¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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jueves, 3 de septiembre de 2026

VIVIR EN LA VERDAD O EN LA OPINIÓN

"Confía en el Señor con toda el alma, 
no te fíes de tu propia inteligencia; 
cuenta con él cuando actúes, 
y él te facilitará las cosas; 
no te las des de sabio, 
teme al Señor y evita el mal: 
será salud para tu cuerpo, 
medicina para tus huesos" 
(Pro 3,5-8)

La frontera entre la verdad y la opinión es una de los motivos más comunes de debate, confusión y tensión en nuestra sociedad y también, dentro de la Iglesia. 

La realidad (lo objetivo: "lo que percibo", "lo que siento", "lo que creo"...) nos afecta profundamente, dando lugar a la opinión o juicio de valor ( lo subjetivo: el "yo pienso", "yo creo", "a mi me parece"...) que son las impresiones o impactos que nos causa un hecho determinado, que dependen de los sentidos corporales y psicológicos y que están muy condicionadas por nuestra historia, educación, entorno... 

Pero una opinión (por muy respetable que sea) no es una "verdad".  Y es aquí donde está la raíz del problema de nuestra sociedad actual: no queremos vivir en la verdad sino en "nuestra verdad", es decir, según nuestra opinión o impresión, según nuestra sensación o nuestra emoción, según nuestra conducta o voluntad. 

La verdad (objetiva) es incómoda porque nos obliga a confrontar realidades que preferiríamos ignorar, rompiendo nuestra zona de confort. Aceptar la verdad exige cambiar de perspectiva o asumir una responsabilidad que a menudo resulta pesada o inconveniente.

La opinión (subjetiva) es cómoda porque nos conforta, pero ese "bienestar" no es sino una ilusión que nos esclaviza y que nos impone muchas necesidades, que lejos de llevarnos a la verdadera felicidad, nos conducen a una espiral de decepciones y ansiedades.

Por ello, no debemos confundir verdad con opinión, aunque ésta esté refrendada por la mayoría: que muchas personas crean algo de forma unánime no convierte una opinión en una verdad. 

Desde una perspectiva espiritual, la "Verdad" es una experiencia de unidad, esencia y trascendencia, mientras que la "opinión" se asocia al ego, la ilusión y la separación.

La Verdad es inmutable. Es lo que no cambia, lo eterno, la esencia de la existencia, la Conciencia o lo Divino. No es algo que se pueda debatir o encerrar en palabras; se experimenta a través del silencio y la presencia. Crea unidad al ir más allá de los juicios conceptuales y descubrimos que en el fondo todos compartimos la misma chispa de vida o consciencia.

La opinión es voluble. Es lo que cambia constantemente según el condicionamiento histórico, cultural, social y personal de cada persona. Es un producto de la mente humana y del ego que pertenece al mundo de las formas, las etiquetas y la dualidad (bueno/malo, me gusta/no me gusta). Crea división entre "mi verdad" contra "tu verdad", generando conflicto, juicios y separación. 
Para entender cómo conviven ambos conceptos "puertas adentro", existen criterios teológicos claros que determinan qué debe aceptar un católico como verdad absoluta y en qué temas tiene libertad de opinión.

Los tres niveles de la Verdad (Lo que no es opinable)
  • Dogmas de Fe (Verdades Reveladas): Son verdades centrales contenidas en la Biblia o la Tradición que la Iglesia ha definido de forma infalible (por ejemplo, la Resurrección de Cristo, la Presencia Real en la Eucaristía o la Inmaculada Concepción). Negar un dogma sitúa a la persona fuera de la comunión con la Iglesia. Aquí no cabe la opinión personal.
  • Doctrina definitiva: Verdades que, aunque no hayan sido declaradas explícitamente como dogmas, están íntimamente ligadas a la Revelación y a la Iglesia, que las enseña de forma firme e irreversible.
  • Magisterio ordinario: Enseñanzas del Papa o de los obispos sobre fe y moral (expresadas en Encíclicas o en el Catecismo de la Iglesia Católica). Requieren lo que el Concilio Vaticano II llamó un "asentimiento religioso de la voluntad y del entendimiento", es decir, una actitud de obediencia, respeto y confianza, no de debate constante.
El amplio terreno de la opinión (Lo legítimamente discutible)
Muchos católicos cometen el error de "dogmatizar" sus opiniones personales o, al contrario, de "opinar" sobre los dogmas. La Iglesia defiende el pluralismo y la libertad en múltiples áreas:
  • Opinión política y económica: La Iglesia propone una Doctrina Social (principios como la dignidad humana, la solidaridad y el bien común), pero no existe un partido político católico único ni un solo sistema económico obligatorio. 
  • Teología y espiritualidad: En la Iglesia hay diferentes escuelas de pensamiento: la teología tomista de Santo Tomás de Aquino, la espiritualidad franciscana centrada en la pobreza, o la sensibilidad del Camino Neocatecumenal o el Opus Dei. Ninguna de estas corrientes es "la única verdad"; son caminos opinables y complementarios.
  • Cuestiones prudenciales: Las decisiones del Papa o de los obispos sobre el gobierno de la Iglesia (como nombramientos, estrategias pastorales o normativas disciplinarias como el celibato sacerdotal o el matrimonio, que son leyes eclesiásticas y no dogmas) pueden ser legítimamente discutidas y opinadas por los fieles, siempre que se haga con respeto a la autoridad.
El gran reto: confundir la opinión con la fe
En la práctica parroquial y pastoral diaria, suelen surgir dos extremos conflictivos en base a opiniones diferentes:
  • El Fundamentalismo tradicionalista: Ocurre cuando un grupo de católicos eleva sus opiniones litúrgicas (por ejemplo, preferir exclusivamente la misa en latín) o políticas al rango de "dogma", juzgando a otros católicos como "malos católicos" o herejes por no compartir su misma sensibilidad.
  • El Progresismo relativista: Ocurre cuando se reduce un dogma de fe o una enseñanza moral firme (como la doctrina sobre el matrimonio, sobre la dignidad de la vida o sobre las conductas desordenadas) al nivel de "una simple opinión de la jerarquía que puede y debe cambiar con los tiempos".
La respuesta de Dios y de la Iglesia: Cristo
Cuando el mismo Jesús dice: "la verdad os hará libres" (Jn 8,32) nos invita a desapegarnos de las opiniones, de la subjetividad, de lo que el mundo nos dice. Nos exhorta a entender que "yo no soy mis pensamientos" y nos enseña a observar la realidad sin juzgarla constantemente.

Para los cristianos, la Verdad no es una opinión, es una persona: Jesucristo ("Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida", Jn 14,6). No es algo que el ser humano inventa o decide, sino una realidad objetiva que se descubre y se recibe mediante la fe y la razón.

Sin embargo, en este mundo relativista la opinión personal se eleva al rango de verdad absoluta, también entre los cristianos. Por eso, la Iglesia advierte que cuando se afirma que "no existe la verdad objetiva" y que "todas las opiniones valen lo mismo" (incluso en temas morales, espirituales o pastorales), se cae en una inestabilidad moral donde el más fuerte o el más mediático impone su criterio.

El cardenal Sarah, en su libro "Al servicio de la verdad", afirma con contundencia que la Iglesia está sufriendo porque muchos católicos (incluidos los sacerdotes) temen a la opinión pública, a los medios de comunicación y a las corrientes ideológicas modernas, prefiriendo discursos complacientes antes que predicar la verdad del Evangelio. 

El purpurado insiste en que el cristiano no debe buscar el éxito ni la popularidad, sino transmitir fielmente la verdad inmutable que recibió. Citando el pasaje del joven rico, afirma que Cristo jamás suavizó su mensaje para ganar seguidores, y que la Iglesia tampoco debe subestimar a los fieles (especialmente a los jóvenes) dándoles una "verdad a medias".

La verdad no es algo negociable ni maleable por la cultura del momento; es una persona (Cristo) a quien el sacerdote y la Iglesia deben servir de manera absoluta, incluso si eso atrae la incomprensión o el sufrimiento del mundo

Por eso, como cristiano, me pregunto ¿Vivo en la Verdad o en la opinión? ¿Doy ejemplo de la Verdad o impongo mi opinión? ¿Estoy al servicio de la Verdad o de la opinión mayoritaria del mundo? 

lunes, 5 de septiembre de 2022

EL BUEN SACERDOTE, AL SERVICIO DE LA VERDAD


El cardenal Robert Sarah, en su último libro titulado "Al servicio de la verdad", que (como los anteriores) está inspirado en su propia experiencia, nos cuenta su vivencia de la fe como sacerdote, desde la entrega total a Cristo y a su Iglesia. 

Para el cardenal africano, el buen sacerdote es alguien cuya vida brilla como el sol porque es el representante de Cristo. Es la imagen de la mujer vestida de sol de Ap 12: la Iglesia no es el sol, es la luna que refleja los rayos del sol que es Cristo, y por tanto, sus sacerdotes deben reflejarlo también.
 
El buen sacerdote comprende la importancia del sacrificio personal y la renuncia como seguimiento de Cristo, que es, en definitiva, lo que significa amar: sacrificar tiempo, recursos y energías por los demás y renunciar a la propia comodidad. 

El buen sacerdote es aquel que cuando no está hablando con Dios, está hablando de Dios. Habla siempre la Verdad a sus "hijos espirituales", aunque duela o no sea "políticamente correcta". Exactamente lo mismo que hizo Cristo: hablar sin medias tintas, sin tapujos. Sin miedo a la verdad.

El buen sacerdote no se deja instrumentalizar como una marioneta por el pensamiento dominante ni por lo "políticamente correcto"; cuida la liturgia y no la inventa ni la transforma a su capricho ni al de los demás, porque sabe que su misión es reproducir la liturgia que se actualiza en el mismo Cielo. 

El buen sacerdote es celoso. Sarah dice que “el celo es interés": interés verdadero por las personas. Celo por las almasEntusiasmo por la salvación de los hombres en cuerpo y alma. No se pertenece jamás a sí mismo sino al Señor. 

El buen sacerdote no es remolón ni perezoso, no malgasta el tiempo ni lo dedica al ocio ("padre del vicio"). Sabe que la pereza es un mal hábito que evita la actividad sin la que no se pueden lograr objetivos. Por eso, está siempre pendiente del cumplimiento de su misión.

El buen sacerdote no cede su pensamiento a las redes sociales ni se convierte en esclavo de internet, o en autómata del móvil, porque sabe que cuanto más se "navega", más se ahoga uno y cuanto más se "alimenta" de contenidos digitales, menos se metabolizan. Sabe que la sociedad es el más fiel reflejo de internet que consume "pasivamente" y actúa movida por sensaciones y sentimientos, que no piensa por cuenta propia, ni desde la verdad ni desde la razón. Y que es imprudente...
Sarah coincide con Francisco en ver en el clericalismo una de las mayores amenazas para la vida de la Iglesia hoy, un clericalismo que él llama "pragmatismo empresarial", un activismo que no está iluminado por la Palabra de Dios ni por la oración ni por el celo por las almas, y que se presenta como bondad cuando es, como mucho, eficacia mundana.

Lo que daña hoy a la Iglesia son los malos sacerdotes, lobos en piel de cordero”, que “dicen servir al rebaño cuando realmente se sirven de él para sus propios fines”.  Buscan, sobre todo, ser atractivos, "estar en la onda", pero están en un camino equivocado porque la Iglesia no trabaja para sí, no trabaja para aumentar los propios números ni el propio poder, sino para el hombre y para Cristo.

El cardenal nos deja claro lo que es un buen sacerdote, y análogamente, lo que significa ser un buen cristiano: alguien que brilla en un mundo de oscuridad, que se sacrifica por los demás, que habla con Dios y de Dios siempre, que no se deja manipular por el pensamiento dominante, que es celoso y comprometido por el Reino de Dios y que está iluminado por la oración y la Palabra. 

El buen sacerdote, el buen cristiano... es el que está siempre al servicio de la Verdad, al servicio de Cristo, al servicio del reino de Dios.