¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
Mostrando entradas con la etiqueta vocación cristiana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vocación cristiana. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de enero de 2026

LLAMADOS (ATRAÍDOS) POR DIOS

"Al ver a las muchedumbres, 
se compadecía de ellas, 
porque estaban extenuadas y abandonadas, 
'como ovejas que no tienen pastor'. 
Entonces dice a sus discípulos: 
la mies es abundante, 
pero los trabajadores son pocos; 
rogad, pues, al Señor de la mies 
que mande trabajadores a su mies" 
(Mt 9,36-38)

El pasado lunes, tuve ocasión de acudir junto a un grupo de 72* mujeres de mi parroquia a la llamada de Dios en el Movistar Arena de Madrid. Y no creo que el número fuera fruto del azar porque nada ocurre por casualidad. Todo tiene un propósito en el plan de Dios. 

El Señor nos reunió a 6.000 cristianos y nos preparó un banquete en el que escuchamos testimonios de fe, alabamos, adoramos y exaltamos el nombre de Dios. 

Aunque me encontraba triste, desanimado y abatido (como los dos de Emaús), le pregunté a Dios: "Señor ¿Qué quieres de mí?". Él se conmovió, me habló al corazón y me consoló, me renovó y me dio fuerzas para que siga teniendo en mente la misión que me (nos) ha encomendado: ser testigo (s) de su amor. 

Fue allí donde, por la gracia de Dios, muchos cristianos renovamos nuestro compromiso de seguir evangelizando al mundo, con la mirada puesta en el Gran Jubileo de la Redención de 2033, año en que se conmemorarán los 2000 años de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo y de la venida del Espíritu Santo.
 
Los que respondimos a Su llamada, vivimos en el pabellón (a modo de cenáculo gigante) un nuevo Pentecostés, en el que Dios nos volvió a regalar su amor infinito. 

Su Espíritu Santo nos dio un renovado impulso para que salgamos a encontrar a todos esos "buscadores de sentido", para que hallemos a todos esos que están "solos y abandonados", "extenuados y perdidos", para que reunamos a todas esas "ovejas sin pastor".

Alabamos, escuchamos y sentimos la poderosa presencia de Dios en medio de un mundo sumido en la oscuridad, la desesperanza y la falta de sentido. 

Y es que nuestra fe no es un sentimiento sino una vivencia sacramental y un encuentro real con Dios, que nos da fuerzas en medio de nuestras flaquezas y debilidades, de nuestras tinieblas y desánimos. 
 
Dios es el Buen Pastor (Jn 10,11-14) que siempre da la vida por sus ovejas, que siempre busca a sus ovejas perdidas, que siempre sale a su encuentro, las acoge, las sana y las alimenta. 

Dios es el Padre Misericordioso (Lc 15, 11-32) que siempre espera el regreso de sus hijos, que siempre sale a su encuentro, que siempre perdona, restaura su dignidad y celebra para ellos un banquete.
 
La visión en tiempos difíciles
Llamados 2033 ha sido un encuentro ecuménico con Cristo, en el que Nicky Gumbel, pastor anglicano, nos animó a discernir que "lo que nos une a los cristianos de distintas iglesias es infinitamente mayor que lo que nos divide".
El fundador de Alpha, haciendo uso de la Escritura, nos exhortó a llevar a cabo nuestra misión desde la visión de Jesús al contemplar el mundo, imitando su compasión por las muchedumbres: "Jesús miró y se conmovió hasta las entrañas por ver al pueblo como ovejas sin pastor, y pidió orar solicitando al Padre obreros para la mies". Y lo hizo a través de 4 puntos:  

-Urgencia (tiempos difíciles). Hoy, como en el primer siglo, Jesús recorre todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas [iglesias], proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia ( cf. Mt 9,35). 

La necesidad es urgente y los tiempos, difíciles. La evangelización no es la misión de unos pocos (no sólo de los sacerdotes), sino de toda la Iglesia, de todos los bautizados. Por ello, todos debemos ponernos manos a la obra.

-Motivación (amor). Cristo contempla a las muchedumbres extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor y tiene compasión de ellos, porque Su esencia es el amor (v. 36). 

Lo que nos debe mover a los cristianos es lo mismo que mueve a Jesús: la compasión por todos los que están solos o perdidos, cansados y agobiados, desesperanzados y angustiados. 

Mostrar compasión es un acto que transforma tanto a quien la da como a quien la recibe pero no resuelve los problemas de los demás, sino que mientras acompañamos a quien ha perdido el rumbo, ambos encontramos a Dios. 

-Estrategia (oración). Todo es posible para Dios. Jesús lo sabe. Y por eso no nos pide que "vayamos", sino que "roguemos" al dueño de la mies, porque toda evangelización depende de Dios y comienza con la oración

Jesús no presenta la oración como una opción, sino como la estrategia principal para que Dios movilice (llame, atraiga) a las personas adecuadas. Nuestra primera labor es interceder ante el Padre para que surjan líderes y servidores con corazones dispuestos a cumplir su voluntad y llevar a cabo la misión que nos encomienda.

Jesús nos recuerda otro mandato suyo en la confianza de que se cumplirá: "Pedid y se os dará" (Mt 7,7-11). Por eso, debemos pedirle a Dios que mande trabajadores a su mies (v. 38) porque la mies es abundante pero los trabajadores pocos (v. 37). 

Así, tomando el ejemplo de Jesús, rezar debe convertirse en un hábito para nosotros, de la misma forma que cada mañana tenemos la rutina de desayunar o de ir a trabajar. Necesitamos incluir "hábitos espirituales" en nuestras vidas, de la misma forma que incluimos "rutinas físicas", porque "No sólo de pan vive el hombre" (Mt 4,4).
 
-Corresponsabilidad (discípulos). Entonces dice a sus discípulos (v. 37): Jesús se dirige a sus discípulos, es decir, a todos nosotros. 

Como seguidores de Cristo, somos corresponsables en la evangelización. Nuestra vocación es imitar a nuestro Maestro. Nuestra misión como cristianos es ser testigos del amor de Dios.

Lo que Jesús nos pide no se limita a una oración pasiva, sino que constituye un compromiso activo y una disponibilidad personal como respuesta a la petición dirigida a Dios. 

El que reza debe también estar dispuesto a ser enviado. Así lo dice la regla de san Benito: "Ora et labora", por la que el cristiano ha de estar dispuesto a mantener un equilibrio entre la vida contemplativa (la oración) y la vida activa (la misión). Ambas constituyen una misma forma de honrar a Dios.

Pero además, los "obreros del dueño de la mies" debemos estar dispuestos a compartir nuestra fe y nuestra experiencia de Dios con el mundo, actuar con humildad, obediencia y diligencia en el compromiso asumido y tener compasión con todos aquellos que encontremos perdidos por el camino.
Dios no deja nunca de llamarnos. 
Dios no deja nunca de atraernos hacia Él.
¿Le responderemos?
¿Nos dejaremos atraer?






* En la Biblia, el número 72 representa la totalidad de la humanidad, la misión evangelizadora y el reinado mesiánico de Cristo:
  • el Salmo 72, la oración mesiánica por el reinado del rey Salomón, símbolo del Cristo (Sal 72, 1-20)
  • los 72 discípulos que Jesús envió de dos en dos delante de Él a predicar el Reino de Dios, sanar enfermos y echar demonios, símbolo de la evangelización al mundo (Lc 10,1-24)
  • los 72 nombres de los descendientes de los hijos de Noé tras el diluvio o "Tablas de las naciones del mundo", símbolo de todos los países del mundo (Gn 10, 1-31)
  • los 72 sabios judíos (6 por cada una de las 12 tribus de Israel) que el rey Ptolomeo II solicitó al sumo sacerdote Eleazar en Jerusalén para traducir la Ley judía (Torá) al griego para la Biblioteca de Alejandría (Septuaginta o Biblia LXX), según recoge la Carta de Aristeas (s. II a.C.).

martes, 8 de agosto de 2023

MEDITANDO EN CHANCLAS (8): SAL Y LUZ, GUSTO Y SENTIDO

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. 
Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. 
No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, 
sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, 
para que vean vuestras buenas obras 
y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: 
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra 
que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes 
y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos
(Mt 5,13-19)

El evangelio de hoy se enmarca dentro del sermón de la montaña y como continuación de las bienaventuranzas de los versículos anteriores (v. 1-12), Jesús compara a sus discípulos, a nosotros los cristianos, con la sal de la tierra y con la luz del mundo. Nos invita a todos a poner las bienaventuranzas en práctica.

Y al final del pasaje, el Señor nos remarca que la fe cristiana es una continuación de la judía. La voluntad de Dios sigue siendo la misma...Él sigue siendo el mismo...justo y misericordioso. Por eso, Jesús resume la Ley en el amor, a Dios y al prójimo, y nosotros debemos cumplirla (con la mente)...pero más aún...debemos vivirla (con el corazón).

Sal de la tierra
La sal se utiliza para dar sabor pero en la antigüedad, se utilizaba para evitar que los alimentos se pudrieran o se estropearan, para evitar la descomposición. Es un símbolo de “permanencia”, de "conservación". En definitiva, de "fidelidad" o de "alianza". 

Por tanto, Jesús nos invita a ser los que demos sabor a la tierra, a evitar que el mundo se "descomponga" y se "corrompa", permaneciendo fieles a Dios, viviendo las bienaventuranzas que son la esencia del cristiano, que son su DNI.

Pero si la sal se vuelve sosa...si no vivimos las bienaventuranzas, perdemos nuestra "esencia"...perdemos nuestro "sabor" a Cristo, y la gracia recibida es pisoteada...y se pierde. La sal ya no sirve para la función encomendada y por eso hay que tirarla, prescindir de ella.
Luz del mundo
La luz sirve para iluminar y dar calor. En la antigüedad, la luz del mundo se aplicaba a Jerusalén, la ciudad de la luz, la ciudad de la presencia de Dios. Además, alrededor de la luz se compartía la sabiduría de los mayores, y también, la luz señalaba el rumbo de los viajeros por la noche. 

Por tanto, Jesús se refiere a la comunidad cristiana, a la nueva Jerusalén, a la Iglesia...que “no se puede ocultar”, que debe guiar y enseñar. Los cristianos no podemos vivir las bienaventuranzas en solitario ni la fe como una experiencia íntima y personal o en secreto. 

Pero si la lámpara deja de alumbrar y de brillar...dejamos de ser cristianos, dejamos de testimoniar a Jesús, dejamos de aprender la sabiduría de Dios y perdemos el sentido de nuestra vida. El sabor (sal) y el saber (luz) son la esencia y la vocación verdaderas del cristiano: dar testimonio de Cristo viviendo las bienaventuranzas, dar  gusto (sal) y sentido (luz) a la vida (mundo).  

Vivir con sabor es vivir con gusto, saber qué y cómo vivo.
Vivir con saber es vivir con sentido, saber por qué y para qué vivo.

JHR

jueves, 28 de enero de 2021

HIJO PRÓDIGO Y BUEN SAMARITANO

"Sed misericordiosos 
como vuestro Padre es misericordioso"
(Lc 6,36)

Uno de los elementos más característicos de la divina pedagogía de Jesús, y el más claro signo de coherencia y autenticidad de su divina personalidad son sus más de cincuenta parábolas escritas a lo largo y ancho de los evangelios. 

Las parábolas de Jesús son metáforas, comparaciones sencillas, alegorías fácilmente comprensibles para los hombres, tomadas de nuestras realidades y vivencias cercanas, que atraen y captan poderosamente nuestra atención. 

Su principal propósito es despertar nuestro pensamiento (nos implican, nos invitan), estimular nuestra conciencia (nos complican, nos comprometen) y llamarnos a la acción (nos simplifican, nos santifican) para acercarnos a su amor.

Sin embargo, la maestría divina en sí misma, limitada por el don gratuito que Dios nos otorga al respetar nuestra libre voluntad, nos deja abierta una puerta para que nuestra razón se sumerja en una reflexión interna y así, nuestro discernimiento pueda interpretar el mensaje y conferirle una aplicación particular y propia.

Las parábolas nos muestran lo que Dios es y cómo actúa; lo que el hombre es y cómo actúa; y lo que podemos y debemos llegar a ser. Pero lo deja siempre a nuestra elección, a nuestra voluntad, a nuestra libertad.

Hijo pródigo
La parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32) nos presenta dos actitudes humanas con dos personajes, ambos hijos de un mismo padre: el publicano, el hijo menor, despilfarrador y despreciado por los demás; y el fariseo, el hijo mayor, cumplidor de la Ley y bien visto por los demás. Y en medio, la actitud divina: la del Padre misericordioso, que acoge, perdona y dignifica a ambos.

Todos tenemos algo de publicanos y algo de fariseos, dos formas diferentes de vivir nuestra existencia ante la atenta y amorosa mirada de Dios. Todos tenemos actitudes rebeldes y despilfarradoras, y a la vez, cumplidoras y políticamente correctas. 

Todos tenemos actitudes de inseguridad y de "nostalgia egoísta" de Dios, y también, de autosuficiencia y de "reivindicación posesiva" de Dios. Todos tenemos actitudes de debilidad y de miseria que claman compasión y perdón, y también, de superioridad y de prepotencia que reclaman justicia y reconocimiento.

Sin embargo, a pesar de que nuestro Padre nos da todo lo que es suyo (la gracia, el amor, el perdón y la dignidad filial), nosotros, los dos hijos (el publicano y el fariseo), nos sentimos desgraciados, desatendidos y excluidos. Ambos nos apartamos de su amor. Cada uno de una manera: unos por egoísmo y otros por envidia. 

Mientras, el Padre que nos muestra su infinita misericordia, espera a que, libremente, se produzca la conversión de nuestros corazones al amor...Nosotros nos encontramos lejos del Padre pero Él siempre nos ve cerca, nos quiere en su casa.

Buen samaritano
La parábola del buen samaritano (Lc 10,30-37) nos muestra también dos actitudes humanas, con otros dos personajes, el sacerdote y el levita, que cumplen la letra de la Ley pero no su espíritu (el amor). Ambos son incapaces de demostrar su fe con obras al ignorar al necesitado, al negar su ayuda al desahuciado, al mostrar indiferencia y pasar de largo, es decir, pecan de omisión, negligencia, inmisericordia y cobardía ante aquel a quien no consideran "prójimo". 

Y por otro lado, la actitud divina: la del buen samaritano que representa el amor de Cristo, quien "estando de viaje" (situación temporal), se para en el camino (la historia del hombre), acoge al "mal visto" (excluido), atiende al maltratado (perseguido) por los bandidos (el mal) y cura al herido (al pecador), le lleva a la posada (a la casa del Padre, la Iglesia) y paga por él (entregando su vida en la Cruz). No tenía obligación de hacerlo pero quiso hacerlo libremente y por amor.

El camino de Jericó a Jerusalén era conocido en tiempos de Jesús como el "Camino de sangre" por el grave peligro de ser asaltado y asesinado por los ladrones que lo acechaban. Esto mismo ocurre hoy en el "camino de maldad" que caracteriza nuestro mundo actual, donde el egoísmo y el individualismo nos convierten en hombres indiferentes y codiciosos que buscan su propio interés, que matan al prójimo, y por otro lado, nos convierten en cristianos teóricos, sin caridad ni misericordia ante la desgracia ajena.

Cuántas veces pensamos que el mal ajeno no "va" con nosotros, que "no es asunto nuestro". Cuántas veces damos un rodeo, mirarnos hacia otro lado y pasamos de largo. Cuántas veces nos consideramos cristianos pero ante la prueba de nuestra fe, no pasamos de la teoría a la práctica, de los dichos a los hechos. Cuántas veces somos "indiferentes" al prójimo, en lugar de ser "diferentes" al mundo.

Lo que realmente precisa y determina nuestra fe no es su definición, no es la teoría, ni la literalidad de la Ley, sino su puesta en práctica. "La fe sin obras está muerta" (Stg 2,17). Y eso es precisamente a lo que Cristo nos invita: a poner por obras todo aquello que nos dice.

Con ambas parábolas Dios nos muestra la doble dimensión de la vocación cristiana: Primero, descubrir el amor de Dios que se compadece de nosotros y, segundo, nuestra poner en práctica esa misma misericordia con el prójimo

Dios nos llama a amar a todos, a los amigos y a los enemigos, a los cercanos y a los extraños, a los compañeros y a los rivales, a los que nos aman y a los que nos odian (Mt 5,44)Cristo, el Buen samaritano, no hace distinciones ni pone excusas: todos somos "prójimos", todos somos cercanos, próximos. Todos somos hermanos. 

El Señor nos invita a vivir la esencialidad del mensaje evangélico: a no juzgar ni condenar, a ser generosos con los necesitados y atender a los heridos, a perdonar a quienes nos ofenden. (Lc 6, 36-38). Dios, el Padre misericordioso, no pone límites ni fronteras como tampoco exigencias: Su amor es ilimitado, es generoso, es para todos, para publicanos y fariseos. Todos somos hijos.

Por ello, todos estamos llamados a ser buenos samaritanos y padres misericordiosos. Todos estamos invitados a ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Esta es la Ley del amor. Este es el camino de la santidad.

"A vosotros se os han dado a conocer 
los secretos del reino de los cielos y a ellos no. 
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra,
y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. 
Por eso les hablo en parábolas, 
porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender (...) 
porque está embotado el corazón de este pueblo, 
son duros de oído, han cerrado los ojos;
 para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, 
ni entender con el corazón, 
ni convertirse para que yo los cure. 
Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven 
y vuestros oídos porque oyen" 
(Mt 13,11-16)

JHR