¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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jueves, 11 de junio de 2026

EL CRISTIANO: LEVADURA DE LA GRATUIDAD

"Gratis habéis recibido, dad gratis"
(Mt 10,8)

Tras el encuentro del Papa León XIV con los voluntarios, en la última etapa de su visita a Madrid, nos ha dicho que "los cristianos debemos ser la 'levadura de la gratuidad' frente a 'la lógica del interés y el lucro', y que la gratuidad es lo que hace crecer la calidad ética, humana y espiritual de una comunidad".

Para el sucesor de Pedro, "un mundo que reduce el concepto de 'progreso' únicamente a la dimensión económica, está enfermo. La gratuidad actúa como el único contrapeso capaz de generar un desarrollo humano integral".

La gratuidad cristiana es la convicción y actitud de que la salvación, el amor y la vida misma son dones dados por Dios de forma totalmente libre, inmerecida y gratuita. 

Al romper con la lógica mercantilista de "dar para recibir", el cristiano que experimenta este amor divino se siente impulsado a servir y entregarse a los demás sin esperar nada a cambio, ni de aquellos a quienes sirve ni de Dios. 
Bases teológicas
Origen divino: La vida, la gracia y la redención no se compran ni se ganan por méritos propios, son regalos gratuitos de Dios (Stg 1,17).

Amor incondicional: Implica dar por pura benevolencia, sin imponer condiciones, exigencias ni esperar retribuciones morales o materiales al prójimo (1 Co 13,4-7).

Lógica evangélica: Sustituye la mentalidad del intercambio mercantil por la cultura del don, del agradecimiento y de la generosidad desinteresada (2 Co 7,9; 8,12).

Fraternidad cristiana: Se organiza en beneficio del otro, integrando sus necesidades, diferencias y debilidades dentro del propio concepto del bien común (Hb 13,1; 1 P 1,22).
 
Bases bíblicas
Las parábolas de Jesús son los ejemplos más claros de cómo Dios rompe el concepto del mérito humano e introduce la lógica divina del don incondicional:

Los obreros de la viña (Mt 20, 1-16)
Es la parábola por excelencia sobre la gratuidad divina. El dueño de la viña sale a la plaza para contratar trabajadores a diferentes horas del día (unos al amanecer y otros a última hora de la tarde), no solo porque necesita mano de obra, sino porque le preocupa ver a personas "ociosas" y desocupadas. Al concluir la jornada, decide darles exactamente la misma paga (un denario, el sustento mínimo diario para una familia) a todos por igual, y demuestra que el salario se basa en la necesidad vital del ser humano y no en un cálculo puramente productivo.
El choque de lógicas: Dios no establece clasificaciones por rendimiento o eficacia. Los contratados a última hora de la tarde estaban en la plaza porque "nadie nos ha contratado": representan a los descartados, los débiles o los más vulnerables. Los contratados al amanecer protestan alegando merecer más por haber trabajado bajo el sol todo el día. Confunden la justicia distributiva humana con la justicia y generosidad de Dios.

La clave de gratuidad: El dueño de la viña rompe esa "cultura del descarte y la meritocracia" incluyéndolos a todos y respondiendo a los contratados primero: "¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?". El denario representa la salvación, que no es un sueldo calculado contractualmente por horas de esfuerzo, sino un regalo del Padre otorgado a todos por su infinita generosidad. El trabajo representa la dignidad de la persona, igual para todos e independiente de los méritos o capacidades de cada uno. 

La verdadera ventaja del cristiano no es cobrar más por sus méritos y su labor, sino haber tenido la dicha de colaborar desde el principio en la edificación del Reino y así, superar la cultura de la "meritocracia", la envidia y la comparación constantes.

El hijo pródigo (Lc 15, 11-32)
Aunque tradicionalmente se asocia al perdón, es una obra maestra de la gratuidad del amor de Dios. Tras malgastar toda su herencia, el hijo menor regresa buscando ser tratado como un jornalero.

El choque de lógicas: El padre no impone al hijo penitencias, no le exige que restituya el dinero malgastado, ni espera a que termine de disculparse. Le sale al encuentro, lo abraza, y manda a celebrar un banquete con el anillo y los mejores vestidos. 

La clave de gratuidad: El amor paterno no se devalúa por los errores del hijo. El hermano mayor (que representa la mentalidad mercantil del mérito) reclama sus años de servicio no recompensados, incapaz de entender que la intimidad y el amor del padre siempre han sido un don gratuito que no se compra cumpliendo normas familiares.

El buen samaritano (Lc 10, 25-37)
Describe a un hombre asaltado y herido en el camino. Un sacerdote y un levita pasan de largo, pero un samaritano se detiene, cura sus heridas, lo monta en su cabalgadura y paga de su propio bolsillo al mesonero para que lo cuide. 

El choque de lógicas: El samaritano atiende a un judío, alguien que culturalmente era considerado su enemigo directo, demostrando un amor sin fronteras.

La clave de gratuidad: No existe ningún interés social, familiar, religioso, político o económico que justifique su acción. Es el ejemplo perfecto del "dar" puro: socorrer a alguien de quien es imposible recibir retribución alguna, movido únicamente por la compasión desinteresada. 

La semilla que crece sola (Mc 4, 26-29)
Jesús describe cómo un hombre echa la semilla en la tierra. Ya sea que este hombre duerma o esté despierto, de noche o de día, la semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo.

El choque de lógicas: La tierra (el cristiano) da fruto por sí misma (la gracia); primero la hierba, luego la espiga y después el grano.

La clave de gratuidad: El Reino de Dios y su gracia no dependen del control, la ansiedad o las estrategias de producción del ser humano. El crecimiento espiritual es un don de Dios que opera de manera misteriosa y autónoma, recordándonos que las cosas más valiosas de la vida crecen bajo la lógica de la providencia divina y no del esfuerzo planificado. 
 
El Papa León nos recuerda que Dios sigue saliendo al encuentro en las plazas modernas (físicas y digitales) y nos exhorta a no posponer la respuesta a su llamada. 

No importa la hora o la etapa de la vida en la que nos encontremos, el compromiso por la gratuidad y la justicia debemos asumirlo de inmediato y manifestarlo en nuestra vida diaria:

En el servicio: Dedicar tiempo y capacidades a los más necesitados de forma completamente altruista, sirviendo como "levadura" para mejorar la sociedad. 

En el perdón: Ofrecer la reconciliación de manera libre, rompiendo el ciclo de la ofensa sin exigir un pago emocional a cambio.

En la acogida: Recibir y acompañar a las personas marginadas o vulnerables, valorándolas por lo que son y no por la utilidad que representan.

miércoles, 17 de agosto de 2022

MEDITANDO EN CHANCLAS (17): ¿VAS A TENER TÚ ENVIDIA PORQUE SOY BUENO?

"¿Es que no tengo libertad 
para hacer lo que quiera en mis asuntos? 
¿O vas a tener tú envidia 
porque yo soy bueno?”.
(Mt 20,15)

Todos somos llamados al Reino de los cielos porque Dios quiere que todos nos salvemos. Todos tenemos derecho a participar de su bondad y generosidad. No hay primeros ni últimos: esta es la lógica del amor misericordioso de Dios. ¡Nos quiere a todos porque nos ama a todos!

Trabajar desde el amanecer por el Reino de Dios no es una carga pesada ni motivo de envidia porque otros lleguen más tarde, sino un privilegio por el que estar agradecidos. A veces, queremos instrumentalizar a Dios y utilizarle para nuestros intereses. Le queremos para nosotros solos, en exclusiva, y no permitimos que otros accedan a su gracia.

Son los mismos resentimientos del hijo mayor de la parábola del hijo pródigo que se siente desplazado por la llegada del hermano menor pero que recibe la misma misericordia del Padre, cuando le dice "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo" (Lc 15, 31). 

Son los mismos recelos y envidias que tienen muchos que llevan toda la vida en la Iglesia cuando llegan a la parroquia los recién convertidos, como si éstos no tuvieran derecho a formar parte de ella pero con los que Dios se alegra y a quienes invita a su fiesta. 

Son los mismos celos y "pelusas" que tiene un niño mayor cuando nace un hermano pequeño al sentirse desplazado del amor de los padres. Sin embargo, un Padre o una Madre quiere a todos sus hijos por igual. Si pone especial atención por el pequeño es porque necesita más atención en ese momento, pero no significa que haya dejado de querer al mayor.
Dios es el dueño de la viña que da trabajo a todos. Quiere a todos en su casa. No mide los méritos de los obreros sino que atiende las necesidades de todos. Sin embargo, los hombres no dejamos a Dios ser Dios. Queremos acapararlo para nosotros, utilizarlo para nuestro provecho y que nos premie por nuestro esfuerzo.

Pero la justicia de Dios no funciona así..."Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos" (Is 55,8)El amor de Dios está abierto a todos, no podemos monopolizarlo, no podemos medirlo ni pesarlo. No podemos señalar los pecados de otros y atribuirnos méritos según nuestros esquemas para hacer un Dios a nuestra medida, solo para nosotros.

Nuestro compromiso con Dios debe llevarse con alegría y gratitud, sin compararnos con los demás, sin estar pendientes de lo que otros hagan, sea mucho o poco, ni del tiempo que lleven...No podemos rivalizar con otros por el amor de Dios. Debemos alegrarnos por nosotros y por los demás.
Dios es tan grande que tiene de sobra para todos. Tiene un corazón tan misericordioso que no podemos encerrarlo en nuestros pequeños esquemas. Tiene una bondad tan infinita que todos cabemos en su reino. Tiene un amor tan inagotable que hay para todos.

Esta es la misericordia de Dios: la que debe inclinar mi corazón a agradecer en lugar de envidiar, a pensar en lo que tengo en lugar de lo que me falta, a alegrarme por la llegada de mi hermano, a pasar del resentimiento al agradecimiento, de la sospecha a la confianza, de la tacañería a la generosidad, del odio al amor.

La auténtica recompensa no es el pago final de la vida eterna. El regalo es el mismo Dios que se dona generosamente por amor a todos. El verdadero premio es estar en su presencia, en su amor, en comunión con Él para siempre.

Para la reflexión:

¿Cuestiono la justicia de Dios?
¿Quiero a Dios sólo para mí?
¿Trato de monopolizarlo y se lo niego a los demás?
¿Intento limitar el amor y la bondad de Dios?
¿Soy un cristiano agradecido o resentido?
¿Amo a Dios y al prójimo de verdad?



JHR

lunes, 2 de agosto de 2021

MEDITANDO EN CHANCLAS (2): "TRAEDMELOS"

"Comieron todos y se saciaron 
y recogieron doce cestos llenos de sobras. 
Comieron unos cinco mil hombres, 
sin contar mujeres y niños."
(Mt 14,13-21)

El evangelio de Mateo nos muestra el milagro de la multiplicación de los panes y los peces que también relatan los otros evangelios (Jn 6, 1-15, Mc 6,30-44, Lc 9,10-17), enfatizando que se trata de un signo de excepcional importancia: la Eucaristía, en la que Jesús se compadece de la gran multitud porque los ve como ovejas sin pastor (Mc 6,34), porque los ve hambrientos y enfermos, es decir, nos mira con misericordia, nos alimenta y nos perdona los pecados.

A diferencia del evangelio de Juan, que comienza con la iniciativa de Jesús para probar la fe de Felipe y Andrés, y que sólo son capaces de aportar soluciones humanas del todo insuficientes, Mateo, Marcos y Lucas optan por darles la iniciativa a los discípulos que, viendo que se hace tarde y el día declina, le dicen al Señor que se deshaga de la gente y los mande a sus casas. Es decir, se desentienden de la gente.

Sin embargo, Jesús les dice a los discípulos que sean compasivos, que les acojan, que les atiendan en sus necesidades y que les den de comer. Ellos le ponen objeciones por la escasez de alimentos y por su incapacidad para cubrir las necesidades de tantas personas... y quizás también por egoísmo y por pereza. 

Es cuando el hombre, con humildad, ve que no puede, que Jesús toma las riendas y entra en acción. Y, refiriéndose a los cinco panes y a los dos peces, les dice: "Traédmelos", es decir, les pide que le lleven una ofrenda para obrar el milagro. Es el ofertorio eucarístico por el que Cristo quiere “lo poco” de nosotros para darnos “lo mucho” de Él. De nuestra pobreza, saca abundancia. 
Ese "traédmelos"  también nos interpela a llevar a Cristo a todos los que están necesitados, a todos los que tienen hambre y sed de Dios.

A continuación, "Mandó a la gente que se recostara en la hierba"evocando el Sal 23,1-2: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar” y el libro del Ex 14,1: “Acampad allí, mirando al mar”. Pero para que Jesús obre el milagro, aunque tenemos poco que ofrecer, a Él le basta sólo con nuestra fe. Sólo pide nuestra confianza en Dios y que lo que ofrezcamos, lo hagamos con amor y generosidad.

"Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos". Jesús utiliza la plegaria eucarística de acción de gracias y de consagración que utilizará en la última cena y que el sacerdote realiza en la Eucaristía para, a continuación, repartirla entre toda la asamblea.

"Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños"Cristo, en la comunión, se entrega generosamente y nos sacia, se revela como el Dios de la abundancia y de la generosidad, que no del despilfarro y el derroche. Su corazón está pendiente de nuestras necesidades. Toma lo que le ofrecemos (tiempo, dinero, habilidad o recursos) y lo multiplica más allá de nuestras expectativas.

Mi cuerpo necesita alimento pero mi espíritu también. ¿Cómo satisfago el hambre de mi espíritu? ¿Busco a Cristo en la Eucaristía? ¿Me doy cuenta de su generosidad, que colma cualquier expectativa? ¿Soy consciente que se me da a sí mismo hasta el extremo? 

Mis hermanos necesitan de mí pero, sobre todo, necesitan de Dios ¿Soy generoso y compasivo con los demás o me desentiendo de ellos? ¿Se los llevo a Jesús o trato de monopolizarlo?

jueves, 20 de octubre de 2016

¿QUÉ NECESITA MI PARROQUIA DE MI?

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Hoy hablaremos acerca de cómo cualquiera de nosotros, como cristianos, podemos hacer para que nuestra parroquia mejore y sea más fuerte. 

Algunas de las cosas que se me ocurren sobre lo que mi parroquia necesita de mi es:

Que sea humilde
No hay cualidad más importante que la humildad. Sin embargo, no es una característica innata para ninguno de nosotros, pero podemos aprender a cultivarla.

La humildad no es un sentimiento ni una actitud, es una acción.  Si quiero aprender ser humilde, necesito hacer todo con sumisión y docilidad. 
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Pero ¿cómo?:

Relacionándome con cristianos maduros que sean ejemplo de humildad y pasando tiempo con ellos. Aprendiendo de ellos e imitándoles.

Ofreciéndome voluntario para las tareas más humildes o las que nadie quiere realizar. Encontrar la alegría en hacer los trabajos más humildes y hacerlos cuando y donde sólo Dios los vea.

No buscando reconocimiento público cuando sirvo, sino contentarme con permanecer en un segundo plano.  

Llegando a conocer íntimamente a Jesús para así, imitarle. Fue Jesús quien dijo: "El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido" (Mateo 23,12). Él se humilló hasta lo más bajo (la cruz) y fue exaltado hasta lo más alto (la gloria).
Que me comprometa
Toda parroquia tiene entre sus bancos personas que se comprometen poco o nada. La mía, también. Son personas que sólo van a la iglesia cuando les conviene y que ponen cualquier excusa para evitar comprometerse con ella. 

Toda parroquia necesita personas comprometidas para su natural desarrollo, salud y crecimiento. La mía, también.

Es preciso que me comprometa con mi parroquia por dos razones importantes:
  • porque necesito a mi parroquia. Dios me hizo parte de su iglesia para mi salud y mi bienestar. No puedo vivir mi fe por mi cuenta porque no soy lo suficientemente fuerte, ni lo suficientemente inteligente, ni lo suficientemente maduro, ni lo suficientemente piadoso. Sin la gracia, que a través de la iglesia recibo, no puedo. Y sin el apoyo de mis hermanos y hermanas, tampoco. 
  • porque mi parroquia me necesita. Dios me hizo parte de su iglesia para buscar el bienestar de los demás. 1 P 4 dice: "A medida que cada uno ha recibido un regalo, lo utilizan para servir a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios." Dios quiere que yo sea un regalo para su iglesia, y los regalos entregárselos a otras personas. Comprometerme con mi parroquia es una expresión de generosidad hacia los demás.
Que le dedique a Dios, al menos, un día 
¿Por qué no dejo de lado todo un día a la semana, y se lo dedico al Señor de una manera especial? 

El domingo cambia completamente cuando le doy todo el día al Señor y a su Iglesia. 

Cuando dejo atrás todas las preocupaciones de la vida, e incluso muchos de sus placeres, (aperitivo, fútbol, etc.) y lo dedico entero a la Adoración, a la Eucaristía, a escuchar su Palabra, a la comunión y al servicio a los demás, soy infinitamente más feliz.

Que viva como un auténtico cristiano 
Es muy fácil ser cristiano los domingos en misa, pero después vuelvo a casa y... ¿me olvido? 

Al día siguiente, voy a trabajar, estoy rodeado de personas que no son cristianos, o que, posiblemente, actúen mal, y ¿me enredo en mis propios pensamientos o deseos? 

Mi parroquia necesita que yo viva como un cristiano durante toda la semana o estaré dando mal ejemplo de ella.

Cada uno de nosotros nos enfrentamos a diferentes desafíos y tentaciones, pero una clave para vivir como un verdadero cristiano durante toda la semana es acudir siempre que pueda a la Eucaristía, pasar tiempo en la parroquia y, sobre todo, estar en oración todos los días

Es importante hacer de ello una prioridad; no importa lo ocupado que esté o que diga que no me da la vida. 

Debo hacerlo, sin importar lo mal que lo haga o lo poco que me apetezca hacerlo. Orar todos los días, no sólo por y para mí, sino por y para mi parroquia. 

Que ame a gente distinta a mí
Las parroquias son comunidades heterogéneas, formadas por personas muy distintas, a las que no debo ni juzgar ni pretender recibir de ellas, porque sólo Dios nos juzga y nos da. 

Así que, lo que tengo que hacer es aprender a vivir con ellas y aprender a amarlas, incluso aunque sean muy diferentes a mí. "Porque así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, y los miembros no todos tienen la misma función, así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros." 

Si mi parroquia está dividida de manera que los adultos, o los jóvenes, o los solteros, o los separados, o los mayores... sólo se reúnen entre ellos... ¿qué evangelio estoy proclamando? ¿Un mensaje que no va dirigido a amarles, aunque sean diferentes?

De ninguna manera. Debo comprometerme a conocer a personas aunque no me gusten. De hecho, puedo decir que algunos de mis mejores y más cercanos hermanos en la fe, son personas muy diferentes a mí.

Que sea generoso
Hay pocas cosas que revelan un corazón generoso mejor que la forma en que la administro mi dinero. El dinero tiene una manera asombrosa de mostrar en lo que realmente creo y lo que realmente valoro. 

No importa cuál sea mi profesión ni mi status social o económico para saber que debo ser generoso con mi dinero

La Palabra de Dios dice: "Que cada uno dé lo que le dicte la conciencia; no de mala gana o por compromiso, pues Dios ama a quien da con alegría" (2 Co 9,7)

Debo dar, y hacerlo con alegría por dos razones:
  • porque no es mi dinero. El dinero pertenece a Dios, Él sólo me lo da para gestionarlo, para administrarlo bien y siempre para su gloria.
  • porque tengo que darle al Señor en primer lugar. Conozco a personas que dicen que no pueden aportar a la iglesia, y sin embargo, tienen el último Iphone o un coche de alta gama. Debo aprender a dar lo primero y lo mejor para el Señor. 
Que sea un miembro valioso de la parroquia
Debo hacerme un miembro de valor incalculable para mi parroquia, y debo hacerlo por servicio y amor a los demás. 

¿Lo soy? ¿La gente de mi parroquia me valora por todo lo bueno que hago por otros?

Es necesario que encuentre el lugar donde poder servir a Dios en mi parroquia, y servir sin falta, sin excusa, sin necesidad de alabanza o de elogios. 

Y hacerlo por el bien de los demás y por la gloria de Dios.