¿QUIÉN ES JESÚS?

La vida de Jesús siempre ha suscitado preguntas a lo largo de los últimos dos mil años.

¿Cómo pudo un carpintero que fue ejecutado por los romanos convertirse en el hombre más famoso de la historia?
¿Fue Jesús alguien verdaderamente real?
¿Cómo puede Dios ser un hombre al mismo tiempo?
¿De qué manera podría esto tener algún sentido para mi vida?

Estas son algunas preguntas, pero aquí tienes un espacio para formular las tuyas.

viernes, 20 de julio de 2018

BASES DE UNA AUTÉNTICA COMUNIDAD CRISTIANA

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La palabra griega utilizada en la Sagrada Escritura para "comunidad" es κοινωνία, koinonia, que define la comunión eclesial y los vínculos que ésta genera entre los miembros de la Iglesia y Dios. En otras palabras, comunidad significa "estar comprometidos los unos con los otros y con Dios".

Estoy convencido de que la salud y el crecimiento de una parroquia están realmente asentadas sobre una auténtica comunidad y ésta, sobre los pequeños grupos compuestos de 10/12 miembros que, a su vez, pueden pertenecer a grupos medianos (más de 15, 25 o 50). Son las primeras células de una comunidad, que la multiplican, haciéndola reproducirse y crecer, madurar y fortalecerse. 

Veamos cuáles son los componentes básicos de una comunidad auténtica:

1. Frecuencia
"No abandonéis vuestras propias asambleas, 
como algunos tienen por costumbre hacer, 
sino más bien animaos mutuamente, 
y esto tanto más cuanto que veis acercarse el día" 
(Hb 10,24-25)

Los miembros de una auténtica comunidad cristiana se conocen, se ven a menudo y se reúnen con frecuencia. 

No lo hacen alguna vez o de vez en cuando. Lo hacen habitualmente, es decir, convirtiéndolo en un hábito en sus vidas

Un hábito es algo que hacemos con frecuencia. A menudo. Una y otra vez. No sólo en misa.

2. Autenticidad
" Confesaos los pecados unos a otros 
y rezad unos por otros, para que os curéis.
La oración fervorosa del justo tiene un gran poder"  
(Stg, 5, 15-16)

En una auténtica comunidad cristiana se comparten experiencias, sentimientos y vivencias verdaderas de fe. 

Normalmente, el temor a exponernos, al rechazo y a ser heridos nos impiden muchas veces ser auténticos y por eso, nos colocamos máscaras. 

A menudo, las personas guardamos nuestras heridas en la intimidad de nuestros corazones. Hacer esto no nos cura; todo lo contrario, nos hiere más. Revelar las propias heridas es el comienzo de la curación. De eso trata la autenticidad. 

Por eso, Dios nos regala la Eucaristía, la Confesión, la Oración, la Escritura y la Adoración Eucarística. Es en todas ellas donde abrimos las heridas de nuestro corazón ante la presencia poderosa de Dios, a quien no podemos ocultarle nada. 

Ser auténticos es exponernos como realmente somoscuando decimos: "Aquí estoy, Señor. Así soy, Tú lo sabes". 

En una comunidad que camina a la luz de Dios, ocurre lo mismo: nadie oculta sus heridas, sufrimientos, inquietudes, defectos, debilidades, errores, etc. Y sobre todo, rezan los unos por los otros. 

Dios toca nuestras almas y entonces, somos conscientes de dónde estamos, lo que necesitamos y nos da fuerzas para conseguirlo.

Lo que nos hace auténticos no es seguir un método, ni una ideología, ni un sentimiento, sino exponernos ante Dios y ante los demás. 

3. Apoyo
"Animándonos mutuamente 
unos a otros con la fe"  
(Rom 1, 12)

La auténtica comunidad cristiana se basa en el ánimo, en el apoyo, en la acogida y la ayuda que sus miembros se ofrecen mutuamente, en si camino de crecimiento y madurez en la fe. 

Nos necesitamos unos a otros para avivar la llama. Juntos somos más fuertes. No podemos ser lo que Dios quiere que seamos sin nuestros hermanos. 

La fe sólo puede vivirse y desarrollarse en comunidad. Compartir con otros es útil para nosotros y para los que escuchan. 

Dios nos anima a alentar a cualquiera que se sienta excluido, a ayudar a todos los que son débiles y a ser pacientes con todos: "Que vuestro amor sea sincero. Odiad el mal y abrazad el bien. Amaos de corazón unos a otros, como buenos hermanos; que cada uno ame a los demás más que a sí mismo" (Rom 12, 9-10).

4. Respeto
"Guardaos de despreciar 
a uno de estos pequeñuelos..." 
(Mt 18, 10)

La comunidad se basa en el respeto y en la aceptación de las diferencias existentes. Significa aceptar los caracteres y las opiniones de los demás, incluso cuando no estamos de acuerdo.

Una comunidad cristiana auténtica no es aquella donde todos asienten sino donde todos respetan, donde todos aceptan la diversidad y unicidad de cada hijo de Dios.

5. Comprensión
"Como pueblo santo a quien Dios ha elegido y amado,
 sé comprensivo" 
(Col 3, 12)

Una auténtica comunidad cristiana acoge, comprende y apoya a cada miembro cuando lo necesita, en lo bueno y en lo malo, en la alegría y en la tristeza, en el gozo y en el sufrimiento. Dios nos exhorta a ser comprensivos, amables, humildes y pacientes.

La comprensión implica tolerancia respetuosa, escucha atenta, acogida desinteresada, empatía auténtica.

6. Humildad
"Sed humildes, amables y pacientes. 
Soportaos unos a otros con amor" 
(Ef 4, 2)

Junto al miedo, el orgullo tiene un terrible poder destructivo en las relaciones. Por eso, Dios nos enseña a ser humildes, amables y pacientes. A soportarnos con amor. Y cuando amamos, nada nos parece pesado ni insoportable.

La humildad significa ser honesto con nuestras propias debilidades porque las tenemos, estar dispuesto a admitir que cometemos errores porque todos lo hacemos y, pedir perdón.

La humildad nos permite decir las tres frases más difíciles: "Te necesito", "Estoy equivocado", 
"Perdóname".

7. Honestidad
"Amémonos no de palabra ni de boquilla, 
sino con obras y de verdad" 
(1 Jn 3,18)

La mayoría de las personas son incapaces de ser honestos para decir con sinceridad lo que tienen en sus corazones porque no aman de verdad.

Dios espera honestidad de nuestra parte. Con Él y con los demás (Sal 51,6; Prv 20,23 -25,18; 2 Cor 8,21).
La verdad tiene más valor y dura más que la adulación. Las relaciones, los grupos y las comunidades auténticas se basan en la honestidad, en la sinceridad y no en la adulación o en la hipocresía.
Los miembros de una auténtica comunidad cristiana son dignos de confianza, sinceros en sus dichos y honestos en sus hechos, de su boca siempre sale bondad, verdad y amor.

8. Misericordia
"Perdona nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden" 
(Mt 6,12) 

Toda comunidad se compone de personas imperfectas que pueden ser lastimadas y heridas por otras. La diferencia está en que una comunidad auténtica sabe manejar el daño y el conflicto. Sus miembros son capaces de perdonar siempre.

La misericordia y el perdón determinan si una comunidad es auténtica, si se mantiene unida o se divide.

Cristo nos enseñó la oración perfecta: el Padrenuestro. En él, le pedimos perdón a Dios de la misma forma que perdonamos a otros. Si no perdonamos, si no ofrecemos misericordia a los demás, Dios tampoco nos perdona.

Dios ha sido siempre misericordioso con nosotros. Si nos consideramos cristianos, debemos mostrar misericordia a las personas cuando piden perdón. Y aunque no lo pidan, también.

9. Confidencialidad
"Arregla tu pleito con el prójimo, 
pero no descubras el secreto de otro 
para que no te infame el que te escuche 
y tu ignominia no pueda borrarse" 
(Prv 25, 10) 

La comunidad se basa en la confidencialidad. Una comunidad cristiana auténtica y cercana jamás puede desarrollarse al margen de la confidencialidad.

De hecho, la forma más rápida de destruir una comunidad es el chisme.

Los grupos pequeños y la comunidad son (deben ser) los lugares más confidenciales del mundo. En su intimidad, se guardan lealmente los secretos. Es la base de la confianza plena.

10. Unidad
"Todos los creyentes vivían unidos 
y lo tenían todo en común" 
(Hch 2, 44)

Este es el punto más importante. La unidad es el punto álgido de la comunidad.

El nexo de unión de una comunidad auténtica es Dios. Con Dios en el centro de nuestro grupo pequeño, de nuestra comunidad, descubrimos la unidad en los propósitos de Dios, en su voluntad, en su mesa, no en torno a una personalidad.

Una comunidad auténtica es la que demuestra unidad en la diversidad. Dios nos hizo diferentes y únicos. No desea que seamos iguales pero sí que estemos unidos.

Dios, en su Palabra, llama incansablemente a la unidad de los discípulos: "Esforzaos por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados." (Ef 4, 3-4)

Dios es el Dios de la unidad. Su adversario Satanás, el de la división. Una comunidad cristiana auténtica es aquella en la que sus miembros están juntos, unidos y lo comparten todo. Son de "un solo corazón y de un solo Espíritu" 

jueves, 19 de julio de 2018

DISTINGUIR DENTRO DEL REBAÑO

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"Porque sois torpes para comprender. 
Pues debiendo ser ya maestros por razón del tiempo, 
todavía tenéis necesidad de que se os enseñe (...),
 y habéis llegado a tener necesidad de leche, no de alimento sólido. 
Ahora bien, aquel que se alimenta de leche 
no puede gustar la doctrina de la justicia, porque es niño todavía. 
El alimento sólido es para los perfectos, 
que por razón de la costumbre tienen el sentido moral desarrollado 
para distinguir entre el bien y el mal."
(Hb 5,11-14)

La Palabra de Dios emplea, a menudo, las metáforas en las parábolas del pastor y del rebaño para describir las relaciones que unen a Dios con su pueblo.

Jesucristo es el Buen Pastor, que guía a su rebaño y lo conduce “hacia fuentes de aguas vivas” y que protege al rebaño acosado por los lobos de fuera y por los de dentro, disfrazados de ovejas.

Él es
la puerta de las ovejas, el único Pastor digno de confianza, el... “Buen Pastor” y hace distinción entre los pastores: el que es dueño de sus ovejas y da la vida por ellas (Juan 10,15), y el asalariado, que jamás pone en peligro su vida y huye cuando ve al lobo.

El Buen Pastor (Cristo) ha creado un redil en un verde prado (el Reino de Dios) para que su rebaño (el pueblo de Dios) pueda no sólo "hacer" sino "ser". Sin embargo, el rebaño dista mucho de ser homogéneo: existen ovejas, cabras, lobos y perros guardianes. Debemos saber diferenciar cada grupo dentro de la Iglesia pues "no es oro todo lo que reluce".

Ovejas
Las ovejas representan a los católicos fieles.
El pastor conoce a sus ovejas y ellas le conocen: "Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen" (Jn 10,14). El pastor "huele a oveja" porque está en medio de ellas, cuidándolas.

Las ovejas son humildes; al oír la voz del pastor, le siguen: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen" (Jn 10,27).

Las ovejas son débiles y lo reconocen: "y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano" (Jn 10,28).

Las ovejas tienen un “manto” de lana que les cubre el cuerpo pero es un manto sensible, algo que puede perder si las trasquilan. El manto es la presencia invisible de Dios en nosotros.

Las ovejas tienen una apariencia fuerte, pero trasquiladas, son flacas y feas. Es cuando se ve su verdadera naturaleza pecaminosa.

Las ovejas necesitan defensa permanente porque el enemigo, con frecuencia, las ataca. 

Las ovejas necesitan protección porque no tienen conciencia de los peligros del camino. Por ello, el pastor que debe estar siempre vigilando: "… aunque anden en valle sombra de muerte, no temeré mal alguno” (Sal 23).

Las ovejas necesitan cuidados y curas: las enfermedades son una alta causa de mortalidad, por lo que el pastor debe sanarlas y prevenir que los parásitos o infecciones no les afecten.

Cabras
Las cabras simbolizan a los católicos tibios y pendencieros.
El pastor separa las ovejas de las cabras: "Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda" (Mt 25, 33).

Las cabras son parientes lejanos de las ovejas, tienen algo en común: son herbívoras rumiantes, o sea, comen lo mismo. Y en el Reino de Dios es así de la misma manera, todos escuchan la misma palabra… nos alimentamos de la misma Palabra.

Las cabras tienen cuernos, son peleadoras, son discutidoras y pueden herirse entre sí. 

Las cabras carecen de fosa lagrimal, símbolo de insensibilidadcuriosas e inquisitivas, y aunque comen lo mismo que las ovejas y son parecidas, se comportan de manera muy diferente. Parecen más inteligentes, pero solo tienen hábitos distintos de comportamiento biológico-natural que las caracterizan y les permiten mejor supervivencia, en el medio silvestre. 

Las cabras son más independientes que las ovejas, que usualmente tienen mayor acercamiento con el humano. Y en este sentido, las personas a menudo consideran tontas a las ovejas por su fuerte instinto gregario (mentalidad de grupo), ya que una oveja separada del resto de su manada se vuelve agitada y nerviosa. Este fuerte instinto gregario o de grupo, su mejor defensa contra los depredadores.

Lobos
El lobo es un animal usado para simbolizar al maligno, es decir, al Diabloque viene a robar, matar y destruir (Jn 10,10). 
El lobo nunca actúa directamente, sino que usa a las ovejas (personas): “Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos” (Lc 10,3; Mt 10,16); “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hch 20,29).

El lobo es un animal nocturno, actúa de noche, o sea, encubiertamente. Sabe que las ovejas están dormidas o no son capaces de ver en la oscuridad. 

Actúa siempre por detrás, por eso las personas más nocivas no son las de mal carácter (cabras), porque son así y sabemos cómo son… sino los que actúan encubiertamente, los que murmuran, los que tienen doble cara, doble personalidad, es decir los lobos; esos pueden ser muy peligrosos. "Cuidaos de los falsos profetas. Vienen a vosotros disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces"(Mt 7,15); "Por sus frutos los conoceréis" (Mt 7,16). 

El lobo es rapaz, o sea destructivo, no tiene compasión. Dejará siempre un rastro de angustia, dolor y quebranto de corazón dondequiera que vaya.

El lobo es carnívoro, es insaciable, nunca dice que no, donde puede, devora, y devora sin parar!! Y en las parroquias es donde tienen presas disponibles, "carnaza" para darse un "festín".
El lobo es siempre lobo. No importa lo bueno, dulce y agradable que parezca. No importa si parece manso o tiene piel de oveja. No importa si es laico, sacerdote u obispo. Puede tener muchos dones y atractivos pero, el lobo es siempre lobo.

Un rebaño no puede ser pastoreado si hay lobos dentro de él porque:

-la voz del lobo y de las ovejas son incompatibles El lobo aúlla elevando su hocico al cielo (se enmascara de espiritualidad, de bondad y habla alto), la oveja "bala" y dirige su cabeza hacia el suelo como símbolo de sumisión (acata y obedece).
-la mirada de ambos, también: la mirada del lobo es penetrante y desafiante. Si una oveja le mira a los ojos, seguro que la ataca.
-la dieta de ambos es también distinta: el lobo es carnívoro mientras que la oveja es herbívora, por lo que al final, el lobo devorará a las ovejas. Sí o sí.
Por desgracia, en toda parroquia siempre hay algún lobo, y muchas veces, más de uno porque suelen vivir en manada siempre peleando entre sí, pero sólo el "lobo Alfa" es el que manda y procura luchar por tener la máxima autoridad. El resto de los lobos, le siguen y obedecen.
El lobo siempre está "hambriento" y "codicia" las ovejas.  Se adapta bien a su entorno, pareciendo no ser peligroso a sus potenciales víctimas y haciendo amistades entre las inocentes ovejas.

Para distinguirlo en el rebaño existen claros signos: cuando surgen las críticas, las murmuraciones, las opiniones, las divisiones, el descontento, el desánimo o la falta de compromiso. El lobo tiene un gran poder para destruir y dividir una parroquia.

Aprovechando toda esta "oscuridad" de problemas, los lobos aparecen como las víctimas propiciatorias y en ella, saben ocultarse y actuar; callan y se esconden para no ser descubiertos; buscan un lugar elevado, una roca grande, para desde ese anonimato, observar a sus presas y convertirse en juez de lo bueno y lo malo.

El resto de la manada, sean lobos o lobeznos, suelen "gruñir" para demostrar su desaprobación sobre lo que no le gusta, sobre “los errores en la iglesia”, y sobre lo que debería cambiar. Suelen "merodear" alrededor de las ovejas más débiles del rebaño o las más jóvenes del grupo, y haciéndoles caer en engaños y falsas doctrinas, las "hieren", "derraman sangre", escandalizan y producen mucho dolor.

Los lobos odian el agua. El agua simboliza la Palabra de Dios y el Espíritu Santo. El lobo rechaza ambos y tiene serios problemas para “nadar en aguas profundas”, por eso es la mejor forma de refugiarse de él.

Perros guardianes
Una de las mayores defensas que tiene un pastor es un perro guardián. Por supuesto, el perro guardián,  debe tener mucho coraje y valentía para defender al rebaño (Iglesia) del lobo sin miedo, con decisión y dispuesto a defender el territorio (Fe católica) con pasión. 
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Ama y obedece a Dios, a su pastor y a la Iglesia en general. Firme en la verdad y correcto en el trato. A veces, es suficiente con enseñar los dientes o ladrar para silenciar y ahuyentar al lobo. 

No busca popularidad sino que cumple con su misión: defender al rebaño y al redil. Sabe que “los lobos” no vienen a integrarse, sino a adueñarse del rebaño para devorarlo.

El “perro guardián” es un católico comprometido, puede ser un diácono, un vicario parroquial, un consagrado o un laico.

¿Cómo impedir que los lobos entren en el rebaño?
Como nos advierte el apóstol Pablo, impedirlo... es imposible: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (Hch 20, 29-30).

No dice: "tal vez, ni probablemente", sino: "Yo sé que entrarán". Entrarán e intentarán adueñarse del rebaño. Van a las parroquias y "devoran" a: 

-las ovejas de otros rediles, recién convertidos y todavía sin demasiada experiencia, formación y fe.

-los corderos, jóvenes que desean una parroquia “divertida”.

-las cabras, cuya ilusión siempre fue convertirse en lobos. Buscan una "iglesia a su medida" y quieren cambiar incluso la doctrina, aparentando ser muy espirituales. Para ellas, los lobos son algo así como los "purificadores" del rebaño y del redil.

-las ovejas que no quieren madurar y prefieren ser corderos, como los describe el apóstol en Hb 5,11-14. 

Aprender a distinguir a quienes están dentro del rebaño es vital para su supervivencia.

miércoles, 18 de julio de 2018

NI EL ÉXITO NI EL MÉRITO SON NUESTROS

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"Él debe crecer y yo, menguar.
El que viene de arriba está sobre todos"
(Juan 3, 30)

El orgullo nos impide reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas, la mano de Dios en nuestras acciones. Todo lo contrario, envanece todos nuestros actos, especialmente en las situaciones de éxito.

Como cristianos, debemos ver en nuestra vida la presencia y la acción de Dios, porque toda nuestra vida es un regalo suyo y está a su servicio. Porque ni el éxito ni el mérito ni la gloria son nuestros. Pero es que además, son efímeros. No son duraderos. 

Sin embargo, es muy difícil ver la mano de Dios cuando alcanzamos el éxito, cuando triunfamos económica o socialmente...en esos momentos, nuestra propia vanidad nos ciega y no vemos que es Dios quien nos ha puesto en ese lugar, y lejos de darle gracias, y ponerlo a su servicio, pensamos que el mérito es nuestro, ¡porque lo valemos!

Lo sé por experiencia. Durante mi vida, he disfrutado de un cierto éxito en muchos sentidos pero lo he vivido orgulloso y de espaldas a Dios. Y así me ha ido. Lo que un día está arriba, al día siguiente, está abajo. Y mis fuerzas y méritos son humanamente limitados.

Resultado de imagen de dios no hace acepción de personasPor eso, doy gracias a Dios. Gracias por sacarme del vacío del éxito, por librarme de la soledad del triunfo, por liberarme de la mezquindad del orgullo, por hacerme ver que la vanidad no lleva a la felicidad, por hacerme entender que la humildad es la que me lleva lejos en la vida y me conduce a Él. Porque ni el éxito ni el mérito ni la gloria son nuestros. 

La humildad es un don que todos los cristianos debemos (deberíamos) pedir y agradecer. La humildad siempre lleva al agradecimiento, al amor y a la entrega. Ser humildes es ser capaces de reconocer cuáles son nuestras debilidades y cuáles son nuestras posibilidades, y a la vez, dar gracias por todo lo que recibimos de Dios, que nos ayuda a llevar una vida de amor y entrega a los demás. Porque ni el éxito ni el mérito ni la gloria son nuestros. 

El apóstol Juan nos dice que Dios debe crecer en nosotros, y nosotros, menguar, hacernos pequeños (Juan 3, 30). Ante la grandeza de Dios, todo es pequeño. Él está por encima de todo y de todos. Pero no desde una posición de orgullo sino de amor. Ahí reside su grandeza, en que Dios mismo se "abajó" a nosotros y nos mostró el camino de la humildad: a través de María y de Jesús, ejemplos perfectos de amor y humildad.
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El Evangelio nos habla de humildad, de sencillez, de pequeñez, de hacerse niño: "Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios." (Mateo 18,3). 

Un niño pequeño confía plenamente en su padre/madre, se fija en él, le tiene siempre presente, imita sus palabras, sus acciones… su Padre es el espejo en el que reflejarse. Pero, sobre todo confía, no le cuestiona, se fía, se abandona en sus brazos. Porque le ama.

Imagen relacionadaUn padre ama, por encima de todo, a sus hijos. Y por eso, jamás desea ni le da a un hijo nada malo, ni hace o dice nada que le perjudique, ni lo lleva por caminos peligrosos. Le acompaña y le lleva de la mano para que no caiga, y si es necesario, le carga sobre sus hombros para que no se canse.

De la misma forma, el Señor nos acompaña, nos lleva de la mano, nos guía, nos consuela y nos sostiene. Él hace todo lo posible (y lo imposible) por nosotros. 

Sólo hace falta que, como niños, como hijos suyos, le devolvamos nuestro amor, nos fiemos y confiemos, que seamos sencillos y humildes, y así, acercándonos, poder mirar a Jesús y aprender de Él, la única forma de llegar al Padre. La única manera de llegar al verdadero éxito y a la verdadera gloria.

Dios se revela constantemente, a todos nosotros. Día a día nos enseña a vivir, nos enseña cómo tenemos que amar, y lo hace Él primero, con el ejemplo. Pero hace falta que tengamos ese corazón sencillo y humilde como el de Cristo, como el de María. Sin ese corazón puro y humilde como el de un niño, no podemos aprender a vivir ni alcanzar la gloria eterna.


martes, 17 de julio de 2018

CLAVES DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

" Duc in altum " 
(Lc 5,4)

Ante a la grave situación que vive nuestra sociedad occidental descristianizada, estamos llamados a poner en práctica una pastoral misionera, volviendo a las fuentes y al espíritu de la primera evangelización, para “reavivar en nosotros el impulso de los orígenes”. (Juan Pablo II, Carta apostólica Novo MillennioIneunte, n. 40.).

La nueva evangelización de Europa necesita de una pastoral misionera con los siguientes rasgos significativos e irrenunciables:

-Dirigida a todos los sectores de nuestra sociedad plural. También los que son hostiles a lo religioso y, en concreto, a lo católico.

-Realizada por todos los miembros de la Iglesia.

-Iniciada desde la propia conversión personal, comunitaria y eclesial

-Edificada desde la oración, el testimonio de palabra y vida, y el servicio a los demás. 

-Desarrollada con un renovado impulso misionero, abierto a la Gracia y dócil al Espíritu Santo.

-Interiorizada desde una nueva experiencia íntima y profunda del amor de Dios que haga arder el corazón con la escucha contemplativa de la Palabra de Dios, como a los discípulos de Emaús.

-Anunciada como si se tratase de la primera vez, con toda la fuerza de su novedad, con todo su atractivo, sin temores ni complejos, con sencillez y sin privilegios.

-Elaborada desde un conocimiento del corazón del hombre de hoy, participando en sus alegrías y tristezas, y al mismo tiempo, enamorados de Dios

-Cumplida desde la presencia y el compromiso con los más necesitados, signo inequívoco de nuestro seguimiento a Jesucristo. 

-Abierta al mundo y sin encerrarnos en “clubes privados”, en el “calor del hogar”, "en la afectividad de los nuestros", sino saliendo de nuestras zonas de confort, a la intemperie, al encuentro, al diálogo, a la escucha del mundo actual. 

-Viviendo en el mundo, sin ser parte de él. Inmersos en su corazón, en su tejido social y humano, en su pensamiento, en sus sufrimientos y en sus anhelos.

-Atrayendo con la "verdad", la "bondad" y la "belleza" de Jesucristo, viviendo “alegres” para atraer a los que están fuera y para que participen de ese "encanto".

-Formando comunidades vivas y maduras, llenas del Espíritu, inmersas como levadura en el mundo, que sean luz en la oscuridad de este mundo. 

-Replanteando estructuras: las parroquias, las órdenes religiosas, los movimientos laicales, las catequesis...), para ser eficaces y efectivos. 

-Integrando a cristianos comprometidos, testigos con experiencia de Dios, con creatividad y dinamismo apostólico

-Saliendo al encuentro de los que vuelven a casa por el camino de Emaús, con un estilo cercano, de acompañamiento y de escucha.

-Despertando la fe de los demás con un carácter valiente, alegre y sin "caras de acelga".

-Utilizando un lenguaje comprensivo y actualizado a los tiempos, al "estilo" de Jesús: hablando a la gentes en su “lengua”, en su experiencia, con relatos/parábolas que empaticen con sus realidades, con imágenes y gestos en sintonía y en conexión con la mentalidad de las personas a las que se evangeliza. 
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Para concluir, decir que no existen recetas ni fórmulas mágicas para los grandes desafíos de nuestro tiempo. Sólo es necesaria una Persona: Cristo.

La nueva evangelización implica la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios en esta evangelización "a la inversa" que se sostiene, fundamentalmente, sobre cinco pilares:

Servicio
Nuestras manos deben ser como las de Jesús: servidoras, dispuestas para tocar al leproso y lavar los pies a los discípulos.

Anuncio
Nuestra boca debe hablar de forma comprensible y auténtica de Jesucristo.

Comunión
Nuestra vida debe desarrollarse en comunión fraterna, en corresponsabilidad de tareas y servicios.

Testimonio
Nuestras palabras y obras deben testificar a Cristo. A nadie más.

Sacramentos
Nuestro compromiso con Dios debe conducirnos a celebrar todo a través de la Eucaristía, los sacramentos y la oración. 


domingo, 15 de julio de 2018

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN: RECRISTIANIZAR EUROPA

Europa ha perdido su identidad católica para convertirse, a través de un proceso de secularización, en una sociedad con una grave crisis de fe y de pertenencia a la Iglesia.

Fue San Benito, quien llevó a los pueblos bárbaros del viejo continente a la vida civilizada y cristiana, forjando el alma y las raíces de Europa: "los monjes no quisieron hacer Europa,...quisieron vivir para Cristo y el resultado fue Europa". Después, fueron San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, San Agustín, San Ignacio... y un largo etcétera de católicos, quienes siguieron construyendo y erigiendo lo que hoy conocemos como la civilización cristiana, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo.

Hoy parece que volvemos a una nueva barbarie con la supresión de nuestra honda identidad cristiana y el resultado es algo que no se parece en nada a la Europa católica de antaño: los principios sagrados y los valores identitarios están siendo desplazados por falsas libertades e igualdades que, tratando de hacernos comer del fruto del "árbol del conocimiento", intentan dirigirla a un nuevo espacio, alejado de Dios, fuera del "Edén".

Una Europa irreconocible
De los 702 millones de europeos, sólo 276 millones son "católicos". En los últimos años, la Iglesia católica europea ha perdido 10 millones de fieles y cada vez tiene menos sacerdotes para atenderlos por falta de vocaciones. Es, sin duda, el invierno de la Europa cristiana.

Francia, la primogénita católica, es hoy una nación laica y pagana. Y con ella, España y el resto de países tradicionalmente cristianos, antaño fieles transmisores de la fe católica, han sucumbido a la tentación de mundanizarse. Una tentación que se ha propagado como la peste a lo largo y ancho del Viejo Continente.

Europa sufre una profunda transformación cultural, motivada por dos procesos con sus nefastas consecuencias: globalización e inmigración, que han cambiado los esquemas europeos, y que conduce hacia "una apostasía silenciosa".

Europa se ha convertido en una sociedad multi-étnica y multi-confesional, que reniega de su propia historia y de sus símbolos religiosos, que forjaron su identidad y su cultura, convirtiéndose en caldo de cultivo de todo tipo de ideologías: ateísmo, materialismo, consumismo, relativismo, hedonismo...

Europa ha pasado de ser un continente marcado profundamente por la cult
ura cristiana, a ser un continente que reniega o, cuando menos, ignora sus propias raíces cristianas. Parece no tener necesidad de Dios, y pretende que lo religioso quede relegado al terreno meramente personal e individual. Un cristianismo "encerrado", prisionero y a la espera de su ejecución.

En nuestro pasado reciente, Europa ha sucumbido a la irrupción de dos sistemas económicos, políticos e ideológicos, cada uno con sus terribles consecuencias: por un lado el capitalismo y, por otro, el comunismo. En ambos, Dios ha sido relegado o sustituido y la experiencia religiosa hoy es “perseguida”, directa o indirectamente. 

Hoy, Europa se encuentra prisionera de un “integrismo laico” excluyente  y por una feroz hostilidad y un constante acoso a la Iglesia

Y así, hemos vuelto a los orígenes de la Iglesia: de la misma forma que Jesucristo fue perseguido hasta la muerte, la Iglesia es perseguida por los poderes públicos, por una sociedad alejada de Dios, por un mundo paganizado, y atacada por ideologías contrarias al Evangelio que pretenden su crucifixión y muerte.

Una Iglesia irreconocible
La Iglesia Católica consiguió el objetivo de cristianizar Europa, pero no fue capaz de evangelizarla. El continente asumió la cristiandad pero no la misión de Cristo...

La Iglesia ha sido el redil de las noventa y nueve ovejas, a las que sólo ha ido “alimentando” y que poco ha poco, muchas de ellas, lo han ido abandonando hacia "otros pastos", motivadas por la indiferencia, el agnosticismo, la increencia, la desafección religiosa, el individualismo, el consumismo y el relativismo.

Han sido pocos los pastores que han salido a buscar y rescatar a esas ovejas. Han preferido resguardarse y acomodarse dentro del redil y, finalmente,  ahora es una la oveja que está dentro, y noventa y nueve, fuera. 
La Iglesia ha cerrado sus puertas por dentro, adoptando una tendencia generalizada a reafirmarse en lo identitario, en la verdad poseída y que se ha de preservar; de inclinarse más por el culto que por la calle, por el mantenimiento más que por la misión, por el control humano más que por la acción del Espíritu Santo. 

Y así, ha perdido su vocación misionera de salir al encuentro de los que se han instalado en esos otros “pastos”

Ha sido incapaz de integrar la pretendida renovación del Concilio Vaticano II, es decir, pasar de una Iglesia-comunión a una Iglesia-misión, servidora del mundo.

Se hace necesario
, pues, que la Iglesia recupere su vocación peregrina y misionera, y hacer el éxodo de una Iglesia de mantenimiento a una Iglesia misionera,  de "puertas abiertas", que forme discípulos misioneros.

Es imprescindible que salga de su aletargamiento misionero y de su parálisis pastoral, para "re-evangelizar" un "nuevo mundo" que ha dejado de estar sujeto a Dios para desarrollar y cumplir su propia voluntad.

Es vital que en la Iglesia se produzca una “metanoia”, un cambio de mentalidad hacia el origen, para que el mensaje de Cristo resuene en los oídos de quienes quieran escuchar, le reconozcan y transformen su vida. Y de esa forma, cambiar el mundo. 

La Iglesia necesita dejar de repetir las mismas palabras y los mismos esquemas. Debe renovar catequesis que no forman discípulos misioneros sino personas que consumen y, después  abandonan la casa de Dios. 

La Iglesia debe dejar de considerarse “mayor”, "anciana", “de tercera edad”, para convertirse en una "renacida", "joven" y vigorosa. 
 
La Iglesia necesita más valor  y audacia para salir fuera, para comprometerse, para tomar conciencia de la acción del Espíritu, “que sopla donde quiere” para llevarnos al origen, a Cristo.

Una asignatura pendiente
Desde que Juan Pablo II propusiera esta nueva evangelización hasta hoy, han pasado casi cuarenta años, pero la realidad es que la Iglesia sigue sin interesar al europeo de hoy. El mensaje de Jesucristo “rebota” en un muro de indiferencia, de desprestigio eclesial, de materialismo, “de apostasía silenciosa y relativista”. 


La cuestión es que Dios ni atrae ni inquieta. Dios no interesaSencillamente, deja indiferente a un número cada vez mayor de personas y parece diluirse en la conciencia del hombre actual. Ha desaparecido como respuesta al sentido de la existencia.

Hemos pasad
o del “orden de las creencias”, en el que los individuos actuaban movidos por una fe que les servía de criterio, sentido y norma de vida, al “orden de las opiniones”, en el que cada uno tiene su propia opinión sin necesidad de fundamentarla en ningún sistema ni tradición. Todo ello en el marco de un escepticismo, desidia y desencanto generalizado.

Las personas
 se han familiarizado en una cultura de “la ausencia de Dios”: se prescinde de Dios y no pasa nada especial. Incluso, nosotros los católicos, nos vamos acostumbrando a esta nueva situación de indiferencia y de increencia, conviviendo sin más con otras personas a las que Dios no atrae, ni fascina, ni interpela ni seduce: ateos convencidos, agnósticos, adeptos a nuevas religiones y modas espirituales, personas que creen “en algo”, individuos sincretistas y creyentes “a la carta”, personas que no saben si creen o no creen, que creen en Dios sin amarlo, que oran sin saber muy bien a quién se dirigen…

Lo religioso y lo espiritual se va reduciendo a un ámbito cada vez
 más restringido, perdiendo influencia en el campo político, social, cultural o artístico. 

Crece la incultura religiosa. Los “media” difunden una cultura indiferente y frívola donde lo religioso aparece muchas veces vinculado o incluso mezclado con lo esotérico, la astrología, las creencias ocultas, la parapsicología, el tarot, la meditación, el yoga, el reiki y la trascendencia oriental...

La vida agitada, la prisa, el ruido y el estrés impiden a muchos pensar y reflexionar. Muchos ni siquiera se plantean las grandes cuestiones de la existencia; no tienen palabras para hablar de la fe. Lo desconocen casi todo. Crece el paganismo como forma de vida.

Tampoco la nueva evangelización ha entrado en las propias mentes y corazones del pueblo más o menos fiel que se siente miembro de la Iglesia. Quizás se ha producido un cierto “aggiornamento”, pero no se ha dado la transformación deseada por los Santos padres, pues no existe en la mayoría de los católicos, ni el compromiso ni el valor necesarios para lanzarse y salir a transformar el mundo.

Por desgracia, los católicos ya no forman un "cuerpo" homogéneo. Se han vuelto "ambiguos" y "tibios". Muchos que se llaman cristianos, no difieren mucho en su estilo de vida de quienes no se reconocen como tales. Dicen "creer pero no practicar". No fundamentan sus formas de vida ni en la fe, ni en el seguimiento a Jesucristo y ni en su misión de evangelizar.

Po
co a poco, muchos han sucumbido al mundo y han caído en el desinterés, el abandono, la decepción, el silencio y olvido de algo que un día tuvo algún significado en sus vidas. 

Cada vez es más frecuente entre los católicos, un agnosticismo difuso, una indiferencia por falta de trasfondo religioso y memoria cristiana, alergia a la Iglesia institucional mal entendida, fuerte valoración de las propias convicciones por falta de formación religiosa, rechazo de normas de Dios y, casi siempre, un relativismo creciente.

Una misión por delante
Entonces, ¿Qué ha de ser y cómo ha de actuar la Iglesia? ¿Cómo ha de entender y vivir su misión?
La nueva evangelización de la Iglesia debe "navegar" en esta terrible situación de descrédito y desconfianza en los grandes principios y valores. 

La Iglesia deberá responder a preguntas como: ¿Dónde puede encontrar la sociedad europea un nuevo eje para orientar su caminar histórico?, ¿Cómo explicar la Transcendencia y la Inmanencia?, ¿Dónde encontrar ese puente entre lo sagrado y lo secular?, ¿en qué dirección buscar modelos adecuados para decir “Dios”?

Es  necesario que captemos la profundidad y gravedad de esta crisis religiosa para vivir y comunicar la experiencia cristiana de Jesucristo vivo y resucitado dentro del contexto en el que nosotros nos movemos: una Europa descristianizada. 

Es, en este mundo de la “indiferencia/increencia”, donde todos los católicos debemos encarnar la nueva evangelización, de la misma forma que Cristo se encarnó en el mundo hace veintiún siglos. Cristo no se quedó en casa con los suyos, salió al mundo a ofrecerle el mensaje de salvación que le encargó el Padre a pesar de que sabía que eso le llevaría a la muerte.

En un próximo artículo, reflexionaremos sobre las claves de la nueva evangelización. Hasta entonces... "que Dios nos pille confesados".