¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.

lunes, 14 de septiembre de 2015

6 TENTACIONES TÍPICAS DEL CRISTIANO, NIVEL AVANZADO


El demonio existe pero a Dios no le puede hacerle ningún daño directo y por eso trata de herirlo a través de las criaturas que Él más ama: nosotros. El diablo nos ataca y nos tienta constantemente para que ofendamos a nuestro Creador.
El problema es que el padre de la mentira es muy astuto, y nosotros, los cristianos, muchas veces vamos de listos. Creemos que ir a misa, rezar el Rosario y tratar de vivir una vida cristiana coherente nos exime automáticamente de toda preocupación por la presencia de este indeseable sujeto. Pero la realidad es otra. El demonio redobla sus esfuerzos cuando ve fruto en nuestras vidas, asume nuevos rostros y actualiza sus estrategias. 
Dios nos sugiere apartar la mirada de nosotros mismos y ponerla en los demás. Cuando sirves a los demás, te das cuenta de que la alegría y el brillo de la comunión auténtica no son comparables ni por asomo a los opacos destellos de satisfacción que ofrece el egoísmo. Sin embargo, es aquí donde el demonio se juega todas sus cartas. Y es que es muy difícil engañar o inducir a error a una persona que tiene la mirada y el corazón puestos en Dios y en los demás. Por decirlo de una manera, el amor es la “kriptonita” del maligno.
Esta es la estrategia principal que inspirará las demás tentaciones: el egoísmo. El demonio trata de que no miremos hacia arriba, hacia Dios ni hacia los lados, hacia el prójimo, sino que centremos la mirada en nosotros mismos, para poder atacar con efectividad. Este amor propio es una enfermedad espiritual que los Padres de la Iglesia han llamado Filaucia y que el diablo trata de inocularla en nuestra vida cristiana de las muchas maneras.
El demonio, no nos muestra la tentación de manera burda porque sabe que sería rápidamente rechazada; cambia de plan y la disfraza de pensamientos y estados de ánimo en apariencia positivos y espirituales para, poco a poco, desviarnos de la relación con Dios.
Los pensamientos y estados de ánimo con los que el diablo nos tienta son:
La fe es sólo contenido
La fe cristiana es una relación con Cristo que se manifiesta en lo que creemos, en lo que queremos, en lo que pensamos y en lo que elegimos y que enriquece toda nuestra vida.
Cuando la vida del cristiano está nutrida por un diálogo amoroso con Cristo, el diablo poco o nada tiene que hacer. Su estrategia, por lo tanto, consistirá en desvitalizar esta relación.
¿Cómo? Tratando de que nuestros pensamientos y sentimientos religiosos empiecen a parecernos más una conquista personal que un don recibido. 
El objetivo del demonio es hacer que seamos personas religiosas sin Dios, hacernos creer que podemos mejorar como cristianos prescindiendo -paulatinamente- de las exigencias propias de una relación de amistad con Jesús.
Cuando el cristiano empieza a verse como el principal autor de su vida cristiana, centrarse en sí, en los contenidos de la fe en vez de en la relación con Jesús, la fe pierde toda su energía, se enfría y se convierte en ideología. Es decir, en un conjunto de ideas en las que se cree (doctrina), que han modelado las costumbres de una familia o un pueblo (tradición) y que se traducen en una serie de normas de conducta útiles para llevar una vida correcta (moral).
Cuando la fe se convierte en ideología, aburre; se abre una grieta enorme entre la vida concreta y las propias creencias. El demonio ha vencido convirtiéndonos en cristianos bien adoctrinados, asiduos en las prácticas y rituales católicos, moralmente ejemplares… y muertos por dentro.
La devoción es para satisfacción personal
Cuando realizamos nuestras actividades religiosas y obtenemos fruto es lógico y bueno que experimentemos satisfacción y paz interior, puesto que estamos haciendo lo que Dios nos invita a hacer y por eso nos sentimos felices.
Pero hay un peligro muy sutil: pensar que el hecho de realizar nuestras obras de devoción es por el gusto espiritual que nos producen o por lo que nos hacen sentir y no con el objetivo de acercarnos a Dios y reforzar nuestro amor por Él.
El enemigo tiene como objetivo las cosas de Dios, las cosas santas, las personas santas, y a nosotros mismos y nuestro fruto espiritual. Por eso, trata de hacernos creer que nuestra vida espiritual tiene como único objetivo nuestra propia satisfacción.
El apego a nuestras cosas
Al ser humano nos encanta el éxito y el protagonismo. Queremos que nuestros proyectos salgan bien e incluso rezamos para que esto sea así. Y en realidad, desearlo no tiene nada de malo; es más, Dios también lo quiere.
 Sin embargo, el diablo sabe muy bien que el corazón humano a veces se entrega demasiado a los propios proyectos. El hecho de que nuestra misión sea evangelizar no nos hace inmunes a desarrollar apegos mundanos que nos hacen olvidar la centralidad de Dios y su gracia, y nos ponen a nosotros como los protagonistas y los héroes indispensables del apostolado. 
El diablo intenta disfrazar la filaucia de celo apostólico y por eso debemos abandonarnos en las manos del Señor, especialmente en la oración, darle nuestro corazón y todos nuestros proyectos.
Hablar con confianza de cada uno de ellos y dejar que el Señor nos interpele y nos ayude a ponerle siempre a Él en el centro y hacer retroceder nuestra hambre de protagonismo.
La justicia nos corresponde a nosotros
Vivimos en santidad, vamos a misa, somos buenos cristianos y ayudamos a los mayores y a los necesitados, evangelizamos y creemos estar más en gracia que los demás. Enjuiciamos y despreciamos a los demás por no vivir o pensar como nosotros.
Esta es otra gran tentación que nos hace experimentar el gusto fariseo de ser los jueces de Dios; aquellos con poder para definir quién vive la fe y quién no, que no es más que un ciego y torpe amor propio.
Los que juzgan, con sus condenas y sus poses, están muy alejados de la mirada de misericordia y amor que Dios nos pide. Es importante que el cristiano que ha caído en esta tentación identifique aquellos juicios condenatorios o aquellos sentimientos de superioridad que le han endurecido el corazón y los ponga con humildad ante Dios.
Esta tentación también se cuela cuando nuestra propia interpretación de la fe se vuelve la norma universal para juzgar la reflexión y comprensión que otros tienen de la doctrina católica y así las ideas se convierten en idolatría. 
Se produce una ideologización de la fe que puede llegar al extremo de descartar cualquier opinión que se oponga a la propia, incluida la voz del propio obispo, la voz del Papa o la del Magisterio de la Iglesia.
¿Quién soy yo para juzgar a nadie? Dios es el único juez.
Pensamientos espirituales según mi forma de ser
Hacerme un Dios a mi medida. El enemigo llega a fingir que reza con quien reza, ayuna con quien ayuna, etc. Pretende hacernos creer que Dios existe para reafirmarnos a nosotros mismos.
Debo complementarme en mis carencias, no reafirmarme en lo que soy fuerte, debo buscar Su gracia porque si no estoy haciéndome un Dios según mis criterios.
La perfección la alcanzamos solos
El maligno también trata de hacernos caer en la trampa más peligrosa, la de la soberbia espiritual que nos inculca la falsa creencia de que somos capaces de vencer cualquier tentación si es que nos lo proponemos. 
Dios y su gracia salen inconscientemente del combate espiritual y el terreno queda servido para que el tentador muestre su verdadero rostro. Lo terrible de este modo de filaucía espiritual es que el tentador se ha asegurado de hacerle creer al cristiano que puede lograr todo por él mismo. ¡Qué gran mentira!
La siguiente movida del maligno, y hay que estar atentos, será hacerlo abandonar la esperanza de ser ayudado por Dios, para finalmente llevarlo a desesperar de su misericordia. El cristiano, irónicamente, abandona la esperanza de recibir una ayuda que nunca pidió, y desespera de la misericordia divina cuando su objetivo no fue el perdón, sino recuperar la paz que le producía sentirse bueno y virtuoso. En el fondo, con la filaucía, el maligno desubica al cristiano y lo coloca inerme en batallas cuyo resultado está previamente definido: perderá.
Es esencial saber que la verdadera perfección cristiana se vive en clave de morir y resucitar constantemente. Se expresa en un amor humilde que nunca se pone por encima de los demás ni se envanece con sus logros o capacidades. No debe haber paz en la auto contemplación sino en la felicidad de quienes están a su lado. Es una perfección que se sabe profunda y constantemente necesitada del auxilio de Dios porque reconoce su pequeñez ante el misterio del amor al que está llamada. Sus conquistas no las atribuye a sí misma sino que las agradece porque siempre son dones recibidos. Ante la perfección cristiana lo único que el maligno puede hacer es controlar su impotencia.


Mauricio Artiera,  6 tentaciones típicas del cristiano, nivel avanzado, Catholic link

viernes, 11 de septiembre de 2015

LA AVARICIA ROMPE EL SACO




"Mirad y guardaos de toda avaricia, porque, aun en la abundancia,
la vida de uno no está asegurada por sus bienes. 
Vended vuestros bienes y dad limosna. 
Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, 
donde no llega el ladrón, ni la polilla; 
porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón". 

(Lucas 12, 15 y 33-34).



¿Recordáis los dibujos del pato Donald? ¿Recordáis a su tío, cuyo nombre ya le definía? Sí, me refiero al Tío Gilito, baluarte del capitalismo y del "American way of life", y cuya única pasión era zambullirse en su inmensa fortuna sin querer gastar ni compartir un solo centavo. 

Con cara de pocos amigos y con un terror a perder una sola moneda, es sin duda, el estereotipo de la avaricia.

En la factoría Disney le bautizaron Scrooge McDuck, en clara alusión al cliché de la tacañería escocesa. 

Su caja fuerte, donde vivía y guardaba su fortuna sería equivalente a un edificio de doce plantas, mediría 39 metros de altura, y su planta cuadrada tendría 37 metros por cada lado.

Dando por hecho que la caja no estaba totalmente llena, su fortuna equivaldría aproximadamente a 4.855 metros cúbicos de monedas de oro, es decir, 3.302.088.419 onzas. 

Sabiendo que el precio actual de mercado para la onza de oro es de 1,641 dólares USA, el volumen de su fortuna sería de 5,4 billones de dólares.

Teniendo en cuenta que desde los inicios de la fiebre humana por el oro hasta hoy, se han extraído de las minas del mundo 158.000 toneladas de oro, equivalente a unos 8.187 metros cúbicos, significaría que el tío Gilito atesoraría el 60% de todo el oro mundial.

Acumular, atesorar, proteger y esconder lo ganado en una caja fuerte… es el afán prioritario de nuestro mundo. Los medios se convierten en el fin. Y lo digo con doble sentido.


"Porque nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él." 

(1 Timoteo 6,7)


Me gustaría compartir un artículo muy interesante sobre lo que dice la Biblia de la avaricia:







miércoles, 9 de septiembre de 2015

ENFRENTAMIENTOS “CUERPO A CUERPO”







Los enfrentamientos son una práctica muy común en nuestros días; sobre todo cuando personas quieren poner en cuestión nuestra fe y nos atacan o se mofan.

Por ello, precisamos saber encontrar el enfoque correcto, las palabras adecuadas, y saber cuándo y cómo utilizar el apropiado ante una situación de gran hostilidad. Usando una analogía de golf, es como saber qué palo utilizar en cada parte del hoyo.

Por supuesto, el enfrentamiento no es siempre el camino correcto. Ahora bien, cuando el enfrentamiento es inevitable y/o necesario, ¿cómo debemos actuar? En la Biblia, el rey David nos exhorta a utilizar la ORACIÓN como el medio infalible en un enfrentamiento (Salmos 5, 2-4).

La respuesta es PEDIRLE A DIOS QUE INTERVENGA. La oración es una parte importante de nuestra respuesta a las "fuerzas destructivas" y nada es imposible para Dios, que siempre responde a nuestras oraciones.

Habitualmente, tenemos tendencia a callar, a huir, a alejarnos del enfrentamiento, de la confrontación. Pero el mal debe ser enfrentado. Los cristianos no estamos llamados a huir, pero tampoco a dejarnos abrumar. El apóstol San Pablo nos da las claves de la enseñanza de Jesucristo de DERROTAR AL MAL CON EL BIEN (Romanos 12).

Oración y acción van de la mano, y tenemos que hacer las dos cosas. Jesús, maestro en enfrentamientos cuerpo a cuerpo, nunca rehuyó el enfrentamiento sino que desafió a quienes le inquirían con amor.

Muchos conflictos podrían evitarse si la gente hablara entre sí desde el amor, en lugar de sólo hablar el uno del otro desde el rencor.

Tenemos que tener cuidado de no saltar con conclusiones apresuradas sobre personas sin fe, sobre otros cristianos o sobre otras iglesias. No debemos atacar verbalmente ni discutir sus ideas. Afirmemos nuestra fe, sin contradecir su falta de fe.

No se trata de vencer, sino convencer con nuestras palabras y obras. 

La defensa de nuestra fe (Apologética) debe siempre estar instalada en el amor y la paz, la exposición pacífica y razonada de argumentos, de datos, de testimonios, de experiencias vitales.

En ningún caso, tiene como misión atacar los principios de nadie. Nos defendemos de los ataques que recibimos y exponemos nuestra fe y nuestros principios morales. Reclamamos libertad para hacerlo y libertad para que los que quieran unirse a nuestra comunidad católica puedan hacerlo, pero ni obliga a nadie ni tiene como objetivo desprestigiar las creencias de los demás.


martes, 8 de septiembre de 2015

UNA RENOVACIÓN DIVINA: UNA CASA DE DOLOR


"La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias,
 no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales... 
Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar 
se  convierte en autorreferencial y entonces se enferma".

Papa Francisco


La Iglesia se ha vuelto autorreferencial y ha enfermado, envejecido y va inexorable hacia la muerte, pues ya no glorifica a Cristo sino a sí misma. Se ha convertido en un sanatorio, en una casa de dolor, un dolor institucional y colectivo, pero también individual.

La Iglesia ha de ser reconstruida, debe ser sanada y el primer paso para curarse es reconocer el dolor. El dolor nos hace darnos cuenta de que algo va mal y por eso, acudimos al doctor, quien nos pide que le describamos el dolor, que se lo confesemos.

Confesar los síntomas y reconocer que algo va mal en la Iglesia no es ir contra ella. Más bien al contrario, es preocuparse por diagnosticar el dolor y poner todos los medios para curarlo.

El padre Mallon en su libro "una renovación divina" nos enumera los síntomas de dolor que padece la Iglesia:

Declive familiar. 

Lo encontramos al ver como tantos familiares, hermanos, padres, hijos y nietos, se apartan de la Iglesia y de la fe en Dios.

La familia biológica y la familia de fe han dejado de ser la misma cosa. Y nos preguntamos ¿qué hemos hecho mal?

Sinceramente no lo sabemos. Hemos hecho con nuestros hijos que lo mismo que nuestros padres con nosotros pero nadie nos ha avisado que las reglas han cambiado. 

Ni siquiera lo saben los sacerdotes, que no han sabido reconocer los síntomas y hacer sonar las alarmas, que no han sabido ver “la fiebre”, prueba inequívoca de infección. Y todo esto causa dolor.

Declive institucional.

Es el resultado de la pérdida de muchas de las instituciones de la Iglesia que formaban parte de su identidad y eran motivo de orgullo. 

Es patente el declive de la institución en su labor social y caritativa con la pérdida de numerosas obras de misericordia corporales y espirituales. 

Antaño se alimentaba a los hambrientos en comedores, se acogía a los abandonados en orfanatos, se educaba a los analfabetos en colegios, escuelas y universidades y se cuidaba a los ancianos y enfermos en residencias y hospitales.

Declive parroquial.

Lo encontramos en el colapso de las estructuras parroquiales: cierre de parroquias, fusiones de parroquias, etc. 

Es verdad que la Iglesia son las personas y no los edificios, pero cerrar una iglesia es siempre algo trágico y nos duele, aunque podamos racionalizar el hecho aludiendo a la mejora administrativa, económica o al descenso del número de sacerdotes para dirigirlas. 

No cabe duda de que es consecuencia de que la Iglesia no está sana ni crece.

Declive de confianza y credibilidad. 

Viene reflejado en el dolor de los fieles, sacerdotes, laicos y religiosos a causa de los devastadores escándalos sexuales de abuso de niños por parte de sacerdotes. 

Y aunque estos crímenes de abusos sexuales han sido perpetrados por una pequeña minoría de individuos, la comunidad entera se resiente, cuando una parte del cuerpo sufre, todos sufren.

Declive sacerdotal.

Es consecuencia de la pérdida de credibilidad y el sentimiento de vergüenza que pende sobre la cabeza de cada sacerdote por causa de los que han cometido los delitos, los han encubierto o los que no han actuado contra ellos, genera dolor crónico y persistente en el seno de la Iglesia.

Un dolor que se exterioriza en la acusación generalizada de asociar a la figura del sacerdote como un “pedófilo”. Una acusación del todo infundada, inmerecida y no deseada, pero real y que lleva a muchos sacerdotes a experimentar una gran vergüenza por su identidad difícil de mitigar.

El dolor sigue ahí, como una migraña persistente y sorda y el daño perdurable causado en tantos frentes por la tragedia, continua siendo una fuente de dolor que siempre está presente.

Declive identitario.

A  tanto a nivel individual, por parte de la iglesia, que se ha dedicado a conservar lo que tiene como si de un club privado se tratara, y colectivo, por parte de los parroquianos, quienes continuamente quieren hacer constar su deseo de que todo siga igual.

No obstante, existen algunos curas que trabajan en las trincheras y se aferran desesperadamente a la pasión que les hizo un día elegir el “dejarlo todo” y hacerse sacerdotes, y que sólo reciben tiros por todas partes. 

Ellos (y algunos “laicos locos”) son los que mantienen viva la llama de la fe encendida en sus corazones, quienes todavía anhelan y se esfuerzan, con gran coste personal, para que llegue la renovación.

El sacerdote involucrado en la renovación parroquial se encuentra ante un dilema estresante y de difícil solución: se halla atrapado entre un obispo que no está por la labor de renovar sino de "mantener todo funcionando y abierto ", su propio sentido del deber misionero y unos parroquianos extremadamente exigentes que quieren hacer constar que esperan que nada cambie y que quieren jugar la nueva competición con las reglas del pasado.

Se trata de una experiencia muy dolorosa basada en la sensación de ser "carne fresca para los leones". El sacerdote se ordena para ofrecer su vida en sacrificio pero no a una máquina hambrienta y autorreferencial que vive en sí, de sí y para sí.
  
Es el dolor del sacerdote de cuestionarse para qué entregó su vida si se ve forzado a desarrollar una teología personal que racionalice la falta de fruto, la falta de salud, la inexorable decadencia  y la locura de hacer una vez y otra vez las mismas cosas esperando resultados diferentes.

Con todos los sueños de renovación rotos, el ministerio pastoral consiste simplemente en ser un loco por Cristo y quedarse al pie de la cruz para así poder encontrar algún significado a su sufrimiento de ver a su Iglesia enferma y en decadencia.

¿Qué opciones les quedan a los sacerdotes?

1.   ABANDONAR QUEDÁNDOSE.

Dejar escapar todo vestigio de pasión, celo o idealismo. Perdida la esperanza de toda posibilidad de renovación y atados por el miedo, se quedan en sus puestos (como Denethor, en El Señor de los Anillos).

Cumplen con sus tiempos de servicios hasta la jubilación porque no tiene otra opción. Se han resignado a la inevitable decadencia y muerte.

El papa Francisco, en la Evangelii Gaudium, los define como una forma de “mundanidad” que “…prefieren ser generales de ejércitos derrotados, antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando”.

2.   LUCHAR QUEDÁNDOSE.

Aferrarse a la visión, al celo y a la pasión que le sedujeron al ordenarse para entregarse. Es todo un combate cuerpo a cuerpo cuya clave es la lucha por la esperanza.

Es una batalla donde no debe olvidarse que la Iglesia es un regente, un senescal, un administrador que espera el Retorno del Rey para reclamar lo que es suyo.

Es una pelea contra la visión distorsionada y parcial de la realidad con la que el Diablo nos confunde y nos manipula hacia la pérdida de la esperanza (Igual que Denethor confundido por Sauron).

El dolor personal sin esperanza no lleva a la vida sino que se la lleva. El dolor de la Iglesia necesita ser verbalizado en el contexto de la fe y así convertirlo en sufrimiento, que es el dolor con el que luchamos, pero con esperanza porque puede ser redimido.


"Una renovación divina"
P. James Mallon

lunes, 7 de septiembre de 2015

POSMODERNIDAD, UNA VIDA LIBRE DE DOMINACIÓN







“No estamos ante una época de cambios, sino ante un cambio de época”, dice el Papa Francisco, refiriéndose al hombre posmoderno.

La posmodernidad es la oposición o superación de las tendencias de la Edad Moderna, sobre todo; pero además, de todo lo anterior. Surge durante la segunda mitad del siglo XX como un intento de renovación radical de las formas tradicionales del arte y la cultura, el pensamiento y la vida social.

El paradigma del posmodernismo es la contradicción y la globalización, la hibridación y el eclecticismo, la incredulidad y la desconfianza, la cultura popular y la información, la tecnología y los medios de comunicación, el consumo y la imagen, la tolerancia y la diversidad. 

Su gran lema parece ser una “versión actualizada” del famoso poema de Campoamor: 

“En este mundo traidor
nada es verdad ni mentira
todo es según el color
del cristal con que se mira”

Dicho poema no es sino una pesimista (aunque bella) manera de expresar, y admitir, que nada vale, que ningún valor es inmutable, y que todo es subjetivo, arbitrario y relativo en todas las facetas de nuestro mundo.

Las principales características del hombre pos-moderno son:



  • Anti-dualista: Asevera que no hay dualidades absolutas; valora y promueve el pluralismo y la diversidad (más que negro contra blanco, occidente contra oriente, hombre contra mujer). Asegura buscar los intereses de "los otros" (los marginados y oprimidos por las ideologías modernas y las estructuras políticas y sociales que las apoyaban). 
  • Desencantado de todo, renuncia las utopías y a la idea de progreso de conjunto. Se apuesta por el progreso individual. Pasa de del pensamiento fuerte, metafísico, de las cosmovisiones filosóficas bien perfiladas, de las creencias verdaderas, al pensamiento débil, a una modalidad de nihilismo débil, a un pasar despreocupado y, por consiguiente, alejado de la acritud existencial. 
  • Cuestiona los textos: Niega la autoridad u objetividad de los textos (históricos, literarios, religiosos o de otro tipo) pues sólo revelan la intención, los prejuicios, la cultura y la época del autor, y dudan "que sucedieran en realidad. 
  • El giro lingüístico: Argumenta que el lenguaje moldea nuestro pensamiento y que no puede haber ningún pensamiento sin lenguaje. Así que el lenguaje crea literalmente la verdad. 
  • La verdad como perspectiva: la verdad es cuestión de perspectiva o contexto, más que algo universal. No tenemos acceso a la realidad, a la forma en que son las cosas, sino solamente a lo que nos parece a nosotros (Matrix). 
  • Todo es relativo: Su existencia se basa en experiencias vivenciales propias, “lo que funciona para mí”, “lo que le es útil a mí puede no serlo para tí”. No trata de convencer ni de ser convencido: basa su existencia en el relativismo y la pluralidad de opciones, al igual que el subjetivismo impregna su realidad. Apoya el relativismo moral, no hay bien o mal absolutos, sino que dependen de circunstancias concretas, el relativismo lingüístico, no hay reglas para comunicarse, todo es aceptable y el relativismo cultural, no hay buenos y malos, depende de los usos y costumbres de cada cultura. 
  • El contenido del mensaje no es lo importante: Revaloriza la forma en que es transmitido y el grado de convicción que pueda producir. 
  • Amor líquido” es su concepto de las relaciones interpersonales, caracterizado por la falta de solidez, calidez y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreas y con menor compromiso. 
  • Los medios de masas ostentan el poder: lo que no está en Internet no existe. Su canal para recibir y emitir información es la web y a través de ella comparte la diversión. Lo que no está en ella no es real, no existe o no es verdad. Hay una excesiva emisión de información (frecuentemente contradictoria) El receptor se aleja de la información recibida quitándole realidad y pertinencia, convirtiéndola en mero entretenimiento. Se pierde la intimidad, especialmente en el contexto de las redes sociales.
  • Las ideologías y las etiquetas se rechazan: lo que importa es como ve cada uno las cosas, como se ve reflejado. Se huye de ser etiquetado, se rompe con lo establecido como canon, ya sea arte, moda, política, religión, etc. No hay un concepto universal aplicable a todos y se cuestionan las grandes religiones. 
  • Pensamiento débil”: el eclecticismo como explosión de libertad: Son válidos todos los estilos, mentalidades, expresiones, grupos, imágenes, etc. No se siguen patrones preestablecidos: actúa en base a lo que cree que es correcto. Lo que importa es la intención, no la verdad en sí misma, por lo que está abierto a cualquier idea, no hay prejuicios iniciales. 
  • Sincretismo religioso y político: intenta conciliar doctrinas distintas. No reconoce los símbolos universales de los idealismos (política, religión, filosofía). Nada es bueno o malo, ni puede aplicarse a todos de forma general. 
  • La oposición como norma: va en contra de todo lo establecido. Marca un camino distinto a seguir. Crea tendencia aunque no es su intención (o eso dice). 
  • Reniega de las grandes figuras carismáticas y los sustituye por infinidad de pequeños ídolos que duran hasta que surge algo más novedoso y atractivo. 
  • Persigue un cambio en el orden económico capitalista, pasa de una economía de producción a una economía de consumo. 
  • Revaloriza la naturaleza y la defiende a ultranza el medio ambiente. 
  • “Presentismo” o cultura del “Carpe Diem”: sólo quiere vivir el presente; el futuro y el pasado pierden importancia. Se busca lo inmediato. Es lo opuesto al eternalismo o creencia de que las cosas pasadas y las que están por venir, existen eternamente. 
  • Pierde su personalidad individual mediante un procedimiento contradictorio, ya que busca diferenciarse de los demás emulando modas sociales. 
  • La única revolución que está dispuesto a llevar a cabo es la interior. Rinde culto al cuerpo y a su liberación personal. 
  • Le atrae lo alternativo: pintura, música, cine, etc., buscando diferenciarse de los demás y las adopta como sus principales formas de expresión. 
  • Se vuelve a lo místico para justificar los sucesos y se preocupa constantemente por los grandes desastres y el fin del mundo. 
  • Tiene una absoluta pérdida de fe en la razón y la ciencia, pero en contrapartida se rinde culto a la tecnología. También en el poder público. 
  • No posee ambición personal de auto-superación ni valora el esfuerzo. 


¿Te ves identificado con alguna de estas características? 

Eres posmodern@!!!


domingo, 6 de septiembre de 2015

LAS BATALLAS DE UN CRISTIANO


La vida de un cristiano es una lucha continua, con muchos momentos difíciles, llenos de desafíos, retos y obstáculos, y muy pocos períodos de paz y tranquilidad.

En primer lugar, nos enfrentamos a nuestras batallas internas, contra la carne, "el enemigo dentro de nosotros”: la tentación, la duda, el miedo, la ansiedad, la tristeza, el dolor, la salud, el dinero, el trabajo, las relaciones, la envidia y la crítica.
En segundo lugar, están las batallas externas, que son contra el mundo, "el enemigo fuera de nosotros" y contra el diablo, "el enemigo por encima de nosotros".
“Pues no nos estamos enfrentando a fuerzas humanas, sino a los poderes y autoridades que dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras, los espíritus y fuerzas malas del mundo de arriba”.
 (Efesios 6:12).
¿Cómo vencerlas?
1. Confianza en Dios. La clave para ganar nuestras batallas no es que confiar en nuestra propia fuerza o capacidad, sino en poner la confianza en Dios. Dios da la victoria a los que confían en él y se dejan guiar. Dependemos de Dios; él es todo lo que necesitamos. 

2. Unidos alrededor del rey. Las batallas teológicas del siglo XXI no son las del siglo XI, que dividió a las iglesias católica y ortodoxa. Tampoco son las batallas de la reforma del siglo XVI, que dividió a las iglesias católica y protestante. La batalla de hoy es la misma que la batalla del primer siglo: La batalla hoy está teniendo lugar alrededor del rey...
Jesucristo, que es nuestro Salvador, el Mesías y el Hijo de Dios.
Los cristianos de todas las iglesias (católicos, ortodoxos, protestantes y pentecostales) creemos en Jesús como nuestro Salvador, el Mesías y el Hijo de Dios. Esto es lo que nos une como cristianos. Por lo tanto, la batalla nunca debe estar con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, que nos distrae y nos destruye. Tenemos que centrarnos en la batalla real, que es alrededor del rey: "Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mateo 28, 20). 

3. Orar y escuchar a Dios. Nuestras batallas no tienen por qué intimidarnos si oramos y escuchamos lo que Dios nos tiene que decir. Cualquier obstáculo o desafío debemos ponerlo en oración con nuestro Padre. Él nos enviará al Espíritu Santo, que nos guiará y nos llevará al triunfo.


sábado, 5 de septiembre de 2015

EL MAL DE LA IGLESIA ES LA AMNESIA

 

Hace algún tiempo, el obispo de Alcalá de Henares, Monseñor D. Juan Antonio Reig Pla decía que “La Iglesia no puede limitarse a gestionar la decadencia de las parroquias, que envejecen y saturan al clero que queda, debe reorganizarse para evangelizar.” 

Hemos olvidado para qué es la Iglesia y hemos propiciado su decadencia por nuestra amnesia, la de todos.

En efecto, la iglesia se ha convertido en un lugar al que los laicos vamos sólo a recibir, al que vamos sólo a escuchar, al que vamos a “cumplir” y poco más.  Nuestros queridos y denodados sacerdotes se han dejado la piel (y siguen haciéndolo) tratando de gestionar esa actitud y “quemándose” ante la multitud de quehaceres, la mayoría de las veces, estériles y sin fruto. Y como consecuencia de ello, la vocación sacerdotal no goza de su mejor momento.

Todo esto en sí mismo no es malo, ni se trata de hallar culpables, porque tanto sacerdotes como laicos, hemos sido educados durante mucho tiempo en una pastoral de conservación y mantenimientoY por ello, hemos olvidado nuestra identidad, quienes somos y a qué estamos llamados. Nos hemos acomodado y vemos como se nos viene encima inexorablemente una decadencia a la que apenas prestamos atención.

Una decadencia por amnesia individual y colectiva que gestionamos a duras penas, intentando que nuestros hijos no olviden el signo de la cruz pero descuidando indicarle al mundo el camino a Cristo, que es el camino a la salvación. 

Un envejecimiento por alzheimer en el que apenas reconocemos a nuestra familia, a nuestros seres queridos, a nuestro Padre. Y da tanta lástima ver a alguien que no sabe quién es, lo que tiene que hacer o para qué vive...

La misión de la Iglesia, no es solo de unos pocos, como muchos creen erróneamente. Es la mía, la tuya, la de todos. Y como dice el papa Francisco, “se hace de rodillas”, es decir mediante la oración. Nada en la evangelización se da por hecho o está asegurado si no es por la oración, a través de la cual nos sumergimos “mar adentro”, en lo recóndito, donde nadie nos ve, salvo Él.

Es allí donde somos capaces, en silencio, de establecer una relación íntima con nuestro Padre y Creador. Es allí donde Dios, a través del Espíritu Santo, nos indica dónde “echar la red” y pescar en abundancia. Sólo tenemos que abandonarnos a Él,  confiar en Él.

En apariencia, Dios nos otorga la gestión de la evangelización, delega en nosotros la misión, pero la fecundidad pastoral y el fruto del anuncio del Evangelio no procede ni del éxito ni del fracaso según los criterios de valoración humana, sino de la lógica de la Cruz, la lógica provocativa de Jesucristo, la del salir de sí mismos y darse, la lógica del amor.

Jesús nos envía sin “talega, ni alforja, ni sandalias” (Lucas 10,4). Pero no nos desampara, tenemos su amor, tenemos su guía, la del Espíritu Santo y tenemos su promesa eterna de salvación.

Para finalizar y haciendo mías las palabras de Tote Barrera, “la nueva evangelización es conversión pastoral”, es ahí donde está la clave de todo, es ahí donde sobrevienen todos los miedos y muchas de las desconfianzas, tanto de aquellos que se preguntan “¿qué es esa nueva moda de la evangelización?”, como incluso de cristianos ya “implicados” en la misión.

En definitiva, unos y otros continuamos teniendo nuestros  “tics” producto de nuestra educación religiosa, entre ellos, el de volver a encontrarnos como estábamos porque no hemos sido enseñados para cambiar sino para mantener. 

Algunos sacerdotes ven la evangelización desde un punto de vista erróneo, el de rejuvenecer las parroquias, de atraer a gente para volver a seguir haciendo lo mismo de siempre. 

Algunos laicos se embarcan en la misión pero al cabo de un tiempo, desfallecen y ansían regresar a lo de siempre, a la zona de confort y a la comodidad que nos da el refugio de nuestra parroquia favorita con nuestro cura favorito.

Y eso, creerme, si no lo remediamos entre todos, nos lleva de la decadencia al irremediable fin de la Iglesia de Cristo.



viernes, 4 de septiembre de 2015

UNA RENOVACIÓN DIVINA: RECONSTRUYE MI CASA


"Una propuesta para renovar parroquias "

Por fin!!! Ha caído en mis manos el, tan esperado por muchos de nosotros, libro traducido al castellano "Una renovación divina", escrito por P. James Mallon.

Aunque ya estoy familiarizado con muchos de los aspectos fundamentales que el padre Mallon aborda en el libro, su lectura resulta siempre apasionante por el ardor y convicción con los que nos propone un meditado resumen de ideas y conceptos prácticos y probados, para llevar a cabo la misión identitaria de la Iglesia de Cristo: la nueva evangelización.


Hoy, quiero detenerme en el capitulo 2 "Reconstruye mi casa", donde desarrolla, a lo largo de la historia reciente de la Iglesia, la llamada del Espíritu Santo a la nueva evangelización , desde el Concilio Vaticano II hasta el papa Francisco. 




Y más concretamente, en la sección que habla del documento del Magisterio de la Iglesia católica "Aparecida"

Aparecida es una llamada a la misión tanto para la Iglesia en Latinoamérica como para la Iglesia Universal.

Aborda cada aspecto de la acción misionera y los objetivos concretos de las diferentes instituciones católicas, así como una opción preferencial contra la pobreza, la injusticia, la degradación ecológica y toda clase de explotación.

Nos fijaremos especialmente en la sección 5.4, titulada “los que han dejado la Iglesia para unirse a otros grupos religiosos”, donde analiza las 4 razones por las que la mayoría de los bautizados abandonan la Iglesia católica:

1.Porque nunca han experimentado un encuentro profundo, intenso y personal con Jesucristo, “gracias a una proclamación kerigmática junto al testimonio personal de evangelizadores que los llevó a una conversión personal y un cambio radical de vida”.

2.Porque nunca han vivido una comunidad auténtica, significativa y relevante donde la gente es aceptada, valorada, visible y parte de la Iglesia.

3.Porque nunca han obtenido una formación bíblica y doctrinal, que no es un conocimiento teórico y frío sino que produce crecimiento espiritual, personal y comunitario y lleva a la gente a la madurez.

4.Porque nunca han adquirido un compromiso misionero que los mueva a a salir de su zona de confort para encontrar a aquellos que están en las periferias y traerlos a la casa de la familia de Dios.

La gente sincera que sale de la Iglesia católica no lo hace por lo que otras religiones creen sino, fundamentalmente por los que les hacen vivir; no por razones doctrinales, sino vivenciales; no por motivos dogmáticos, sino pastorales; no por problemas teológicos, sino metodológicos.

La fuerte llamada de Aparecida a una “conversión pastoral total” se basa en el hecho de que las deficiencias metodológicas tradicionales de la Iglesia católica consisten en las tareas esenciales de evangelización, discipulado, fraternidad y misión.

La Iglesia católica siempre ha tenido y tiene una maravillosa teología pero si no está dirigida a la vida práctica, no es más que una abstracción.




UNIDOS EN LA ORACIÓN



"Mantengan entre ustedes lazos de paz 
y permanezcan unidos en el mismo espíritu.
 Un solo cuerpo y un mismo espíritu, 
pues ustedes han sido llamados 
a una misma vocación y una misma esperanza". 

(Efesios 4, 3-4).

Mantenerse con humildad, en paz y unidad en el servicio no es fácil cuando, al aceptar una determinada responsabilidad (individual o colectiva), la asumimos como un premio, una posición de poder o de distinción superior. Cuando servimos y nos ponemos en misión, damos testimonio de Cristo y nos despojamos de nuestras vanidades, de nuestras soberbias y de nuestros egoísmos.

El apóstol Pablo advierte sobre la división de la iglesia: “Ten presente que en los últimos días sobrevendrán momentos difíciles; los hombres serán egoístas, avaros, fanfarrones, soberbios, difamadores, rebeldes a los padres, ingratos, irreligiosos, desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, despiadados, enemigos del bien, traidores, temerarios, infatuados, más amantes de los placeres que de Dios, que tendrán la apariencia de piedad, pero desmentirán su eficacia. Guárdate también de ellos.” (2 Timoteo 3,1-5)

La labor del maligno es la desunión, la destrucción del Cuerpo de Cristo y la forma más sencilla de frenar la obra de Dios es generando su división, para acabar con ella y evitar que dé frutos. Esta división, no sólo es maquinada desde afuera sino también y con mayor fuerza, desde dentro, a través de algunos que aparentan ser lo que no son; algunos que no viven lo que dicen ser; que murmuran y juzgan pecados de otros. Son personas (al igual que Judas, que estaba sentado junto Jesucristo) utilizadas por Satanás para hacer daño, lo sepan o no; sean conscientes de ello, o no.


Ahora más que nunca es cuando debemos ser humildes, sabios y prudentes, sacudirnos la crítica, la murmuración y la ingenuidad: 


“Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. 
Sed, pues, prudentes como las serpientes, 
y sencillos como las palomas.” 

(Mateo 10, 16)