¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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martes, 24 de febrero de 2026

MISA ¿"AD ORIENTEM" O "VERSUS POPULUM"?

 
Con frecuencia, los católicos caemos en una absurda polémica sobre la orientación del sacerdote en la celebración de la misa, entre ad orientem y versus populum, nos posicionamos en una u otra y perdemos la perspectiva de lo que es importante.

Por eso, es necesario definir una y otra opción para la celebración eucarística. Ambas son legítimas y están permitidas por el Misal Romano:

Ad orientem: El sacerdote y la asamblea miran en la misma dirección (con el altar delante) hacia el "Este litúrgico" o hacia el "Sol naciente", que representa a Cristo resucitado, la luz del mundo. Pero:
  • no significa que el sacerdote dé "la espalda al pueblo", sino que, como cabeza de la comunidad, lidera a los fieles hacia el encuentro con Cristo.
  • significa que la Misa es un "volverse" a Dios Padre y no un entretenimiento humano: ese "volverse" representa la conversión (metanoia) al Señor (conversio ad Dominum).  
Versus populum: El sacerdote celebra de frente a los fieles y todos miran hacia el "altar", que representa el monte Calvario y el banquete celestial. Pero:
  • no significa que el sacerdote dé "la espalda a Dios", sino que tanto él como los fieles dejan de mirarse a sí mismos para contemplar la salvación, que se hace presente en el altar como sacrificio vivo, único y eterno ofrecido por el Hijo al Padre. 
  • significa que la Eucaristía es el "lugar de Dios", en el que la asamblea y el Alter Christus dirigen su mirada al "Pan bajado del cielo", quien nos alimenta y nos transforma de nuevo en Su imagen. 
Es importante discernir lo que la Eucaristía no es
  • no es un simple encuentro de creyentes ni una herramienta de cohesión o de autoafirmación comunitaria. 
  • no es un espectáculo social diseñado para entretener o satisfacer emocionalmente a los fieles
  • no es un "teatro" social donde el sacerdote representa un papel y los fieles lo siguen como simples espectadores. 
  • no es un servicio para el bienestar personal o la satisfacción sentimental de los creyentes. 
  • nos es un medio por el que Dios se "humaniza" sino por el que el hombre se "diviniza". 
  • no es una imitación de lo que Cristo dijo a sus apóstoles durante la Última Cena.
La finalidad de la Liturgia es el hombre. La Eucaristía es para el hombre: para su santificación, como alimento espiritual y como comunión con Dios.  

La Eucaristía es la presencia objetiva del Enmanuel (Dios-con-nosotros), hoy, aquí y ahora. Por eso, durante la consagración, el sacerdote no dice "Esto es el cuerpo o la sangre de Cristo". Dice: "Esto es mi cuerpo y mi sangre". No es un símbolo de Cristo sino que es el propio Cristo quien se hace presente por medio del sacerdote, quien actúa "In Persona Christi", pasando de ser un "Alter Christus" (otro Cristo) a un "Ipse Christus" (el mismo Cristo). 
 
Por tanto, no es tan importante la forma en cómo celebramos la misa, sino que su orientación sea siempre hacia Dios y en torno a Él. Cuando todos miramos en la misma dirección, es decir, hacia el Misterio, se elimina la estructura de "espectáculo" o "diálogo circular", desaparecen los protagonismos, tanto del sacerdote como del pueblo, y ambos forman un solo cuerpo que camina hacia el Reino de Dios.

Y así evitamos que la misa se convierta en una "eucaristía ad hominem", enfocada en la psicología humana y el antropocentrismo, para convertirse en una latría, esto es, una adoración debida solo a Dios y una declaración de que todos estamos "en camino" y no hemos llegado aún a nuestra meta definitiva.

En la Misa es importante que no nos quedemos en la "critica específica" de la forma en que celebramos la Eucaristía, sino que pasemos al encuentro sustancial: de lo profano con lo sagrado, de lo natural con lo sobrenatural, de lo humano con lo divino.

En la Liturgia es importante que tampoco nos quedemos en la dimensión horizontal de la Eucaristía, cayendo en la tentación de orientarnos a nosotros mismos, convirtiéndonos en nuestro propio "Oriente", dándonos culto a nosotros mismos, a nuestros sentimientos, a nuestros deseos, sino sobre todo, fijemos nuestra mirada en la dimensión vertical: el infinito amor de Dios hacia el hombre, probado en la cruz.

En la Eucaristía es importante distinguir entre fondo (contenido, ideas, mensaje) y forma (estructura, estilo, modo de expresión) para priorizar la "esencia" sobre los formalismos; el perfume sobre el "frasco", lo extraordinario de lo ordinario.


viernes, 16 de agosto de 2024

TRAS EL TELÓN, EL SACRISTÁN


El sacristán (laico o religioso, hombre o mujer) es una figura clave en la Iglesia que suele ser confundido con el monaguillo (acólito) y que suele pasar desapercibido, aunque no es invisible. 

Realiza un apostolado de compromiso y dedicación gratuitos, un servicio humilde a Dios y a los hermanos, y tiene diversas y variadas funciones, tanto organizativas como litúrgicas:

Es la persona que se encarga de la sacristía, de la custodia de los objetos sagrados y de las vestiduras, tanto del altar y como del sacerdote.

Asiste al sacerdote en la iglesia, en la preparación de las ceremonias (misas, adoraciones, bautizos, bodas, confirmaciones y funerales), en la decoración de la iglesia, en el mantenimiento del orden dentro de la misma, en el repique de las campanas, en la distribución de los feligreses en el templo y en la organización las colectas.​

Es el primero en llegar y el último en irse de la iglesia. Enciende las velas del altar, revisa los micrófonos y las flores ornamentales, prepara en la credenza el Misal y todo lo que se utilizará en la celebración de la misa (cáliz, patena, vinagrera, especies, corporales, purificadores, manutergios, óleos, inciensos, cruces, etc.). 

Coloca el Leccionario en el ambón y revisa las lecturas del día; pone en el atril la hoja de las peticiones; prepara las vestiduras del sacerdote según el color que corresponde; prepara y limpia los ornamentos litúrgicos; se encarga de preparar los cancioneros o las notas informativas; comprueba los depósitos de agua bendita.
Cuando llega el celebrante, lo ayuda a revestirse. Y durante la celebración, se mantiene atento, por si le toca acolitar, proclamar las lecturas, distribuir la comunión como ministro extraordinariohacer sonar la campana, sostener el libro o el turiferario, ayudar al sacerdote en algo o resolver algún imprevisto, como cambiar la pila al micrófono, traer algo que hace falta, ajustar el equipo de sonido o de iluminación, etc. 
Está tan compenetrado con su párroco, que basta que éste le haga un ligero gesto, una mirada, una pequeña inclinación de cabeza, y capta al instante lo que necesita y se apresura a traérselo como si le leyera el pensamiento. 

Y si en la iglesia hay varios sacerdotes, se adapta a lo que pide cada uno para tener siempre listo lo que puedan solicitarle.

El sacristán sabe dónde está todo, en qué mueble, en qué estante, junto a qué o debajo de qué; conoce cada rincón de la sacristía como la palma de su mano. 

Conoce lo que es un "hisopo" y un "acetre’, distingue entre una "píxide" y una "patena", entre un "corporal", un "purificador" y un "manutergio".
Además de asistir a los sacerdotes, recibe, acoge y acomoda a los feligreses, busca lectores que proclamen y personas que pasen la colecta, y suele contestar las preguntas y dudas de los recién llegados.

Cuando termina la Misa, los feligreses y el sacerdote salen del templo, pero el sacristán se queda, va y viene, atareado, llevando a la sacristía lo utilizado en la celebración. Lo guarda todo, y deja preparado lo que se utilizará al día siguiente. 

Extingue la llama de las velas. Recoge y guarda la colecta. Verifica que no quede nadie en la iglesia y que todo esté en su sitio.

Echa un último vistazo para asegurarse de dejar las cosas en orden. Cierra puertas y ventanas, y apaga las luces.

Y al día siguiente, vuelve a hacer lo mismo.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

LA IGLESIA MÍSTICA DEL SIGLO XXI

"El cristiano del siglo XXI será místico o no será"
(Karl Rahner)

Pasado el confinamiento motivado por la pandemia, la Iglesia se enfrenta a varios grandes desafíos que el Cardenal Robert Sarah, precepto de la Congregación de la Liturgia, expresa en una carta dirigida a todos los obispos del mundo: el retorno a la liturgia frente a la secularización, el acercamiento a Dios frente al distanciamiento social, la intensificación de la oración frente a cualquier tipo de actividad pastoral, la perseverancia en la fe frente a la apostasía silenciosa, la obediencia a Dios frente a la sumisión al hombre.

Sin embargo, el "católico cultural" ha sucumbido a la tentación del miedosometiéndose al pensamiento temeroso del mundo y dejando de asistir a la Eucaristía, a pesar de que Dios nos repite continuamente: "No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortalezco, te auxilio, te sostengo con mi diestra victoriosa" (Isaías 41, 10).

El "católico de costumbres" se ha rendido a la tentación de la desesperación, ante la imposibilidad de obtener bienestar individual o satisfacción emocional propia y ha "colgado su hábito espiritual", a pesar de que el apóstol San Pablo nos dice: "nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios, incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda" (Romanos 5,3-5).

El "católico social" se ha sometido a la tentación de la duda y la incertidumbre, negándose a compartir y vivir la fe en comunidad, a reunirse en la casa de Dios en torno a Cristo, a pesar de que Jesús nos asegura: "Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18,19-20)

Sólo el cristiano místico, esto es, el que ha experimentado un encuentro personal con Jesucristo, ayudado de la Divina Gracia, será capaz de seguir asistiendo a los sacramentos como parte central de su vida, porque para él, la fe es una realidad conscientemente vivida y no meramente practicada.
La Iglesia del siglo XXI se enfrenta a una gran prueba purificadora y definitiva que separará el trigo de la cizaña, en la que muchos renunciarán a la fe mientras que otros la autentificarán: 

El "católico de tradiciones" abandonará una fe de "brocha gorda y rodillo", con la que blanqueaba su "religiosidad de pared", sin sobresaltos ni compromisos, bajo una apariencia de un cumplimiento puritano pero sin finura, sin esmero. 

Y sólo un "pequeño resto" perseverará con fe de "pincel fino y detalle" en su seguimiento a Cristo, mantendrá su autenticidad cristiana y testificará su coherencia evangélica.

La Iglesia del siglo XXI necesitará santos que caminen "cuesta arriba", con la mirada alegre puesta en el cielo, para hacer la voluntad de Dios en medio de las pruebas y las dificultades, en lugar de mediocres deambulando "por el llano", con la mirada fijada en el suelo de temor, haciendo las cosas a medias o dejándolas a medio hacer.

La Iglesia del siglo XXI necesitará místicos que se dejen esculpir y cincelar por el Espíritu Santo, para que el Señor trabaje en el lienzo de sus almas, el color, el detalle y la belleza, en lugar de tibios que se excusen en el tapiz roto, en el tejido tosco o en la trama defectuosa.
La Iglesia del siglo XXI necesitará fieles que "vivan la fe" desde una experiencia y una relación con Cristo, una conversión personal y un compromiso existencial, en lugar de tibios que "practiquen una espiritualidad sincretista", motivada por una herencia cultural, por un legado costumbrista o por un usufructo tradicionalista que escoge lo que le gusta y desecha lo que le incomoda.

La Iglesia del siglo XXI necesitará cristianos que testimonien con su vida el legado de la Cruz y de la Gloria, teniendo a Cristo en el centro de sus vidas, en lugar de individuos que instrumentalizan a Dios para sus propios fines o deseos.

En resumen, la Iglesia del siglo XXI necesitará una minoría abandonada en la Gracia y sustentada en el Evangelio a través de una experiencia mística, una coherencia de vida y un testimonio de fe.

El cristiano místico es quien vive una fe comunitaria y eclesial, recibida por una experiencia de conversión, es decir, por una decisión personal y consciente por Cristo.

domingo, 22 de septiembre de 2019

¿LEEMOS O PROCLAMAMOS?

"Porque todo el que invoque el Nombre del Señor se salvará. 
Pero, ¿cómo invocarán al Señor sin haber creído en Él? 
Y ¿cómo podrán creer, si no han oído hablar de Él? 
Y ¿cómo oirán si no hay nadie que lo proclame? 
Y ¿cómo lo proclamarán si no son enviados? 
¡Qué hermosos son los pies de los que traen buenas noticias! 
(Romanos 10,13-15)

Cada vez que me acerco a la Eucaristía, espero con interés la proclamación de la Palabra de Dios, con la convicción de que quien lo hace, realmente viva lo que está diciendo. Y así, poder guardarla en mi corazón y reflexionar lo que Su Espíritu me suscita.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, cuesta encontrar lectores que proclamen la Palabra de Dios en la Eucaristía. Y, aún más, buenos lectores.

En ocasiones, quienes realizan este servicio a la Iglesia son personas, niños o jóvenes que, aunque con buena intención, desgraciadamente, leen de "carrerilla", con muchas equivocaciones, y quizás, sin comprender lo que están leyendo o sin darle la importancia que tiene.

Proclamar la Palabra de Dios nunca es un "derecho" de nadie, ni tampoco una "obligación" para nadie.  Es un “honor” y un gran privilegio: eCristo quien nos habla. Es Dios quien se dirige a nosotros.

Proclamar la Palabra de Dios no es leer un texto impreso sino dejar que el Espíritu de Dios hable a través nuestro, haciéndolo con sencillez y autenticidad, sin arrogancia ni protagonismo alguno.

Proclamar la Palabra de Dios en misa es un importante servicio a favor de la asamblea litúrgica, que no puede ser ejercido sin la debida formación y correspondiente preparación, por el honor de Dios, el respeto a Su pueblo y la eficacia misma de la liturgia.

Formación 

No todo el mundo puede ni debe leer. Ni todo el mundo tiene la capacidad para proclamar adecuadamente. 

Es necesario adquirir una formación correcta:

-Bíblica
Quien sube al ambón, debe saber lo que va a hacer y qué tipo de texto va a proclamar.
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Debe tener, al menos, un conocimiento mínimo de la Sagrada Escritura.

Debe conocer su estructura, composición, número y nombre de los libros sagrados del Antiguo y Nuevo Testamento, sus autores y sus principales géneros literarios (histórico, poético, profético, sapiencial, etc.). 

Debe entender la Palabra que proclama, para darle el sentido que tiene. Y para ello, es aconsejable, primero haberla leído, entendido y rezado.

-Litúrgica
Quien sube al ambón, debe tener una suficiente formación litúrgica.

Debe saber distinguir los 
ritos, sus partes, sus significados, y su papel ministerial, en el contexto de la liturgia de la palabra.

Debe proclamar las lecturas bíblicas y las intenciones de la oración universal, y otras partes que se le señalen en los distinto
s ritos litúrgicos.

Preparación

Además de formarse, es necesaria una adecuada preparación:

-Espiritual
Quien sube al ambón, debe procurar cuidar la vida
 interior de la Gracia, actuar conforme a los mandamientos de Dios y las leyes de la Iglesia.

Debe proclamar con espíritu de oración y fe, para que la asamblea vea en el lector, un testigo de la Palabra que proclama.

- Técnica
Quien sube al ambón,debe saber cuándo, cómo acceder y cómo permanecer en él.

Lo aconsejable es
que en todas las Misas haya un lector distinto para cada lectura: uno para la primera, otro para la segunda y el salmista. Sube cuando los fieles han respondido “Amén” a la oración colecta que el sacerdote ha recitado, y no antes. 

Si son varios lectores, deben salir todos juntossin carreras ni precipitación, con dignidad; hacer la venia o inclinación profunda al altar al mismo tiempo, y subir y bajar a la vez del ambón.
Debe saber cómo usar el micrófono y el leccionario

Debe saber cómo pronunciar los diversos nombres, términos bíblicos, palabras difíciles, así como el propio estilo de la lectura (poético, narrativo, exhortativo, etc.), para darle la entonación adecuada, según cada caso. 

Debe proclamar los textos despacio y vocalizando, de forma calmada y sin precipitación, de manera clara y con ritmo, con un tono y un volumen que puedan ser escuchado por todos. 

Debe evitar una lectura apagada, monótona o demasiado enfática, conociendo las inflexiones de voz, en cada momento.

Antes de comenzar, debe comprobar que el leccionario está abierto por la lectura del día correcto y para ello, debe habérsela leído antes.

No se lee nunca lo que está en rojo (por ej: I Domingo del Tiempo Ordinario), ni el orden de las lecturas (que también está en rojo: “Primera lectura", “Salmo responsorial", “Segunda lectura") .  Son indicaciones, no para leer las en alta voz.

Se comienza diciendo: “Lectura de…” y se termina  con “Palabra de Dios”, haciendo una pequeña pausa, no leído de forma seguida, como si formase parte del texto, ni como si fuera una pregunta “¿Palabra de Dios?", sino con tono de afirmación-aclamación: “¡Palabra de Dios!". Como es una aclamación, y no una información, no se dice: “Es Palabra de Dios", ni nada similar. 

El Salmo es un poema cantado, una plegaria con música y habitualmente debe ser cantado, o al menos, el estribillo o respuesta. Lo excepcional debería ser que se leyese. 


Si hay que leerlo, se iniciará directamente con la respuesta que todos van a repetir, dando tiempo a que los demás puedan responder después de cada estrofa. Ayudará mucho que el lector repita cada vez la respuesta para facilitar los fieles que la recuerden mejor.

El Aleluya se canta, no se lee. Si no se canta, es mejor omitirlo porque es absurdo convertir una aclamación musical en algo fugaz leído en voz alta.

miércoles, 21 de febrero de 2018

ME PREOCUPAN...

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"Todo el mal depende de los sacerdotes, 
no por acción sino por omisión, 
pues si fuesen santos y llenos de celo por sus ovejas, 
la tierra entera sería ya católica y viviría como tal. 
Dichosos aquellos que tienen pastores santos, 
no contaminados de los errores modernistas, 
fieles a la doctrina tradicional de la Iglesia Católica, 
inflamados de un celo por la honra de Jesucristo 
y por la salvación de las almas.
(Papa San Pío X)

No es un secreto que desde hace varias décadas, la Iglesia ha entrado en una espiral negativa de cierta decadencia. No sólo por el hecho de la falta de asistencia de fieles a los sacramentos de iniciación, de caída libre de las vocaciones sacerdotales, etc. sino también por descuido de las "formas" de comportamiento adecuadas en la Eucaristía. 

La tibieza, la mediocridad, la apostasía y el relativismo que impregnan nuestra sociedad occidental han calado en muchas de nuestras parroquias católicas. 

El mal entendido espíritu post-conciliar de querer adaptarse al mundo, de innovar, de "desformalizar" la fe ha sumergido a muchas parroquias en la celebración de "Eucaristías descafeinadas", de "misas light".      

El Papa Juan Pablo II en su última Encíclica Ecclesia de Eucharistia decía: "Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al 'formalismo' ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las 'formas' adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes."

Creo que debemos adentrarnos en un análisis cuidadoso de las formas en la liturgia que, señala directamente a nuestros sacerdotes. En otras palabras, me preocupa el descuidado papel que desempeñan los sacerdotes de Cristo durante la Eucaristía.

Con esto, no quiero señalar, ni juzgar, ni mucho menos, cargar todas las culpas sobre las espaldas los sacerdotes. Líbreme Dios de juzgar para no ser juzgado. Tampoco trato de justificar ni alentar el odio enfermizo de algunos hacia la Iglesia. 

Más bien, mi deseo es plantear para la reflexión algunas de esas actitudes y formas impropias que he observado en algunas parroquias, y todo ello, por supuesto, desde la humilde convicción de no ser un experto ni un teólogo, ni de pretender serlo.

Me preocupan los sacerdotes que están más interesados por las actividades y los programas parroquiales que por hacer discípulos. No creo que una parroquia sea mejor porque tenga muchas actividades. Es más, muchos de esos proyectos pueden incluso obstaculizar la verdadera misión de la Iglesia de Cristo: evangelizar y hacer discípulos.

Me preocupan los sacerdotes que tratan de "captar" a las personas con homilías "rimbombantes", "políticamente correctas", testimoniales, sociales, llenas de anécdotas o de auto-ayuda, en lugar de enseñarles lo que Dios quiere decirles
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Me preocupan los sacerdotes que son más gerentes administrativos o incluso, funcionarios de la fe, que personas de oración y contemplación. Un sacerdote nunca es llamado por Dios para ser un gran comunicador de masas, un "rockstar" o un líder empresarial sino para cuidar, pastorear y apacentar Su rebaño (1 Pedro 5, 1-4; Hechos 20,28).

Me preocupan los sacerdotes que tienen como meta el crecimiento cuantitativo de la parroquia en lugar de tener como principal objetivo la Gloria de Dios. Jesucristo nos conmina a ir, anunciar el Evangelio y hacer discípulos, pero el fin principal del hombre es glorificar a Dios, tal y como San Ignacio definió sabiamente en su Principio y Fundamento. 

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Me preocupan los sacerdotes que utilizan los púlpitos para ensalzarse y vanagloriarse en lugar de servir a Dios y a su pueblo, tal y como hizo Jesucristo. (Mateo 20, 26-28; Marcos 10, 43-45).

Me preocupan los sacerdotes que construyen una estructura de servicio a través de las personas en lugar de edificar personas a través de su servicio. Se trata de una peligrosa tentación que, a menudo, subyace en muchos de los abusos de algunos curas.

Me preocupan los sacerdotes que cultivan una cultura de dependencia y sumisión a ellos mismos en lugar de sometida a la acción del Espíritu Santo. Por supuesto, no niego la importancia y necesidad de su dirección espiritual pero el cura no es el salvador del pueblo. Sólo Cristo. Dependemos de Jesús sacramentado como nuestro Salvador, de la Santa Iglesia como nuestra Madre santificadora, del Evangelio como expresión de la voluntad de Dios, de la oración como nuestro sustento cotidiano y del Espíritu como nuestro guía y apoyo.

Me preocupan los sacerdotes que hablan de "sus cosas", dando rienda suelta a la "tentación del micrófono", en lugar hablar de las "cosas de Dios". El Evangelio necesita ser leído, explicado y entendid
o como la palabra de Dios que actúa en nuestras vidas y nos revela a nuestro Señor. 

Me preocupan los sacerdotes que están más pendientes de dar todo lo que se les pide en lugar de corregir fraternalmente. No son muy distintos a los padres que les dan a sus hijos todos los caprichos que desean para evitar que se enfaden o para hacer que les correspondan con amor. La fe católica no es una mezcla heterogénea donde las personas eligen lo que les gusta o no, lo que les apetece o no. Es un camino de misión que vivimos en comunidad fraterna para la gloria de Dios, la bendición de su pueblo y el avance de su reino.


Me preocupan los sacerdotes que han perdido el sentido de guardar el silencio debido y se han imbuido en la cultura de la prisa al celebrar. 



Me preocupan los sacerdotes que niegan la comunión a un feligrés que se arrodilla para recibir a Cristo porque "eso no se lleva en su parroquia", en lugar de discernir esa reverente actitud como un gran acto de humildad ante la majestuosidad de Su presencia.



Me preocupan los sacerdotes que desposeen a la Eucaristía de su identidad esencial y sacra, en lugar de celebrar una liturgia solemne y esmerada en los gestos y en el cuidado al hacer las cosas, según lo establecido por la Iglesia. Si la Misa no arranca desde Dios, camina hacia Dios y culmina en Dios, no tiene sentido.

Me preocupan los sacerdotes que manifiestan una deficiente comprensión de la dignidad que se ha de dar a la Palabra de Dios dejando a quienes, incluso con buena intención, carecen de las cualidades propias para ello: lectores poco preparados, que no se les entiende, que pronuncian mal, que comienzan diciendo: “Primera lectura”, o, “Salmo responsorial”, o, “segunda lectura”

Me preocupan los sacerdotes que piden a los ministros extraordinarios que administren la comunión, no habiendo real necesidad para ello

Me preocupan los sacerdotes que no observan unos minutos de sagrado silencio después de la comunión, que dedican excesivo tiempo a la homilía y, luego, le entren las prisas por acabar, y apenas dispongamos de un tiempo para dar gracias a Jesús que está en nosotros.

Me preocupan los sacerdotes que permiten que los fieles no se arrodillen durante la consagración. Esta actitud muestra la ignorancia de lo que está sucediendo en el altar, y el desconocimiento de la forma correcta de comportarse ante Dios. Es un signo de falta de fe al no sentirse profundamente conmovidos en el instante en el que el Señor desciende y transforma el pan y el vino, de tal manera que se convierten en su Cuerpo y en su Sangre. (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, Madrid 2001, p. 237.).

En fin, son muchos los temas y puntos en los que sacerdotes y fieles debemos poner un mayor esmero y cuidado en la celebración de la Eucaristía, con la humildad de sabernos servidores y no dueños de ella, de modo que procuremos conocer y dar a conocer, cuanto debemos observar en las celebraciones litúrgicas. Y si se ha de corregir, se corrija.

Los sacerdotes que celebran fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecua a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia. 

Los que no lo hacen, me preocupan...y mucho. Porque se confunden y nos confunden.

Por eso, debemos rezar mucho por ellos.

viernes, 10 de noviembre de 2017

LA FUERZA DEL SILENCIO VS. LA DICTADURA DEL RUIDO

"La verdadera revolución viene del silencio, 
donde se forja nuestro ser personal, 
nuestra propia identidad 
nos conduce hacia Dios y los demás, 
para colocarnos humildemente a su servicio. "

Tras el éxito de "Dios o nada" (Palabra, 2015), el Cardenal Robert Sarah publica un nuevo libro de notable altura espiritual, que nos hace entrar en el corazón del misterio de Dios: el silencio, necesario para todo encuentro con el Señor, en la vida interior y en la liturgia. Encuentro con un hombre habitado por Dios.

El Cardenal Sarah nos recuerda que el ruido es un dictador que nos impide ser libres. El ruido genera desconcierto, desasosiego y preocupación en el hombre, mientras que el silencio forja nuestra verdadera identidad personal, nuestra unión con nuestro Creador.

En el silencio escuchamos los latidos del corazón, y somos conscientes de que la sangre se mueve por todo nuestro cuerpo. 

De la misma forma, en el silencio escuchamos a Dios, que nos susurra, que habita en nuestro corazón, en la profundidad de nuestra alma, y se manifiesta allí. De esta forma, le acogemos y le integramos en nuestra vida y nos elevamos hacia Él.

En el silencio ocurren los grandes acontecimientos, cuando nuestro corazón, tocado por el amor de Dios, interpela a nuestro espíritu para ponernos en acción y dar fruto. 

Su voz es silenciosa, calmada y profunda. Dios no habita en el ruido ni en el tumulto, sino en la paz, en la tranquilidad y en el sosiego. Jesús con frecuencia, se apartaba del ruido para ir a orar, a escuchar a su Padre.
Según el Cardenal Sarah, el silencio no es ausencia de palabra sino manifestación de una presencia. Toda la creación es una manifestación silenciosa de Dios: los árboles, las montañas, la vida... manifiestan el poder divino. Sólo en el silencio podemos ser capaces de admirar todo eso.

El silencio no es un concepto, sino un estado que habla de Dios y un camino que permite al hombre ir a Dios. La verdadera revolución viene del silencio que nos conduce a Dios y hacia los otros para ponernos humildemente a su servicio.

El mundo, con su escandalosa rutina, con su ruidoso activismo, es el que nos aparta de Nuestro Señor, el que nos saca y aleja de la auténtica morada de Dios: nuestro corazón, templo sagrado donde aguarda a sus hijos.


Dios está silenciosamente presente en nuestra vida. Es en el recogimiento donde Él actúa y transforma nuestra alma, nuestro ser, nuestra existencia.

La dictadura del ruido

Sin embargo, todos somos víctimas de la superficialidad, del egoísmo y del espíritu mundano que propaga la sociedad mediatizada. Estamos sometidos a la dictadura del ruido. Nos perdemos en luchas de influencia, en conflictos entre personas, en un activismo narcisista y vano. Nos hinchamos de orgullo, de pretensión, prisioneros de una voluntad de poder. 

Sí, hace falta valor para liberarse de todo lo que ensordece nuestra vida, a la que tanto le gustan las apariencias, las máscaras y la superficialidad de las cosas. 

Empujado hacia lo exterior, por su necesidad de contarlo todo, el hablador se aleja de Dios, incapaz de toda actividad espiritual profunda.

La fuerza del silencio

Por el contrario, el silencioso es un hombre libre. Las cadenas del mundo no le esclavizan. Ninguna dictadura puede nada contra el hombre silencioso. A un hombre no se le puede robar su silencio.

Nuestra aspiración como cristianos es encontrar al Padre eterno para ser lo que Él quiere que seamos. 

Pero no lo hallaremos en los asuntos temporales, ni en el activismo  ni en los afanes del mundo sino en la vida interior, en la oración y en la meditación del Plan divino para cada uno de nosotros.

La vida interior debe preceder a la vida activa. De esa forma entenderemos lo que Dios desea que seamos y que hagamos.

La caridad, el amor que Dios nos pide nace del silencio que escucha, conoce, comprende y acoge a nuestro prójimo.

El ruido mundano nos anestesia, nos narcotiza ante las necesidades de los demás. Nos despista, nos pierde y nos desvía de lo verdaderamente valioso, de lo importante: el amor. El ruido nos esclaviza y se convierte en una droga sin la cual nos vemos incapaces de "vivir", de "ser", de "hacer".

El silencio en la liturgia

El silencio sagrado de la liturgia es el lugar donde podemos encontrar a Dios, porque nosotros vamos hacia Él con la actitud del hombre que tiembla y se asombra ante Dios. Ante la majestad de Dios, nuestras palabras se pierden.

Rechazar este silencio impregnado de temerosa confianza y de adoración, significa impedir a Dios la libertad de comunicarnos su amor y, por tanto, de manifestarnos su presencia. 

Debemos aprender lo que significa el temor filial de Dios, el carácter sagrado de nuestra relación con Él. Debemos aprender de nuevo a temblar de estupor ante la santidad de Dios y ser conscientes de la gracia extraordinaria de su presencia. 

A través de la adoración es como la humanidad camina hacia el amor, hacia Dios. El silencio sagrado da paso al silencio místico, donde se transparenta la intimidad del amor entre Dios y el ser humano. 

Bajo el yugo de la diosa razón "piensa, luego existes", bajo la poderosa influencia del dios relativismo del "todo vale", hemos olvidado que lo sagrado y el culto son las únicas puertas de entrada a la vida espiritual.

Tratar de explicar a Dios con la lógica, tratar de hallarle en la corriente general del mundo, hemos impedido su acción en nuestra alma. 

El silencio sagrado es una necesidad esencial, inevitable, de toda celebración litúrgica, porque el silencio nos permite entrar en contacto con el misterio que se celebra. 

El Concilio Vaticano II subraya que el silencio es un medio privilegiado para favorecer la participación del pueblo de Dios en la liturgia. La solicitud pastoral de los padres conciliares vino a manifestar y a explicar lo que es verdaderamente la participación litúrgica, es decir, el acceso al misterio de Dios:
Bajo el pretexto de aproximarse más fácilmente a Dios, algunos han querido que en la liturgia todo sea inmediatamente inteligible, racional, horizontal, fraternal y humano. Actuando así se corre el peligro de reducir el misterio sagrado sólo a buenos sentimientos.
Así, bajo el pretexto de pedagogía, algunos sacerdotes se permiten interminables comentarios (que no homilías) insignificantes y puramente horizontales. Tienen miedo de que el silencio ante el Altísimo dañe a los fieles. Creen que el Espíritu Santo es incapaz de abrir los corazones a los misterios divinos mediante la infusión de la luz, la gracia santificante. 

En la liturgia, el silencio sagrado es un bien precioso para los fieles y los sacerdotes no deben privarlos de este tesoro. Nada debería empañar la atmósfera silenciosa que debe impregnar nuestras celebraciones. 

Sin embargo, no basta con decretar momentos de silencio, el silencio sagrado es una actitud del alma. No se trata de una pausa entre dos ritos, sino que el silencio mismo es un rito que constituye la inmersión en el misterio de Dios.

En la liturgia, por tanto, el lenguaje de los misterios que se celebran es silencioso. El silencio no oculta, sino que revela profundamente. 

Prisioneros de numerosos discursos humanos ruidosos, interminables, tendemos a elaborar un culto a nuestro gusto, dirigido a un Dios hecho a nuestra imagen
A menudo las celebraciones son ruidosas, aburridas y agotadoras. Podemos decir que la liturgia está enferma y el síntoma más llamativo de esta enfermedad es la omnipresencia del micrófono.
El micrófono es tan indispensable que uno se pregunta: ¿Cómo ha sido posible celebrar los santos misterios antes de su invención? El ruido que viene de fuera y nuestros propios tumultuosos interiores nos hace extraños a nosotros mismos. 

El hombre que está permanentemente en el ruido no puede más que hundirse cada vez más en la banalidad. Lo que dice es superficial, hueco, y habla sin parar hasta que encuentra algo que decir. Sus palabras son una especie de mezcolanza o galimatías irresponsable, entre bromas de más o menos buen gusto y palabras insulsas, incluso negativas, que provocan desorden, confusión, incluso hostilidad y rencor en quien las escucha. 

Con frecuencia, salimos de esas liturgias superficiales y ruidosas sin haber encontrado a Dios y sin haber buscado la paz interior que el Señor nos quiere ofrecer. 

Por eso, el silencio litúrgico es una disposición esencial que necesitamos respetar. Es una conversión del corazón. Convertirse, etimológicamente, es 'volverse hacia Dios'. No hay silencio verdadero en el marco de la liturgia si no estamos de todo corazón vueltos hacia el Señor. Es necesario convertirnos, volvernos hacia el Señor para mirarlo, contemplar su rostro y caer a sus pies para adorarlo. 

Romano Guardini en su obra 'Le Dieu vivant' dice: "Las grandes cosas se realizan en el silencio, no en el ruido y la puesta en escena de acontecimientos exteriores, sino en el brillo de una mirada interior, en el movimiento discreto de la decisión, en los sacrificios y en las victorias oculta, cuando el amor toca el corazón, cuando la acción solicita el espíritu libre. Los poderes silenciosos son los poderes verdaderamente fuertes. Nosotros queremos prestar nuestra atención al acontecimiento más oculto, el más silencioso, donde las fuentes secretas se pierden en Dios, inaccesibles a las miradas humanas".