¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
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miércoles, 30 de septiembre de 2026

¿CREO EN DIOS O CONOZCO A DIOS?

 
"Perece mi pueblo por falta de conocimiento.
Ya que tú rechazaste el conocimiento, 
yo te rechazo de mi sacerdocio;
ya que olvidaste la enseñanza de tu Dios, 
también yo me olvido de tus hijos"
(Os 4,2-6)

En el libro profético de Oseas encontramos una de las advertencias más profundas de las Sagradas Escrituras: la falta de conocimiento conduce a la muerte espiritual.

La palabra hebrea utilizada en la Biblia para conocimiento (da'at) no se refiere a la acumulación de datos o informaciones. "Conocer" implica intimidad, relación y experiencia compartida.

La falta de conocimiento del pueblo de Israel no era ignorancia sino un rechazo deliberado hacia la voluntad de Dios. Sabían quién era Dios, pero no querían tener una relación íntima ni obedecer Sus mandamientos.

Esto ocurre hoy también en nuestra sociedad, en la Iglesia y en la familia. Por eso, Oseas nos muestra el efecto dominó que se produce cuando en estas tres facetas de la vida decidimos vivir de espaldas de Dios:

"Se multiplican juramento y mentira, asesinato, robo y adulterio, y el crimen limita con el crimen" (Os 4,2). La ausencia de Dios en una sociedad provoca que el pecado tome el control. Y donde está el pecado, no puede estar Dios.

"Ya que tú rechazaste el conocimiento, yo te rechazo de mi sacerdocio...¡Contra ti va mi pleito, sacerdote!" (Os 4,4). La ausencia de Dios en la Iglesia provoca que algunos sacerdotes traten más de complacer al pueblo que a Dios. Esto provoca el rechazo de Dios. 

"Ya que olvidaste la enseñanza de tu Dios, también yo me olvido de tus hijos" (Os 4,6). La ausencia de Dios en la familia construye el terreno (o el desierto) en el que caminarán quienes nos rodean: hijos, pareja, amigos o familiares.

Con todo esto, corremos el peligro de fabricar un "Evangelio a la carta": preferimos seguir creencias a la medida o dejarnos seducir por ideologías humanas cómodas en lugar de profundizar en la doctrina cristiana y en nuestra relación con Dios.
A veces, los cristianos nos justificamos pensando que para vivir la fe basta con "creer en Dios", o pensar como no somos "malas personas", que "no matamos ni robamos", estamos haciendo las cosas bien. 

Saber de Dios (o "creer" en Dios) no es lo mismo que conocer a Dios, lo mismo que conocer la existencia de un famoso no significa que lo conozcamos. 

Por eso, estudiar teología, es decir, el conocimiento de Dios, sin mantener una relación con Él, es estéril. Como también, conocer la Biblia o el Catecismo de memoria no transforma el corazón, si no se traduce en cumplir la voluntad de Dios.

Por todo ello, la advertencia de todos los profetas bíblicos y, en este caso de Oseas, nunca es un mensaje de condenación, sino una invitación urgente al arrepentimiento y a la conversión. 

Para no perecer espiritualmente, la solución es volver la mirada a Dios y buscar una relación auténtica con Él: "Procuremos conocer al Señor" (Os 6,3). 

Conocer a Dios requiere detenerse, hacer silencio, escuchar a Dios y cultivar una relación con Él: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17,3). Jesús define la vida eterna no sólo como un destino futuro, sino como una relación con el Padre y con el Hijo.
Para la reflexión 
¿En qué áreas de mi vida espiritual estoy "pereciendo" por no alinearme con la voluntad de Dios? 
¿Cómo voy a conocer la voluntad divina si no tengo relación con Dios a través de la oración, la Palabra o los sacramentos? 
¿Está Dios presente en mi rutina diaria, en mi familia, en mi trabajo? 
¿Qué legado espiritual estoy dejando a mis hijos? ¿Están más cerca o más lejos de Dios?
¿Paso tiempo a solas con Él? ¿Rezo? ¿Leo la Biblia?

miércoles, 6 de julio de 2022

LA MÍSTICA HORIZONTAL: ESCUCHA ISRAEL

"El cristiano del siglo XXI, o será místico o no será"
(Karl Rahner)

Estoy completamente de acuerdo con el teólogo católico alemán: Un verdadero cristiano, o tiene una experiencia personal de Dios, o no es cristiano. 

Una persona puede pasarse la vida poniendo toda su capacidad, tiempo, empeño, sensibilidad y racionalidad para encontrar a Dios y jamás percibir su voz o sus palabras, ni sentir su presencia o su acción amorosa. 

No es nada probable que vayamos a escuchar un teofanía ni a tener una revelación privada o a presenciar una aparición celestial. Ver o escuchar a Dios supone algo más cotidiano y que, precisamente por ser ordinario, no solemos ver ni escuchar. Se trata de contemplar nuestro alrededor. Despertarse y ver a Dios en todo.

Entonces, ¿cómo puedo tener un encuentro personal con Dios? ¿dónde puedo encontrar a Dios? ¿dónde y cómo puedo escucharle? La respuesta es muy sencilla y está al alcance de nuestra mano: sólo hay que mirar la Cruz. Hablamos de la mística horizontal, que nos conduce a la vertical. 

De la misma forma que Cristo nos descubre su amor hacia los hombres con los brazos extendidos y nos muestra el amor del Padre alzando los ojos al cielo, un seguidor de Cristo primero debe reconocer y tocar al Dios que está latente, presente y encarnado en multitud de cosas y de personas de este mundo.

El Señor habla continuamente y en silencio a través de las cosas y de las personas.  Pero, además, por si andamos despistados, en Su palabra, no se cansa de decirnos que escuchemos: 

  • "Shema Israel", Escucha Israel (Dt 6,4)
  • "Escucha, hijo mío, recibe mis palabras" (Pr 4,10) 
  • "El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias" (Ap 1,11.17.29; 2,22; 3,6.13.22)
  • "Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11,28)
Pero entonces, ¿qué tenemos que escuchar? El propio Jesús nos da la clave:

  • "Un escriba que oyó la discusión, viendo lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos? Respondió Jesús: 'El primero es: 'Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser'. El segundo es este: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay mandamiento mayor que estos" (Mc 12, 29-31; Mt 22,36-40; Lv 19,18)

La pedagogía divina nos muestra cómo sus mandamientos se resumen en el amor: a través del amor humano alcanzamos el divino. Para llegar al conocimiento y al amor de Dios es preciso primero servir y amar al prójimo. Sólo entonces, seremos capaces de reconocer a Dios en cada instante de nuestra vida y llegar a amarle.

Dios está a nuestro lado solo que, a veces, nuestros ojos son incapaces de reconocerle porque buscamos grandes signos o porque buscamos donde no podemos encontrar. Se trata de contemplar a nuestro alrededor. Todo nos señala al amor de Dios y a su misterio divino oculto.
La “mística” se refiere a este deseo de intimidad y comunión con lo divino, a esa sed insaciable de Amor pleno que tiene el corazón del hombre, a ese anhelo profundo de buscar continuamente Su rostro. Hemos sido creados para el amor. Por eso, sólo a través del amor humano, que conocemos y percibimos, somos capaces de llegar al conocimiento y al amor divinos.

Dice Santo Tomás de Aquino que el verdadero amor no ciega, sino que hace ver. Sólo él que descubre al prójimo como digno de amor, es capaz de ver a Dios. El que ama, escucha y el que escucha, ve más. Ve el corazón de Cristo en el corazón del mundo. Contemplando el mundo, el Espíritu suscita en el alma la responsabilidad de renovarlo, pacificarlo y amarlo para hacer presente el Reino de Dios en la tierra. 

El cristiano del siglo XXI es alguien a quien el Espíritu llama constantemente a vivir el compromiso del amor con todos los que sufren, con todas las víctimas de la injusticia, de la soledad, de la violencia, del mal…. Es la mística mesiánica, la mística de la cruz, la mística horizontal: el amor horizontal que conduce al vertical. Místico es el que contempla, el que escucha, el que ama y se deja amar...

Al contemplar (escuchar) la creación, descubrimos algo que siempre ha estado allí pero que no hemos sido capaces de percibir a causa del monótono ruido y de la prisa cotidiana.

Al contemplar (escuchar) a los pobres y a los que sufren, a los que necesitan ayuda, descubrimos que Cristo está en cada uno de ellos, a su lado, sosteniéndolos.

Al contemplar (escuchar) al Señor, sentimos crecer en nuestro interior una serenidad y una certeza que nos ayuda a centrarnos en su voluntad y a ver nuestra vida con sus ojos, según su proyecto.

Al contemplar (escuchar) nuestra existencia desde la gracia, atisbamos que Dios nos hace pasar por distintas etapas de consolación y desolación para que aprendamos a reconocer cuáles son las decisiones correctas, y lo más importante, cuál es el camino hacia Él.

Al contemplar (escuchar) su Palabra, dejamos de temer y somos capaces de confiar plenamente en Dios, para definir nuestra vida desde su proyecto. 

Cuando escuchamos, cuando contemplamos...nos convertimos en místicos. Entonces, comenzamos a conocer y a amar a Dios.

“Habla, Señor, que tu siervo escucha”
(1S 3,10)

martes, 15 de febrero de 2022

¿QUÉ TRATO TENGO CON DIOS?

"Permaneced en mí, y yo en vosotros. 

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, 
si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, 
si no permanecéis en mí. 
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; 
el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; 
porque sin mí no podéis hacer nada. 
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; 
así seréis discípulos míos"
(Jn 15, 4-5, 8)

Hace tiempo que apenas encuentro el momento para escribir mis reflexiones en esté blog. Lo cierto es que estoy muy ocupado conociendo más a Dios, estudiando más a Dios y con Dios. Y aunque sigo haciendo "cosas para Dios", lo importante es conocer al "Dios de las cosas".

Decía el cardenal Van Thuan que "los cristianos estamos muchas veces tan ocupados en las cosas de Dios que nos olvidamos del Dios de las cosas". Y es que, en ocasiones, estamos tan pendientes de las actividades eclesiales, de los métodos evangelizadores, de los procedimientos pastorales, de las costumbres y de las devociones que perdemos el norte. 

Estamos tan centrados en los medios que olvidamos el fin. Estamos tan ensimismados en lo que debemos hacer que perdemos de vista el sentido, el por qué y el para qué de lo que hacemos. Y así, no podemos dar fruto...y nuestros esfuerzos son vanos.

Debemos cuestionarnos con sinceridad ¿estoy centrado en el hacer o en el ser? ¿trabajo para Dios o para mí? ¿busco la gloria de Dios o el reconocimiento de los demás? ¿quién es el verdadero protagonista de mis obras? ¿busco hacer presente a Dios en mi vida o le instrumentalizo para sentirme bien? ¿tengo la mirada fija en Dios o me distraigo con el "quehacer"? ¿trabajo para Dios y no veo resultados?

En el capitulo 15 del evangelio según san Juan, Jesús nos dice que sin Él no podemos hacer nada, sin la vid no podemos dar fruto. Sabedor de ello, nos exhorta a "permanecer en Él"... pero ¿qué significa?

Siguiendo con el simil de la vid, "permanecer en Cristo" quiere decir estar "injertado en Él". Significa "ser parte de Él", "estar unido a Él". Implica indefectiblemente tener una relación con Él. Nadie puede estar unido a otro si no mantiene una relación estrecha con él.

Dice Tote Barrera, director de Alpha España, que "la evangelización no funciona sin el Espíritu Santo y tampoco sin relación personal”. Se está refiriendo a que hemos sido creados como seres relacionales y, por tanto, nuestra meta es la comunión, con Dios y con la creación. 

Para llevar a otros al amor de Dios, primero hay que experimentarlo en nosotros. Nadie puede dar lo que no tiene. Necesitamos la guía y ayuda del Paráclito.
Las "cosas de Dios" necesitan al "Dios de las cosas". Por eso, primero necesitamos pedirle que nos deje conocerle. Necesitamos hablar con Él, saber qué quiere de nosotros, en definitiva, entablar una relación espiritual con nuestro Señor. ¿Cómo podré mostrar a Dios a otros si no me relaciono con Él? ¿Cómo podré hablar a otros de Dios si no le conozco? Absurdo, ¿verdad?

Sólo después de establecer una relación continua, sincera y fluida con Dios, es decir, una amistad verdadera, de experimentar su inagotable amor, podré acercarme a otros para hablarles de él. Pero para hablarles del amor de Dios, es decir, para evangelizar, también necesito "entablar relación" con ellos, conocerles y escucharles. Si no hago esto, es decir, si no les amo a ellos también, todo es inútil.
Muchos hablan de oídas, quizás sin conocimiento, quizás repitiendo lo que han escuchado de otros, o quizás con tópicos y etiquetas repetitivas, pero eso no es evangelizar. Evangelizar es dar testimonio de Alguien a quien se conoce profundamente, de Alguien que te ama profundamente, de Alguien que ha hecho obras grandes en ti.

Ocupémonos primero de amar a Dios y Él nos dirá cuáles son sus "cosas".

jueves, 5 de agosto de 2021

MEDITANDO EN CHANCLAS (5): ¿QUIEN ES CRISTO PARA MÍ?

"¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Ellos contestaron: Unos que Juan el Bautista, 
otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. 
Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?'
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: 
Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo" 
(Mt 16,13-16)

La lectura del libro de los Nm 20,1-13 nos muestra dos actitudes: por un lado, la terquedad del hombre, la dureza de su corazón que le lleva a amotinarse y a disputar con Dios, y por otro, la santa y fiel paciencia de Dios que hace brotar de la Roca el agua de vida. 

Paralelamente, el Evangelio conecta la Roca de la que mana agua con la persona de Jesucristo, la Piedra angular, quien nombra a Pedro la piedra sobre la que edifica la Iglesia. Jesús quiere que su Iglesia esté edificada con piedras vivas y por ello, nos interpela con dos preguntas: 

¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
La primera pregunta va dirigida al aspecto exterior (superficial y general), a la impresión que tiene la gente de Dios hoy, es decir, ¿Quién es Jesucristo para la gente?

El mundo conoce "de oídas" la figura de Jesús: un hombre importante y bueno, un gran profeta que vivió y que murió crucificado en Jerusalén. Sin duda, la figura de Jesús ha sido significativa para la humanidad, y como prueba de ello, nuestro calendario marca la historia en función de su nacimiento. 

Sin embargo pocos son los que profundizan en su persona y buscan más allá del hecho histórico. Pocos son los que comprenden la importancia de su mensaje y de su resurrección, y menos aún, los que se comprometen con Él y le siguen.

Como en la antigüedad, la gente sigue entrando en disputa con Dios, amotinándose y negándole. En todo caso, le imaginan como una energía, una fuerza cósmica,  un "Big Ban". 

A su "forma", creen en Dios como "algo" y no como "alguien". Para la mayoría de las personas, Dios es una entelequia, un concepto intrascendente y desde luego, ajeno a sus vidas. Viven sin Dios. Viven con un corazón endurecido que no deja brotar vida. Viven sin fe, sin esperanza y hasta sin amor.

¿Influye en mí lo que la gente dice o piensa de Dios? ¿Me dejo llevar por el pensamiento general o trato de buscarle yo mismo? ¿Le conozco de oídas o tengo una relación estrecha con Él? ¿Qué lugar ocupa en mi vida y en mis prioridades? ¿Cómo está de endurecido mi corazón?

Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?
La segunda pregunta va dirigida a la visión interior (profunda y particular), la impresión que determina la importancia que tiene Dios para nosotros, los cristianos: ¿Quién es Cristo para mí?

Es decir, la pregunta de Jesús escruta el nivel de compromiso, de fe y de confianza que tengo con Él, lo que Él significa para mí, el lugar que ocupa en mi vida...la diferencia entre "conocerle de oídas" y "tener una relación con Él", entre verle como un hombre o como Dios, entre tenerle como un conocido o como un amigo.

Muchas veces me ocurre lo que a Pedro: hago una confesión de fe en Jesucristo, doy testimonio de que es el "Mesías", el "Hijo del Dios vivo" pero cuando profundizo en el mensaje, me cuesta asumirlo, me supone "problemas" y "compromisos", y no quiero dar ese paso más allá que me pide el Señor. 

A veces, incluso, quiero modificar Su plan, como pretendía el pueblo de Israel o el propio Pedro. Tan sólo quiero asumir la parte "bonita" del Evangelio, lo sentimental de la fe, lo que me viene bien. Y Jesús me "regaña" con razón porque me convierto en "piedra de tropiezo".
¿Reconozco, igual que Pedro, a Cristo como "Hijo del Dios vivo" pero luego no quiero escucharle, seguirle o comprometerme? ¿Digo que le amo pero enseguida le niego? ¿Mi fe es la de Cristo o una hecha a mi medida? ¿Elijo lo que me gusta de Jesús y descarto lo que me incomoda o me desagrada? ¿Es mi fe una fe de sentimientos? ¿Soy "piedra viva" o "piedra de tropiezo'?¿Pienso como los hombres o como Dios?

Lo que diferencia a un cristiano del resto es primero, que proclama que Jesucristo ha resucitado y segundo, que tiene una relación estrecha con Él, es decir, que adquiere un compromiso real con Cristo Resucitado, que asume el dolor y el sufrimiento, el insulto y la vejación, la persecución y hasta el fracaso. 

Entonces, una persona se convierte en "piedra viva" del reino de Dios, lo que requiere transformar un corazón de piedra en uno de carne, dócil y humilde, sin orgullos ni vanidades mundanas; lo que supone "doblar la dura cerviz" y postrarnos ante Él; lo que implica contemplarlo como Salvador y priorizarlo como Rey... para "dejarlo todo" y seguirlo. 

¿Quién es Cristo para mí?

viernes, 18 de septiembre de 2020

CAMINANDO CON JESÚS AL ATARDECER

"Y, tomando pan, 
lo bendijo, lo partió y se lo dio"
(Lc 22,19)

El Señor interviene en mi vida...continuamente. Cada atardecer, mientras camino, a veces, desilusionado y, otras, alegre, Cristo se hace el encontradizo conmigo y me pregunta ¿qué conversación traes por el camino?

Se interesa por los anhelos y preocupaciones de mi corazón. No le son ajenos porque me conoce y me ama desde toda la eternidad. Siempre está dispuesto a escuchar de mis labios lo que Él ya sabe. 

Quiere que sea así... que lo verbalice, para que el propio eco de mis palabras resuene en todo mi ser; quiere que "saque" todo lo que hay en mi corazón para llenarlo de suaves palabras de amor y de paz; quiere que me vacíe de mí para llenarme de Él.

Jesús siempre me ofrece un diálogo tranquilo y pausado donde la meditación profunda de sus palabras me abre paso a la contemplación pausada, sin prisa. Es un momento donde el tiempo se detiene y el espacio desaparece, donde no existe ruido ni agitación. Sólo Él y yo...

"Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, me explica lo que se refiere a él en todas las Escrituras". Me cuenta cómo, a lo largo de mi vida, ha estado siempre presente, interviniendo siempre con su gracia para ganar mi alma, aunque yo no le haya reconocido.

Entonces, le invito a mi casa por voluntad propia, se sienta a la mesa eucarística y me susurra "su pregunta", la que me hace todos los días: ¿te he dicho alguna vez que te quiero? Y lo hace con su única y magistral forma de enseñar, para que se me abran los ojos y le reconozca:

Toma el pan

Cristo me toma, me elige, me conquista... Podría elegir a otros muchos, pero me elige a mí. 

Me llama por mi nombre y asume mi vida, con mis limitaciones y debilidades, con mis aciertos y errores, con mis dones y mis pecados. Me hace "suyo" por amor incondicional.

No se arrepiente de elegirme y caminar conmigo. Aunque falle, aunque me equivoque, aunque caiga, aunque le traicione, le niegue y le dé la espalda, Él siempre me tiende su mano amiga.

Lo bendice

Jesús siempre habla bien de mí, aunque no lo merezca. Nunca me desprecia ni me culpa. Porque me quiere.

Me ensalza, me santifica, me diviniza y me consagra a Él. Pero además, me capacita y me da fuerza. 

Pone en mi alma el deseo de desarrollar los talentos que me ha dado para darle gloria.

Lo parte

Cristo me parte en pedazos, me rompe, me quebranta. Quiere que viva un poco roto, humillado, anonadado, incomprendido...como Él.

Quiere que sea consciente de mi debilidad, que asuma mi fragilidad...y así, asemejándome a Él, viva con humildad, obediencia y confianza la misión que me ha encomendado.

Sólo quebrantado soy capaz de comprender que necesito su gracia y, en un acto libre de mi voluntad, ser capaz de amarle y darle gloria.

Lo entrega

Jesús me ha hecho reflejo suyo y por tanto, "pan" para los demás. Soy alimento para ser consumido y digerido. Mi vida es para entregarla a los demás y a Dios.

Soy un regalo para los demás. Soy la luz y la sal para quien no conoce y necesita al Salvador. El fuego que arde en mi corazón es para incendiar otros corazones que necesitan Su amor misericordioso.
Entonces, el Señor desaparece tras haberme dado de comer su divinidad, tras haberme invitado a ser un "alter Christus", tras haberme invitado a ser "un sacrificio agradable ante el Padre", una "hostia viva" para los demás. 

No sólo me propone llevar una vida eucarística, sino ser "eucaristía" para otros:

- para mi familia: para darme y entregarme completamente; para ser "otro cordero llevado al matadero", para ser humilde y dócil a la voluntad de Dios, para estar dispuesto a ofrecerme en sacrificio por ellos. 

- para mis amigos, esto es, para ser otro Cristo en la tierra, para tomar la cruz de mi pecado y morir a él; para seguirlo, para imitarlo dando mi vida por ellos. 

-para el mundo, es decir, para ser su perfecta imagen y semejanza, para que, cuando el mundo me vea, le vea a Él, "el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Juan 1, 29). 

-para Dios, esto es, para  ser santo, para ser perfecto...como Él.

JHR

lunes, 9 de marzo de 2020

ALIMENTAR EL ESPÍRITU

"Está escrito: No sólo de pan vive el hombre,
 sino de toda palabra que sale de la boca de Dios." 
(Mt 4,4; Lc 4,4)

Dios ha creado al hombre como un ser único, dotado de cuerpo y espíritu. El cuerpo necesita sustento, cuidado y alimento para sobrevivir, crecer y desarrollarse satisfactoriamente. De la misma forma, también el espíritu necesita alimento, cuidado y atención. 

Jesús mismo nos lo dijo: “No sólo de pan vive el hombre, sino que de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Con ello, quiso decir algo más que dar una respuesta al Tentador: que cultiváramos nuestro espíritu, que alimentáramos nuestra vida interior ante las tentaciones de estar pendientes sólo de las necesidades de nuestro cuerpo.

Por ello, debemos alimentar nuestra vida espiritual para no caer en una fe superficial, anímica, tibia, mediocre, relativista e indiferente.

Necesitamos un adecuado desarrollo espiritual para no caer en el desprecio por lo trascendental, en el endurecimiento de nuestro corazón y en la deformación de nuestra conciencia.

Pero antes de desarrollar nuestro espíritu, tenemos que cimentar una conciencia recta y una voluntad fuerte. 

Despues, cultivar nuestra inteligencia y dejar que el Espíritu Santo modele nuestro corazón, guiar nuestra alma y derramar sus dones y sus gracias, para conducirnos hacia un camino de santificación.

Una vez cimentadas nuestra conciencia, vol
untad e inteligencia por la Gracia, los cristianos necesitamos una formación espiritual sólida, firme y segura, que nos proporcione las herramientas necesarias para tomar un camino de madurez. 

En él, creceremos día a día, reflejaremos en nuestra vida el mensaje de Jesucristo de forma integral, así como el amor a Dios y al prójimo, mediante la búsqueda del bien, la verdad y la belleza.
La formación espiritual nos dará una mayor profundidad en nuestra relación con Dios, a través de la oración, la lectura de la Palabra, el discernimiento de la fe, la comprensión y aceptación de la doctrina y el seguimiento de los sacramentos.

Una buena sugerencia para em
pezar, es buscar guía y dirección espiritual en un sacerdote o en un consagrado. Pero, además y sobre todo, en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en el Magisterio y la Tradición de la Iglesia.

Entonces comenzaremos una vida coherente con Cristo y, con el tiempo, llegaremos a asemejarnos a Él.

Elementos de vida cristiana

Una vida cristiana coherente implica que asimilemos algunos de los elementos imprescindibles y que se adquieren con una correcta formación espiritual:

Sentido sagrado
Descubrir la presencia de Dios en nuestra vida. 

Tomar conciencia del sentido sagrado de nuestra existencia y comprender para qué hemos sido creados. 

Ver todo con los ojos de Dios.

Mostrar a Dios la debida adoración, humildad, agradecimiento, recogimiento, etc.

Oración

Entablar un diálogo íntimo con Dios y meditar lo que nos suscita.

Recurrir a Él de forma natural, en actitud de agradecimiento por sus dones, y especialmente, por su amor infinito. 

Pedir lo que conviene, no lo que deseamos. 

Orar individualmente y en familia. 

Y hacerlo continuamente. 

Sacramentos

Comprender el sentido de los sacramentos como signos de la gracia, como acciones de Dios, no como meros ritos o símbolos. 

Vivirlos como la presencia real de Cristo, que actúa en nuestra alma, iluminándola, fortaleciéndola, vivificándola. 

Vivir la Eucaristía como centro de la vida del cristiano, como fuente de gracias inagotables. 

Sagrada Escritura

Conocer la Sagrada Escritura, Palabra de Dios viva en nuestro día a día.

Profundizar en el contacto con Jesús y sus enseñanzas a través del Evangelio.

Tomar conciencia de que aplica a nuestra vida, hoy y ahora.

Alimentarnos con frecuencia de la Palabra, dedicando tiempos a leer en familia, en pareja, a orar y meditar en comunidad.

Catequesis

Aprender las verdades fundamentales de nuestra fe a través del Catecismo, el Magisterio, las encíclicas de los santos padres, libros de espiritualidad, etc., para llegar a conocer mejor a Dios y, por tanto, a amarle más. 

Aprender de las vidas de santos, ejemplos vivos de hombres y mujeres que se entregaron heroicamente en la práctica de las virtudes, que amaron a Dios y a las almas, hasta dar su vida por ellos, que abandonaron fortuna, casa y la propia libertad, para proclamar la Buena Nueva.

Lucha y sacrificio

Pelear contra las tentaciones y los enemigos de nuestra alma: mundo, demonio y carne.

Realizar pequeños sacrificios y renuncias, para disponer nuestra alma para el combate por la santidad y fortalecer el ánimo para la lucha. 

Mantener a raya nuestras tendencias al egoísmo, la soberbia y la sensualidad mediante una exigente y continua práctica de la mortificación cristiana.

Todos nuestros sacrificios, unidos a los de Nuestro Señor en la Cruz y ofrecidos por las almas, son fuente de conversión y de redención para ellas. 

Ofrecer nuestros dolores, tribulaciones, sufrimientos físicos o morales como reparación del terrible mal del pecado que tanto ofende al Corazón de Jesús.

Apostolado y Espíritu evangélico

Descubrir a Cristo en nuestro prójimo, especialmente en el que está más necesitado.

Motivarnos a dar, a ayudar, a preocuparnos, a servir, a orar por otros. 

Ofrecer nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestro dinero para formar un corazón generoso. 

Dar testimonio de Dios en nuestra vida.

Hablar, insistir, predicar con el ejemplo el verdadero espíritu total y radical del Evangelio, sin minimizarlo, ni suavizarlo.

Presentar el ideal cristiano tal cual es. 

No permitir que el conformismo, el relativismo y el buenismo penetren en la vivencia de nuestra fe, haciéndonos caer en un catolicismo “light” y falto de sentido sobrenatural. 

No dejar que una idea errónea de lo que es la fe católica se apodere de nuestro pensamiento.

Virgen María

Y por último, ponernos en manos de Nuestra Madre, la Virgen Santísima.

María es el camino más perfecto, seguro y fácil para llegar a Jesucristo.

Consagrarnos a su Inmaculado Corazón y formar parte de su familia como "hijos de la luz".

Dejar en sus manos nuestros dones y miserias, nuestros talentos y problemas para que Ella los maneje con su mano sin mancha.

Pedirle innumerables y continuas gracias para que así, podamos ser dignos hijos de Dios.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

LA VERDADERA TRANS-FORMACIÓN ESPIRITUAL


Transformación, del vocablo latino transformatĭo, es una acción o proceso mediante el cual algo se modifica, altera o cambia de forma, manteniendo su identidad. Es el paso de un estado físico o espiritual a otro.

Transformación espiritual es conversión. Convertirme es cambiar de vida, dar un giro radical y tomar un rumbo diferente, salir de una situación egoísta para adoptar una actitud confiada en Dios.

La transformación espiritual (del prefijo "trans", 'más allá de', 'al otro lado de', 'través de', y del sustantivo "formación", 'adquirir conocimientos') es la búsqueda de una mayor profundidad en mi relación con Dios, a través de la oración, la lectura de la Palabra, los sacramentos, etc., que me invitan a una vida coherente con la voluntad de Dios. 

Es la conversión del corazón y de la mente, por la gracia del Espíritu Santo, que me lleva del "yo" ensimismado y hedonista, a un "sí" rotundo a Dios y a los demás, en un camino de madurez continua, hacia mi destino final: el cielo.

Significa reconocerme débil y necesitado de Cristo, para que se manifieste en mi vida. Significa revisar mi existencia, para ver cómo la he vivido y cómo la vivo. Significa empeñarme en buscar a Dios cada día.
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No se trata de un cambio cosmético, ni se produce como consecuencia de mis propias fuerzas, ni por asistir a la iglesia los domingos, ni por llevar una "vida de cumplimiento" o de tradiciones, creencias y costumbres, sino con el encuentro con Cristo Resucitado.

No se produce como consecuencia de los cambios externos en mi ser. Se trata de un cambio, no de afuera hacia dentro, sino de adentro hacia fuera, donde habita el Ser trinitario. 

No se trata de tener una fe "descafeinada o light", ni una dependencia del "sentir" o del "consumir", ni del modelo de "hacer-ser", que me propone el mundo, y que me lleva por un sendero seco, sin sentido y sin frutos. Es un proceso continuo de aprendizaje, de "reseteo" para volver mi mirada a Dios, para cambiar mi antiguo paradigma en uno nuevo: "ser-hacer".

Significa establecer un estilo de vida de acuerdo con el propósito de Dios para mí. Un compromiso de vida coherente con la manera de pensar, sentir y actuar de Jesús, que se someta al poder del Espíritu Santo, para llegar a una íntima relación con el Padre.

La verdadera conversión es radical y compromete toda mi vida, no con una doctrina ni con una estructura, sino con una persona: Dios. Y no puede existir radicalicalidad, sin confianza y obediencia total. 
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Pero este camino, que no es fácil, no lo recorro solo, sino en compañía de Jesús, que prometió estar con nosotros todos los días de nuestra vida, con la guía del Espíritu Santo para llevarme a la comunión con el Padre. 

Esta firme convicción y este compromiso adquirido es lo que transformará mi forma de ser y hacer. 

Pero para iniciar este proceso de transformación por el Espíritu, es necesario vincularme a una comunidad, donde existan espacios de crecimiento integral y donde se establezcan relaciones significativas, es decir, a la Iglesia.

Y en ello estoy...

martes, 6 de agosto de 2019

DIOS ME ESCUCHA. ¡PURO DON!

Ésta es la seguridad que tenemos en Dios: 
que si pedimos algo según su voluntad,
 nos escucha. 
(1 Juan 5, 14)

Acabo de terminar de leer el libro de C. S. Lewis "Si Dios no escuchase - Cartas a Malcom" en la que el brillante autor y converso al cristianismo habla con gran convicción de la oración como puro don de Dios.

No puedo estar más de acuerdo con Lewis en que la importancia de la oración no se basa tanto en que Dios nos conceda lo que le pedimos sino en el hecho de que nos escucha.

Los cristianos, cuando oramos, no hablamos de "resultados" sino de que somos "escuchados" o incluso, "respondidos". Lo que no quiere decir que se cumplan nuestros deseos o expectativas.

Dios, como Padre amoroso, escucha a sus hijos pero, al igual que los que somos padres no podemos conceder todo lo que nos piden nuestros hijos, Él siempre nos da lo que es bueno para nosotros.

La oración no es en ningún caso un monólogo ni un soliloquio ni un diálogo entre mi yo exterior y mi yo interior.

Tengo la certeza de que Dios me escucha todos los días y de que yo le escucho a Él. Dios jamás defrauda.

¿Por qué lo sé?

Porque Dios me ha regalado la posibilidad de conocerle personalmente, íntimamente. ¡Puro don!

Porque le escucho en Su Palabra y en mi corazón cada día, porque tengo contacto directo con Él, porque a través de la oración me da a conocer su voluntad. ¡Pura gracia!

Porque le veo continuamente a mi alrededor, porque le veo sonreír en la creación, porque me hace guiños continuamente, porque le veo actuar en las personas que pone en mi camino. ¡Puro regalo!

Porque Él quiere...por ¡Puro amor!

La fe me muestra que todo lo que hay en la Tierra me habla de su amor y que me sigue allá donde vaya.

Dios quiere ser una presencia amorosa y constante en mi vida, si yo le abro la puerta de mi corazón.

Dios quiere comunicarse personal y directamente conmigo.

Dios quiere compartir conmigo confianza y naturalidad, sorpresas y enseñanzas, sonrisas y lágrimas.

Dios quiere que converse con Él, que le cuente "mis cosas", que le diga lo que me preocupa y, sobre todo, cuanto le quiero.

Dios quiere tener conmigo una relación profunda y sincera, real y auténtica, libre y espontánea. De corazón a corazón.
Y quiere, no porque me necesite, ni porque no sepa de mí, ni porque quiera tener "público".
Quiere...porque me quiere.

Cuando hablo con Él, trabaja mi corazón, cincela mi espíritu y moldea mi carácter.

Así es Dios. Un infinito torrente de amor hacia mí.

¡Puro don!

sábado, 22 de diciembre de 2018

AMOR DERRAMADO

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"El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones" (Rom 5, 5)
Dios nos ha creado a cada uno por amor, un amor infinito. Es más, tenemos un Dios que es Amor. No somos un producto del azar ni de una evolución casual. Existimos porque hemos sido pensados y amados por Dios.

El mensaje cristi
ano testimonia un acontecimiento que constituye el centro de la historia del hombre y del universo: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna." (Jn 3, 16)

Sin embargo, hoy en día, muchas personas confunden fe con espiritualidad. Creen que la “espiritualidad” les aporta autenticidad y cercanía (experiencias, sentimientos), mientras afirman ver en la fe, sólo normas y mandatos, que les sugieren inseguridad y lejanía. 

Pretenden saciar ese anhelo de trascendencia con una experiencia donde los sentimientos, las emociones, los afectos o los deseos son la prioridad: lo que siento, cómo me siento, lo que me parece, lo que quiero.... Buscan sentir, conmoverse, emocionarse y con ello, se centran sólo en ellos mismos. No es un amor genuino, sino interesado y condicional. 

La fe es un acto de la voluntad con el que decidimos con plena libertad, entregarnos personal, confiada y totalmente a Dios. 

La fe es una experiencia del amor desinteresado e incondicional de Dios. Nuestro Padre no obliga, no impone, no coacciona...sino que nos da libertad, a la vez que tiende sus brazos para que nos dejemos amar.

Por eso, la fe no puede desvirtuarse en una "experiencia afectiva" vacía de contenido y de sentido, ni en un "servicio" interesado y desvirtuado a mi “imagen y semejanza”, sino en un abandono libre y confiado a nuestro Creador, como el de un niño en su padre.

La fe no puede convertirse en una "sensación” o "estado de ánimo sentimental", ni en un "recurso" a un Dios atento a mis deseos y necesidades, y solícito a resolver mis problemas, sino que es una certeza que da un sentido trascendente a mi existencia.

La fe no puede limitarse a una "emoción" impersonal, inmediata o ruidosa, sino que es una realidad con Rostro que se revela con paciencia, a fuego lento y en silencio.La fe no puede basarse en una energía cósmica ni una idea abstracta y distante, sino que es una presencia real y cercana de un Dios que me dice que no estoy solo en el mundo y que me ama.
La fe no puede ser una visión individual ni un consumo privado de "espiritualismo", sino que es una relación de amor con Dios y con mis hermanos, que vivo y comparto comunitariamente.

La fe no puede justificarse en una “obligación” ni en un "deber" hacia Dios, sino que es un impulso libre por el que busco a mi Creador, a través de una comunicación estrecha con Él, la oración.

La fe no puede fundamentarse en una "personalización" a la medida de mis seguridades o deseos de confort, sino que es un peregrinaje temporal e incómodo, en el que "cargo mi cruz" y voy en pos de Jesucristo.

La fe no puede cimentarse en una "negación" de mi identidad, sino que es una "afirmación" de un amor primero e inmerecido, de un Padre hacia sus hijos, que da su vida por cada uno de ellos.

La fe no puede sustentarse en un "sometimiento" de mi voluntad o de mi libertad a una "tiranía caprichosa", sino que es una apertura a dejarme amar y a responder amando.

La fe es el amor de Dios derramado en mi corazón.