¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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martes, 7 de julio de 2026

MEMENTO MORI: ¿CÓMO VIVO CADA DÍA?

"Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá;
y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará"
(Mt 16,25)

"Memento mori" es una expresión de una antigua tradición romana que significa "recuerda que morirás" o "recuerda que eres mortal". Utilizada para recordar la fugacidad de la vida, no para deprimirnos, sino como un catalizador para priorizar lo que de verdad importa. para evitar la soberbia, para ordenar las prioridades y para vivir el presente de forma plena y consciente.

Para los griegos existían dos maneras de comprender el tiempo: el chronos era el tiempo lineal, el que se mide y avanza sin detenerse; y el kairos que representaba el momento oportuno, el instante significativo que da sentido a la experiencia. 

Demócrito, filósofo griego del s.V a.C., dijo que "muchos hombres viven como si nunca fueran a morir, y mueren como si nunca hubieran vivido", afirmando que actuar bajo la ilusión de la inmortalidad nos desconecta del presente, haciéndonos olvidar que la finitud es, precisamente, lo que otorga valor real a nuestra existencia. 

Sin embargo y por desgracia, hoy los hombres viven como si no fueran a morir, postergando decisiones cruciales, asumiendo que "habrá un mañana" garantizado, como si su tiempo en este mundo fuera infinito; acumulando bienes materiales y riquezas que no podrán llevarse al morir; confiando su felicidad a metas futuras ("cuando consiga ese empleo, cuando tenga este dinero...") en lugar de disfrutar el proceso actual.  pero morirán.

Pero Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, nos ha dado la libertad para interpretar el propósito de nuestra existencia y de nuestro destino final: "vivir para morir" o "morir para vivir". Es la decisión que tuvo que tomar Adán en el Edén y la que cada uno de nosotros debemos tomar.

Vivir para morir
Esta postura es la base del realismo biológico y del existencialismo filosófico de Heidegger, Kierkegaard o Sartre que se desprende de los sistemas racionales para centrarse en la vivencia directa del individuo y que encontró en Eclesiastés o Qohélet (considerado por muchos el primer tratado existencialista de la historia) la perfecta descripción de la desesperación humana. 

Su propósito es disfrutar el presente consciente del final biológico, afirmando que la muerte es el fin absoluto y la única certeza desde el nacimiento y que el ser humano solo vive de forma auténtica cuando acepta su destino final e inevitable. 
El hombre, consciente de su finitud, se ve impulsado a dar urgencia y valor real a cada segundo de su vida. Es la filosofía del "Carpe diem": Si todo termina con la muerte, el propósito es exprimir el presente, acumular experiencias y aceptar nuestra fragilidad. 

Kierkegaard afirma que la razón pura y la sabiduría humana son insuficientes para comprender los misterios de la vida y llevan al absurdo y a la melancolía. La única salida para el ser humano no es intelectual, sino un "salto de fe" ciego hacia Dios, coincidiendo con el final del libro de Eclesiastés: "Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser hombre" (Ecl 12,13).

Morir para vivir
Esta postura es la base de nuestra fe cristiana y tiene como propósito desprendernos de lo terrenal o del propio "yo" (ego para) trascender (Mt 16,24). 

Por la resurrección de Jesús, que venció a la muerte y abrió las puertas de la vida eterna, la muerte no es el final, sino el umbral de la transformación, el preludio de la eternidad, el inicio de la vida verdadera, plena y eterna junto a Dios (trascendencia). 

Por el bautismo, los cristianos "morimos" al pecado para resucitar como nuevas criaturas en Cristo: "Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,19-20)
Por la fe en Cristo, los cristianos "morimos" a nuestros apegos, malos hábitos y miedos; nos despojamos del orgullo, del egoísmo y de los deseos materiales para empezar a vivir con auténtica libertad y paz: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12,24)
Desde el punto de vista antropológico, el libro de Eclesiastés ofrece un crudo pero honesto retrato de la condición humana, despojado de triunfalismos espirituales y centrado en la vulnerabilidad radical del hombre:
  • La ilusión de permanencia. La famosa frase "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (Ecl 1,2) utiliza el término hebreo hevel, que no se refiere a la soberbia, sino a la "niebla", el "vapor" o el "soplo" para constatar que el ser humano intenta construir una ilusión de legados permanentes (riqueza, poder, fama, sabiduría...), pero su vida es transitoria e inasible como el humo. El hombre es incapaz de retener el tiempo. 
  • La democratización de la muerte. El fin de la vida rompe con las jerarquías sociales (Ecl 9,2-3): Sabios, necios, reyes, esclavos, justos e injustos comparten el mismo destino final: la fosa. El estatus moral o social no otorga privilegios frente a la biología. Ante la finitud, la igualdad humana es absoluta. 
  • La limitación del conocimiento humano. El ser humano es la única criatura consciente de su propia finitud y de un deseo de eternidad que Dios ha puesto en su corazón (cf. Ecl 3,11 ), lo que le genera una tensión psicológica y existencial. Aunque el hombre anhela lo infinito y quiere comprender el principio y el fin de las cosas, su mente finita está atrapada en el tiempo. 
  • El "Carpe Diem" bíblico. Lejos de caer en el nihilismo destructivo que invita a la desesperación, aceptar nuestros límites (no podemos controlarlo todo ni vivir para siempre), nos libera de la ansiedad del control. El mayor bien del hombre es comer, beber y disfrutar del fruto de su trabajo (Ecl 3,12-13) pero su finitud no anula el valor de la vida; al contrario, convierte las pequeñas alegrías presentes en el "don de Dios" (en hebreo, mattan Elohim), que no es la riqueza, el poder o la fama sino la capacidad de disfrutar del presente cotidiano, que depende directamente de la gratuidad de Dios (Ecl 6,1-2). 
  • El tiempo cíclico (Nada nuevo bajo el sol). Describe un universo atrapado en un bucle eterno donde las acciones humanas carecen de un impacto cósmico definitivo. El hombre no es el centro de la historia ni el creador del futuro; es solo un pasajero en una rueda cósmica que ya giraba antes de su llegada. Las generaciones pasan, los ríos corren al mar, el sol se levanta y se oculta, pero el mundo permanece imperturbable (Ecl 1,1-10).
Al entender que el futuro no está bajo nuestro control y que la muerte es inevitable, nos liberamos de la carga de "salvarnos a nosotros mismos" o de encontrar un sentido cósmico a nuestros actos, pasando de ser "conquistadores de sentido" (agotándonos en la búsqueda de la permanencia humana) a ser "receptores agradecidos" (descansando en la inmanencia divina). 

La sabiduría ya no consiste en acumular un conocimiento infinito, sino en reconocer los límites propios y aceptar con alegría la porción de vida que Dios asigna a cada uno bajo el sol y preguntarnos cómo vivimos cada día

El error humano consiste en actuar como si el reloj no existiera. O peor aún, como si Dios no existiera.

sábado, 18 de octubre de 2025

ECLESIASTÉS O QOHÉLET: TODO ES VANO

"¡Vanidad de vanidades! —dice Qohélet—. 
¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!" 
(Ecl. 1,2)

Tras un pequeño paréntesis de varios artículos, retomamos nuestra profundización en los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Hoy reflexionaremos sobre el libro protocanónico de Eclesiastés.

Eclesiastés o Qohélet (del hebreo qahal, "congregar", "convocar", "reunir"), datado hacia el s. III a.C. en Jerusalén, de autor desconocido aunque atribuido "artificialmente" a Salomón (ficción literaria frecuente de la época), es uno de los más enigmáticos y sorprendentes de la literatura sapiencial bíblica. 

Estamos ante uno de los cinco "megillot" o "rollos" bíblicos que se leen durante las cinco grandes fiestas judías: Eclesiastés (Tabernáculos o Sukkot), Rut (Semanas o Shavuot), Lamentaciones (Aniversario de la destrucción del templo o Tisha b'Av), Cantar de los Cantares (Pascua o Pesaj) y Ester (Suerte o Purim).
Autoría
Qohélet no se refiere a un nombre propio ni al autor del libro sino que designa al que desempeña una función: la de convocar una asamblea para hablarle. Así, Eclesiastés (del griego ehhale.o, "convocar", "reunir") sería un "hombre sabio que convoca y enseña a la Iglesia" (1,1.12; 7,27; 12,8-10). 

Parece tratarse de un anciano que ha vivido y estudiado mucho y sin descanso; un aristócrata, un intelectual y filósofo, escéptico y pesimista, irónico y paradójico. Sin embargo, Qohélet es sustancialmente un optimista como lo muestran 7 pasajes positivos del libro (2,24-25; 3,12-13; 3,22; 5,17; 8,15; 9,7-9; 11,9-12,1), aunque enquistados en contextos negativos y sellados por el sinsentido de la vida (9,9).

Eclesiastés es, sin duda, un sabio que ha estudiado (12,9) y que tiene una gran experiencia. Pero se trata de un sabio peculiar pues su mirada es más profunda que sus antecesores ya que plantea interrogantes más incisivos y cuya reflexión gravita entre:

- la fe: es un hombre de fe, un creyente sincero que reconoce los dones de Dios y confía en su justicia según la sabiduría tradicional proverbial ("mashal"). Sin embargo, podría decirse que es un "ateo práctico", ya que ve a un Dios lejano, arbitrario y algo tirano.

-la experiencia: es un hombre de experiencia, un sabio que percibe todo como transitorio y que deduce que nada tiene sentido porque la muerte iguala al justo y al malvado, al sabio y al ignorante. Y lo expresa en primera persona ("he visto", "he probado"...).

En cualquier caso y aunque no ofrece respuesta alguna al tema del absurdo, se trata de un inconformista que quiere romper con una teología rígida y tradicional que tiene respuestas para todo (8,11-14). 

Quiere hacernos pensar, ponernos a trabajar y que experimentemos la inútil fatiga del esfuerzo, igual que él la ha experimentado, pero no nos ofrece una solución. Se encuentra encerrado en una "prisión circular", en una rueda sin futuro, sin esperanza...atenazado y desesperado por el "vacío" o "vanidad" (Qo 2,1.17-18.20; 6,3-4).

Clave de lectura
Eclesiastés va un paso más allá de Job en la crisis de la sabiduría retributiva poniendo en cuestión y criticando sus valores tradicionales mediante el uso de preguntas, paradojas, repeticiones, contradicciones e incoherencias: ¿qué sentido tiene una vida donde la muerte es el final"? 

La respuesta es trágica: ¡Ninguno!. "Vanidad de vanidades. Todo es vanidad" (el vocablo "hehel" aparece 37 veces en el libro para expresar la vanidad en grado supremo (en cuanto "vacía" o "sin sentido"), dada la inexistencia del superlativo en la lengua hebrea, y de ahí, su repetición).
Para  "el que convoca" o "el que predica" todo es incongruente y efímero, aparente y estéril, vacío e insustancial,...todo es vano: las riquezas, los placeres, la sabiduría humana, la retribución...A todos nos espera la misma suerte, a sabios y necios, justos e injustos, ricos y pobres, hombres y mujeres: la muerte.

Pero además afirma Qohélet que la muerte es definitiva. No hay nada después de ella (9,5-6). Deducción lógica teniendo en cuenta que Dios aún no ha revelado que hay vida después de la muerte, y por tanto, es el primer libro sapiencial que aborda el tema de la muerte como el final de todo.

Desde un punto de vista sapiencial, el libro del Eclesiastés (que es inspirado y que tiene a Dios por autor y forma parte de la pedagogía progresiva divina) muestra una cierta tensión que exige dar un paso más ante las limitaciones y las incapacidades del hombre para dar respuestas que sólo Dios tiene. Qohélet es el último eslabón del camino sapiencial hacia la plena revelación de Dios al hombre.

Y así, será el libro de la Sabiduría el que afronte el tema de la vida eterna y dé paso a la sabiduría escatológica, poniendo el foco en la promesa de la Encarnación de la Palabra de Dios, en la revelación de la Sabiduría eterna, en la venida del Dios hecho hombre, puesto que sería completamente absurdo y vano que Dios haya creado a sus criaturas para nada, sin otra finalidad que la de morir y desaparecer.

Otros conceptos clave del libro
-Bajo el sol: aparece 27 veces. Qohélet observa todo lo que sucede "bajo el sol", "bajo el cielo" (3 veces), y ve que todo es vano, inútil. Todo gira en torno a un movimiento cíclico (1,9-10) y a una ausencia de novedad que amarga al sabio autor pues aún no ha conocido la eterna novedad de la Encarnación, el tiempo de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

-Fatiga: aparece 35 veces. El sabio trabaja, busca, indaga y acaba fatigado y agotado (5,14-16). Es la constatación de la maldición por el pecado original (Gn 3,19).

-Recompensa: aparece 10 veces. No parece haber recompensa para las fatigas salvo el fugaz disfrute de los bienes de la tierra o la sabiduría frente a la insensatez, la luz frente a la tiniebla (5,17).

Por ello podemos concluir nuestra meditación afirmando que ¡Todo es absurdo sin Cristo! o mejor dicho, que ¡Todo tiene sentido con Cristo!