¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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viernes, 14 de agosto de 2026

EL ECLIPSE PERSONAL Y LAS GAFAS DE LA FE

 
"Era ya como la hora sexta, 
y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, 
hasta la hora nona, 
porque se oscureció el sol" 
(Lc 23,44-45; Mt 27,45; Mc 15,33)

Durante toda la semana pasada no ha habido un medio de comunicación o una conversación que no hablara sobre el eclipse de sol: a qué hora sería, cuánto duraría, desde dónde se podría ver y, sobre todo, qué tipo de gafas especiales utilizar para verlo sin dañar nuestros ojos...

Una vez que hemos sido testigos de este acontecimiento cósmico único, hoy queremos para hacer una lectura espiritual de él a la luz del evangelio, donde leemos que "el sol se oscureció" (el texto griego original utiliza la expresión tou heliou eklipontos, de donde proviene nuestra palabra "eclipse").

Un eclipse sobrenatural: la Cruz
San Jerónimo afirmaba que el sol retuvo sus rayos de luz para no presenciar la agonía de su Creador. 

Espiritualmente, simboliza el momento en que el pecado de la humanidad intenta interponerse como una barrera entre la creación y la luz de Dios.

Científicamente, la crucifixión ocurrió durante la Pascua judía, época de luna llena. Astronómicamente es imposible que ocurra un eclipse solar natural en luna llena, ya que estos solo suceden en luna nueva. Además, la oscuridad bíblica duró tres horas, mientras que la totalidad de un eclipse regular dura apenas unos minutos.

Esto representa que las crisis de la fe y el dolor de la cruz no responden a "leyes naturales" ni lógicas terrenales. El "eclipse" fue un fenómeno provocado directamente por Dios. La oscuridad total del Calvario no significó el triunfo del mal, sino el escenario necesario para que el velo del templo se rasgara y se abriera el camino hacia el lugar santísimo.

Al igual que en un eclipse, donde el sol emerge intacto y radiante tras la sombra de la luna, las tinieblas del Viernes Santo tenían fecha de caducidad. La oscuridad física dio paso al clamor de victoria, y tres días después, a la luz definitiva de la Resurrección.

Un eclipse personal: las "gafas de la fe"
Así como el sol del eclipse es demasiado brillante y puede dañar los ojos sin una protección adecuada, los misterios divinos y la presencia de Cristo superan la simple lógica humana y necesitan un filtro espiritual para verlos.

Sin ese filtro espiritual, sin esas "gafas de la fe" corro el riesgo de quedar "ciego" ante su presencia o de mirar el mundo con escepticismo y desesperanza.
Las "gafas de la fe":
  • no son un accesorio que distorsiona lo que veo o que me hace vivir en una fantasía o en un "efecto mágico"; al contrario, son una lente correctora que ajusta mi visión espiritual para captar la realidad divina en toda su profundidad. 
  • no se fabrican "en serie": Dios las gradúa según la necesidad de cada persona a través de la oración, de su Palabra, de los sacramentos, de la vida comunitaria y de cada prueba o experiencia vivida. La fe de un converso no tiene el mismo "enfoque" ni la misma "graduación" que la de un creyente maduro. 
  • son un filtro protector contra las ilusiones del mundo (el materialismo vacío, la desesperanza, el egoísmo, la envidia). Al mirar a través de este filtro, los rayos invisibles pero dañinos de las tentaciones o del mal no logran quemar los ojos del alma, permitiendo mantener la paz interior en entornos hostiles. 
  • revelan detalles donde el ojo humano solo ve oscuridad. Cuando llega el dolor, la pérdida o la incertidumbre (mi "eclipse personal"), la visión natural se ciega por el miedo y se activa una especie de visión infrarroja o nocturna (sobrenatural) que permite ver las huellas de Dios caminando a mi lado en medio de la tormenta y me aseguran que, detrás de la densa sombra, el Sol de la Justicia sigue brillando.
  • desvelan lo que a simple vista permanece invisible o velado: el prójimo deja de ser extraño para convertirse en hermano y el rostro del mismo Cristo; en el sufrimiento, muestran un sentido de esperanza y redención en medio del dolor o la dificultad; en lo cotidiano, transforman la rutina diaria en momentos sagrados y oportunidades de amar y servir a Dios; en la creación: dejan de ver solo naturaleza para contemplar la obra y el amor de un Creador.
  • vuelven lo ordinario en extraordinario: un amanecer, una conversación veraz, un abrazo sincero o un gesto amable dejan de ser casualidades cotidianas y se revelan como milagros de la gracia divina.
La Luna: el "Ego" y las pruebas
La luna no tiene luz propia; bloquea temporalmente al sol. En la vida espiritual, la luna que "eclipsa" el Sol simboliza mi ego, mis miedos, mis crisis o mis apegos materiales. Representan 
las pruebas que se interponen en mi camino espiritual y parecen apagar mi conexión con lo divino.
E
l Sol: la "Presencia Divina"
El Sol representa a Dios, a Cristo... la presencia divina. Aunque la Luna lo cubra por completo y todo parezca oscuro, el Sol nunca deja de brillar. 
Su luz y su calor siguen ahí, recordándome que las crisis espirituales son solo sombras pasajeras, no la desaparición de la gracia.
E
l "Anillo de fuego": la corona de la Gracia
En el punto máximo del eclipse, el Sol no se apaga: r
odea la oscuridad con un halo de luz brillante (la corona solar). Espiritualmente, simboliza que Dios utiliza mis momentos más oscuros para hacer brillar su gloria. En mi debilidad y en mi noche oculta, su amor se vuelve más visible y hermoso que nunca.
El "efecto purificador" de la oscuridad
El eclipse altera la naturaleza: la temperatura baja, los animales callan y la tierra queda envuelta en tinieblas. Espiritualmente, la "noche oscura del alma" purifica. Me obliga a detenerme, a mirar hacia dentro y a valorar la luz verdadera. No puedo apreciar la luz sin haber experimentado la oscuridad.
El retorno de la Luz: la Resurrección
El eclipse dura solo unos minutos. Cuando la luna se mueve, la luz regresa con una fuerza que parece renovada. Esta transición simboliza la resurrección, la renovación de mi fe y mi despertar espiritualSalgo de la prueba con una fe más madura y una visión más clara.
El mantenimiento de las "gafas de la fe" 
Cuando las "gafas de la fe" se empañan o se ensucian, no significa que haya perdido la vista, sino que necesito limpiarlas.

Para ello, lo primero es hacer un diagnóstico para identificar la mancha. Antes de limpiar, debo descubrir qué está bloqueando mi visión:
    • La grasa de la rutina: significa hacer las cosas por inercia o cumplir con mis deberes espirituales de forma mecánica (rezar sin pensar, ir a la iglesia por costumbre).
    • El polvo de las dudas: significa decepcionarme con mi vida o con otras personas que se van acumulando y oscurecen mi confianza.
    • El vapor del cansancio: significa el agotamiento físico y mental que debilita mi capacidad de percibir la presencia de Dios en el día a día.
Lo siguiente es la limpieza para eliminar los residuos con el "Agua Viva". Nunca puedo limpiar mis gafas en seco, ya que puedo rayar el cristal. Necesito un agente limpiador puro: a Cristo, la Palabra de Dios, que se hace presente en los sacramentos, en especial, la eucaristía y la confesión. 

Después, el secado: Usar el paño del silencio. Para secar las gafas sin dejar marcas, se necesita un paño suave:el silencio interior y exterior.

Lo siguiente es el calibrado: Ajustar la montura mediante el agradecimiento. A veces las gafas no están sucias, sino desalineadas o desajustadas, lo que hace que vea doble o borroso. El agradecimiento calibra mis gafas para dejar de mirar lo que me falta y empezar a ver lo que Dios ya me ha dado.

Y finalmente, la prueba de visión: Poner en práctica una mirada nueva. Una vez limpias y ajustadas, necesito ver el mundo de otra manera. Necesito buscar a Cristo en el hermano, escucharlo, ayudarlo, acompañarlo...

Sólo notaré que mis gafas están limpias cuando vuelva a experimentar paz, esperanza y la capacidad de ver la mano de Dios actuando en mi rutina cotidiana.

"El cielo proclama la gloria de Dios, 
el firmamento pregona la obra de sus manos" 
(Sal 18,2)

domingo, 14 de junio de 2026

LA TENSIÓN ESPIRITUAL DE LOS CREYENTES

 
"Porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso
sino contra los principados, contra las potestades,
contra los dominadores de este mundo de tinieblas,
contra los espíritus malignos del aire"
(Ef 6,12)

Hoy reflexionamos sobre la situación de tensión espiritual (lucha) vivida por creyentes católicos que, por un lado, conduce al cuestionamiento profundo, a la duda o a la pérdida de la certeza espiritual respecto a los dogmas, la institución eclesial o la presencia de Dios, y por otro, al agotamiento psicológico de resistir constantemente la presión ambiental, lo que a menudo deriva en un abandono silencioso y gradual de la práctica religiosa.

Y lo hacemos desde dos perspectivas distintas pero complementarias: la teológica y la sociológica. La teología examina la crisis desde la relación del hombre con Dios y la doctrina, mientras que la sociología la analiza desde la influencia del entorno, las estructuras y las instituciones en el comportamiento del creyente.

Perspectiva teológica: El creyente ante lo sagrado
Desde el punto de vista teológico, los problemas de fe de los católicos son el reflejo de una  pérdida del sentido de lo sagrado o trascendente motivada por varias las razones:
  • Analfabetismo bíblico y dogmático: En muchos casos, existe un desconocimiento generalizado de las bases doctrinales y una incomprensión de los dogmas clave (como la presencia real en la Eucaristía), lo que convierte la fe en un sentimiento vago en lugar de una convicción sólida, en una fe pasiva (creer por herencia) en lugar de una fe activa (creer por elección). 
  • Secularización interna: El peligro teológico más grave de un creyente es la "mundanización", es decir, ceder a la presión de un entorno social hiperconectado, materialista y científico que presenta la fe como algo obsoleto o incompatible con la razón. Los creyentes adoptan criterios morales, éticos y antropológicos del mundo (relativismo), vaciando de contenido el Evangelio y diluyendo la identidad católica. 
  • Disociación teológica: La teología moral (cómo vivir) se ha desconectado de la teología dogmática (qué creer). Esto genera confusión: las normas de la Iglesia se perciben como imposiciones arbitrarias y no como una consecuencia del amor de Dios.
  • Reducción al bienestar: Se tiende a confundir la oración con el "vacío mental" o la ascesis con la simple disciplina física (gimnasio). Dios deja de ser el fin absoluto para convertirse en un medio de confort emocional. 
Perspectiva sociológica: El creyente ante lo líquido
Desde el punto de vista sociológico, los problemas de fe de los católicos son el reflejo de una sociedad que ya no es homogénea (cristiandad), por lo que se enfrentan al desafío de mantener una identidad minoritaria en un entorno plural y fragmentado o ceder a él: 
  • Paso de "súbditos" a "ciudadanos": Históricamente, la Iglesia ejercía un control social institucionalizado. Hoy, el creyente es un ciudadano en una sociedad plural, donde el catolicismo es solo una opción más en el mercado de creencias.
  • Debilitamiento del sentido de pertenencia: La sociología de la religión demuestra que la fe se sostiene mediante vínculos comunitarios densos. La falta de comunidades parroquiales sólidas provocan la "fuga o goteo de católicos" hacia el agnosticismo o movimientos espirituales más cohesivos. 
  • Pérdida de credibilidad institucional: Los escándalos de abusos y corrupción destruyen el "capital de confianza" de la institución eclesial. Sociológicamente, el fiel sufre el estigma y la hostilidad social debido a los errores sistémicos de la jerarquía.
  • Religión a la carta ("privatización"): El católico actual tiende a desinstitucionalizar su fe. Sigue la premisa de "creer sin pertenecer"; elige qué mandamientos o sacramentos aceptar y cuáles ignorar, ajustando la fe a su estilo de vida individualista. 
Conclusión: caminos de solución 
Ambas disciplinas coinciden en un mismo diagnóstico: el católico actual vive en una tensión constante entre la fidelidad a Dios o la adaptación al mundo, entre mantenerse fiel a una Verdad absoluta o ceder a la presión de un entorno que premia el relativismo, la caducidad y el éxito material. 
 
Para combatirla, el discernimiento católico propone una serie de herramientas concretas:
  • Fidelidad creativa: Entender que ser fiel a la Verdad no significa ser rígido sino que implica encarnar los valores eternos usando lenguajes actuales, sin diluir el mensaje.
  • Comunidades de contrapeso: Crear espacios (parroquias, movimientos, grupos) donde el individuo encuentra validación a su fe, evita el aislamiento y rompe la ilusión de que el relativismo es la única opción viable.
  • Purificación de la intención: El éxito material no se condena en sí mismo, sino su capacidad de convertirse en un ídolo. La crisis de fe obliga a redefinir el "éxito" bajo la óptica del Evangelio: la fecundidad espiritual y el servicio.
  • Examen de Conciencia (método ignaciano): Evaluar con objetividad las cesiones a la presión o el mantenimiento a la fidelidad e identificar si las mociones (consolación vs. desolación) producen paz profunda y duradera (plenitud) o satisfacción inmediata pero vacía (euforia).
  • Pedagogía del silencio: El entorno relativista y el ruido materialista satura la mente, impide la reflexión y alimenta el deseo de estatus y consumo, lo que requiere tomar distancia y "hacer silencio". 

lunes, 2 de septiembre de 2024

¿OPCIÓN BENEDICTINA VS. OPCIÓN PAULINA?

"Cuando veáis la abominación de la desolación, 
anunciada por el profeta Daniel, 
erigida en el lugar santo (el que lee que entienda), 
entonces los que vivan en Judea huyan a los montes, 
el que esté en la azotea no baje a recoger nada en casa 
y el que esté en el campo no vuelva a recoger el manto"
(Mt 24,15-18)

Hoy traemos a la reflexión la obra del escritor y periodista norteamericano Rod Dreher "La opción benedictina(2018, Editorial Encuentro) en la que nos propone a los cristianos estrategias, en cierta medida, "esenias", para combatir la crisis de fe existente en nuestro Imperio de Occidente que está colapsando de la misma forma que lo hizo el romano hace quince siglos. 

Un colapso profetizado por el profeta Daniel (Dn 13), cumplido con Antíoco IV Epifanes (s. II a.C.) y por el mismo Jesús (Mt 24,15;Mc 13,14; Lc 21,20) como el signo escatológico del principio del fin de los tiempos, con la destrucción del Templo y de Jerusalén por los romanos (70 d.C.), y que, como toda la profecía bíblica, trasciende el espacio y el tiempo hasta nuestros días.

La actual invasión de "ideologías bárbaras" (hedonismo, materialismo, relativismo, consumismo, individualismo, esoterismo, egoísmo...) han irrumpido y se han instalado en el mismo corazón de nuestra sociedad.

No cabe duda de que nos encontramos ante la "abominación de la desolación" (perversiones y corrupciones, idolatrías y apostasías), una deformación que ha convertido a muchos en perfectos aliados de la maldad, con el objetivo de destruir los pilares de la civilización otrora cristiana y el colapso de la humanidad.

La "abominación de la desolación" (o "modernidad líquida") es una imposición en la que todas las certezas, valores y estructuras morales han sido eliminadas; en la que se ha perdido todo el sentido, la verdad, la belleza, la bondad y la identidad de las cosas; en la que todo se ha vuelto inestable y obsolescente, oscuro y confuso, inseguro y perverso.
El Señor nos 'propone' huir a los montes, a las azoteas y a los campos pero ¿qué significa eso?

Jesús utiliza el verbo 'huir' para referirse a que seamos prudentes, vigilantes, previsores...sabiendo que esto tiene que ocurrir. 'Huir' no es un signo de cobardía, sino de sabiduría y responsabilidad, de vigilancia y previsión.

Los 'montes' y, en general, los 'lugares altos', son lugares sagrados donde encontrar la presencia de Dios; son fuentes de poder y de gracia divinas, de silencio interior y de paz, donde recibir respuesta y protección divinasNo son montes literales sino simbólicos: los sacramentos, la vida de oración, la lectura de la Palabra de Dios, etc.

Los 'campos' son lo opuesto a las 'ciudades', bíblicamente hablando. Mientras los campos son espacios libres y abiertos donde 'sembrar', 'pastar' y 'divinizarse' con las cosas de Dios, las ciudades son espacios de esclavitud y cerrados donde 'comerciar', 'mercadear' y 'deshumanizarse' con las cosas del mundo.

Huir a los montes y a los campos es, en síntesis, discernir los 'signos de los tiempos' para que no nos pillen desprevenidos y para apartarnos de todo aquello que nos separa de Dios, es decir, del pecado. 

Pero, volvamos a la reflexión de nuestro artículo. Según Dreher:

La opción benedictina es una forma de vida y una fuente de esperanza para un mundo perdido y que camina en tinieblas

No es un 'esconderse' en las catacumbas ni un 'sobrevivir' en guetos al resguardo del Enemigo, sino un 'reflexionar' y un 'diagnosticar' la crisis espiritual de nuestra civilización, porque la realidad demuestra que la humanidad se ha "deshumanizado" y necesita de Dios para ser rehumanizada y después, "divinizada". 

No es un 'bunkerizarse' en un retiro perpetuo ni un vivir al estilo "amish" lejos de la civilización, sino un 'prepararse', un 'formarse' para salir al mundo bien equipado, porque la realidad demuestra que muchos cristianos de hoy tienen una fe débil, una formación escasa o incluso creen que el cristianismo consiste en ser bueno con todos, vivirlo en la intimidad y con escaso compromiso.
No es un hacerse monje, ni un esenio, ni un girovago (errante espiritual) sino un considerarse exiliado en búsqueda constante de Dios, porque la realidad demuestra que hemos olvidado ordenar nuestra vida de oración, de formación, de adoración, de culto, de convivencia en torno a comunidades activas, comprometidas y en constante conversión como las del primer siglo.

Tampoco es un 'refugiarse' en movimientos religiosos que actúan a modo de 'burbuja espiritual' donde vivir una fe introspectiva y autorreferencial, sino una 'recarga de pilas', un 'oasis' donde descansar, recobrar fuerzas y beber de la sed que sacia para volver a salir a la inseguridad del desierto en busca de las 'ovejas perdidas'.

No es introducirse en una burbuja apartada de la hostilidad anticristiana, sino un vivir la "fe monástica" que profundice en la Palabra de Dios y la guarde en el corazón, que cuide la vida de oración, de sacramentos, que se implique en la vida parroquial y, finalmente, que dé paso a la opción paulina.

Sin embargo, tras la opción benedictina está la paulina:

La opción paulina es el complemento necesario a la opción benedictina, de la misma forma que toda retaguardia necesita de una vanguardia. 

No es un activismo evangelizador descabezado e irreflexivo, sino un salir de la seguridad del monasterio hacia los areópagos actuales, las polis, las ágoras y las vías públicas para seguir siendo "sal de la tierra", "luz del mundo" y "fermento de la masa".

Tampoco es un apostolado sentimental, sensiblero o cargado de "buenismo", sino un cumplimiento de la misión de ir al mundo entero, a la vida pública, a cada uno de nuestros entornos más cercanos y mostrar la alegría del Evangelio y el amor de Dios.
Tampoco es un proselitismo imperativo ni un conseguir 'conversiones forzosas' violentando la libertad de quienes se han alejado de Dios para que retornen a la Casa del Padre de manera obligatoria, sino acoger a los 'recién llegados' (prosélitos), cuidarlos, escucharlos, atenderlos, hacernos dignos de su confianza... en definitiva, amarlos. 

En conclusión, elijamos empezar con la opción benedictina pero, al mismo tiempo, desarrollar y alternar la opción paulina; conjuguemos retaguardia y vanguardia, oración y acción, discipulado y apostolado, formación y evangelización.


domingo, 15 de julio de 2018

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN: RECRISTIANIZAR EUROPA

Europa ha perdido su identidad católica para convertirse, a través de un proceso de secularización, en una sociedad con una grave crisis de fe y de pertenencia a la Iglesia.

Fue San Benito, quien llevó a los pueblos bárbaros del viejo continente a la vida civilizada y cristiana, forjando el alma y las raíces de Europa: "los monjes no quisieron hacer Europa,...quisieron vivir para Cristo y el resultado fue Europa". Después, fueron San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, San Agustín, San Ignacio... y un largo etcétera de católicos, quienes siguieron construyendo y erigiendo lo que hoy conocemos como la civilización cristiana, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo.

Hoy parece que volvemos a una nueva barbarie con la supresión de nuestra honda identidad cristiana y el resultado es algo que no se parece en nada a la Europa católica de antaño: los principios sagrados y los valores identitarios están siendo desplazados por falsas libertades e igualdades que, tratando de hacernos comer del fruto del "árbol del conocimiento", intentan dirigirla a un nuevo espacio, alejado de Dios, fuera del "Edén".

Una Europa irreconocible
De los 702 millones de europeos, sólo 276 millones son "católicos". En los últimos años, la Iglesia católica europea ha perdido 10 millones de fieles y cada vez tiene menos sacerdotes para atenderlos por falta de vocaciones. Es, sin duda, el invierno de la Europa cristiana.

Francia, la primogénita católica, es hoy una nación laica y pagana. Y con ella, España y el resto de países tradicionalmente cristianos, antaño fieles transmisores de la fe católica, han sucumbido a la tentación de mundanizarse. Una tentación que se ha propagado como la peste a lo largo y ancho del Viejo Continente.

Europa sufre una profunda transformación cultural, motivada por dos procesos con sus nefastas consecuencias: globalización e inmigración, que han cambiado los esquemas europeos, y que conduce hacia "una apostasía silenciosa".

Europa se ha convertido en una sociedad multi-étnica y multi-confesional, que reniega de su propia historia y de sus símbolos religiosos, que forjaron su identidad y su cultura, convirtiéndose en caldo de cultivo de todo tipo de ideologías: ateísmo, materialismo, consumismo, relativismo, hedonismo...

Europa ha pasado de ser un continente marcado profundamente por la cult
ura cristiana, a ser un continente que reniega o, cuando menos, ignora sus propias raíces cristianas. Parece no tener necesidad de Dios, y pretende que lo religioso quede relegado al terreno meramente personal e individual. Un cristianismo "encerrado", prisionero y a la espera de su ejecución.

En nuestro pasado reciente, Europa ha sucumbido a la irrupción de dos sistemas económicos, políticos e ideológicos, cada uno con sus terribles consecuencias: por un lado el capitalismo y, por otro, el comunismo. En ambos, Dios ha sido relegado o sustituido y la experiencia religiosa hoy es “perseguida”, directa o indirectamente. 

Hoy, Europa se encuentra prisionera de un “integrismo laico” excluyente  y por una feroz hostilidad y un constante acoso a la Iglesia

Y así, hemos vuelto a los orígenes de la Iglesia: de la misma forma que Jesucristo fue perseguido hasta la muerte, la Iglesia es perseguida por los poderes públicos, por una sociedad alejada de Dios, por un mundo paganizado, y atacada por ideologías contrarias al Evangelio que pretenden su crucifixión y muerte.

Una Iglesia irreconocible
La Iglesia Católica consiguió el objetivo de cristianizar Europa, pero no fue capaz de evangelizarla. El continente asumió la cristiandad pero no la misión de Cristo...

La Iglesia ha sido el redil de las noventa y nueve ovejas, a las que sólo ha ido “alimentando” y que poco ha poco, muchas de ellas, lo han ido abandonando hacia "otros pastos", motivadas por la indiferencia, el agnosticismo, la increencia, la desafección religiosa, el individualismo, el consumismo y el relativismo.

Han sido pocos los pastores que han salido a buscar y rescatar a esas ovejas. Han preferido resguardarse y acomodarse dentro del redil y, finalmente,  ahora es una la oveja que está dentro, y noventa y nueve, fuera. 
La Iglesia ha cerrado sus puertas por dentro, adoptando una tendencia generalizada a reafirmarse en lo identitario, en la verdad poseída y que se ha de preservar; de inclinarse más por el culto que por la calle, por el mantenimiento más que por la misión, por el control humano más que por la acción del Espíritu Santo. 

Y así, ha perdido su vocación misionera de salir al encuentro de los que se han instalado en esos otros “pastos”

Ha sido incapaz de integrar la pretendida renovación del Concilio Vaticano II, es decir, pasar de una Iglesia-comunión a una Iglesia-misión, servidora del mundo.

Se hace necesario
, pues, que la Iglesia recupere su vocación peregrina y misionera, y hacer el éxodo de una Iglesia de mantenimiento a una Iglesia misionera,  de "puertas abiertas", que forme discípulos misioneros.

Es imprescindible que salga de su aletargamiento misionero y de su parálisis pastoral, para "re-evangelizar" un "nuevo mundo" que ha dejado de estar sujeto a Dios para desarrollar y cumplir su propia voluntad.

Es vital que en la Iglesia se produzca una “metanoia”, un cambio de mentalidad hacia el origen, para que el mensaje de Cristo resuene en los oídos de quienes quieran escuchar, le reconozcan y transformen su vida. Y de esa forma, cambiar el mundo. 

La Iglesia necesita dejar de repetir las mismas palabras y los mismos esquemas. Debe renovar catequesis que no forman discípulos misioneros sino personas que consumen y, después  abandonan la casa de Dios. 

La Iglesia debe dejar de considerarse “mayor”, "anciana", “de tercera edad”, para convertirse en una "renacida", "joven" y vigorosa. 
 
La Iglesia necesita más valor  y audacia para salir fuera, para comprometerse, para tomar conciencia de la acción del Espíritu, “que sopla donde quiere” para llevarnos al origen, a Cristo.

Una asignatura pendiente
Desde que Juan Pablo II propusiera esta nueva evangelización hasta hoy, han pasado casi cuarenta años, pero la realidad es que la Iglesia sigue sin interesar al europeo de hoy. El mensaje de Jesucristo “rebota” en un muro de indiferencia, de desprestigio eclesial, de materialismo, “de apostasía silenciosa y relativista”. 


La cuestión es que Dios ni atrae ni inquieta. Dios no interesaSencillamente, deja indiferente a un número cada vez mayor de personas y parece diluirse en la conciencia del hombre actual. Ha desaparecido como respuesta al sentido de la existencia.

Hemos pasad
o del “orden de las creencias”, en el que los individuos actuaban movidos por una fe que les servía de criterio, sentido y norma de vida, al “orden de las opiniones”, en el que cada uno tiene su propia opinión sin necesidad de fundamentarla en ningún sistema ni tradición. Todo ello en el marco de un escepticismo, desidia y desencanto generalizado.

Las personas
 se han familiarizado en una cultura de “la ausencia de Dios”: se prescinde de Dios y no pasa nada especial. Incluso, nosotros los católicos, nos vamos acostumbrando a esta nueva situación de indiferencia y de increencia, conviviendo sin más con otras personas a las que Dios no atrae, ni fascina, ni interpela ni seduce: ateos convencidos, agnósticos, adeptos a nuevas religiones y modas espirituales, personas que creen “en algo”, individuos sincretistas y creyentes “a la carta”, personas que no saben si creen o no creen, que creen en Dios sin amarlo, que oran sin saber muy bien a quién se dirigen…

Lo religioso y lo espiritual se va reduciendo a un ámbito cada vez
 más restringido, perdiendo influencia en el campo político, social, cultural o artístico. 

Crece la incultura religiosa. Los “media” difunden una cultura indiferente y frívola donde lo religioso aparece muchas veces vinculado o incluso mezclado con lo esotérico, la astrología, las creencias ocultas, la parapsicología, el tarot, la meditación, el yoga, el reiki y la trascendencia oriental...

La vida agitada, la prisa, el ruido y el estrés impiden a muchos pensar y reflexionar. Muchos ni siquiera se plantean las grandes cuestiones de la existencia; no tienen palabras para hablar de la fe. Lo desconocen casi todo. Crece el paganismo como forma de vida.

Tampoco la nueva evangelización ha entrado en las propias mentes y corazones del pueblo más o menos fiel que se siente miembro de la Iglesia. Quizás se ha producido un cierto “aggiornamento”, pero no se ha dado la transformación deseada por los Santos padres, pues no existe en la mayoría de los católicos, ni el compromiso ni el valor necesarios para lanzarse y salir a transformar el mundo.

Por desgracia, los católicos ya no forman un "cuerpo" homogéneo. Se han vuelto "ambiguos" y "tibios". Muchos que se llaman cristianos, no difieren mucho en su estilo de vida de quienes no se reconocen como tales. Dicen "creer pero no practicar". No fundamentan sus formas de vida ni en la fe, ni en el seguimiento a Jesucristo y ni en su misión de evangelizar.

Po
co a poco, muchos han sucumbido al mundo y han caído en el desinterés, el abandono, la decepción, el silencio y olvido de algo que un día tuvo algún significado en sus vidas. 

Cada vez es más frecuente entre los católicos, un agnosticismo difuso, una indiferencia por falta de trasfondo religioso y memoria cristiana, alergia a la Iglesia institucional mal entendida, fuerte valoración de las propias convicciones por falta de formación religiosa, rechazo de normas de Dios y, casi siempre, un relativismo creciente.

Una misión por delante
Entonces, ¿Qué ha de ser y cómo ha de actuar la Iglesia? ¿Cómo ha de entender y vivir su misión?
La nueva evangelización de la Iglesia debe "navegar" en esta terrible situación de descrédito y desconfianza en los grandes principios y valores. 

La Iglesia deberá responder a preguntas como: ¿Dónde puede encontrar la sociedad europea un nuevo eje para orientar su caminar histórico?, ¿Cómo explicar la Transcendencia y la Inmanencia?, ¿Dónde encontrar ese puente entre lo sagrado y lo secular?, ¿en qué dirección buscar modelos adecuados para decir “Dios”?

Es  necesario que captemos la profundidad y gravedad de esta crisis religiosa para vivir y comunicar la experiencia cristiana de Jesucristo vivo y resucitado dentro del contexto en el que nosotros nos movemos: una Europa descristianizada. 

Es, en este mundo de la “indiferencia/increencia”, donde todos los católicos debemos encarnar la nueva evangelización, de la misma forma que Cristo se encarnó en el mundo hace veintiún siglos. Cristo no se quedó en casa con los suyos, salió al mundo a ofrecerle el mensaje de salvación que le encargó el Padre a pesar de que sabía que eso le llevaría a la muerte.

En un próximo artículo, reflexionaremos sobre las claves de la nueva evangelización. Hasta entonces... "que Dios nos pille confesados".