendamos la fe en profundidad y su exigencia
  • cultivar la vida comunitaria para que generar en mí un sentido de pertenencia, de servicio y de responsabilidad hacia la Iglesia y el hombre
  • desarrollar una visión clara de mi misión como cristiano y una pasión por servir a Dios y a la comunidad
  • impulsar hábitos espirituales que testimonien la relevancia evangélica al mundo y ofrezcan respuestas a las necesidades y desafíos del hombre.
En conclusión, ser cristiano significa: 
  • vivir y morir para Dios y para el prójimo, constantemente, a tiempo completo y no según mi prioridad, conveniencia o disponibilidad (Mt 14,26;)
  • vivir en la verdad, la coherencia y la autenticidad y no en la hipocresía del mundo (Mt 5,37 Stg 5,12)
  • estar crucificado con Cristo para responder libre e incondicionalmente a mi vocación de compromiso y servicio, y no fabricarme una según mis intereses o deseos (Gal 2,19-20);
  • transformarme en instrumento de la gracia y el amor de Dios para dar fruto, en lugar de semilla que cae junto al camino (Hch 9,15; Jn 15,16)
  • optar y comprometerme bajo juramento con Dios, y no un "prometo pero no cumplo" (Nm 30,3; Ecl 5,3-4; Sal 50,14; 76,12).

viernes, 16 de septiembre de 2016

LA ACEDIA, EL OCTAVO PECADO CAPITAL

"Nada te turbe, nada te espante,
quien a Dios tiene, nada le falta.
Nada te turbe, nada te espante,
sólo Dios basta"
 
La Acedia es la pereza espiritual, es una tristeza por el bien, por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios, que nos rodea por todas partes, que brota y abunda sin que la nombremos.

La palabra acedia procede del latín “acidia” y tiene relación con la acritud, la acidez. Pero viene a su vez de la palabra griega άκηδία (akedía) utilizada como la falta de piedad, una ceguera, una falta de consideración, una falta de amor hacia a quien se debería honrar y amar.

De la acedia apenas se habla, raramente se nombra, no aparece en la lista de los pecados capitales, aunque encaja perfectamente dentro del pecado capital de la envidia. Es una envidia, una envidia contra Dios y contra todas las cosas de Dios, contra la obra misma de Dios, contra la creación, contra lo sagrado... Es por lo tanto un fenómeno demoníaco opuesto al Espíritu Santo.

Hoy, la acedia acecha continuamente el alma del individuo, de la sociedad y de la cultura. Es la ceguera ante el bien, la indiferencia ante lo divino, la ingratitud y frialdad ante un Dios de amor.

Se presenta, al principio, como una tentación, que se puede convertir en pecado, pues si se convierte en un hábito, hay una facilidad para actual mal, para pecar por acedia, por entristecerse por las cosas divinas.

¿Qué dice la Iglesia acerca de la acedia? 

El catecismo de la Iglesia Católica nos presenta a la acedia entre los pecados contra la caridad, contra el amor a Dios:

  • Indiferencia. Mostrada por aquellos que no les importa Dios, los agnósticos que dicen que no saben si Dios existe o no y no les interesa profundizar el tema, se presentan como indiferentes ante el hecho religioso, ante Dios, ante la Iglesia, ante los santos, ante todas las cosas santas, ante los sacramentos, no les dicen nada los sacramentos, son indiferentes. Quien conoce el bien de Dios no puede ser indiferente.
  • Ingratitud. Falta de agradecimiento ante Dios a quien le debemos tantas bendiciones: la creación, la Tierra, la familia, el amor, por todas las cosas que hacen hermosa la vida. Ante el autor del bien, ¿cómo uno puede ser ingrato con Él, que tanto nos ha dado? Es un pecado contra el amor. Quien conoce a Dios no puede ser ingrato porque le reconoce.
  • Tibieza. Incluso amando a Dios, se tiene una fe tibia, fría, sin ganas. Como dice el libro del Apocalipsis “porque no eres frío ni caliente estoy por vomitarte de mi boca”. ¿Quien, ante el abrazo amoroso de Dios, puede permanecer impávido, frío, distante?
  • Acedia. La tristeza por las cosas divinas, por ir a misa, por disfrutar de las cosas de Dios. Aturdidos y a merced de las falsas alegrías del mundo, con tristeza en el alma, con carencia del bien supremo. El alma sin Dios se entristece porque los gozos y alegrías mundanas que no acaban de saciar la sed de Dios y por lo tanto se sumerge en la depresión. La gente se agita buscando la felicidad en los bienes terrenales, el mundo promete que el bienestar produce la felicidad, porque el bienestar es siempre transitorio. Necesitamos un bien que nos haga felices incluso cuando estamos mal, incluso en medio del malestar. Y ese bien sólo viene de Dios.
  • Odio a Dios, ¿cómo es posible llegar a odiar a Dios? Todos estos pecados contra el amor a Dios bloquea en los corazones el acceso de la felicidad, a la dicha, a la bienaventuranza que comienza aquí en la tierra: el amor de Dios. El odio a Dios es una consecuencia última de la acedia porque cuando uno no conoce el bien de Dios, es indiferente, desagradecido o tibio en el amor culmina viendo a Dios como malo, la auténtica visión satánica de que Dios es malo.
Consecuencias

Las consecuencias de la acedia, al atacar la relación con Dios, conlleva consecuencias desastrosas para la vida moral y espiritual, disipando todas las virtudes: la caridad, la esperanza, los bienes eternos, la fortaleza que viene del Señor, se opone a la sabiduría, al sabor del amor divino, y sobre todo se opone a la virtud de la religión que se alegra en el culto, se opone a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo. 

Sus consecuencias se ilustran claramente por sus defectos: el vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el desánimo, la torpeza, el rencor, la malicia, la corrupción de la piedad moral.

Origina males en la vida social, en la convivencia , la detracción de los buenos, la murmuración, la descalificación, la burla, el chisme, las críticas y hasta las calumnias.

El papa Francisco nos aconseja orar y reconocer a Dios como nuestro Padre, para combatir al demonio, que utiliza la resignación, la desgana y la acedia como sus principales armas: 

"Dios nos ha invitado a participar de su vida, de la vida divina, 
ay de nosotros si no la compartimos, 
ay de nosotros si no somos testigos de lo que hemos visto y oído, ay de nosotros. 
No somos ni queremos ser funcionarios de lo divino, 
no somos ni queremos ser nunca empleados de Dios, 
porque somos invitados a participar de su vida, 
somos invitados a introducirnos en su corazón, 
un corazón que reza y vive diciendo: Padre nuestro" 
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