¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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domingo, 26 de julio de 2026

SIGNOS BÍBLICOS PENITENCIALES

 
"Convertíos a mí de todo corazón, 
con ayunos, llantos y lamentos; 
rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, 
y convertíos al Señor vuestro Dios, 
un Dios compasivo y misericordioso, 
lento a la cólera y rico en amor, 
que se arrepiente del castigo" 
(Jl 2,12-13)

La Sagrada Escritura muestra numerosos signos penitenciales como expresiones públicas de conversión y humillación ante Dios: rasgarse las vestiduras, ayunar, vestirse de sayal, raparse o cubrirse la cabeza de ceniza. Sin embargo, hace una distinción radical entre realizar estos rituales externos y experimentar una verdadera transformación interior, entre la hipocresía de aparentar contricción y tener un arrepentimiento real.

La Palabra de Dios subraya constantemente que cualquier signo externo pierde su valor si se convierte en un ritual vacío. Para que sea grato a Dios, debe estar respaldado por la penitencia interior, que incluye el deseo firme de cambiar de vida, reparar el daño causado y practicar la justicia y la misericordia con el prójimo. 

Rasgarse las vestiduras o ayunar mostraban un estado de profundo arrepentimiento, de humildad extrema, luto y penitencia pública ante Dios; una manifestación externa de un dolor interior devastador y desesperación, de una urgente súplica por la misericordia divina o también la máxima expresión de quebranto y deshonra.

Vestirse de sayal (o cilicio), del hebreo "saq" y del griego "sakkos" (saco), consistía e utilizar una vestidura tosca, áspera y sumamente incómoda, confeccionada habitualmente con pelo negro de cabra o de camello. Al raspar la piel de forma constante, su uso representaba el rechazo a la comodidad física, la mortificación del cuerpo y el reconocimiento de haber fallado.

Raparse o cubrirse la cabeza con ceniza o sentarse en el suelo sobre cenizas demostraba una humillación y fragilidad humana total y la aceptación de que el ser humano es polvo y al polvo volverá, frente a la trascendencia de Dios.
   
El sayal y la ceniza forman el rito penitencial por excelencia y son el origen del Miércoles de Ceniza, con el comienza la Cuaresma, tiempo litúrgico delimitado y simbólico donde la Iglesia invita a "vestirse de sayal interior": ayuno del egoísmo, mortificación del orgullo y dolor de haber ofendido a Dios.

Todos estos rituales expresan duelo o desolación por la pérdida de un hijo o de un ser querido:
"Jacob rasgó sus vestiduras, se ciñó a los lomos un sayo e hizo luto por su hijo muchos días" (Gn 37,34)
"Vístete de saco, acuéstate en ceniza; haz duelo como por un hijo único, un llanto amargo, pues llegará de improviso nuestro devastador" (Jr 6,26) 
"Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra" (Job 1,20)
"Transformaré vuestras fiestas en duelo, y todas vuestras canciones en elegía. Pondré arpillera sobre toda espalda y dejaré rapada toda cabeza. Será como el duelo por un hijo único, y el final como un día de amargura" (Am 8,10)
Manifiestan arrepentimiento, humillación y petición de perdón o intercesión divina ante un juicio, una catástrofe nacional o una amenaza de destrucción:
"Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor. La noticia llegó a oídos del rey de Nínive, que se levantó de su trono, se despojó del manto real, se cubrió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo" (Jon 3,5-6)
"Ajab, al oír estas palabras, rasgó sus vestiduras, se echó un sayal sobre el cuerpo y ayunó. Con el sayal puesto se acostaba y andaba pesadamente" (1 R 21,27)
"Los hijos de Israel y todo el pueblo subieron a Betel. Allí lloraron sentados ante el Señor. Aquel día ayunaron hasta el atardecer, y ofrecieron holocaustos y víctimas pacíficas ante el Señor" (Jue 20,26)

"Cuando el rey Ezequías lo escuchó, rasgó sus vestiduras, se cubrió de sayal y fue al templo del Señor" (2 R 19,1)
"El día veinticuatro de aquel mismo mes se reunieron los hijos de Israel para hacer ayuno, vestidos de saco y cubiertos de polvo" (Nh 9,1)
"Se sientan silenciosos en el suelo los ancianos de la hija de Sión; cubren de polvo su cabeza y se ciñen con saco; humillan hasta el suelo su cabeza las doncellas de Jerusalén" (Lam 2,10)

"Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí. Cuando me visto de saco, se ríen de mí" (Sal 69,11-12)
"Cuando Mardoqueo tuvo noticia de lo que pasaba, rasgó sus vestiduras, se vistió de saco, se cubrió de ceniza y recorrió la ciudad gimiendo amargamente" (Est 4,1)
"A la hora de la ofrenda de la tarde salí de mi abatimiento y, con mi vestidura y el manto rasgados, me arrodillé, extendí las palmas de mis manos hacia el Señor, mi Dios, y exclamé: Dios mío, estoy avergonzado y confundido; no me atrevo a levantar mi rostro hacia ti, porque nos hemos hecho culpables de numerosas faltas y nuestros delitos llegan hasta el cielo" (Esd 9,5-6)
"Vestíos de sayal, en actitud de duelo, y gemid: ¡Ay, no se aparta de nosotros la cólera ardiente del Señor!"  (Jr 4,8)
"Después me dirigí al Señor Dios, implorándole con oraciones y súplicas, con ayuno, saco y ceniza" (Dn 9,3)
"Se ciñen de sayal, el terror los domina, los rostros consternados, las cabezas rapadas" (Ez 7,18)

Muestran reproche y denuncia por la dureza de corazón y la apatía espiritual:

"En lugar de perfume habrá olor de podredumbre, en lugar de cinturón, cuerda, en lugar de rizos, calvicie, en lugar de amplio manto, un saco estrecho, y en lugar de belleza, una marca de fuego" (Is 3,24)
"¿Es tal el ayuno que yo escogí...? ¿que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis a esto ayuno...? ¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar libres a los quebrantados...?" (Is 58,5-6)
"¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza" (Mt 11,21; Lc 10,13)
"Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan..." (Mt 6,16)
Señalan una llamada a la conversión en un tiempo de profunda decadencia espiritual antes del juicio final sobre la Tierra:
"Haré que mis dos testigos profeticen durante mil doscientos sesenta días, vestidos de sayal" (Ap 11,3)

jueves, 30 de octubre de 2025

BARUC: CONFESIÓN DE LOS PECADOS

Baruc es un libro profético deuterocanónico del Antiguo Testamento (Concilio de Laodicea-364; Concilio de Florencia-1442; Concilio de Trento-1546), aunque considerado apócrifo para los protestantes, que guarda una estrecha relación con los libros de Jeremías y Lamentaciones.

Al principio, el libro existió como tres partes separadas e independientes que más tarde, en tiempos de los Macabeos (s. I-II a.C.) fueron reunidas en un solo libro, añadiéndose el prólogo y la parte final. 

El manuscrito más antiguo que se conserva contiene dos poemas que pertenecen a Bar 3, 9-5,9, datado en torno al siglo III a. C.

Autor
Atribuido a Baruc ben Neriah, secretario, amanuense portavoz y compañero de Jeremías. Escrito en Babilonia en el 5º aniversario de la destrucción de Jerusalén (581/582 a.C.), el propio Baruc lee "este documento" ante los israelitas cautivos y, a continuación, lo envía junto con los fondos recaudados para que sea leído en Jerusalén (1,1-7).

Baruc es el fiel secretario de Jeremías (Jr 32) que escribe al dictado del profeta; es su portavoz y después lee los oráculos públicamente (Jr 36); es su compañero de viaje y le acompaña a Egipto (Jr 43) y quien recibe un oráculo personal para él (Jr 45). 

No sabemos si fue desterrado a Babilonia o si permaneció en Egipto hasta la muerte de Jeremías y después se marchó a Babilonia. Lo que sí sabemos es que con la destrucción del templo comienza para los apocalípticos la "era de la cólera divina". 

Babilonia es un castigo ejemplar para Israel, y a partir del destierro se desarrolla el género literario de las "confesiones de pecados", al estilo de Esd 7 y Neh 9, imitadas por Baruc y por Daniel 3 y 9. Asimismo, la vuelta del exilio es un paradigma de esperanza en Baruc y en Isaías 56-66.

Por el contrario, algunos biblistas ven claros paralelismos temáticos y lingüísticos con obras posteriores, en concreto, con el libro de Daniel y el de Eclesiástico (Sirácida), y afirman que pudiera haber sido escrito por otro autor durante el período de los Macabeos, dado que fue un contexto histórico equivalente al que relata el libro de Baruc, con la restauración del culto en el Templo de Jerusalén, tras su profanación por Antíoco IV Epífanes (200-100 a.C.).
Contenido
Vínculo entre la literatura profética y la sapiencial, al retomar temas fundamentales de ambas:
  • de la profética: la omnipotencia, unicidad y eternidad de Dios, la falsedad de los ídolos, el reconocimiento de los pecados del pueblo elegido y la esperanza en la redención, expresada en la restauración de Jerusalén y el retorno de los exiliados.
  • de la sapiencial: la doctrina sobre la Sabiduría personificada y presentada con rasgos divinos, aunque menos desarrollada que en el Libro de la Sabiduría. 
El texto avanza desde la lamentación por los pecados y sus consecuencias hasta la alegría por la salvación prometida, siguiendo así el esquema característico de la literatura profética.[

Estructura
Conservado en griego, es una traducción de una lengua semítica que contiene dos obras, ambas dirigidas a los desterrados en Babilonia: 

-el libro de Baruc (1-5) propiamente dicho, que contiene cuatro partes, las dos primeras en prosa y las dos segundas en verso:
  • Prólogo histórico (1,1-14). Escrito en Babilonia, cinco años después de la destrucción del templo de Jerusalén y leído ante todos los desterrados que lloran, ayunan, rezan al Señor y recogen una colecta para Jerusalén. Existen dos comunidades judías:
    • en Babilonia. Autoridades civiles: el rey Jeconías, las autoridades y todo el pueblo,
    • en Jerusalén. Autoridades religiosas: el sumo sacerdotes y el resto de los sacerdotes
  • Oración penitencial (1,15-3,8). Luto en el aniversario de la ruina de la ciudad santa: 5 de agosto de 581 a.C., en el que se relata la confesión de los pecados y el arrepentimiento del pueblo cautivo que suplica la misericordia divina, evocando Sal 50 y 51
  • Exhortación sapiencial (3,9-4,4). Himno dedicado a la sabiduría, basado en Job 28 y expresado como el camino de la enmienda y evoca la purificación de las culpas de Ez 36 a través de la conversión o transformación del corazón de Jl 1-2
  • Oráculo de restauración (4,5-5,9). Homilía profética/escatológica: exhortación a mantenerse firmes y seguir esperando la prometida intervención salvífica de Dios, a dejar el luto y vestirse de alegría
-la carta de Jeremías (6). Inspirada en las cartas de Jeremías dirigidas a los desterrados en Babilonia (Jr 29) y en el deutero-Isaías, un autor desconocido compuso esta sátira o crítica burlesca contra la idolatría y los cultos paganos, con advertencias dirigidas al pueblo poco culto. Con un tono similar a Dn 14 y aludida en 2 Mac 2,2, probablemente fue escrita durante la dominación helenística (s. II a.C.)
Uso litúrgico
Baruc 3,9-38 se utiliza el Sábado Santo durante la Pasión en el leccionario tradicional de lecturas de las Escrituras en la Misa. Una selección similar se utiliza durante la liturgia revisada para la Vigilia Pascual.

Baruc 1,14 – 2,5; 3,1–8 se utiliza para el viernes de la 29.ª semana del tiempo ordinario. El tema es "la oración y la confesión de los pecados de un pueblo penitente".

Baruc 3,9-15, 24-4,4 se utiliza el sábado de la misma semana 29.ª. El tema es que "la salvación de Israel se basa en la sabiduría".

​Baruc 5,1-9 se utiliza el 2º domingo de Adviento del Año C del ciclo lectivo trienal.

sábado, 3 de agosto de 2024

MEDITANDO EN CHANCLAS (3): PREPARAR EL CAMINO


En aquel tiempo, oyó el tetrarca Herodes 
lo que se contaba de Jesús y dijo a sus cortesanos:
«Ese es Juan el Bautista, 
que ha resucitado de entre los muertos, 
y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». 
Es que Herodes había mandado prender a Juan 
y lo había metido en la cárcel encadenado, 
por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; 
porque Juan le decía que no le era lícito vivir con ella. 
Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, 
que lo tenía por profeta.
El día del cumpleaños de Herodes, 
la hija de Herodías danzó delante de todos 
y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera.
Ella, instigada por su madre, le dijo:
«Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, 
ordenó que se la dieran, 
y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
Trajeron la cabeza en una bandeja, 
se la entregaron a la joven 
y ella se la llevó a su madre.
Sus discípulos recogieron el cadáver, 
lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.
(Mt 14, 1-12)

Si ayer escuchábamos en el evangelio cómo los paisanos de Jesús se escandalizaban de Él y lo despreciaban por interpelar su vida, hoy Mateo nos muestra, de forma más sobria que Marcos, un significativo profeta y mártir que prefigura a Cristo: San Juan Bautista. 

El primo de Jesús es enviado al pueblo de Israel para preparar el camino del Mesías, para llamar al arrepentimiento y a la conversión. También para denunciar la conducta inmoral y adúltera de Herodes y Herodías, motivo por el que fue decapitado. 

La maldad de Herodías contra el Bautista evoca el gran odio de Jezabel contra el profeta Elías (1 Re 18,2ss) y da cumplimiento a la profecía que anunció que Elías tendría que venir antes del Mesías (Mal 4,5-6), identificado como Juan el Bautista (Mt 17,11-13).

Frente a la valentía del Bautista, la cobardía de Herodes... quien, aunque sabía que Juan era “un hombre justo y santo” (Mc 6,20), optó por dejarse llevar por el pecado, complaciendo los deseos criminales de una madre y una hija sin escrúpulos. 

En esto también anticipa lo que le pasará a Jesús, de quien Pilatos no encontrará culpa pero también se dejará llevar por el odio de los dirigentes y del pueblo judíos, manteniéndose al margen.

San Juan Bautista, el más grande entre los grandes de los nacidos de mujer (Lc 1,15; 7,28), el único santo del que los católicos celebramos tanto su nacimiento como su muerte, fue anunciado por los profetas (Is 40,3; Mal 3,1; 4,5) y por un ángel (Lc 1,11), nació de padres santos y justos, aunque de edad avanzada y estériles (Lc 1,18), preparó en el desierto el camino del Redentor, convirtió los corazones de los hijos de Israel (Lc 1,17), bautizó al Hijo, escuchó al Padre y vió al Espíritu (Lc 3, 22), combatió por la verdad hasta dar la vida y fue mártir de Cristo incluso antes de su Pasión (Lc 9,7-9).

Mateo emplea en este relato (y no es casualidad) los mismos verbos que utiliza en los de la Pasión de Cristo: arrestado, encadenado y condenado a muerte.  

Y describe al final algo de forma muy intencionada y que Marcos omite: los discípulos del Bautista, después de enterrarlo, tienen que ir a Jesús a contarle lo ocurrido porque aunque Juan era su maestro y a quien seguían, él dio testimonio de Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, de quien dijo que era superior a él. 

Es la señal para el comienzo de su predicación pública y para recorrer el mismo camino de martirio, esta vez llevado a plenitud.
Esta gran figura y, por supuesto, la de Cristo, nos invitan a discernir si nosotros, también enviados por Dios, seremos tan valientes como para complicar y arriesgar nuestra vida denunciando la maldad del mundo en la certeza de que Dios está con nosotros o, por el contrario, nos vencerá la cobardía y la comodidad de ser "políticamente correctos" y dejarnos llevar por el "espíritu de este mundo".

¿Seremos capaces de preparar el camino de otros hacia el Señor y anunciarle con nuestro testimonio de vida? ¿Seremos capaces de menguar para que Él crezca en nuestro corazón y en el de otros? 

¿Seremos capaces de amonestar, que no juzgar, a quien obra de forma incorrecta? ¿Seremos capaces de aceptar el odio del mundo por nuestro amor a Dios? ¿Seremos capaces de contrarrestar vicio con virtud? ¿Seremos capaces de aceptar el martirio, si llegara? 

JHR

domingo, 21 de enero de 2018

¿CORRIJO O CONDENO?

"Sed misericordiosos, 
como vuestro Padre es misericordioso. 
No juzguéis y no seréis juzgados; 
no condenéis y no seréis condenados. 
Perdonad y seréis perdonados." 
(Lucas 6, 36-37)

"No me juzgues" es una de las frases de la Biblia más utilizadas hoy, especialmente entre los no cristianos, porque encaja con dos supuestos que la ideología relativista quiere imponernos: (1) la religión debe vivirse en el ámbito privado, y (2) la moral es relativa. La gente, cuando dice "no me juzgues", en realidad, está queriendo decir: "No eres nadie para decirme que estoy equivocado". 

Sin embargo, Jesús, quien pronunció esas palabras, continuamente hacía juicios públicos, muchos de ellos, bastante duros. En Juan 7, 7, les dijo a sus discípulos que el mundo le odia "porque testifico de él que sus obras son malas". Con estas palabras, Dios no quiere decir que debemos estar de brazos cruzados y permitir que cada uno vaya a lo suyo o que pensemos ¿Quien soy yo para juzgar? Más bien, se refiere a que debemos corregir pero no condenar.

Cuando ponemos a la luz de Dios desde la caridad fraterna una actitud, una opinión, un hecho, etc..., no estamos juzgando sino corrigiendo. Corregir es una de nuestras principales tareas como cristianos, o lo que es lo mismo, buscar la santidad de nuestro prójimo. Cuando condenamos a la persona, estamos juzgando. Cuando la corregimos, buscamos su santidad.

San Agustín de Hipona decía que "Dios odia el pecado, pero ama al pecador". Si Dios odiara a los pecadores, ¿por qué encarnarse para salvarlos? Jesús denunció las obras malas, pero no condenó a la gente. Juan 3,17 dice que Dios no envió a Jesús para condenar al mundo, sino para salvarlo. 

Debemos conocer la diferencia entre corregir y condenar. Corregir es decir: "porque te quiero, eso que haces, está mal"Condenar significa decir: "te odio por lo que haces mal"Es lo que hacemos después de decirle a alguien la verdad, lo que determina si los estamos condenando (juzgando) o no. 

¿Cómo diferenciar la corrección de la condena? Algunas ideas podrían ser las siguientes:

Veo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio

En ocasiones, estamos más enfadados con la otra persona por lo que ha hecho, que no somos capaces de pensar que nosotros mismos hacemos muchas cosas mal. Solemos mirar con lupa las malas obras de otros y escondemos las nuestras.

Podemos (y debemos) corregir fraternalmente a otros desde el cariño, pero sobre todo, desde la plena consciencia de que nosotros también obramos mal y pecamos.

No perdono (o si perdono, no olvido)

"Negarse a perdonar" es ignorar por completo lo mucho que Dios nos ha perdonado, es negarse también a ser perdonado.

"Perdonar pero no olvidar" es como "distinguir sin diferenciar", es como decir "voy a recordar eso que hizo y usarlo como justificación para condenarlo en cualquier otro momento"

"Perdonar pero no olvidar" no es perdonar en absoluto. El perdón significa absorber la deuda y, a cambio, ofrecer amor y bondad.

Excluyo a mis "enemigos" 

Esta es la esencia del "juzgar": cuando estamos en desacuerdo con alguien, le condenamos y le castigamos, excluyéndole. En esencia, pensamos: "No podemos ser amigos si no estamos de acuerdo en este tema". La condena es clara: "Es mi enemigo y no quiero estar con él".
Sin embargo, como cristianos debemos amar por encima de todo, incluso de nuestra postura u opinión. Eso no significa que tengamos que comprometerla o dejar de expresarla sino mantenernos comprometidos en amar a aquellos con quienes no estamos de acuerdo. Significa que, como Cristo, un cristiano no tienen enemigos.

El mejor ejemplo de esto es la actitud de Jesús con Judas. Sabiendo que le traicionaría, podría haber expulsado de su grupo. Sin embargo, le sentó a su mesa y compartió con él pan, símbolo de intimidad y amistad en las costumbre judía; le lavó los pies como al resto de los apóstoles, símbolo de servicio y amor; incluso después de que Judas le traiciona, Jesús le dice: "Amigo, ¡a lo que vienes!" (Mateo 26, 50). 

Cristo no sólo no condena a Judas sino que ni siquiera le aparta de su lado. No le dice "enemigo" sino "amigo", amándole a pesar de su traición

Condeno sin dar opción de cambio

Con mucha frecuencia, juzgamos y condenamos a los demás sin darles la oportunidad de cambiar.
Sin embargo, Dios nos exhorta a corregir (reprender) a nuestro hermano, pero no para pisotear su dignidad (pues también es hijo de Dios), si no para ganarle: 

"Si tu hermano ha pecado contra ti, 
ve y repréndelo a solas; 
si te escucha, habrás ganado a tu hermano" 
(Mateo 18,15). 

La corrección fraterna debe estar siempre inspirada por el amor y llevada a cabo con amor. Por eso, siempre, debemos darle opción de arrepentimiento, de retracto y de cambio.

No acepto ser corregido


A nadie nos gusta ser corregidos. Ni tampoco aceptar la reprensión de buen grado. ¿Por qué? ¿Es que acaso no tenemos fallos?

Cuando otros señalan nuestro mal actuar, deberíamos ser capaces de decir: "Bueno, tienes razón, ¡Lo siento!, perdóname.

Sin embargo, solemos ponernos a la defensiva, disculpándonos, excusándonos o "echando la culpa a otros" demostrando una actitud poco cristiana y orgullosa. Y el orgullo impide el paso a la Gracia.

Aceptar ser corregidos por nuestros hermanos, nos llevará por el camino de la humildad, hacia la santidad y hacia Dios.

Me niego a corregir

Cuando nos negamos a corregir a alguien, es por dos razones: (1) Nos rebelamos a lo que Dios nos dice sobre la corrección fraterna, o (2) Nos concienciamos de que la otra persona realmente no puede cambiar.
La Sagrada Escritura dice: "El que no usa la vara odia a su hijo, pero el que le ama le prodiga la corrección." (Proverbios 13, 24). 

Al asumir que una persona no puede cambiar ni arrepentirse, no sólo estamos odiándola, sino interponiéndonos entre Dios y ella, y negándola la oportunidad de recibir su Gracia. ¿Quién soy yo para interponerme entre Dios y mi hermano? ¿Quién soy yo para ocupar el lugar de Dios?

El apóstol Santiago termina su carta así: “Hermanos míos, si uno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sepan que el que hace volver a un pecador de su mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de numerosos pecados” (Santiago 4, 19-20).


Por último, un aspecto importante en la corrección fraterna es crear un equilibrio entre la gracia y la verdad. No debemos corregir a los demás con Gracia reteniendo u ocultando la verdad, pero tampoco lo hagamos diciendo la verdad sin Gracia, porque:

"Gracia sin verdad es sentimentalismo liberal". 
"Verdad sin gracia es fundamentalismo crítico".

miércoles, 28 de junio de 2017

LA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO

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"Un hombre tenía dos hijos;
y el menor de ellos dijo al padre: 
´Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.´ 
Y él les repartió la hacienda.
Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.
Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, 
y comenzó a pasar necesidad.
Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, 
que le envió a sus fincas a apacentar puercos.
Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, 
pero nadie se las daba.
Y entrando en sí mismo, dijo: 
´¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, 
mientras que yo aquí me muero de hambre!
Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti.
Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.´
Y, levantándose, partió hacia su padre. 
Estando él todavía lejos, le vió su padre y, 
conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.
El hijo le dijo: ´Padre, pequé contra el cielo y ante ti; 
ya no merezco ser llamado hijo tuyo.´
Pero el padre dijo a sus siervos: ´Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, 
ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies.
Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta,
porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; 
estaba perdido y ha sido hallado.´ Y comenzaron la fiesta.
Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, 
oyó la música y las danzas;
y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
El le dijo: ´Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, 
porque le ha recobrado sano.´
El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba.
Pero él replicó a su padre: 
´Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, 
pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos;
y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, 
has matado para él el novillo cebado!´
Pero él le dijo: ´Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo;
pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, 
porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; 
estaba perdido, y ha sido hallado."
(Lc 15, 11-32)

La parábola del hijo pródigo es una de las más hermosas, profundas y significativa de la Biblia, que se enmarca como respuesta de Jesús a una crítica de los fariseos y los escribas, expertos judíos en la Ley mosaica, quienes le reprochaban juntarse con pecadores. Pero que también nos aplica a nosotros.

Tema principal: La misericordia de Dios hacia los pecadores arrepentidos y su alegría ante la conversión de los descarriados. El enfoque de la parábola no es el hijo joven, rebelde y luego arrepentido, sino el padre que espera y corre para dar la bienvenida al hogar a su hijo. 

Estructura: Según la actitud de los personajes en los que se centra el relato: 
  • el hijo pródigo se marcha (pecado: rebeldía/autosuficiencia)
  • vuelve (arrepentimiento/necesidad)
  • el padre le recibe (misericordia/amor) 
  • el primogénito se queja (envidia/soberbia)
Mensaje:  El amor de Cristo, siempre dirigido a la conversión de los pecadores, al perdón de los pecados y al rechazo a los formalismos que apartan al creyente de la verdadera fe y misericordia.

El hijo pródigo - Pecado
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El hijo pródigo es sobre quien, aparentemente, gira la historia, pues es quien hila las primeras tres escenas:
  • el pecado (desobediencia, rebeldía)
  • el derroche (sufrimiento, necesidad) 
  • el arrepentimiento (conversión)
  • el perdón (misericordia, amor)
La palabra "pródigo" no significa rebelde o perdido - significa "derrochador", "extravagante". "imprudente", "despilfarrador". 

Escena de la rebeldía (pecado): el menor de dos hermanos le pide al padre su parte de la herencia. 

Teológicamente:
  • el hijo menor representa a la humanidad pecadora que se ha alejado de Dios, a los pecadores (publicanos) que  no se someten a la voluntad de Dios y se alejan de Él. 
  • la herencia representa los dones y la gracia que Dios nos da a cada uno de nosotros.
  • la petición representa la caída (el pecado) en el Jardín de Edén. El hijo exige la libertad de utilizar los dones y la gracia al margen de la voluntad de su padre. 
  • la actitud del padre representa el amor de Dios al dejar libertad a nuestra voluntad
En realidad, el padre habría tenido que dividir la tierra y vender una parte de sus bienes para dar a su hijo la herencia solicitada. Cuando el hijo menor le pide su parte de la herencia a su padre es como si le dijera: "Ojalá estuvieras muerto." Se trata de un gran insulto, cargado de vergüenza y culpa. En la cultura judía, hacer algo así, probablemente, le habría acarreado la expulsión de la comunidad para siempre. Y ser parte de la comunidad era fundamental para la supervivencia, la salud y la calidad de vida en general.

Escena del derroche (necesidad): malgasta la herencia de su padre (dones/gracia) llevando una vida disoluta.

Teológicamente:
  • representa que el pecado no está tanto en la reclamación (que también), sino, en la libertad mal utilizada de la misma, (derroche, libertinaje), que lo lleva a la más absoluta ruina, en todos los sentidos.
El pecado y la vida licenciosa le lleva, en un acto desesperado, a cometer un acto abominable: alimentarse con algarrobas igual que los cerdos, y como consecuencia, empeora más su situación. ¿Por qué? En la cultura judía, los cerdos eran animales "sucios" e "impuros", tal como se describe en la ley de Moisés (Lv 11,7), de tal forma que ni siquiera se les podía criar. Si un hombre judío anhelaba la comida de los cerdos es que definitivamente había caído en lo más bajo.

Escena del arrepentimiento (conversión): tras "tocar fondo", el hijo reflexiona acerca de su provecho personal y cae en cuenta de que le traerá mayor cuenta regresar a la casa del padre que seguir por su cuenta. 

Teológicamente:
  • representa las desgracias que provoca el pecado, que no son castigos divinos sino resultado de las malas acciones y que siempre acaban mal.
  • representa una actitud interesada en la conversión, es decir, se arrepiente racionalmente y no sentimentalmente; busca un provecho personal y no la santidad en sí, de ahí que prepare una disculpa para que tal vez su padre lo recibiría como siervo. Esta es la prueba de que el hijo no comprende la profundidad del amor y la compasión de su padre. 
El hijo pródigo ensaya un discurso, pero nunca llega a utilizarlo. Incluso antes de llegar a casa de su padre, éste sale a su encuentro, ofreciéndole un perdón incondicional. Se puede decir que su verdadera conversión, el arrepentimiento real, ocurre en este momento, pues ve en la actitud del padre (entrega, fidelidad y amor), principales características de una verdadera conversión. Esta conversión ocurre al acudir a Dios y al arrepentirnos de las malas acciones de nuestra vida.

El padre - Misericordia
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Es, en realidad, el personaje central de la parábola, que representa a Dios y su infinita misericordia y amor, y que hila las siguientes tres escenas: 
  • la libertad (libre albedrío)
  • la misericordia (restitución)
  • la justicia (perdón)
Escena de la libertad (libre albedrío): El padre respeta y acepta la determinación que su hijo toma por su libre albedrío, le reparte su herencia y lo deja marcharse. 

Teológicamente:
  • representa a un Dios que no es ni dictador, ni prepotente, que nos muestra el camino, nos da su gracia pero nos deja libertad para utilizarla y para que escojamos nuestro destino (desgracia).
Escena de la misericordia (restitución): Al ver a su hijo que regresa, sale a buscarlo corriendo y antes de que diga palabra alguna lo abraza y lo besa. 

Teológicamente:
  • representa la infinita misericordia de Dios, incluso sabiendo que la conversión no es completa y que puede haber un trasfondo (interés egoísta), sale en busca de aquel que lo necesita y lo llama, le acepta sin reprocharle su descarrío o su indiferencia anterior.
Correr en la antigua cultura del Cercano Oriente era tabú. Requería a un hombre que subiera su túnica a las caderas y le expusiera las piernas y su desnudez para no tropezar. Correr no era nada bien visto y suponía escándalo y vergüenza para quien lo hacía.

Si un judío despilfarrara su dinero con los gentiles, la comunidad le habría expulsado de inmediato a su regreso. El padre de la parábola corrió probablemente para encontrarse con su hijo, antes de que cualquier persona en la comunidad tuviera ocasión de increparle. 

El padre no reprende al hijo, sino que le da una fiesta de bienvenida en casa, llamando a sus sirvientes a preparar el ternero cebado, un anillo, una túnica y zapatos. Así es como actúa Dios con los pecadores arrepentidos: es audaz, sorprendente y desbordante de alegría.

El padre le pone a su hijo una túnica para restaurar su dignidad frente a la comunidad. Sin duda el hijo tiene un aspecto andrajoso, sucio y mal alimentado, pero él le viste como un príncipe, en un acto de amor y compasión, y así honra a su hijo delante de todo el mundo.

El padre también le da un anillo al hijo. Llevar anillos en aquella época era un signo de riqueza y posición. El poder de este símbolo refleja el deseo del padre de restaurar su pertenencia de pleno derecho en la familia.

A continuación, el padre le pide a sus sirvientes que le traigan un par de sandalias. Este, tal vez el regalo más práctico que le permitían caminar con el padre sin temor a cortarse o ensuciarse los pies.

Pero hay un último regalo: el ternero cebado. Este tipo de banquete "extravagante" estaba reservado para ocasiones increíblemente importantes. Su hijo ya no comería las algarrobas de los cerdos; ahora cenaría con la mejor carne disponible en presencia de su familia y, probablemente, de todo el pueblo.

El primogénito - Pecado
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La historia tiene una segunda parte sobre el hijo mayor, 
el primogénito, que a menudo se pasa por alto, porque es el personaje que menos participa en la parábola, pero es igual de importante y con quien termina la parábola en la última escena: 
  • el pecado (rebeldía)
Escena de la rebeldía (pecado): al reprocharle al padre lo que le hace a su hermano en comparación con lo que ha hecho por él se muestra que también, en su fe de cumplimiento, existía un móvil interesado y una rebeldía implícita que muestra un pecado de soberbia y otro de resentimiento al no aceptar la voluntad del padre. En el fondo, culpa al padre de injusto y se rebela contra él.
Teológicamente:
  • representa a los hijos de Dios que se consideran a sí mismos justos y fieles, y que dicen someterse en todo a la voluntad del Padre. El verdadero sentido de este personaje es mostrar como los fieles de Dios también caen en el pecado, en este caso, la soberbia y la envidia. 
  • representa a los fariseos y escribas a los que Jesús hablabaquienes se sintieron despreciados por la gracia escandalosa de Dios para con los pecadores y marginados. Además, han estado guardando las reglas siempre y le inquieren al padre por qué no les ha hecho a ellos una fiesta (reconocimiento de méritos). Aquellos que se someten (hipócritamente) a la voluntad de Dios, pero que tampoco están cerca de Él.
Escena de la justicia (equidad): ¿Cuál es la respuesta del padre al hijo mayor?: "Todo lo que tengo es tuyo también, pero esto requiere una celebración: ¡mi hijo estaba muerto y ahora está vivo de nuevo!". En su diálogo con su primogénito, indica cómo el Padre cuida a todos los de su casa.

Teológicamente:
  • representa que Dios tampoco descuida a sus hijos, a aquellos que lo han seguido justamente y cómo ante el pecado de los justos, su actitud es de ternura pero también de firmeza.
  • representa la postura de Dios ante el pecador: justo, directo, generoso, enfocado en el poder del arrepentimiento no en las faltas cometidas.
La parábola termina con la negativa del hermano mayor a asistir a la fiesta. No sabemos lo que pasó, pero Jesús dejó la historia pendiente, abierta para preguntas y discusión, como hacía a menudo.

Enseñanza fundamental

Jesucristo, mediante esta parábola, transmite varias enseñanzas fundamentales: en primer lugar, a sus coetáneos, tanto a los fariseos y escribas como a los pecadores y publicanos; y segundo, hoy día a los fieles cristianos y a las personas alejadas de Dios:

Fariseos y escribas/cristianos fieles: señala nuestra debilidad ante la tentación. Indica que el pecado de soberbia puede alojarse fácilmente en nosotros al profesar la fe. Al mismo tiempo, advierte que la fe cristiana no consiste solamente en "cumplir" participando en ritos y liturgias sino en practicar la misericordia y no juzgar a los demás. Nos invita a la conversión continua.

Pecadores y publicanos/alejados de la fe: también es una invitación a la conversión. Indica las consecuencias del pecado y de nuestras malas acciones, la importancia de un verdadero arrepentimiento y nos recuerda que la misericordia de Dios todo lo perdona.

Dios es siempre fiel y misericordioso. 
El hombre es siempre rebelde e interesado.

Para la reflexión: 

¿En qué personaje de la parábola me veo representado? 
¿en el hijo menor?, ¿en el hijo mayor?, ¿en el Padre?
¿A quién nos llama Dios a parecernos?