¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.
Mostrando las entradas para la consulta me he dado cuenta ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta me he dado cuenta ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de septiembre de 2026

LAS REDES SOCIALES: EL NUEVO ÁGORA

"Atenienses, veo que sois en todo extremadamente religiosos. 
Porque, paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, 
encontré incluso un altar con esta inscripción: 
“Al Dios desconocido”. 
Pues eso que veneráis sin conocerlo os lo anuncio yo"
(Hch 17,22-23)

En las antiguas ciudades-estado griegas (polis), el ágora era la plaza pública central que representaba la tierra de todos o espacio común. No solo era solo un espacio físico, sino el corazón de la vida económica, comercial y cultural. 

El ágora era donde los ciudadanos se reunían en asamblea para debatir leyes, proponer ideas y escuchar discursos políticos o filosóficos; donde se ubicaba el mercado principal con sus puestos de venta ambulante y comercios; y donde se concentraban los monumentos y edificios públicos más importantes (templos, oficinas administrativas, bibliotecas y las estoas o pórticos columnados). Lo que hoy serían los medios de comunicación y las redes sociales.

El libro de los Hechos de los Apóstoles narra la llegada de san Pablo al ágora de Atenas (alrededor del año 50 d.C.), un encuentro histórico que representó el choque frontal entre la fe judeocristiana y la filosofía clásica griega (Hch 17,16-34). 

Mientras esperaba la llegada de Silas y Timoteo, Pablo bajaba todos los días al ágora a discutir tanto con epicúreos, que buscaban la felicidad a través del placer y la ausencia de dolor, dudando de la intervención divina, como con estoicos, que defendían el dominio de las pasiones y la razón universal.

Pablo salió del bullicio del ágora (del debate popular y comercial) hacia la exclusividad del areópago, una colina rocosa sagrada situada justo al lado, que representaba la cúspide del poder (jurídico, político y social) y que funcionaba como el alto tribunal y consejo político de la ciudad, donde el apóstol desplegó una brillante estrategia de oratoria clásica adaptada a su público pero con poco éxito. Lo que hoy sería nuestro parlamento.
Un "espacio" donde "todo vale"
Internet se concibió como un ágora virtual, una inmensa biblioteca universal. Sin embargo, hoy las redes sociales se parecen mucho más a un espacio callejero indómito y hostil donde el ego ha encontrado su escenario más caótico, desafiando directamente nuestra paz interior y nuestro desarrollo humano y espiritual.

Yo, que utilizo, este medio digital para testimoniar mi fe desde la verdad, el respeto y la tolerancia, me he dado cuenta de que ya no estoy en un espacio de encuentro, sino una plaza pública en la plena oscuridad de la noche, sino en un ágora virtual donde "todo vale".

Las normas más elementales de convivencia social se han diluido; la libertad de expresión, que protege la pluralidad y la discrepancia, ha dado paso al libertinaje digital, que aboga el derecho a insultar o humillar a otros de forma gratuita. 
Mientras que en el antiguo ágora, hablar cara a cara suponía respeto y tolerancia, o mirarse a los ojos recordaba que el otro es un espejo de uno mismo, en el digital, el anonimato y los perfiles falsos actúan como máscaras que deshumanizan las interacciones, eliminan la empatía y promueven la intolerancia y la difamación fácil, como lanzamiento de piedras ideológicas con toda impunidad, olvidando que cada ofensa daña el Cuerpo Místico de Cristo y que de ellas se rendirán cuentas (Mt 12, 36).
Las plataformas digitales no son meros espacios públicos neutrales. Sus algoritmos están diseñados para favorecer las bajas pasiones (ira, envidia, soberbia, vanidad), el conflicto, la división y la confrontación (tácticas del Enemigo): la indignación genera clics, los clics generan permanencia y la permanencia se traduce en dinero. 
Al igual que en una trifulca callejera donde la multitud se arremolina alrededor del escándalo, las redes impulsan el discurso radical y polarizado, el enfrentamiento y la provocación, silenciando la moderación y el debate reflexivo.
En este "territorio sin ley", los límites de lo ético se desdibujan: se fragmenta la presencia, nos aleja del "aquí y ahora", nos arrastra a un estado constante de alerta y reactividad, y nos confina en una zona franca de linchamiento moral.

En este "entorno hostil", la difamación, la mentira y el chisme son pecados contra el octavo mandamiento que se propagan impunemente bajo el pretexto de defender la verdad: el odio se disfraza de opinión, el postureo se reviste de autenticidad y la creación de contenido mercantiliza el bulo interesado como un producto de consumo más.

En este "todo vale", las fronteras de lo aceptable se desplazan: la cultura de la cancelación opera como juicios sumarísimos en plena calle negando la capacidad humana de redención, conversión y perdón; la desinformación deliberada se difunde con la misma impunidad que un chismorreo o rumor malintencionado en un mercado; y el acoso sistemático se disfraza de "libertad de expresión".

En este "falso altar", los límites de lo sagrado se disipan: las hogueras digitales queman el derecho a la dignidad humana, el relativismo moral sacrifica la verdad objetiva en el altar de los likes y la validación social instantánea.

En este "espacio impune", se opera como en el antiguo Sanedrín, incitando a la multitud a gritar y condenar. También el creyente cae a menudo en la tentación de la soberbia espiritual, juzgando con severidad detrás de un teclado y olvidando las palabras de Jesús: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" (Jn 8, 7).

El ágora desde la fe
Lo más doloroso no es que el mundo actúe según "sus lógicas". Lo verdaderamente preocupante es ver cómo nosotros, los que nos llamamos cristianos, nos hemos mimetizado con el paisaje. Hemos cambiado el Evangelio por el algoritmo. Hemos convertido al prójimo en un concepto, en un rival o en un simple avatar.

Reducir las redes sociales a un lodazal no solo daña la salud mental colectiva, sino que fractura el tejido moral y la dignidad humana. Regular estos ágoras públicos sin caer en la censura es el gran desafío de nuestra era. 

Si queremos que las redes sean un lugar de encuentro y no una plaza tumultuosa, además de exigir una mayor responsabilidad a las plataformas, como ciudadanos digitales debemos dejar de alimentar el espectáculo del odio. La plaza pública es de todos...el respeto y el honor también.
Como cristianos (digitales o analógicos), estamos llamados a iluminar este "ágora" con la fe y con el amor de Dios; a cultivar el discernimiento espiritual aprendiendo a utilizar el entorno digital sin engancharnos, a bendecir en lugar de maldecir, a perdonar en lugar de condenar, a apagar la pantalla cuando el entorno amenace nuestra paz. 

Como bautizados, no estamos llamados a huir del mundo, sino a santificarlo. Si las redes sociales son hoy una plaza peligrosa, nuestra respuesta cristiana debe ser la de llevar la luz del Evangelio a ese empedrado virtual. 

Esto exige un profundo examen de conciencia antes de publicar, compartiendo contenidos con mansedumbre, respeto y rectitud de intención (1 Pe 3, 15). Supone la urgencia de rescatar el silencio interior y recordar que la verdadera comunión no se mide en seguidores, sino en el amor fraterno. 

Solo habitando la ágora digital desde la caridad lograremos que esa plaza deje de ser un espacio sin ley y se convierta, verdaderamente, en un lugar de encuentro.

En las calles de nuestras ciudades, mirar a alguien a los ojos nos frena. El rostro del otro nos recuerda su dignidad. Pero detrás de una pantalla, el anonimato o la distancia física actúan como una anestesia para la caridad. 

Es escalofriante la facilidad con la que lanzamos juicios sumarísimos en las secciones de comentarios, olvidando que detrás de cada cuenta hay una historia, heridas y un alma amada por Dios. San Juan de la Cruz decía que "al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor". A veces me pregunto qué pensará el Señor al revisar nuestro historial de publicaciones y respuestas.

A menudo culpamos a los algoritmos, pero el problema es que caemos en la trampa del Enemigo con una docilidad pasmosa. Somos cómplices, aún sin ser conscientes de que nos subimos al púlpito de la soberbia espiritual. 

Bajo el noble pretexto de "defender la verdad", justificamos el chisme, la burla, la ironía mordaz y la difamación, y no somos conscientes de que pecamos contra la Ley de Dios. Nos hemos convencido de que ser fieles a la verdad nos da derecho a pisotear la caridad, cuando la realidad es que una verdad sin amor no es evangélica; es solo ideología y ruido.
Como católicos, no podemos validar esa dinámica implacable del linchamiento y de la falta de caridad. Nuestro Dios es el Dios de las segundas oportunidades, el que le dijo a la mujer adúltera: "Tampoco yo te condeno; vete y en adelante no peques más" (Jn 8,11). Si nuestras redes se parecen más a los fariseos con las piedras en la mano que a Cristo ofreciendo el perdón, algo estamos haciendo profundamente mal.
En su encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco nos advirtió: "La ilusión de la comunicación en el entorno digital, que favorece el desarrollo de formas insólitas de agresividad y se convierte en una periferia existencial hostil, un espacio callejero donde se diluye la caridad. Lo que nació como una promesa de encuentro se asemeja cada vez más a una plaza donde se prefiere la lapidación verbal antes que la misericordia".

El Evangelio nos llama constantemente a reconocer a Cristo en el rostro del otro. Sin embargo, en la ágora digital, las pantallas y los perfiles falsos deshumanizan al prójimo, reduciéndolo a un simple avatar o a una idea contraria, anulando toda empatía y toda fraternidad. 
No se trata de huir de Internet y escondernos en una burbuja de seguridad. Se trata de habitar la red de otra manera. Jesús nos llama a lanzar la red y a ser pescadores de hombres (Mt 4,18-20), no a utilizarla como instrumento de escarnio o maltrato.

Por eso, como bloguero y como creyente, me propongo (y te propongo) tres reglas sencillas antes de publicar:
  • La regla del rostro: Si no se lo dirías a esa persona mirándola a los ojos en una cafetería, no lo escribas en Twitter o Instagram.
  • La regla de la intención: ¿Busco edificar, iluminar y consolar, o solo quiero tener la razón, ganar likes y alimentar mi ego?
  • La regla del silencio: El silencio también es una respuesta cristiana. No todas las polémicas necesitan nuestra opinión.
Si las redes sociales se han convertido en una plaza oscura y tempestuosa, nuestro deber no es lanzar más piedras, sino encender una luz. Dejemos de alimentar el espectáculo del odio. El empedrado digital es duro, pero la gracia de Dios es capaz de agrietar cualquier superficie.

martes, 9 de junio de 2026

"ALZAD LA MIRADA"

"Alzad la mirada y contemplad los campos, 
que están ya dorados para la siega; 
el segador ya está recibiendo salario 
y almacenando fruto para la vida eterna: 
y así, se alegran lo mismo sembrador y segador" 
(Jn 4,35-36)

Ha concluido la visita del Papa León XIV a Madrid, con cuyo lema "Alzad la mirada" nos ha invitado a levantar la mirada del egoísmo cotidiano o de las preocupaciones materiales para ver el dolor y el sufrimiento, la necesidad de amor y de Dios de quienes nos rodean; nos ha mostrado la urgente necesidad espiritual de las personas: hoy es el momento de actuar, de compartir la fe, sin excusas ni postergaciones.

Por ello y sin pensármelo dos veces, he servido durante este fin de semana como uno de los 17.000 voluntarios que hemos puesto nuestro tiempo y esfuerzo a disposición de las personas, de la Iglesia y de Dios.
 
No os voy a mentir: físicamente he terminado exhausto. Han sido más de 30 horas de pie y sudando bajo el sol abrasador, organizando equipos, gestionando masas, controlando accesos, respondiendo las mismas preguntas una y otra vez, apaciguando ánimos, calmando nervios, y durmiendo poco (pero "muy deprisa").

Ha habido momentos de caos logístico y de tensión estratégica ante las avalanchas de peregrinos agolpados y nerviosos en los controles de acceso, y donde mantener la sonrisa y la calma ha sido un verdadero ejercicio de paciencia y perseverancia.
  
Pero en medio de todo ese cansancio y de esa tensión, me ha ocurrido algo maravilloso. Cada vez que le he dado una botella de agua a un peregrino, cada vez que he guiado a alguien perdido, cada vez que he contenido una valla o calmado los nervios de la gente, no he visto peregrinos: he visto sed, necesidad de Dios (Sal 42,1-3).
 
He experimentado una vez más lo que tantas veces leemos en la Biblia o decimos en Emaús: que hay más alegría en dar que en recibir. He sentido ese fuego del corazón ardiente, el mismo que siento cuando sirvo en nuestros retiros: no es lo que hago sino el amor que pongo en ello.
   
La visita del Papa ha concluido y he vuelto a mi rutina. ¡Qué fácil ser un voluntario estrella, sonriente y dispuesto, cuando el Papa está a unos metros y el ambiente es de fiesta, o cuando sirvo en un retiro de Emaús donde soy testigo de los milagros de Dios! Lo verdaderamente difícil es mantener ese mismo espíritu de servicio paciente cuando vuelvo a lo cotidiano.

El Papa ya se ha ido, pero ha dejado en nuestros corazones un claro mensaje: levantar la mirada del egoísmo cotidiano o de las preocupaciones materiales para ver el dolor, la necesidad de amor y la sed espiritual de quienes nos rodean. 

También nos ha invitado a que seamos humanos de carne y hueso pero con la mirada puesta en Dios. Nada de tibiezas ni mediocridades, nada de apegos materiales o emocionales, nada de “mirar atrás” sino “alzar la mirada” para que, como los primeros cristianos, lo “normal” de nuestra fe sea “lo heroico de cada día”, hacer de lo ordinario algo extraordinario.

El servicio no es un evento especial de una semana al que nos inscribimos para sentirnos buenos cristianos; el servicio no es ponerse una camiseta naranja con una “V” de voluntario” o un polo de Emaús con una rosa o una mariposa. Nuestro servicio es el uniforme diario que nos debemos poner al despertar.
 

Servir no es solo controlar los accesos en un evento masivo o informar a personas perdidas; tampoco preparar la logística de un retiro; es escuchar con paciencia a quien nos cuenta sus problemas, es atender las necesidades de nuestra familia cuando estamos exhaustos, es tenderle la mano al hermano de nuestro grupo que hoy no tiene ganas de hablar, o sonreírle al conductor del coche de al lado que está teniendo un mal día. Servir es cumplir con el mandato de Cristo de amar al prójimo y de esa forma, amar a Dios.

Si solo sirvo en los "grandes momentos", soy un simple entusiasta, un simple fan. El cristiano no es un entusiasta ni un fan de eventos o experiencias espirituales; es un servidor a tiempo completo.

Mi experiencia con el Papa me ha mostrado una vez más que la logística del Reino de Dios funciona las 24 horas del día.

Pero hoy os comparto esto, no para hablar de lo que he hecho, sino para que sigamos la invitación del Papa a “alzar la mirada” de los móviles, de las redes sociales y de la tecnología que no pueden calmar esa necesidad; para que veamos a Cristo caminando a nuestro lado en las personas que nos encontramos; para que dejemos de mirar hacia abajo y hacia atrás como los dos de Emaús y mirar hacia arriba y hacia adelante, sirviéndole en lo pequeño, en lo invisible y en lo cotidiano.

 

domingo, 31 de agosto de 2025

¿HA PERDIDO EMAÚS SU ESENCIA?

"Todo el que viene a mí, 
escucha mis palabras y las pone en práctica... 
se parece a uno que edificó una casa: 
cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; 
vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, 
y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida. 

El que escucha y no pone en práctica 
se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, 
sin cimiento; arremetió contra ella el río, 
y enseguida se derrumbó desplomándose, 
y fue grande la ruina de aquella casa" 
(Mt 6,47-49)

Me temo que este artículo provocará algunas controversias y muchos no estarán de acuerdo conmigo, pero desde mi reflexión personal me siento en la obligación de encender los "warnings", quizás porque llevo mucho tiempo desanimado, desalentado y desmotivado a la vista de los derroteros que está tomando Emaús y hacia dónde se dirige...y me entristece el corazón.

Siempre digo (y no me cansaré nunca de decirlo) que Emaús es sólo el "trailer", que es tan sólo un método, que es sólo el principio del camino pero no es un fin en sí mismo, algo que muchos parecen no haber asumido. También, siempre digo que Emaús no va de números ni de cantidades, ni de "hacer retiros", algo que muchos parecen no haber asumido.

Hace ya más de siete años de la publicación de mi articulo ¿Corre peligro Emaús?, en el que reflexionaba y meditaba sobre las posibles amenazas de convertir esta obra de Dios en un producto de hombres y, desgraciadamente, casi todas ellas se han ido cumpliendo, aunque no ocurran en todos los retiros de Emaús. 

Y creo que Emaús ha perdido la esencia (o la está perdiendo) porque:
  • hemos caído en una cierta "rutina evangelizadora", hemos abandonado sus sólidos cimientos originales y los hemos sustituido por nuestros "cimientos de arena"
  • hemos ido añadiendo nuestros propios criterios, opiniones y ocurrencias, convirtiéndolo en un método sincretista, entre lo profano y lo espiritual
  • hemos caído en el "efecto gravitatorio", en una especie de "rueda de hámster" sobre la que caminamos pero no avanzamos ni llegamos a ninguna parte...volvemos siempre al mismo sitio
  • hemos convertido el retiro en un "subidón espiritual", donde nos ponemos el "polo de cristianos" y "servimos", pero una vez fuera, nos desinflamos y nos olvidamos de Dios
  • hemos pasado a ser "católicos ocasionales" (un día a la semana, dos fines de semana al año), pero con escasa asistencia a los sacramentos (también, un día a la semana - eucaristía -, y algunos meses al año - confesión -)
  • nos reunimos semanalmente en nuestro club social, pero no adquirimos ningún compromiso con la parroquia ni con sus miembros, hasta el punto de que somos absolutos desconocidos para ellos
  • vivimos nuestra fe sólo en "Emaús", pero no buscamos el crecimiento espiritual, la constancia en la oración, la lectura de la Sagrada Escritura o la participación en las pastorales parroquiales
  • nos hemos transformado en "Judas" que caminamos junto al Señor pero no le amamos de corazón y, a la menor oportunidad (tras el retiro), le traicionamos
  • nos hemos apropiado del mérito, del protagonismo y de la gloria evangelizadora, buscando "deslumbrar" en lugar de "alumbrar", ansiando reconocimiento y admiración 
  • invitamos a caminar a todo tipo de personas, buscando más lo cuantitativo que lo cualitativo: el objetivo es llenar el retiro
  • nos hemos dedicado a "opinar", a "cumplir" y a "adquirir veteranía", olvidando rezar, obedecer y ser humildes
  • nos hemos convertido en "activistas espirituales descabezados" que hacemos cosas sin sentido, decimos "tópicos" sin propósito y no avanzamos en nuestra relación con Dios
  • hemos inventado un hipermercado de experiencias espirituales, "variantes de retiros especializados" según la vocación, la edad o el estado (de sacerdotes, de matrimonios, de niños, de discapacitados...) pero hemos olvidado construir comunidad
  • hemos adquirido una actitud de superioridad farisea sobre el resto de los métodos evangelizadores o sobre otros carismas, creyendo que Emaús es "lo más cristiano"
  • hemos obviado qué hacer con todas las personas tras el retiro, sobre todo, en cuestión de formación catequética, itinerarios de discipulado, compromiso eclesial y sacramentalidad.
Quiero seguir manteniendo mi esperanza y mi confianza en Dios, sabiendo que el Señor se encargará de solucionar cualquier problema. Mientras tanto, seguiré rezando con los Salmos: 
"Vigilaré mi proceder, para no pecar con mi lengua; pondré una mordaza a mi boca. Señor, dame a conocer mi fin y cuál es la medida, para que comprenda.
Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda? Tú eres mi confianza. Líbrame de mis inquietudes, no me hagas la burla de los necios. Enmudezco, no abro la boca, porque eres tú quien lo ha hecho. 
Escucha, Señor, mi oración, haz caso de mis gritos, no seas sordo a mi llanto; porque yo soy huésped tuyo, forastero como todos mis padres" 
(Sal 39,2-14) 
"Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito: me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.  
Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío, cuántos planes en favor nuestro; nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas, decirlas, pero superan todo número. 
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; entonces yo digo: 'Aquí estoy para hacer tu voluntad'. 
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. He proclamado tu justicia ante la gran asamblea; no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. 
No me he guardado en el pecho tu justicia, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu misericordia y tu lealtad ante la gran asamblea. 
Tú, Señor, no me cierres tus entrañas; que tu misericordia y tu lealtad me guarden siempre, porque me cercan desgracias sin cuento. Se me echan encima mis culpas, y no puedo ver; son más que los pelos de mi cabeza, y me falta el valor. 
Señor, dígnate librarme; Señor, date prisa en socorrerme. Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí; tú eres mi auxilio y mi liberación: Dios mío, no tardes"
(Sal 40, 2-18)

Artículos relacionados:
Emaús es sólo el trailer

jueves, 22 de agosto de 2024

EVANGELIZACIÓN: LO QUE FUNCIONA Y LO QUE NO


Desde hace poco más de una década, tras mi conversión y a pesar de mi inicial reticencia y de mi escaso conocimiento sobre la fe, el Señor me llamó, de una forma muy directa en un retiro de Emaús .

Sin apenas darme cuenta, Dios ha ido preparándome y capacitándome para poder cumplir la misión que me encomienda a través de: formación teológica, mariológica, litúrgica y bíblica, discipulado, grupos de fe y de Lectio Divina, servicios pastorales parroquiales y diocesanos, peregrinaciones, lecturas espirituales, congregaciones religiosas, encuentros y métodos de nueva evangelización (ENE, Alpha, Emaús, Effetá)... 

Después de todos estos años, uno se da cuenta de que España, y Occidente en general, han dejado de ser eminentemente católicos y han pasado a ser religiosamente indiferentes, tibios o agnósticos, mientras la Iglesia sigue manteniendo métodos, estructuras y lenguajes que "no llegan", que "no funcionan" y que no producen "frutos". Casi todos los sacerdotes han sido formados como si estuviéramos en el antiguo régimen de la Cristiandad y dan por hecho muchas cuestiones de los fieles que no se corresponden con la realidad. 

Es sorprendente comprobar hasta qué punto las personas carecen de una mínima formación cristiana en lo relativo a la liturgia, los sacramentos, la oración, la Escritura, etc. Y es porque nadie se lo ha enseñado. Y es que todos hemos dado por hecho que la civilización occidental sigue siendo cristiana. Y eso ya no es así.

Un estudio científico llamado "Buenas Prácticas en Parroquias", de febrero de 2023, sobre cómo evangelizan las parroquias, qué prácticas tienen, como renuevan sus estructuras, etc., demuestra que de las 22.000 parroquias existentes en España, tan sólo 300 han empezado alguna forma de "conversión pastoral y renovación misionera", a través de métodos kerigmáticos, itinerarios de discipulado, cambios de estructuras que no favorecen la transmisión de la fe, grupos de liturgia y de Biblia, formación de evangelizadores...

Es cierto, que tras varios lustros de nueva evangelización, se aprecia esta renovación pastoral en algunas parroquias que crecen orgánicamente; quizás a paso lento, pero firme y seguro, con la guía del Señor. 

Sin embargo, aún queda mucha mies por trabajar y pocos son los obreros (cf Mt 9,37), pero no hay que perder la esperanza porque Dios nos ayuda: "El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn 14,26).
Lo que no funciona
Lo más importante para un evangelizador es discernir lo que funciona y lo que no funciona en el terreno de misión. Lo que es cierto y seguro es que nada funciona sin el Espíritu Santo, sin una actitud de abandono en Dios y oración frecuente, de servicio y entrega altruista, y sin una disposición humilde y obediente.

No funcionan los intentos proselitistas de "convertir" a la fuerza, de convencer en lugar de contagiar, de forzar en lugar de respetar. Tampoco funcionan las antiguas pastorales de catequesis iniciáticas, sin antes entablar una relación personal con las personas que buscan a Dios. Nosotros nos interesamos por las personas pero no convertimos a nadie, es Dios quien lo hace.

La evangelización es infructuosa sin liderazgo, sin discipulado o sin acompañamiento. Esas son las claves y los frutos de la evangelización: organización, formación y caridad. 
Lo que sí funciona
Para que haya discipulado, lo primero que debe haber es una comunidad que acoja y acompañe, además de una corresponsabilidad entre sacerdotes y laicos que favorezca el crecimiento espiritual, uno liderando y otros sirviendo.

La evangelización funciona cuando nos interesamos de verdad por las personas, cuando las escuchamos. Muchos vienen con muchas dudas y preguntas sin contestar. Cuando las personas se sienten escuchadas (en una sociedad llena de ruido y que no escucha) es cuando se abren y preguntan. 

Es entonces cuando se puede empezar a hablarles, pero nosotros sólo mostramos a Cristo con nuestro testimonio de vida, para que Él responda sus dudas, mientras les acompañamos en el camino. Todo discípulo necesita un mentor, un acompañante que le sostenga y le ayude mientras "va de camino". Pero Maestro, sólo hay Uno.

Para que este discipulado sea duradero y de frutos, necesitamos colaborar con los sacerdotes, formar líderes y establecer grupos (que no coordinadores ni equipos) que utilicen todas las diferentes herramientas humanas y divinas que tenemos a nuestro alcance (cf Sal 78).

Dios nos pide un cambio de mentalidad, tanto en los sacerdotes como en los laicos. Nos pide dejar de estar aferrados a la vieja mentalidad de mantenimiento, de fe introspectiva y privada, de total inacción misionera y nulo compromiso evangelizador. 

Necesitamos directores de orquesta, no hombres-orquesta que intenten tocar a la vez todos los instrumentos. La evangelización requiere hoy una orquesta, compuesta por su director y sus solistas, sus instrumentos y sus intérpretes... formada por un líder, servidores y herramientas que "suenen" correcta y armónicamente.
Sacerdotes, laicos, diáconos, religiosos...todos "tocan", todos evangelizan. Pero en la evangelización es el párroco quien dirige y lidera la orquesta, desde la cercanía y la escucha, desde la corresponsabilidad y la delegación.

Lo que Dios nos pide
Jesús, que hace nuevas todas las cosas (cf Ap 21, 5), nos pide hacer cambios y utilizar nuevos métodos de evangelización. Nos pide hacer nueva la forma de tratar a las personas que se acercan a la Iglesia y a los sacramentos, la forma de vivir la fe comunitariamente. 

El Espíritu Santo, que ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones (cf Rom 5,5), nos suscita, tanto a sacerdotes como a laicos, la imperiosa necesidad de cultivar la caridad: acoger, acompañar, formar y discipular, porque, por desgracia, al crecer la maldad (en el mundo), se ha enfriado el amor en la mayoría (cf Mt 24,12) de nuestras comunidades parroquiales. 

No se trata tanto de poner en marcha una pastoral de nuevos métodos que caigan en la tentación del activismo, sino de generar una nueva forma de construir auténticas comunidades cristianas.
Es nuestra misión reedificar una Iglesia que ha dejado de "salir" al mundo y que ha olvidado el "amor primero" (Ap 2,4); que se ha contagiado de los falsos ídolos del mundo (Ap 2,14-15;20-21); que se ha vuelto "autosuficiente" y "complaciente", y se cree a salvo (Ap 3,1); que se mantiene "cumpliendo" con tibieza y a duras penas (Ap 3,15-16); que sólo crece en incertidumbre, que se pone a la defensiva y no se deja corregir (Ap 3,19); que contagia compasión...más que pasión, que inspira pena...más que alegría (Ap 3,17).

Es nuestra tarea (de todos) rescatar esa mentalidad "evangelizadora" para "construir" discípulos y no para "mantener" reuniones y edificios.

Es nuestra labor (de todos) retomar esa mentalidad originaria de formar hombres apasionados de Cristo que contagien a otros y no para seguir haciendo lo que se ha hecho "siempre".

Un cristiano, por mucho que vaya a misa (más por lo que cree que debe hacer, que por creer que va al encuentro de Cristo), no es maduro hasta que no se convierte en discípulo, es decir, hasta que no está en misión, mientras se forma y contagia a otros su pasión evangelizadora. 

Un cristiano, por mucho que consuma sacramentos (más por inercia y tradición que por conocimiento de lo que ello supone) no es fructífero hasta que no se convierte en discípulo, es decir, hasta que no "se pone manos a la obra" y "sale" a evangelizar. 

Es nuestra misión (de todos) descartar lo que no funciona y asumir lo que funciona.

martes, 19 de julio de 2022

DECEPCIÓN: ENTRE LA EXPECTATIVA Y LA REALIDAD

"Esperaba la dicha, me vino el fracaso; 
anhelaba la luz, llegó la oscuridad. 
Me hierven las entrañas sin cesar, 
enfrentado a días de aflicción" 
(Job 30,26-27)

¿Quién no se ha sentido alguna vez decepcionado, desilusionado o incluso, engañado? ¿Quién no se ha sentido triste ante una situación que no se ha desarrollado como esperaba? ¿Quién no se ha sentido dolido en algún momento de la vida por una traición o infidelidad?

El diccionario de la RAE define decepción (del latín deceptio, -onis, del verbo decipere, engañar, defraudar, burlar) como el pesar o tristeza causados por un desengaño o una contrariedad. 

También, hace referencia al verbo decapere (coger, capturar), término relacionado con la caza, con la trampa o con el engaño que un cazador utiliza para capturar a su presa: el prefijo de- hace referencia a un descenso, a una caída, y capere hace referencia al hecho de coger, capturar.

Aunque es cierto que la deceptio suele producir una sensación de tristeza o incluso, de traición a causa de un desengaño por alguien querido o respetado, más bien debería provocar todo lo contrario, puesto que des-engaño significa dejar de estar engañado, salir del engaño. 

Ocurre que, normalmente, esa sensación de pesar proviene más de sentirse engañado y "capturado", de haber "caído en la trampa" y no haberse dado cuenta, que del daño propiamente infringido por el otro. Incluso, a veces, es el resultado de un auto engaño.
Sin embargo, yo prefiero decir que la decepción es la distancia entre la expectativa y la realidad. El camino entre la esperanza depositada en el ser humano y su propia naturaleza caída. 

La historia universal nos muestra en numerosas ocasiones y de forma fehaciente que el hombre es decepcionante por naturaleza: con el prójimo, consigo mismo y con Dios.  Y mi experiencia personal, también lo corrobora por la cantidad de veces que he decepcionado a otros y por las que me he sentido decepcionado, defraudado o traicionado por otros. Sin ir más lejos, ahora mismo, según escribo este artículo.

No obstante, se me hace imprescindible escuchar y aprender de la pedagogía divina. Y para eso, Dios nos ha regalado Su Palabra. No hago mas que recordar el pasaje de los discípulos de Emaús cuando, de camino hacia su aldea, le dicen a Jesús: "Nosotros esperábamos..." (Lc 24,21-25). Expectativas humanas...no divinas.

San Pablo en su primera carta a los Corintios nos exhorta también a no caer en la decepción, sino a amar, cuando dice: "El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca" (1 Cor 13,4-8). Amor divino...y también humano.

Y es que el amor al que los cristianos estamos llamados, para con Dios y para con el prójimo, nunca puede decir "deberías...", "tienes que...", "yo esperaba...". El amor jamás fuerza ni violenta. No impone ni exige. Y tampoco se decepciona...

Por eso, debo estar agradecido. No puedo estar decepcionado con nadie, de la misma forma que estoy convencido que Dios jamás se decepciona con ninguno de nosotros. Y no lo hace porque nos ama. Sufre, pero no por Él, que es fiel, sino por nosotros, que no lo somos. Padece, pero no por egoísmo, sino por el dolor de un Padre cuando ve a sus hijos caer una y mil veces, y aún así es capaz de dar la vida por cada uno de ellos (de nosotros).

Cuesta y no es fácil, pero así debo entenderlo: si me decepciono es porque no amo; sino porque deseo "ser amado", "ser reconocido", "ser correspondido", de un modo egoísta. Y no es ese el mensaje del amor.

Es necesario aprender del amor divino. Y es que la única expectativa que no falla, la única persona que jamás decepciona, el único que es siempre fiel, es Dios. Salir del engaño es dejarse seducir por el amor divino que, primero nos demuestra y luego nos exhorta a imitar. Se trata de, primero, dejarse amar por Dios para poder amar después al prójimo. Y amando al prójimo, amar a Dios. "La pescadilla que se muerde la cola"...

No es fácil, pero si de verdad quiero ser perfecto en el amor como mi padre celestial (Mt 5,48), tengo que huir de la decepción e imitar la regla de oro evangélica: el amor que todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

sábado, 16 de enero de 2021

¿TE HE DICHO ALGUNA VEZ QUE TE QUIERO?

"Salió de nuevo a la orilla del mar; 
toda la gente acudía a él y les enseñaba. 
Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, 
sentado al mostrador de los impuestos, 
y le dijo: 'Sígueme'. 
Se levantó y lo siguió"
 (Marcos 2, 13-14)

Meditando hoy el conocido pasaje del evangelio de San Marcos, cuando Jesús le dice a Mateo "Sígueme", me ha hecho recordar el momento, hace algo más de cinco años, en el que escuché "la pregunta". 

Fue en un retiro cuando Cristo, que "paseaba por la orilla de mi mar", me miró con ternura y me preguntó: ¿Te he dicho alguna vez que te quiero?...Fue su forma de decirme: "Sígueme".

Desde que escuché esa pregunta retórica, ya nada fue igual, ya no fui el mismo. No podía serlo. Me levanté y lo seguí. Tampoco podía explicarlo. Algo cambió mi, hasta entonces, duro y áspero corazón. Su llamada retumbó en mi interior como un eco interminable que aún perdura. 

Fue esa peculiaridad para atraerme, esa sutileza para afirmar preguntando "¿te he dicho alguna vez que te quiero?", esa delicadeza para preguntar afirmando "Sígueme", la que puso "patas arriba" toda mi forma de pensar y actuar, ampliando mi perspectiva y cambiando completamente mi mirada egoísta y ensimismada en mis intereses, para dirigirla hacia Dios y hacia los demás. 

Fue esa voz endulzada de gracia interrogativa, que jamás quebranta la libertad, la que me invitó a descubrir cómo, en realidad, me lo había dicho continuamente a lo largo de toda mi vida, pero yo no me había dado cuenta. Ese día no fue el día que Dios pasó por mi vida. Él ya estaba en ella, pero yo no lo veía. Fue el día en que yo pasé por el amor de Dios.

Fue esa mirada cautivadora, auténtico "flechazo de amor", la que me mostró como Dios-Amor va siempre por delante ("me primerea", como dice el Papa Francisco), abriendo el camino, liderando, dando ejemplo, invitándome a hacer lo mismo que Él: a servir, a amar.
Como hizo Mateo, dejé atrás mi "oficio de recaudador", mi profesión de "usar" y "abusar" de otros, mi propósito de "recibir" y "sacar provecho" de los demás, para "actualizar y resetear" mi vida, para dejar de vivirla de una forma egoísta e interesada y entregarla a los intereses del Reino, a la voluntad de Dios.

Así es Cristo: 

Amor auténtico y desinteresado que da la vida por sus amigos (Juan 15,13). 

Amor pleno y profundo que trasciende todo conocimiento, que enardece el corazón, cuando lo ocupa, cuando lo llena y lo habita (Efesios 3,17-19). 

Amor eterno e infinito (Salmo 135,1) que no deja indiferente a nadie y que mueve a invitarle a "casa", como hizo Mateo o como hicieron los dos de Emaús. 

Ningún mérito es propio ni nuestro. Todos son de Jesucristo. Y cuando interiorizas esta Verdad, Ella misma te hace libre. Entonces, sigues a Cristo y haces tuya la pregunta:

 ¿Te he dicho alguna vez que te quiero?

viernes, 18 de septiembre de 2020

CAMINANDO CON JESÚS AL ATARDECER

"Y, tomando pan, 
lo bendijo, 
lo partió 
y se lo dio"
(Lucas 22,19)

El Señor interviene en mi vida...continuamente. Cada atardecer, mientras camino, a veces, desilusionado y, otras, alegre, Cristo se hace el encontradizo conmigo y me pregunta ¿qué conversación traes por el camino?

Jesús siempre se interesa por los anhelos y preocupaciones de mi corazón. No le son ajenos porque me conoce y me ama desde toda la eternidad. Siempre está dispuesto a escuchar de mis labios lo que Él ya sabe. 

Quiere que sea así... que lo verbalice, para que el propio eco de mis palabras resuene en todo mi ser; quiere que "saque" todo lo que hay en mi corazón para llenarlo de suaves palabras de amor y de paz; quiere que me vacíe de mí para llenarme de Él.

Jesús siempre me ofrece un diálogo tranquilo y pausado donde la meditación profunda de sus palabras me abre paso a la contemplación pausada, sin prisa. Es un momento donde el tiempo se detiene y el espacio desaparece, donde no existe ruido ni agitación. Sólo Él y yo...

"Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, me explica lo que se refiere a él en todas las Escrituras". Me cuenta cómo, a lo largo de mi vida, ha estado siempre presente, interviniendo siempre con su gracia para ganar mi alma, aunque yo no le haya reconocido.

Entonces, le invito a mi casa por voluntad propia, se sienta a la mesa eucarística y me susurra "su pregunta", la que me hace todos los días: ¿te he dicho alguna vez que te quiero? 

Y lo hace con su única y magistral forma de enseñar, para que se me abran los ojos y le reconozca:


Toma el pan

Cristo me toma, me elige, me conquista... Podría elegir a otros muchos, pero me elige a mí. 

Me llama por mi nombre y asume mi vida, con mis limitaciones y debilidades, con mis aciertos y errores, con mis dones y mis pecados. Me hace "suyo" por amor incondicional.

No se arrepiente de elegirme y caminar conmigo. Aunque falle, aunque me equivoque, aunque caiga, aunque le traicione, le niegue y le dé la espalda, Él siempre me tiende su mano amiga.

Lo bendice

Jesús siempre habla bien de mí, aunque no lo merezca. Nunca me desprecia ni me culpa. Porque me quiere.

Me ensalza, me santifica, me diviniza y me consagra a Él. Pero además, me capacita y me da fuerza. 

Pone en mi alma el deseo de desarrollar los talentos que me ha dado para darle gloria.

Lo parte

Cristo me parte en pedazos, me rompe, me quebranta. Quiere que viva un poco roto, humillado, anonadado, incomprendido...como Él.

Quiere que sea consciente de mi debilidad, que asuma mi fragilidad...y así, asemejándome a Él, viva con humildad, obediencia y confianza la misión que me ha encomendado.

Sólo quebrantado soy capaz de comprender que necesito su gracia y, en un acto libre de mi voluntad, ser capaz de amarle y darle gloria.

Lo entrega

Jesús me ha hecho reflejo suyo y por tanto, "pan" para los demás. Soy alimento para ser consumido y digerido. Mi vida es para entregarla a los demás y a Dios.

Soy un regalo para los demás. Soy la luz y la sal para quien no conoce y necesita al Salvador. El fuego que arde en mi corazón es para incendiar otros corazones que necesitan Su amor misericordioso.
Entonces, el Señor desaparece tras haberme dado de comer su divinidad, tras haberme invitado a ser un "alter Christus", tras haberme invitado a ser "un sacrificio agradable ante el Padre", una "hostia viva" para los demás. 

No sólo me propone llevar una vida eucarística, sino ser "eucaristía" para otros:

- para mi familia: para darme y entregarme completamente; para ser "otro cordero llevado al matadero", para ser humilde y dócil a la voluntad de Dios, para estar dispuesto a ofrecerme en sacrificio por ellos. 

- para mis amigos, esto es, para ser otro Cristo en la tierra, para tomar la cruz de mi pecado y morir a él; para seguirlo, para imitarlo dando mi vida por ellos. 

-para el mundo, es decir, para ser su perfecta imagen y semejanza, para que, cuando el mundo me vea, le vea a Él, "el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Juan 1, 29). 

-para Dios, esto es, para  ser santo, para ser perfecto...como Él.

JHR

sábado, 25 de julio de 2020

¿TAMBIÉN VOSOTROS QUERÉIS MARCHAROS?

"Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: 
'Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?'. 
Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, 
les dijo: '¿Esto os escandaliza?, 
¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? 
El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. 
Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. 
Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen'... 
Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás 
y no volvieron a ir con él. 
Entonces Jesús les dijo a los Doce: 
'¿También vosotros queréis marcharos? ” 
(Juan 6, 60-67)

Como ocurrió en la sinagoga de Cafarnaún en el siglo I, muchos cristianos de nuestro tiempo se han escandalizado y han abandonado a Jesús por su modo tan duro de hablar, por su radicalidad, por su exigencia: ¿Quién puede creer lo que dice? ¿Quién puede cumplir lo que dice? 

Aunque le han visto hacer milagros, aunque le han acompañado a lo largo de sus vidas, le piden que haga más, que cumpla todos sus deseos. Al no ver cumplidos sus deseos, muchos le han criticado, se han echado atrás y no han vuelto a ir con Él. 

Pero aunque Dios accediera a sus demandas y reivindicaciones, ellos no estarían dispuestos a comprometerse porque la exigencia de seguir a Cristo es alta. En realidad no creen. Su fe es de conveniencia, interesada y egoísta, según se cumplan sus expectativas o no. 

La voluntad de Dios no consiste en hacer milagros para que los hombres crean. Tampoco en cumplir todos nuestros deseos y peticiones.  Es más bien al contrario, cuando los hombres creen, es cuando se producen los milagros.

Dios no es un "mago" que pretende deslumbrar a quienes le escuchamos, ni un orador "políticamente correcto" que dice lo que queremos escuchar o lo que "se lleva". Dios no es un "genio de la lámpara" que esté a nuestra disposición para concedernos nuestros deseos y caprichos.
No. La fe cristiana no es magia. No es emotividad ni sentimentalismo. No es "subidón" espiritual ni euforia milagrosa. No es egoísmo ni conveniencia. El Evangelio es claro, inequívoco, no deja lugar a dudas, exigente... y esto, escandaliza.

El mensaje del Señor es una actitud que no presume, que no busca el aplauso, que no busca el reconocimiento. El compromiso de Cristo es un pacto que no se enfada, que no se rinde, que no se impone. El Amor de Dios es un alianza unilateral que no lleva cuentas del mal, que nada exige, que nada espera... tan sólo se da (1 Corintios 13,4-7).

Sin embargo, nosotros no queremos adoptar ningún compromiso o exigencia. No estamos dispuestos a ofrecer fidelidad o lealtad. No en las relaciones amorosas, ni en las laborales, ni en las sociales y mucho menos en las políticas. Tampoco las espirituales iban a ser menos.

Hoy lo que cuenta es una falsa libertad individual para desentenderse, para no obligarse a nada, para no atarse a nadie, para no limitarse a nada. Nadie está dispuesto a conceder ni un centímetro de terreno, nadie quiere salir ni un palmo de su zona de confort. Nadie está "disponible"...y muchos abandonan a Cristo, escandalizados por su radicalidad y exigencia. 

El hombre se ha hecho conformista e indiferente. Ha perdido el espíritu cristiano de Mateo 20,28 y quiere ser servido en lugar de servir. Ha perdido el modelo evangélico de Juan 15,13 y prefiere quitar la vida de otro a dar la suya. Ha querido marcharse de Dios.

Pero para un cristiano auténtico, creer es obligarse, esperar es responsabilizarse, amar es comprometerse. Cristo nos da sólo dos mandamientos que sostienen toda la Ley: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22,37-40). Una mano tendida que sólo pide fidelidad y compromiso. Nada que Dios no nos haya dado antes.

El cristianismo no tiene grados. No se puede acoger "parcialmente": "esto sí me gusta, esto no". No hay fe sin compromiso. La fe no puede ser superficial, ni de conveniencia ni un hobby de fin de semana. Ni tampoco una tradición o costumbre. El Reino de Dios es un paraíso interior donde Él habita y que debemos cultivar, regar y cuidar.

No existen cristianos practicantes y cristianos no practicantes. No existen católicos radicales y católicos laxos. No existen cristianos conservadores y cristianos progresistas. No existen católicos con "contrato indefinido" y católicos con "contrato temporal". O se es cristiano o no se es. O se sigue a Cristo o se le abandona. 

Creer es amar a Dios de verdad y sobre todas las cosas. Repito: sobre "todas" las cosas. Sin intenciones egoístas o cómodas, sin tratar de aprovecharnos de la bondad y misericordia infinitas del Señor, sin intentar instrumentalizar a Dios.

Amar a Dios es buscar una relación con Él con actitud sincera y pureza de intención, que se compromete y que se materializa en el corazón, y no de cara a la galería. Una alianza no como un amuleto mágico o como una transacción comercial sino con un sentido altruista.

Comprometerse con Dios es madurar y crecer espiritualmente cada día, vivir una fe coherente y sincera, incluso en las pruebas, que es donde el cristiano demuestra su lealtad a Dios y su autenticidad en el amor.

Un cristiano comprometido busca, sobre todas las cosas, una libre "esclavitud" de amor con Dios, un contrato sin letra pequeña ni cláusulas adicionales, un cheque en blanco y sin fecha. Eso es el Amor.

"Y el Señor, que ve en lo oculto, nos recompensará"
(Mateo 6,6)