¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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miércoles, 23 de septiembre de 2026

LAS REDES SOCIALES: EL NUEVO ÁGORA

"Atenienses, veo que sois en todo extremadamente religiosos. 
Porque, paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, 
encontré incluso un altar con esta inscripción: 
“Al Dios desconocido”. 
Pues eso que veneráis sin conocerlo os lo anuncio yo"
(Hch 17,22-23)

En las antiguas ciudades-estado griegas (polis), el ágora era la plaza pública central que representaba la tierra de todos o espacio común. No solo era solo un espacio físico, sino el corazón de la vida económica, comercial y cultural. 

El ágora era donde los ciudadanos se reunían en asamblea para debatir leyes, proponer ideas y escuchar discursos políticos o filosóficos; donde se ubicaba el mercado principal con sus puestos de venta ambulante y comercios; y donde se concentraban los monumentos y edificios públicos más importantes (templos, oficinas administrativas, bibliotecas y las estoas o pórticos columnados). Lo que hoy serían los medios de comunicación y las redes sociales.

El libro de los Hechos de los Apóstoles narra la llegada de san Pablo al ágora de Atenas (alrededor del año 50 d.C.), un encuentro histórico que representó el choque frontal entre la fe judeocristiana y la filosofía clásica griega (Hch 17,16-34). 

Mientras esperaba la llegada de Silas y Timoteo, Pablo bajaba todos los días al ágora a discutir tanto con epicúreos, que buscaban la felicidad a través del placer y la ausencia de dolor, dudando de la intervención divina, como con estoicos, que defendían el dominio de las pasiones y la razón universal.

Pablo salió del bullicio del ágora (del debate popular y comercial) hacia la exclusividad del areópago, una colina rocosa sagrada situada justo al lado, que representaba la cúspide del poder (jurídico, político y social) y que funcionaba como el alto tribunal y consejo político de la ciudad, donde el apóstol desplegó una brillante estrategia de oratoria clásica adaptada a su público pero con poco éxito. Lo que hoy sería nuestro parlamento.
Un "espacio" donde "todo vale"
Internet se concibió como un ágora virtual, una inmensa biblioteca universal. Sin embargo, hoy las redes sociales se parecen mucho más a un espacio callejero indómito y hostil donde el ego ha encontrado su escenario más caótico, desafiando directamente nuestra paz interior y nuestro desarrollo humano y espiritual.

Yo, que utilizo, este medio digital para testimoniar mi fe desde la verdad, el respeto y la tolerancia, me he dado cuenta de que ya no estoy en un espacio de encuentro, sino una plaza pública en la plena oscuridad de la noche, sino en un ágora virtual donde "todo vale".

Las normas más elementales de convivencia social se han diluido; la libertad de expresión, que protege la pluralidad y la discrepancia, ha dado paso al libertinaje digital, que aboga el derecho a insultar o humillar a otros de forma gratuita. 
Mientras que en el antiguo ágora, hablar cara a cara suponía respeto y tolerancia, o mirarse a los ojos recordaba que el otro es un espejo de uno mismo, en el digital, el anonimato y los perfiles falsos actúan como máscaras que deshumanizan las interacciones, eliminan la empatía y promueven la intolerancia y la difamación fácil, como lanzamiento de piedras ideológicas con toda impunidad, olvidando que cada ofensa daña el Cuerpo Místico de Cristo y que de ellas se rendirán cuentas (Mt 12, 36).
Las plataformas digitales no son meros espacios públicos neutrales. Sus algoritmos están diseñados para favorecer las bajas pasiones (ira, envidia, soberbia, vanidad), el conflicto, la división y la confrontación (tácticas del Enemigo): la indignación genera clics, los clics generan permanencia y la permanencia se traduce en dinero. 
Al igual que en una trifulca callejera donde la multitud se arremolina alrededor del escándalo, las redes impulsan el discurso radical y polarizado, el enfrentamiento y la provocación, silenciando la moderación y el debate reflexivo.
En este "territorio sin ley", los límites de lo ético se desdibujan: se fragmenta la presencia, nos aleja del "aquí y ahora", nos arrastra a un estado constante de alerta y reactividad, y nos confina en una zona franca de linchamiento moral.

En este "entorno hostil", la difamación, la mentira y el chisme son pecados contra el octavo mandamiento que se propagan impunemente bajo el pretexto de defender la verdad: el odio se disfraza de opinión, el postureo se reviste de autenticidad y la creación de contenido mercantiliza el bulo interesado como un producto de consumo más.

En este "todo vale", las fronteras de lo aceptable se desplazan: la cultura de la cancelación opera como juicios sumarísimos en plena calle negando la capacidad humana de redención, conversión y perdón; la desinformación deliberada se difunde con la misma impunidad que un chismorreo o rumor malintencionado en un mercado; y el acoso sistemático se disfraza de "libertad de expresión".

En este "falso altar", los límites de lo sagrado se disipan: las hogueras digitales queman el derecho a la dignidad humana, el relativismo moral sacrifica la verdad objetiva en el altar de los likes y la validación social instantánea.

En este "espacio impune", se opera como en el antiguo Sanedrín, incitando a la multitud a gritar y condenar. También el creyente cae a menudo en la tentación de la soberbia espiritual, juzgando con severidad detrás de un teclado y olvidando las palabras de Jesús: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" (Jn 8, 7).

El ágora desde la fe
Lo más doloroso no es que el mundo actúe según "sus lógicas". Lo verdaderamente preocupante es ver cómo nosotros, los que nos llamamos cristianos, nos hemos mimetizado con el paisaje. Hemos cambiado el Evangelio por el algoritmo. Hemos convertido al prójimo en un concepto, en un rival o en un simple avatar.

Reducir las redes sociales a un lodazal no solo daña la salud mental colectiva, sino que fractura el tejido moral y la dignidad humana. Regular estos ágoras públicos sin caer en la censura es el gran desafío de nuestra era. 

Si queremos que las redes sean un lugar de encuentro y no una plaza tumultuosa, además de exigir una mayor responsabilidad a las plataformas, como ciudadanos digitales debemos dejar de alimentar el espectáculo del odio. La plaza pública es de todos...el respeto y el honor también.
Como cristianos (digitales o analógicos), estamos llamados a iluminar este "ágora" con la fe y con el amor de Dios; a cultivar el discernimiento espiritual aprendiendo a utilizar el entorno digital sin engancharnos, a bendecir en lugar de maldecir, a perdonar en lugar de condenar, a apagar la pantalla cuando el entorno amenace nuestra paz. 

Como bautizados, no estamos llamados a huir del mundo, sino a santificarlo. Si las redes sociales son hoy una plaza peligrosa, nuestra respuesta cristiana debe ser la de llevar la luz del Evangelio a ese empedrado virtual. 

Esto exige un profundo examen de conciencia antes de publicar, compartiendo contenidos con mansedumbre, respeto y rectitud de intención (1 Pe 3, 15). Supone la urgencia de rescatar el silencio interior y recordar que la verdadera comunión no se mide en seguidores, sino en el amor fraterno. 

Solo habitando la ágora digital desde la caridad lograremos que esa plaza deje de ser un espacio sin ley y se convierta, verdaderamente, en un lugar de encuentro.

En las calles de nuestras ciudades, mirar a alguien a los ojos nos frena. El rostro del otro nos recuerda su dignidad. Pero detrás de una pantalla, el anonimato o la distancia física actúan como una anestesia para la caridad. 

Es escalofriante la facilidad con la que lanzamos juicios sumarísimos en las secciones de comentarios, olvidando que detrás de cada cuenta hay una historia, heridas y un alma amada por Dios. San Juan de la Cruz decía que "al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor". A veces me pregunto qué pensará el Señor al revisar nuestro historial de publicaciones y respuestas.

A menudo culpamos a los algoritmos, pero el problema es que caemos en la trampa del Enemigo con una docilidad pasmosa. Somos cómplices, aún sin ser conscientes de que nos subimos al púlpito de la soberbia espiritual. 

Bajo el noble pretexto de "defender la verdad", justificamos el chisme, la burla, la ironía mordaz y la difamación, y no somos conscientes de que pecamos contra la Ley de Dios. Nos hemos convencido de que ser fieles a la verdad nos da derecho a pisotear la caridad, cuando la realidad es que una verdad sin amor no es evangélica; es solo ideología y ruido.
Como católicos, no podemos validar esa dinámica implacable del linchamiento y de la falta de caridad. Nuestro Dios es el Dios de las segundas oportunidades, el que le dijo a la mujer adúltera: "Tampoco yo te condeno; vete y en adelante no peques más" (Jn 8,11). Si nuestras redes se parecen más a los fariseos con las piedras en la mano que a Cristo ofreciendo el perdón, algo estamos haciendo profundamente mal.
En su encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco nos advirtió: "La ilusión de la comunicación en el entorno digital, que favorece el desarrollo de formas insólitas de agresividad y se convierte en una periferia existencial hostil, un espacio callejero donde se diluye la caridad. Lo que nació como una promesa de encuentro se asemeja cada vez más a una plaza donde se prefiere la lapidación verbal antes que la misericordia".

El Evangelio nos llama constantemente a reconocer a Cristo en el rostro del otro. Sin embargo, en la ágora digital, las pantallas y los perfiles falsos deshumanizan al prójimo, reduciéndolo a un simple avatar o a una idea contraria, anulando toda empatía y toda fraternidad. 
No se trata de huir de Internet y escondernos en una burbuja de seguridad. Se trata de habitar la red de otra manera. Jesús nos llama a lanzar la red y a ser pescadores de hombres (Mt 4,18-20), no a utilizarla como instrumento de escarnio o maltrato.

Por eso, como bloguero y como creyente, me propongo (y te propongo) tres reglas sencillas antes de publicar:
  • La regla del rostro: Si no se lo dirías a esa persona mirándola a los ojos en una cafetería, no lo escribas en Twitter o Instagram.
  • La regla de la intención: ¿Busco edificar, iluminar y consolar, o solo quiero tener la razón, ganar likes y alimentar mi ego?
  • La regla del silencio: El silencio también es una respuesta cristiana. No todas las polémicas necesitan nuestra opinión.
Si las redes sociales se han convertido en una plaza oscura y tempestuosa, nuestro deber no es lanzar más piedras, sino encender una luz. Dejemos de alimentar el espectáculo del odio. El empedrado digital es duro, pero la gracia de Dios es capaz de agrietar cualquier superficie.

martes, 16 de diciembre de 2025

EL PECADO DE MALEDICENCIA

 
Según la RAE, la maledicencia es la acción o el hábito de maldecir, ofender, denigrar, desprestigiar, injuriar o difamar al prójimo. Es desear el mal a alguien o hablar mal de alguien.

Es una manifestación de falta de caridad cristiana, pero también de lógica, de razón y de sentido común, consecuencia del rencor o de la celotipia, es decir, de celos patológicos que se manifiestan en una crítica desmesurada e irascible contra otras personas.

La maledicencia produce un juicio implacable, precipitado e injusto, sin presunción de inocencia, sin piedad y sin respeto. Habitualmente, la persona maledicente se siente capacitada y autorizada para constituirse en juez de los demás. 

Cuando una persona es maledicente, su vida se convierte en distanciamiento, en desapego, en alejamiento, lo que hace imposible la convivencia con otros, debido a la propensión a fijarse en los aspectos negativos de otros. 

Pero además, ensalzándose a fuerza de comentar los defectos, errores o caídas del otro, ofusca y oscurece su alma, pierde la paz y se aleja de la gracia de Dios.

¿Qué gana el maledicente con su actitud? En realidad, nada; pero, en la insana intención de superioridad, marca obligatoriamente a los demás lo que deben hacer y cómo deben hacerlo, y se convierte en un juez irascible, implacable e inmisericorde de los demás que, aunque tuerto, se arroga el derecho de mostrar el camino a los ciegos.

La Escritura nos advierte sobre este gran mal espiritual: 
  • "¿Quién eres tú para juzgar a un criado ajeno?" (Rom 14,4)
  • "No juzguéis según apariencia, sino juzgad según un juicio justo" (Jn 7,24)
  • "No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros" (Mt 7,1-2)
  • "Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad" (Ef 4,31).
  • "En verdad os digo que el hombre dará cuenta en el día del juicio de cualquier palabra inconsiderada que haya dicho. Porque por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado" (Mt 12,36-37)
  • "El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca" (Mt 6,45)
  • "Deshaceos también vosotros de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡fuera de vuestra boca!" (Col 3,7)
  • "De la misma boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser así, hermanos míos" (Stg 3,10)
Toda vida humana es sagrada y reflejo de Dios; y por tanto, merece respeto y cuidado. Todos tenemos derecho al honor, a la dignidad y a la fama; destruirlos constituye un pecado contra la justicia y la caridad. 

Dañar la reputación de otros, dar ocasión a juicios falsos respecto a ellos no es una actitud cristiana pues atenta contra el 5º mandamiento, "No matarás", porque cuando un cristiano difama, injuria o desprestigia a otro se convierte en un asesino, porque está "matando" moral o espiritualmente a su hermano.

martes, 21 de septiembre de 2021

¿MÁXIMO COMÚN DIVISOR O MÍNIMO COMÚN MÚLTIPLO?

"Os ruego, hermanos, que tengáis cuidado 
con los que crean disensiones y escándalos 
contra la doctrina que vosotros habéis aprendido; 
alejaos de ellos. 
Pues estos tales no sirven a Cristo nuestro Señor 
sino a su vientre, 
y a través de palabras suaves y de lisonjas 
seducen los corazones de los ingenuos" 
(Rom 16,17-18)

En matemáticas, el máximo común divisor de dos o más números enteros es el mayor número entero que los divide sin dejar residuo (resto) alguno.  A modo de símil, en la vida real, el Diablo (del griego διάβολος, diábolos, "calumniador") es el "máximo común divisor": el mayor enemigo del hombre que divide a dos o más sin dejar superviviente alguno.

Máximo, porque su figura de Gran Dragón, detallada en Apocalipsis 12,3 describe su colosal poder y  su enorme maldad. Común, porque su corrupción se manifiesta en todos los ámbitos del ser humano (político, económico, social, religioso...). Divisor, porque su principal estrategia para luchar contra Dios y contra el hombre es siempre la discordia, la desunión, la desavenencia, la disgregación.

Desde el principio hasta nuestros días, el Acusador ha estado siempre rondando a los hijos de Dios para dividirlos, acusarlos y destruirlos. Lo consiguió con el Hijo de Dios, Adán... pero fracasó, con el Hijo del Hombre, Jesús. 

Sin embargo y a pesar de haber sido derrotado por Cristo, el Difamador jamás se rinde en su afán destructor. El Divisor nunca descansa de su ansia hostil. Y así, da cumplimiento a la profecía de Gn 3,15: "Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia", una enemistad documentada a lo largo de más de veinte siglos de vida ecelesial y suscitada por numerosos cismas en su seno, tanto a nivel global como local. 
En el mundo del Rebelde, todo es violencia y enemistad, división y rebeldía, odio y envidia...actitudes que debilitan al hombre, le hacen frágil y fácilmente manipulable. Al conseguir enemistar a dos hombres, los divide y los enemista entre sí...y a la vez, los separa de Dios.  Y sin Dios, no puede haber unidad.

"Divide y vencerás", este es el gran lema del Conspirador, y al que se dedica día y noche. Y lo hace especialmente dentro de la familia de Dios, enfrentando a padres contra hijos, desuniendo a esposos y esposas, enemistando a hermanos contra hermanos...destruyendo familias y comunidades. 

¡Cuántos chismorreos y cotilleos existen en nuestras parroquias! ¡Cuántas murmuraciones y difamaciones se producen en nuestros grupos pastorales! ¡Cuántas hostilidades, cuántas envidias y cuántas disputas aparecen en el pueblo de Dios!

El apóstol Santiago nos advierte: "¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros?...Ambicionáis y no tenéis, asesináis y envidiáis y no podéis conseguir nada, lucháis y os hacéis la guerra" (Stg 4,1-2). 

Las divisiones dentro de las parroquias sólo causan daño, devastación y desaliento entre los hijos de Dios, estragos entre los fieles que desunen la comunidad, disputas y malentendidos que se transforman en heridas profundas y deserciones. 
Ser cristiano no significa ir a la Iglesia cada día o cada domingo, sino "ser" como Cristo. San Pablo, a lo largo de sus cartas a las Iglesias que fundó, dibuja el perfil del cristiano conforme a la unidad y la gracia de Dios: 

"Sobrio, respetable, sensato; sano en la fe, en el amor y en la paciencia; no calumniador sino maestro del bien; inspirador de buenos principios; modelo de buena conducta; íntegro y grave, irreprochable en la sana doctrina; de vida sobria, justa y piadosa; sin menospreciar a nadie ni ser menospreciado; obedediente, dispuesto a hacer el bien; sin hablar mal de nadie ni buscar riñas; condescendiente y amable con todo el mundo; sin envidias ni odios" (Tit 2,1-15 y 3,1-15).

"Unánime y concorde con un mismo amor y un mismo sentir; sin obrar por rivalidad ni por ostentación; considerar con humildad a los demás superiores; buscar el bien de los demás sin interés egoista; tener los sentimientos propios de Cristo Jesús; sin protestas ni discusiones; irreprochables y sencillos; hijos de Dios sin tacha" (Flp 2,2-14).

Afirma el apóstol que ser cristiano es tener los sentimientos propios de Cristo. Cristo es nuestro "Mínimo Común Múltiplo". Mínimo, en orgullo, vanidad y envidia. Común, en unidad, comunión y buena disposición. Múltiplo, en generosidad, entrega y amor. 

Así, pues ¿por qué no convertirme yo en un "mínimo común multiplo"? ¿por qué no humillarme para que crezca Cristo en mí? ¿por qué no disponerme a buscar la unidad de todos? ¿por qué no multiplicarme en mi compromiso, mi entrega y mi amor hacia los demás?

"Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, 
que ellos también sean uno en nosotros, 
para que el mundo crea que tú me has enviado" 
(Jn 17,21)

domingo, 14 de marzo de 2021

VENCER LA ENVIDIA

"Tened la misma consideración y trato unos con otros, 
sin pretensiones de grandeza, 
sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. 
No os tengáis por sabios. 
A nadie devolváis mal por mal. 
Procurad lo bueno ante toda la gente" 
(Romanos 12,16-17)

Ninguno estamos exentos de sentir envidia. Es una consecuencia del pecado original en el corazón humano, del que nace el egoísmo. Es la tristeza o pesar por el bien ajeno, es decir, sentir malestar por la felicidad del otro, el deseo de conseguir lo que no se posee, de fijar la atención en lo que no se tiene, dañando la capacidad para apreciar y disfrutar lo que se tiene.

La envidia, que significa "el que no ve con buen ojo" o "mal de ojo", es el factor determinante para la aparición del odio y del resentimiento que "mira mal" y que no busca la felicidad propia, sino la desgracia ajena. Quien "mira mal" está "matando" a su prójimo y, por tanto, incurre en un pecado capital, impropio de un cristiano. 
La envidia es una losa interior, una declaración de inferioridad que el envidioso no está dispuesto a asumir en público. Es un veneno que mata poco a poco al envidioso puesto que, al centrarse obsesivamente en el envidiado, produce un sentimiento de infelicidad, amargura y ausencia de paz que le conducen a una muerte lenta y agónica.

La envidia nace de una mentalidad de pobreza y escasez, que piensa que no tiene, o que nunca tiene bastante, y que siempre quiere más. No tiene nada que ver con lo que algunos llaman erróneamente "envidia sana". No existe la envidia sana. Lo que existe es la "admiración". Y es que mientras que la admiración provoca buenos deseos para el admirado y de mejora y de bienestar para el admirador, la envidia sólo produce hostilidad y malestar.

Este "pesar" surge de un corazón mediocre que odia el talento y genera recelos y malos pensamientos unidireccionales, que inducen al envidioso a la calumnia y a la difamación del envidiado: quien "mira" mal al prójimo suele "hablar" mal del prójimo.
La envidia es propia del Diablo, un demonio en sí misma, una realidad deformada por el orgullo que impulsa la codicia, la avaricia, la ira, la polémica, la blasfemia, la suspicacia y el altercado (1 Timoteo 6,3-5), y provoca en el envidioso infelicidad, culpabilidad, frustración, negatividad, rivalidad, enfrentamiento, tristeza, victimismo, etc. 

La envidia es competitiva e individualista y encaja a la perfección en nuestro mundo actual, que nos seduce a consumir y a desechar, a usar y tirar, a luchar y ganar, a competir y vencer, a buscar el beneficio propio y egoísta.

Pero... la envidia se puede vencer. La solución está a nuestro alcance. 

Se trata, en primer lugar, de poner a trabajar las virtudes de la modestia y de la humildad que nos permitirán dejar de preocuparnos desesperadamente por aquello que no tenemos, agradecer lo que tenemos y reconocer que otros puedan y merezcan tenerlo. 

En segundo lugar, enfocar nuestra vida hacia el interior, es decir, agradecer los dones y talentos personales que Dios nos ha concedido, y evitar estar pendientes del exterior, de las habilidades o capacidades de otros. 

Y en tercer lugar, asumir la idea de que los fracasos no son obstáculos para el éxito, sino aprendizajes necesarios para llegar a él.

La envidia se puede vencer.

domingo, 7 de abril de 2019

PREPARADOS PARA LA PERSECUCIÓN

"Es seguro que todos los que quieren vivir como buenos cristianos 
sufrirán persecuciones." 
(2 Timoteo 3, 12)

Los cristianos son perseguidos en muchas partes del mundo. El año pasado, más de 280 millones de cristianos se enfrentaron a la intimidación, prisión o incluso muerte por su fe en Jesús, 1.847 Iglesias fueron atacadas y 4.305 cristianos fueron asesinados en el mundo por causa de su fe. 

Asia y África destacan por su crueldad hacia el cristianismo. En Asia, 1 de cada 3 cristianos sufre persecución a nivel alto, muy alto o extremo, mientras que en África, la cifra es 1 de cada 6. 

Corea del Norte, Afganistán, Somalia, China e India ocupan los primeros puestos de la lista mundial de persecución, mientras que Nigeria es el país donde se producen más asesinatos de cristianos.

Una persecución silenciosa

En la Europa católica nos hemos acostumbrado a ver la persecución de los cristianos desde la lejanía y pensamos: "Esto no ocurre aquí". Nos hemos vacunado e inmunizado cuando oímos las escalofriantes noticias de este mal y creemos que eso nunca nos pasará a nosotros.

Resultado de imagen de persecucion cristianaSin embargo, existe una persecución silenciosa que no siempre mata, necesariamente. Es la persecución a la libertad de conciencia, por la que nuestra sociedad occidental se ha propuesto arrinconar la fe cristiana y en especial, la católica.

Y lo hace, primero, a través de las tendencias y de las ideas que van generando una mentalidad social y un pensamiento único que anida en la conciencia general.

Este pensamiento único hace surgir brotes de odio e intolerancia hacia la fe cristiana, que finalmente, se materializan en leyes de obligado cumplimiento: Ley del aborto, eutanasia, divorcio, uniones homosexuales, ideología de género, etc. 

No debemos asustarnos porque está escrito que nuestros enemigos estarán también en nuestra propia casa:
"No penséis que he venido a traer la paz al mundo; no he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner al hijo en contra de su padre, a la hija en contra de su madre, a la nuera en contra de su suegra. De suerte que los enemigos del hombre son los de su propia casa" (Mateo 10, 34-36).

"El hermano entregará a la muerte a su hermano, y el padre al hijo, y los hijos se alzarán contra los padres y los matarán. Todos os odiarán por causa mía; pero el que persevere hasta el fin se salvará"(Marcos 13, 12-13).

Alegres en la persecución


En contra de la mentalidad del mundo, Jesús nos dice que estemos alegres por ser perseguidos, insultados y calumniados y nos exhorta a perseverar:

"Dichosos los perseguidos por ser justos, porque de ellos es el reino de Dios. Dichosos seréis cuando os injurien, os persigan y digan contra vosotros toda suerte de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos. Pues también persiguieron a los profetas antes que a vosotros"
(Mateo 5, 10-12).


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El mundo trata de seducirnos con diversas doctrinas que llenan los corazones de falsas promesas y derechos de todo tipo. Cristo, sin embargo, no nos habla de derechos sino de obligaciones. Nos no nos habla de facilidades y confort sino de dificultades y problemas. No nos engaña, ni llena nuestro corazón de falsas promesas... y nos insta a estar alegres.

Seguir a Jesús implica incomprensión y rechazo; ir en pos de Él, conlleva envidia y odio; ponerle en el primer lugar, nos conduce a la intolerancia y la difamación; aceptarle y amarle, nos traerá sufrimiento y persecución.

Jesús declara dichosos y bienaventurados a aquellos, que por su fe y seguimiento a Él son oprimidos, maltratados y perseguidos. Pero para el mundo, los cristianos somos gente "rara", impopular, extraña, radical y retrógrada, porque Dios también lo es para ellos.

A Cristo lo persiguieron,
 lo insultaron, lo crucificaron y lo mataron. Y harán lo mismo con sus seguidores. No nos engañemos. El mundo no está a gusto con Dios ni con nada ni nadie que se lo recuerde. No nos va a adular, no van a hablar bien de nosotros, no vamos a ser bien vistos. Todo lo contrario.

Es posible que el grado de pers
ecución, de rechazo o de insulto sea distinto en un lugar o en otro, en una persona o en otra, en un momento o en otro, pero todos los cristianos la sufriremos de un modo u otro. De una manera u otra, todos los cristianos "beberéis del vaso que yo bebo" (Marcos 10,39), y "seréis odiados por causa de mi nombre" (Mateo 10,22).

El E
vangelio es tan contrario a la mentalidad que impera en el mundo que despierta su rechazo y provoca su enemistad. Ante esta enemistad, los cristianos debemos luchar contra la poderosa tentación de adaptarnos al mundo, porque hacerlo, supone negar a Cristo.

Preparados para la persecución

No obstante, los cristianos que no somos super-héroes, sino gente normal y sencilla, debemos prepararnos para sufrir esta persecución porque, tarde o temprano, llegará.

Por ello, debemos tener en cuenta que:

1.- Es una gracia. La capacidad p
ara aguantar la persecución, soportar la difamación y el martirio es una gracia de Dios. Esto significa que en los momentos de persecución, no debemos poner la mirada en nosotros mismos, sino en Cristo. 

Cuando los cristianos de Jerusalén tuvieron que hacer frente a la primera persecución, no sopesaron sus posibilidad de resistencia ni su propia capacidad, sino que nos dice ejemplarmente dijeron: "Y ellos... alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: ... Señor, mira ahora sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra." (Hechos 4, 24).

Debemos rezar y pedirle a Dios el valor para proclamar el nombre de Jesús en una sociedad hostil al Evangelio y la capacidad para enfrentarnos la persecución. 

2.- Es un ataque. La persecución no atentará siempre contra nuestra integridad física. En la mayoría de los casos, la persecución se mantendrá en el terreno de la difamación y la calumnia. Por ahí comienza. Es un ataque que nos desacredita con mentiras, se inventan sobre nosotros falsas historias y se nos critica injusta y alevosamente. De la calumnia se pasa a la violencia física y al despojo de nuestros bienes.

3.- Es una prueba. E
l desprecio, la calumnia y la persecución del mundo son una prueba evidente de virtud y obediencia de los cristianos a su Señor. Por el contrario, cuando la Iglesia es ignorada o está bien vista por la sociedad, debería preguntarse a sí misma si de verdad es una Iglesia que sigue a Jesucristo. La reacción condescendiente o amistosa del mundo hacia la Iglesia significa que está dormida y que no está dando testimonio de Jesucristo, o que se ha adaptado al mundo, adulterando el mensaje que le fue confiado por Cristo y traicionando su fidelidad a Él. 


Del sufrimiento a la felicidad 


A priori, resulta extraño que Jesús nos diga que nos alegremos cuando seamos perseguidos y difamados e incluso podría parecer que el cristiano que se alegra en su sufrimiento por causa de Cristo es un masoquista o un sádico.


Sin embargo, no hay nada de masoquismo en las palabras del apóstol Pablo cuando nos habla de alegría en los sufrimientos por Cristo: "También nos alegramos en los sufrimientos" (Romanos 5,3) o cuando afirma rotundo su consuelo en las penalidades: "estoy lleno de consuelo y de alegría en medio de todas mis penalidades." (2 Corintios 7,4).

No hay nada de sadismo cuando el apóstol Pedro habla de la prueba que todos los cristianos hemos de pasar: ""Queridos hermanos, no os extrañéis, como si fuera algo raro, de veros sometidos al fuego de la prueba; al contrario, alegraos de participar en los sufrimientos de Cristo, para que, asimismo, os podáis alegrar gozosos el día en que se manifieste su gloria. Dichosos vosotros, si sois ultrajados en nombre de Cristo, pues el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios alienta en vosotros." (1 Pedro 4, 12-14). 


Resultado de imagen de alegria en el sufrimientoNo hay nada de perversión cuando el apóstol Santiago nos exhorta a alegrarnos por la persecución porque, gracias a ella, seremos perfeccionados en la fe: "Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna" (Santiago 1, 2.3). 

Los cristianos sabemos que el rechazo que provoca nuestra fe en el mundo es esa cruz que debemos cargar como seguidores de Cristo: "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿Qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué dará el hombre a cambio de su vida?" (Mateo 16, 24-26).

La alegría y la felicidad de los cristianos en medio de la tribulación no proceden de nuestra humanidad, sino de la acción del Espíritu Santo en nosotros.

La persecución, la difamación y el maltrato por causa de nuestra fe son una prueba de que nos encontramos en el camino correcto. Los perseguidos no estamos solos: contamos con Jesús. La fuerza para resistir la persecución no es una virtud ni mérito humanos, es gracia y don celestiales; es la fuerza del Espíritu Santo en el cristiano.